LA AVENTURA DE MIGUEL LITTÍN CLANDESTINO EN CHILE

la aventura de Miguel Littín

Este es un libro que recuerdo con cariño. Le hinqué el diente por aquellos años en que comenzaba, a trompicones, la carrera en Granada. Es notorio y lamentable que invertía más tiempo en leer libros ajenos al estudio que en repasar los textos de Platón, Aristóteles, Kant… Estudiaba filosofía y me gustaba pero había algo cargante en todo aquello. Tanta palabra engolada y rebuscada que se podría decir más claro. Como aquella frase mítica de Heidegger:

“El tiempo es originariamente la temporización de la temporalidad”. Esta frase y otras parecidas son la causa de que acabara hasta las narices de la filosofía. Pronto descubrí que las ideas que me interesaban del propio Heidegger las había dicho con mayor sencillez y profundidad Lao Tsé varios siglos antes de Cristo, o eso pienso yo. Dejémoslo ahí, que me pierdo.

Volvamos a Miguel Littín y a García Márquez. En aquella época entre el final del bachillerato y el comienzo de la carrera me leí unas cuantas obras del colombiano: ‘Cien años de soledad, ‘El coronel no tiene quien le escriba’, ‘El otoño del patriarca’, y otros cuantos más de los que también hablaré en este blog si me alcanza la cuerda y ustedes no se cansan. Del libro que nos ocupa me interesó en principio que, igual que ‘Relato de un náufrago’, se basaba en hazañas reales. Y no me digan que no es una hazaña regresar al Chile de Pinochet siendo un proscrito y pasearse por allí como si nada.

Eso hizo Miguel Littín, un director de cine chileno que en 1985, a pesar de tener prohibido pisar suelo patrio, fue allá para ver cómo estaba la cosa y de paso rodar un documental sobre la situación en su país bajo la dictadura. Se camufló, disfrazó, usó documentos falsos facilitados por los grupos democráticos clandestinos y… dirigió su documental.

La historia da de sí. Y bueno, ya saben cómo cuenta las cosas Gabo, con él puede parecer emocionante el caso de un tipo esperando su turno en el dentista. El relato está salpicado de peligro, suspense, cuando el protagonista teme, con razón, que alguien le reconozca y ponga sobre aviso a los dóberman de Pinochet. Recuerdo una anécdota descacharrante cuando Miguel va a una peluquera y ésta repara en sus retoques estéticos: ‘¡Tiene las cejas depiladas!’, dijo. Y el bueno de Miguel, para salir del paso y no ser descubierto contestó con voz lánguida: ‘¿Es que tienes prejuicios contra los maricones?’.  La chica quedó confundida y trastocada. También es llamativo que estuviera hablando con su propia madre y no lo reconociera. Merece la pena que transcriba el pasaje:

“Al final de un largo pasillo me asomé a la puerta de la sala alumbrada apenas por una luz pálida, y allí estaba mi madre. Fue una visión extraña. La sala es muy grande, de techos altos y paredes lisas, y no había más muebles que un sillón donde estaba sentada mi madre, de espaldas a la puerta y con un brasero a su lado, y otro sillón igual donde estaba sentado su hermano, mi tío Pablo. Permanecían en silencio, ambos mirando un mismo punto con la candidez complacida con que hubieran mirado la televisión, pero en realidad no miraban nada más que la pared desnuda. Caminé hacia ellos sin tratar de no hacer ruido, y en vista de que no se movían, dije:

-Bueno, pero aquí no saluda nadie, caray.

Entonces mi madre se levantó.

-Debes ser un amigo de mis hijos –dijo-. Te doy un abrazo.

El tío Pablo no me veía desde que me fui de Chile doce años antes, y no se movió siquiera en el sillón. Mi madre me había visto en setiembre del año anterior en Madrid, pero aún cuando se levantó para abrazarme seguía sin reconocerme. Así que la agarré por los brazos y la sacudí tratando de sacarla del estupor.

-Pero mírame bien, Cristina .le dije, mirándola a los ojos-, soy yo.

Ella volvió a mirarme con otros ojos, pero no pudo identificarme.

-No –dijo-, no sé quién eres.

-Pero cómo no vas a conocerme –dije, muerto de risa-. Soy tu hijo Miguel.

Entonces volvió a mirarme y el rostro se le descompuso con una palidez mortal.

-Ay –dijo-, voy a desmayarme.

Tuve que sostenerla para que no se cayera, mientras el tío Pablo se incorporaba en el mismo estado de conmoción”.

Este es un libro amable, simpático, escrito con el expansivo sentido del humor y sensibilidad de García Márquez y desde las remembranzas de Littín que también debe ser un personaje considerable. Y por eso a ratos se le olvida a uno la gravedad de la situación. Parece que el director chileno estaba de vacaciones plácidas por su tierra. Y así fue también. En la vida hasta la situación más desesperada está llena de tonos dispares, nada es de una pieza. Hay siempre un rincón para lo insospechado y por eso seguimos vivos. Si tuviéramos que soportar la monotonía de Sísifo no aguantaríamos ni una hora. Así que Littín sufrió aquellos días, y también rió, se sorprendió, redescubrió su país con otro vestido a veces harapiento. Vio miedo en sus paisanos y vio conformismo, normalidad aparente cubriendo el desatino.

La reflexión ulterior sobre la aventura se la dejo a él mismo en su viaje de regreso a Europa, con la voz de Gabo:

“Cinco minutos después, volando sobre la nieve rosada de los Andes al atardecer, tomé conciencia de que las seis semanas que dejaba atrás no eran las más heroicas de mi vida, como lo pretendía al llegar, sino algo más importante: las más dignas. Miré el reloj: eran las cinco y diez. A esa hora, Pinochet había salido del despacho con su corte de áulicos, había recorrido a pasos lentos la larga galería desierta y había descendido al primer piso por la suntuosa escalera alfombrada, arrastrando 32.200 metros de rabo de burro que le habíamos colgado (la película que trataba de desprestigiarle a él y a su régimen)”.

Por suerte Pinochet ya no recorre los pasillos de la Moneda. Ni de ningún otro sitio. Pero quedan muchos como él. Les recomiendo que, si van a dormir, cierren bien las ventanas y se tapen bien el cuello. Hasta pronto.

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