MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD

momentos estelares

Stefan Zweig tenía una forma especial de contar las cosas, era capaz de contagiar su pasión por las historias y los personajes que le interesaban por su particular relieve. Eso vale para sus novelas (como Carta a una desconocida) y los pedacitos de historia novelada que nos regaló.

Abrir este libro fue como asistir a una epifanía de lo más épico, sagrado y monumental que hay en la defectuosa y enclenque especie humana. Lo comencé no por el principio, sino por el tercer relato histórico: ‘La resurrección de Händel’, que me llamó la atención por las resonancias míticas e iniciáticas del título. He ahí, en ese escrito de poco más de veinte páginas, un buen epítome de lo que supone el libro entero. Allí el maestro alemán, el excelso autor del Mesías, atraviesa por sus dos resurrecciones, la física, esquivando a la muerte, y la interna, pasando de la miseria de la falta de inspiración, la desesperanza  y el desastre económico a la apoteosis, la conexión divina con las musas y la regeneración. Valgan estas palabras que cierran el relato:

“El 6 de abril de 1759, gravemente enfermo, a los setenta y cuatro años de edad, pidió que lo llevaran al estrado del Covent Garden. Y allí se irguió entre sus fieles, gigantesco y ciego, entre sus amigos músicos y cantantes, que no podían resignarse a ver sus ojos apagados para siempre.

Pero al acudir a su encuentro las oleadas de sonidos, al expandirse el vibrante júbilo de cientos de voces proclamando la Gran Certeza, se iluminó su fatigado rostro y quedó transfigurado. Agitó los brazos llevando el compás, cantó con tanto fervor como si fuera un sacerdote que estuviera oficiando su propio réquiem y oró con todos por su salvación y la de toda la Humanidad. Sólo una vez, cuando, a la voz de ‘las trompetas sonarán’, dejaron éstas oír sus acordes, se estremeció y miró a lo alto con sus ciegos ojos, como si ya estuviera preparado para presentarse al Juicio Final. Sabía que había cumplido bien su misión. Podía comparecer ante Dios con la serenidad del deber cumplido.

Sus amigos, muy afectados, lo llevaron a casa. También ellos tenían la impresión de que aquello había sido la despedida. Ya en la cama, sus labios murmuraron suavemente que moriría el Viernes Santo. Los médicos, extrañados, no lograban comprenderle, pues ignoraban que aquel Viernes Santo caía en 13 de abril, o sea el día en que la pesada mano del destino le había abatido [su ataque de apoplejía] y el del estreno del Mesías.

Las fechas coincidían: aquella en que todo había muerto en él y aquella en que resucitó. Y quería morir precisamente el mismo día en que había resucitado, para tener la certeza de su resurrección a la vida eterna.

Y, en efecto, como lo consiguiera todo con su poderosa voluntad, logró ahora también atraer a la muerte según sus deseos. El 13 de abril Händel perdió las fuerzas por completo. Ya ni oía. Aquel enorme cuerpo yacía inmóvil en su lecho como desierto habitáculo. Pero así como las vacías caracolas marinas reproducen el rumor del oleaje, su espíritu estaba inundado por una música inaudible, más extraña y grandiosa que cuantas había oído jamás. Lentamente, sus apremiantes acordes fueron liberando el alma del helado cuerpo, para elevarla hacia etéreas regiones, como eterno sonido, a las eternas esferas. Y al día siguiente, antes de que las campanas de Pascua anunciaran la Resurrección, sucumbió lo que en Jorge Federico Händel había de mortal”.

Adquieren también inusitada pasión lírica y emotiva las páginas dedicadas a relatar cómo Dostoievski escapó contra pronóstico de la muerte. Se hallaba frente al pelotón de fusilamiento, donde iba a ser ajusticiado por un delito de rebeldía contra el estado. Allí, de pie, con el ánimo dispuesto para el último vagido, le abordó, a él también, una inesperada resurrección:

“Le han cubierto los ojos. Ante él sólo hay una tétrica oscuridad. Pero siente bullir la sangre en sus venas y, con esa ardiente sangre, nuevos torrentes de vida. Es el último segundo, y en ese instante parece concentrarse toda su existencia. Tumultuosamente aparecen imágenes de sus recuerdos: su infancia, sus padres, sus hermanos, su esposa, las amistades rotas, las pocas horas de felicidad, los sueños de gloria. Ahora la muerte. Nota que alguien se acerca lentamente, y una mano se posa sobre su pecho. Siente frío. ¿Va a morir? El corazón apenas le late. Unos momentos más y todo habrá terminado.

A poca distancia, los cosacos han formado el pelotón y preparan las armas. Se oye el ruido de los gatillos. De pronto, los tambores empiezan a redoblar. Van a troncharse unas vidas. ¡Aquel instante dura un siglo!

Pero entonces se oye un grito: ‘¡Alto!’ Llega un oficial, en cuyas manos se agita una hoja de papel, y, a la clara luz de la mañana, lee la orden, el indulto: el Zar, bondadoso, ha conmutado la pena. Aquellas sorprendentes palabras carecen de sentido. Sin embargo, la circulación de la sangre vuelve a normalizarse, y la vida, gozosa, ha empezado a cantar. La muerte huye derrotada, y los ojos, cegados por las sombras, perciben como un rayo de luz. Le quitan la venda. Le aflojan las ligaduras. Su corazón puede ya latir libremente. Ya no ve aquella horrible fosa a sus pies. La vida es mísera y dolorosa…, pero es vida.

[…] Entonces le parece oír por primera vez el grito de todos los dolores humanos y, lleno de inmensa piedad, reza y llora. Escucha las voces de los niños y de los débiles, de las pobres mujeres hundidas en la prostitución, de los solitarios sin consuelo. Comprende que sólo el dolor nos conduce a Dios, mientras la vida alegre y fácil nos ata con lazos de barro a la tierra. Sigue oyendo el coro de los miserables, de los despreciados, de los mártires anónimos, de los que mueren en el arroyo abandonados del mundo. La luz parece cantar aquel dolor terrenal. Y él cree en la suprema y paternal bondad de Dios. Sabe que Él sólo tiene amor, piedad inmensa para los pobres.

[…] Está convencido de que no pudo gustar la dulzura de la vida hasta que sus labios probaron la amargura de la muerte. Su alma ha comprendido, se ha dado plena cuenta de los terribles momentos que sufrió Aquel que murió, hace dos mil años, en una cruz. Y, como nuevo Cristo, debe amar la vida iluminado por una luz nueva.

Unos soldados le apartan del lugar de la ejecución. Está muy pálido, sus ojos se hallan alucinados por la horrible visión y en sus labios se inicia ya la amarilla carcajada de los Karamazov”.

Para los creyentes cristianos Cristo resucitó realmente de entre los muertos. Los antiguos gnósticos, en cambio, ponían el énfasis en la resurrección como un renacimiento interno, el proceso de transformación de alguien que se ha realizado espiritualmente, ha muerto a su antiguo yo y vuelto a nacer para ver la vida y la realidad con nuevos ojos. ¿Y si las dos posiciones tuvieran razón?

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