ALTAZOR, DE VICENTE HUIDOBRO

 

altazor

 

“Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo”.

 

Después de esa primera frase qué quieren ustedes que les diga. Hoy que estamos en Viernes de Dolores, con el incienso, los capirotes, las saetas, las comitivas de fieles arropando a sus santos, y las infaltables películas de romanos a la vuelta de la esquina, se hace extraño comenzar así. Pero si ese verso prosado les resulta bizarro los siguientes de ‘Altazor’ se sumergen de lleno en la sueñopoesía delirante de Huidobro:
“[…] nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.

Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata”.
Este ‘Altazor’ (de ‘alta azor’) es el libro de poesía que más me ha sorprendido, encandilado. He leído delirios sumarios, cosas mucho más locas que esto pero no tenían el delicado lirismo, la capacidad para encontrar un cierto rumbo en la sucesión de espantajos y maravillas solemnes que lo habita:

“Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche. Amo la noche, sombrero de todos los días […]

Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos”.

Confieso que de vez en cuando me aventuro escribiendo versos, pero de la expedición no suelo traer buenas piezas cobradas. No soy buen cazador de palabras. Pues bien, a menudo me entretenía con el juego de escribir lo primero que se me ocurría, la famosa escritura automática, pero procurando estampar los disparates mayores que pudiera. Algo del estilo:

“Compañías de elefantes pedagogos saludan al sol bebiendo tequila”, o “un asteroide vagabundo me dijo buenos días y yo lo regué con mi saliva perfumada”. Juegos. Pero nunca he conseguido, ni siquiera corrigiendo, repasando lo escrito, procurando encontrar un guión que anude los versos, algo inteligible y con fuste. La cosa siempre queda en ocurrencias intrascendentes, accidentes.

Por eso admiro sobremanera a este escritor chileno, Huidobro, que teje la insania como nadie, algo como el ‘desatino controlado’ de Castaneda pero en verso. Retuerce el lenguaje como un papel imposible, luego tira el papel a lo alto… ¡Y el papel vuela! Vuela como un azor.

 

Y sus versos, al final, después de tanto desfile inverosímil, de tanta chirigota del absurdo, y tantísimas imágenes magníficas, bellas e improbables, se sienten agotados. El lenguaje mismo se despoja de todo tras el aquelarre visual, se repliega en postura fetal, y gime y llora como un niño recién nacido, articulando sonidos imposibles de una lengua traída por el viento, los sonidos del Origen:

“Ai aia aia
ia ia ia aia ui
Tralalí
Lalí lalá
Aruaru
urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
lalilá […]

 

¿Qué majadería, verdad? Cuando uno llega a ese tramo final del poema ha visto, oído y tocado tantas cosas peculiares, sagradas y profanas, que ya no le extraña nada. Acepta lo que venga, aunque sea la incomprensión total misma, la simple atención a la sonoridad de las palabras sin el ritual religioso de la sintaxis, fonología, ortografía… Aunque algo de esas cosas queda en los versos finales y enigmáticos, léanlos. No entenderán nada pero quizá les llegue, como a mí, la fragancia lejana con que las palabras se presentan al entendimiento inocente de los profetas, los rapsodas y los niños pequeños.

 

Anuncios

Un comentario en “ALTAZOR, DE VICENTE HUIDOBRO

  1. Pingback: Vicente Huidobro en Tenerife > Poemas del Alma

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s