FUNDACIÓN E IMPERIO, DE ISAAC ASIMOV

fundación e imperio

Asimov construyó su Imperio Galáctico sobre la falsilla del Imperio Romano, a partir de la lectura del gran clásico de Edward Gibbon que relata la ascensión y caída de Roma. Y algo de la monumentalidad de la obra de Gibbon queda en este libro que hoy nos ocupa.

El glorioso Imperio Galáctico que antaño dominara sobre millares de sistemas planetarios está en franca decadencia. El insigne psicólogo y matemático Hari Seldon, ya dejó, siglos atrás, la solución sembrada para este problema. Con las leyes de su ‘psicohistoria’ predijo la caída del imperio pero también diseñó su reflotamiento. Así, desde el propio interior del imperio surge un grupo de científicos y eruditos, la Fundación, encargados de preservar la cultura y el conocimiento del acoso de la barbarie y el caos. Algo semejante a los monjes medievales que con su callado esfuerzo transmitieron las aguas del saber grecolatino por subterráneos manantiales. Ajenos a los vaivenes de la fortuna y las guerras, miseria, peste, vasallajes, resguardaron ese tesoro incalculable desdeñado por reyes y espadones.

Pues, hete aquí que esa labor, desarrollada en el libro por los sabios de la Fundación, se ve amenazada por la inesperada irrupción de un personaje enigmático: el Mulo. Su nombre, en apariencia tosco y risible, mueve toneladas de aprensión e inquietud allá por donde es pronunciado. Se trata de alguien casi sobrehumano como los héroes clásicos, que es capaz de insuflar nueva vida al moribundo Imperio: conquista sistemas planetarios, galaxias de forma irremisible, nadie se resiste a su poder. Y con esa actividad ciclópea, titánica, pone en peligro, paradójicamente, al Imperio que cree defender. Pues la futura salvación de aquel ya está en marcha de forma silenciosa en la Fundación.

Pero este Mulo tiene tanta confianza en sí mismo que quiere conquistar también ese reducto invisible para ser él y sólo él quien se arrogue los méritos de enderezar la Historia. Ya antes que él, en la primera parte del libro, titulada ‘El General’, un militar de ese grado, Bel Riose, se propone una defensa parecida del emperador y su mustio legado enfrentándose a la determinación y astucia de sus adversarios de la Fundación. Pero resulta paradójico que en esta trama que abarca una trilogía: Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación, los dos bandos en liza buscan lo mismo, que la civilización no sucumba desvanecida como el polvo de estrellas sino que perdure. A despecho de la ley de la termodinámica y los ciclos cósmicos.

Esto, que es ficción, se lo tomó en serio un sabio francés tan misterioso, discreto y fascinante como un personaje de novela: René Guénon. En muchos de sus libros anunció la decadencia del mundo moderno, su casi inevitable hundimiento en el légamo. Él relacionaba indisolublemente esa deriva con el alejamiento occidental de la verdadera espiritualidad, su distancia del Origen, enfrascada en mil actividades tecnológicas, económicas o sociales sin profundidad real.

Pero Guénon creía que la caída cuesta abajo del mundo podía ser corregida por una élite de personas de alta cualificación espiritual cuyo benéfico influjo, por pocos que estos fueran en número, se extendería a toda la degenerada sociedad occidental generando un mundo nuevo. Que no sería nuevo más que en el nombre pues, en realidad, vendría a restaurar el armazón social e ideológico reinante en civilizaciones antiguas de relumbrón como la egipcia, babilonia, precolombina, etc. Un tipo de mundo que apenas subsistía, para él, en las doctrinas y enseñanzas iniciáticas del hinduismo, islamismo, taoísmo… Y en el corazón de la tradición cristiana esperando que gentes de poder y saber despertaran  esa llama oculta.

Pero Guénon, junto a su indiscutible llamada a la profundidad de los símbolos antiguos remitía también a un tipo de sociedad, la feudal, completamente superada. El mundo moderno es imparable, la tecnología más imparable aún. No sabemos si saldremos de ésta, de este progreso enloquecido, con vida pero quizá el futuro deba ser un híbrido de mirada interna y mirada externa. La primera de esas visiones apuntaría, como un microscopio singular, a los rincones más remotos del alma. Y la otra mirada nos lleva, sin remisión, sin vuelta atrás, a los mundos lejanísimos que nos contemplan desde el cielo cada noche.

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4 comentarios en “FUNDACIÓN E IMPERIO, DE ISAAC ASIMOV

    • Confieso mi pecado. Leí las dos últimas partes de la trilogía en la adolescencia pero nunca le hinqué el diente a la primera, Fundación. Tu comentario llega muy oportuno para animarme a leer la primera parte, que además según tu opinión es la mejor. Gracias por la aportación, Enrique.

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