SIDDHARTA, DE HERMANN HESSE

 

 

 

siddharta

 

Perdonen que me ponga trascendente. Hoy les invito a un viaje íntimo hacia el interior de ustedes mismos. Un viaje que remedaría el emprendido por Siddharta, el protagonista del libro, y el autor del mismo, el inquieto buzo de las profundidades Hermann Hesse.

 

Si piensan que voy a hablar de religión, olvídense. Si algún visitante despistado cree que el mencionado Siddharta es el mismo Buda, pues tampoco. Es cierto que Shakyamuni, el Buda, aparece por los andurriales del libro pero de forma incidental por muy deslumbrante que esa aparición sea. Precisamente, ya que ha salido el personaje, resulta fascinante esa escena en la que Siddharta se acerca a su tocayo, el iluminado movilizador de masas de fieles, y le espeta:

 

Ni un momento he dudado de que tú fueras el Buda, de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que tantos brahmanes e hijos de brahmanes se hallan en camino. Has encontrado la redención de la muerte. La has hallado con tu misma búsqueda, con tu propio camino, a través de pensamientos, ensimismaciones, ciencia, reflexión, inspiración.

 

 

¡Pero no la has encontrado a través de una doctrina! Yo pienso, majestuoso, ¡que nadie encuentra la redención a través de la doctrina! ¡A nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en el momento de tu inspiración! Mucho es lo que contiene la doctrina del inspirado Buda, a muchos les

enseña a vivir honradamente, a evitar lo malo.

 

 

Pero esta doctrina tan clara y tan venerable no contiene un elemento: el secreto de lo que el majestuoso mismo ha vivido, él solo, entre centenares de miles de personas. Esto es lo que he pensado y comprendido cuando escuchaba tu doctrina. Y por ello, continúo mi peregrinación. No para buscar otra doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino para dejar todas las doctrinas y a todos los profesores, y para llegar solo a mi meta, o morirme. Sin embargo, a menudo me acordaré de este día, majestuoso, y de esta hora en que mis ojos vieron a un santo”.

 

 

 

Toda una declaración de intenciones, un programa ético, estético y categórico. Siddharta, el agraciado hijo del brahmán, sale un día de la casa de su padre. Abandona privilegios, como el Buda, su interlocutor en este diálogo, y se convierte en monje ambulante. Luego su inseparable compañero Govinda decide seguir las huellas de la sonrisa perfecta del iluminado, el Buda. El inquieto Siddharta decide seguir camino y se adentra en la selva de lo mundanal.

 

 

Acude al encuentro con los placeres de la mano experta y hábil de Kamala: cortesana, amante, amiga, hermana en la búsqueda del mundo y sus bellezas. Nuestro protagonista decide que el mundo no es más engañoso o ilusorio que cualquier otra cosa (las doctrinas de los sabios, la iluminación, el encuentro con el ser). Se hace comerciante, gana dinero, propiedades, se emborracha… Y acude al regazo siempre acogedor de Kamala.

 

 

Pero este inconformista redomado también se cansa de esa vida. Se siente harto de los rituales sin fin de la sociedad, el desfile de intereses, de necesidades irreales que en su anterior vida de asceta no conocía. No llega a involucrarse con nada, sólo trabaja, acumula dinero, lo derrocha, se revuelca en su propio vacío. Siempre descontento.

 

Así que un día se despoja de esa existencia, muere y vuelve a nacer, se hace ayudante de un viejo barquero y confía su vida a la sabiduría inagotable del río. El río refleja todo en su rostro brillante, escucha las confidencias y contesta con su eterna inocencia. Allí encuentra Siddharta, por fin, la felicidad después de conocer el amor (hacia su hijo) y el dolor de la separación.

 

La vida de este buscador infatigable, narrada en tan poquitas páginas, es una colección de vidas, un viaje desde él mismo hasta él mismo, como ya apuntaba al principio de este post, pasando por todas las creencias, vivencias, emociones y pensamientos ajenos y propios. Al final reluce la verdad por encima de todo: el continuo ir y venir de seres, personas, experiencias, desgracias, alegrías, sorpresas, placeres… Y su unidad mágica y perfecta en la sonrisa del anciano Siddharta.

 

Así vio Govinda esa sonrisa de la máscara, la sonrisa de la unidad por encima de las figuras, la sonrisa de la simultaneidad sobre las mil muertes y nacimientos; esa sonrisa de Siddharta era exactamente la misma del Buda, serena, fina, impenetrable, quizá bondadosa, acaso irónica, siempre inteligente y múltiple, la sonrisa de Gotama que había contemplado cien veces con profundo respeto. Govinda lo sabía: así sonríen los que han alcanzado la perfección”.

 

 

 

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