EL MISTERIO DE LA CRIPTA EMBRUJADA, EDUARDO MENDOZA

el misterio de la cripta

 

El título del libro suena amenazador, y lo es. Si lee el libro puede usted morir… de risa. La historia la protagoniza el detective hampón y majareta made in Eduardo Mendoza, un hallazgo del que han salido varias novelas descacharrantes. Cada vez que he empezado una de ellas me he temido lo peor, ‘¿por dónde saldrá este ahora?’ Decía para mis adentros conociendo las enrevesadas y surrealistas tramas, los personajes esperpénticos y el extraño lenguaje que adorna estos libros del autor barcelonés.

 

 

El lenguaje es bastante especial porque mezcla en la figura del peculiar y  orate investigador todos los registros posibles: gusta de digresiones cultas llenas de arcaísmos y cultismos que desconciertan al más pintado, pues se trata de un individuo marginal; pero cuando se tercia intercala procacidades o insultos que arroja sobre sus adversarios y exhibe la jerga lumpen con la soltura de quien conoce el paño. La ironía, el humor y la sagacidad con la que Mendoza examina la sociedad y sus miserias resulta entretenida y posee un toque extravagante que la realidad se encarga de corregir y aumentar para escarnio de los escépticos de su prosa.

 

Aquí va un ejercicio práctico de la enredada labia del detective sin nombre:

 

“Creo llegado el momento de disipar las posi­bles dudas que algún amable lector haya podido haber estado abrigando hasta el presente con res­pecto a mí: soy, en efecto, o fui, más bien, y no de forma alternativa sino cumulativamente, un loco, un malvado, un delincuente y una persona de instrucción y cultura deficientes, pues no tuve otra escuela que la calle ni otro maestro que las malas compañías de que supe rodearme, pero nunca tuve, ni tengo, un pelo de tonto: las bellas palabras, engarzadas en el dije de una correcta sin­taxis, pueden embelesarme unos instantes, desen­focar mi perspectiva, enturbiar mi visión de la realidad. Pero estos efectos no son duraderos; mi instinto de conservación es demasiado agudo, mi apego a la vida demasiado firme, mi experiencia demasiado amarga en estas lides. Tarde o tempra­no se hace la luz en mi cerebro y entiendo, como entendí entonces, que la conversación a que esta­ba asistiendo había sido previamente orquestada y ensayada sin otro objeto que el imbuirme de una idea. Pero ¿cuál?, ¿la de que debía seguir en el sanatorio por el resto de mis días?

—…demostrar, en suma, que el, ejem ejem, ejemplar que aquí tenemos está, no reformado ni rehabilitado, palabras estas que presuponen culpa —el doctor Sugrañes se dirigía de nuevo a mí y lamenté que mis cavilaciones no me hubieran per­mitido escuchar los dos primeros renglones de su perorata— y que, por tal razón, detesto —era el psi­quiatra quien hablaba por su boca—, sino, entién­danme bien, reconciliado consigo mismo y con la sociedad, armonizados como un todo recípro­co. ¿Me han entendido ustedes? ¡Ah, vaya! Ya está aquí la Pepsi-Cola.

En circunstancias normales me habría abalan­zado sobre la enfermera y habría intentado sobar con una mano las peras abultadas y jugosas que se rebelaban contra el níveo almidón de su uni­forme y arrebatar con la otra la Pepsi-Cola, beber a gollete y, tal vez, prorrumpir en regüeldos de saciedad. Pero en aquel momento no hice nada semejante.

No hice nada semejante porque me di cuenta de que entre aquellas cuatro paredes, las que con­figuraban el despacho del doctor Sugrañes, se cocía un asunto de mi incumbencia y de que era esencial al buen fin de la empresa que diera yo muestras de comedimiento, por lo que esperé a que la enfermera, de quien trataba de apartar la imagen entrevista por el ojo de la cerradura del retrete con motivo de una evacuación de aquella que me había sido dado espiar, llenara el vaso de cartón con el líquido marrón y burbujeante y me lo ten­diera como diciendo: bébeme; y tuve la pruden­cia de colocar los labios a ambos lados del borde del vaso y no los dos dentro del recipiente, como suelo hacer en estos casos, y beber a sorbos, no ingurgitando, sin ruido ni estremecimientos y sin separar mucho los brazos del cuerpo para evitar que se expandiera por el ambiente el acre hedor de mis axilas. Así que estuve sorbiendo largo rato en perfecto control de mis movimientos, aunque a costa de perderme lo que allí se decía, tras lo cual, y no obstante el delicioso mareo producido por gustoso brebaje, volví a prestar oído y oí esto:

—Entonces, ¿estamos todos de acuerdo?

—Por mí —dijo el comisario Flores— no hay mayor inconveniente, siempre y cuando este, ejem ejem, espécimen dé su conformidad a la propuesta.

Lo que hice incondicionalmente, aun cuando no sabía a qué estaba dando mi aquiescencia, en el convencimiento de que una cosa decidida por los representantes de los más grandes poderes sobre la tierra, esto es, la justicia, la ciencia y la divinidad, si bien no tenía que redundar necesa­riamente en beneficio mío, no era, tampoco, sus­ceptible de objeción”.

 

 

Disfruten ustedes, si así lo deciden, de los misterios, ocurrencias insanas, aventuras y desparrame de esta novela singular. [Y si ya lo han hecho, no se pierdan ‘El laberinto de las aceitunas’, o ‘La aventura del tocador de señoras’, también con este protagonista disparatado y lenguaraz. No, no cobro nada por promocionar a Mendoza, es que me divierten sus libros].

 

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