EL ESPÍRITU DE LA NATURALEZA, RALPH WALDO EMERSON

 

el espiritu de la naturaleza

Estamos ante un personaje distinguido, refinado, aunque nunca trató de ser snob, dandy o afectado. Era tan natural, espontáneo y despreocupado como el título del post. Acostumbrados a los filósofos torturados y sentenciosos al estilo de los existencialistas franceses (salvemos al sensato Camus) o a los abstractos y puntillistas, Emerson supone un contrapunto.

Nietzsche, que estaba cabreado con el mundo y no ahorraba invectivas contra todo ser moviente y pensante le dedicó estas palabras: “Es de aquellos que, instintivamente, no se alimentan más que de ambrosía y apartan sobre todo las cosas que tienen algo de indigesto […] Emerson posee esa seriedad espiritual que desconcierta todo lo serio; no sabe cuán viejo es y al mismo tiempo un joven sigue siendo. Podía decir de sí la frase de Lope de Vega: ‘Yo me sucedo a mí mismo’ (frase en español en el original de Nietzsche)”.

Emerson, Thoreau y otros amigos fundaron una manera distinta de ver las cosas alejada de todos los caminos fáciles. El segundo propugnó la desobediencia civil, los dos rechazaron la esclavitud y las normas religiosas paralizantes y abrazaron la eterna teofanía de la naturaleza.

El entusiasmo, optimismo y profundidad de ‘El espíritu de la naturaleza’  son como fuentes inagotables que nos animan a volver los ojos al mundo vivo, a nuestro modo de ver y pensar la naturaleza. Que resulta, para él como un espejo que revela nuestro estado de ánimo en sus particulares hechuras. Así, un bosque de hayas en otoño con las hojas cayendo blandamente sobre un arroyo puede ser inspirador y estimulante o desolador según los casos.

En cualquier caso se aprecia la reverencia del filósofo yanqui hacia los árboles, el cielo, el aire del campo (ojalá todos sus compatriotas sintieran igual). Me viene a la memoria una frase de Albert Hofmann (el descubridor de la LSD) que bien pudo haber pronunciado Emerson:

“En un jardín existe una sabiduría incomparablemente superior a cualquier cosa construida por el hombre”.

Nunca olvidaré esa frase, procuro tenerla presente para amortiguar la soberbia humana. Aunque intento, además, no olvidarme de un comentario inusual de Salvador Pániker en uno de sus ensayos retroprogresivos. Allí venía a decir que la ecología no atañe sólo a la naturaleza silvestre, los bosques, los mares y los ríos, sino también a las ciudades, lo construido, artificial. Pues la ecología, en un sentido más técnico y universal es una ciencia del entorno y nuestra relación con él, todo es natural porque la naturaleza lo abarca todo, hasta lo construido. Un curioso pensamiento, pero hoy más que nunca nos toca romper barreras mentales, ver con otros ojos, recrear con otra mente el indefinido flujo del universo tangible. Muchas cosas están cambiando, muchas más van a cambiar. Pronto seremos mitad personas, mitad máquinas, quizá más tarde máquinas autoproducidas como los remolinos, o las estrellas.

Volvamos al tema, justo antes de cerrar el post les dejo con unos pasajes del libro para que no se quede la cosa en divagaciones:

“Para estar en soledad, un hombre necesita apartarse tanto de la sociedad como de su propio cuarto. Yo no estoy a solas cuando leo y escribo, aunque nadie esté conmigo. Si el hombre ha de estar solo, que mire las estrellas. Los rayos que vienen de esos mundos celestiales se interpondrán entre él y lo que toca. Se diría que la atmósfera ha sido hecha transparente con esta intención: brindar al hombre, en los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime”.

“En el bosque, una persona también se desprende de sus años, como una serpiente de su piel, y en cualquier etapa de su vida es siempre un niño. En los bosques está la perpetua juventud. En esas plantaciones de Dios reinan la santidad y el decoro, lucen las galas y atavíos de un festival perenne, y el visitante no ve cómo podría cansarse de todo ello ni en mil años. En el bosque retornamos a la razón y a la fe.

Allí siento que nada habrá de acontecerme en la vida –ninguna desgracia, ninguna calamidad- sin que la naturaleza pueda subsanarlo. De pie sobre la tierra desnuda, bañada mi frente por el aire leve y erguido hacia el espacio infinito, todo mezquino egoísmo se diluye. Me convierto en un globo ocular transparente; nada soy; lo veo todo; las corrientes del Ser Universal me circulan; soy una porción de Dios. En los lugares silvestres, encuentro algo más caro y próximo a mí que en las calles o poblados. En el paisaje tranquilo y, especialmente, en la lejana línea del horizonte, el hombre contempla algo tan hermoso como su propia naturaleza”.

“El motivo por el cual el mundo carece de unidad y yace en fragmentos y montículos dispersos, es que el hombre no está unido consigo mismo”.

natura

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