HISTORIA DE DOS CIUDADES, DE CHARLES DICKENS

historia de dos ciudades

Hace poco leí una entrevista a Antonio Escohotado en la que sostenía que Dickens y Víctor Hugo caían en lo folletinesco y sentimental exagerando los males de la clase proletaria. Veamos las razones que muestra. En primer lugar, el protagonista de ‘Los miserables’, de Víctor Hugo, es condenado a cadena perpetua en galeras por robar una barra de pan. Pero en aquella época las leyes admitían como eximente el hurto famélico. O sea que si robabas por hambre no te metían en la cárcel.

En el caso de Dickens, el filósofo español le reprocha que se enriqueciera con su amarillismo sentimentaloide. Escohotado considera que el trabajo infantil en aquella época era un mal menor que se corrigió cuando aumentó la prosperidad. Y cita el caso del filántropo y socialista Owen, que siempre veló por el bienestar de los trabajadores, quien admitía el trabajo infantil dentro de ciertos límites como un menor número de horas y en tareas que no fueran pesadas para ellos, trabajando con el resto de su familia.

Estas consideraciones resultan tabú en un mundo como el actual, en el que sabemos los abusos que tienen que soportar millones de niños. Pero hay que mirar en conjunto y no dejarse despistar por la demagogia barata. Así, el resultado de que muchos países, como Estados Unidos, rechacen comprar productos fabricados por menores de 16 años ha escupido a millares de niños asiáticos de los talleres textiles a la calle. Han tenido que convertirse en delincuentes, prostitutas o realizar trabajos todavía peores y alejados de la mirada santurrona de la progresía occidental. Creo que la mayoría de quienes puedan leer estas líneas tuvieron padres o abuelos que trabajaron duramente en la infancia, era aquel un mundo complicado, mucho más difícil que el que dibuja la actual crisis económica.

Los chicos y chicas actuales (en España y otros países) no tienen que enfrentarse a una realidad tan amarga gracias a Dios, pero se ha pasado de un extremo a otro de la balanza y ahora no se les exige nada. En fin, el paciente lector de estas razones, si todavía aguanta a pie firme se preguntará qué demonios tiene todo esto que ver con ‘Historia de dos ciudades’, de Charles Dickens. Como he dicho, Antonio Escohotado le reprocha al escritor inglés el haber exagerado y deformado la realidad para arrancar lágrimas de emoción y, de paso, vender una buena suma de volúmenes en el mercado libresco. No descarto que tenga algo de razón pero cuando leí esa entrevista vino como un rayo a mi recuerdo el libro que nos ocupa.

En él Dickens examina el ambiente de la Revolución Francesa, las ilusiones que la movían, la convulsión que produjo y, muy importante, los desmanes e injusticias que trajo consigo. La locura, la muerte, la paranoia, que recuerdan la caza de brujas o la enfermiza determinación por husmear en lo ajeno de la Stasi, o la CIA.

Esta novela demuestra que Dickens era muy consciente de lo que la masa popular podía dar de sí: enarbolar banderas de libertad como un huracán incontenible; o, también como un huracán desnortado arrasar todo lo que encuentra a su paso. Al bueno de Charles le caía bien la clase trabajadora a la que él mismo pertenecía, o perteneció antes de ascender a un estatus más desahogado.

Pero también estaba al corriente de la turbiedad del hampa, los negros sentimientos que la desesperación, la miseria y marginación pueden desencadenar en una persona: la inquina, la envidia demoníaca, la avidez de dinero o poder a costa de lo que sea. Que no se molesten los ebionitas y creyentes de la religión de Marx, esos vicios y lacras afectan por igual a todas las clases sociales, que en eso poseen una inmaculada igualdad. Lo que ocurre es que cuando la vida es amable y nos guiña el ojo es muy fácil ser un buen chico, o una niña buena. Pero cuando las cosas se tuercen y la existencia nos agarra bien agarrados por las pelotas se agría el carácter. Tampoco hace falta estudiar psicología o hacer un máster de sociología para saber esto.

Sin embargo, que la novela resalte esas bajezas de la clase baja no debe mover a equívoco. También brillan, en palabras de Rafael Torres, “las alhajas de la bondad y el honor que se esconden en los harapos de los vilipendiados y desposeídos…”. Cuando la Historia se presenta con toda su potencia telúrica y cambian los cimientos del mundo, como sucedió en la Revolución Francesa, las personas son poco más que hormiguitas barridas por el viento. Algunas de ellas se dejan llevar dóciles en su papel de víctima propiciatoria o demonio ejecutor convencidas de que nada pueden hacer contra la ferocidad de los acontecimientos.

Otras personas, pocas, saben también del peso de las circunstancias  y de lo efímero y quizá inane de sus actos. Pero, amigos míos, esas personas aguantan de pie, cara a cara con el viento de la Historia y defienden su despreciable y humilde vida, o la ajena, con el mismo empeño rutinario con que un obrero ficha para trabajar o un empresario vela por su negocio.

 

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2 comentarios en “HISTORIA DE DOS CIUDADES, DE CHARLES DICKENS

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