CÁNDIDO, DE VOLTAIRE

 

Cándido o el op

 

Ser optimista no está mal. Lo malo viene cuando uno se pasa de optimista y resulta más bien ingenuo, o imbécil. Cándido, el protagonista de esta historia, es, desde luego, optimista y además ingenuo con riesgo serio de volverse imbécil. Pero ahí está la crueldad de las criaturas y de la naturaleza para sacarle rápido de su error.

 

Siendo justos, Cándido no tiene toda la culpa de ser tan optimista. Le ha inculcado sus creencias en la bondad ilimitada del mundo y la gente el profesor Pangloss (‘charlatán’ en traducción libre del griego). Ese profesor tan peculiar es un trasunto del filósofo Leibniz a quien ridiculiza Voltaire en este relato. ¿Por qué le tiene tanto desprecio? Porque Leibniz dijo aquello de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El filósofo alemán consideró que para las limitaciones propias de la materia y la imperfección de los seres mortales, pues la cosa no estaba tan mal. Claro, el hombre no tuvo muchos desengaños, con la excepción de que Newton le arrebatara el honor de haber sido el primero en descubrir el cálculo infinitesimal.

 

Voltaire, el autor de esta conmovedora historia, veía las cosas de otra manera. Sobre todo después del terremoto de Lisboa que aparte de los muertos y destrozos que causó, fue un trauma para toda Europa. Voltaire, que era casi tan agudo como cínico y malicioso, sabía de sobra las maldades de las que es capaz el homo stultus que viene a ser lo que algún científico en exceso optimista (cándido, por lo tanto) llamó homo sapiens.

 

Cándido, después de ser expulsado de su castillo por darse el lote con la bella y apetecible Cunegunda (la hija del barón) comienza a sufrir reveses tan desgraciados para él como desternillantes, para los crueles e inhumanos lectores de su azarosa vida. Después de unos cuantos revolcones de la fortuna el joven Cándido empieza a preguntarse si eso de que todo es perfecto en la tierra, vivimos en el mejor mundo posible y tal no será excesivo. Le resulta violento cuestionar a su venerado maestro Pangloss que por algo es un filósofo y sabio reputado pero… Después de pasar hambre, recibir palizas, perder fortunas fabulosas y lamentar otros desperfectos va convenciéndose de que el mundo es como es, nada sublime, y hay que apañarse como uno pueda. Por ejemplo, cultivando un hermoso jardín donde las injusticias, maldades, vicios y corruptelas humanas nos salpiquen apenas lo necesario.

 

¿Cuánta gente no habrá soñado con un jardín similar? Miles de anacoretas, renunciantes y otros místicos se han retirado desde siempre del mundanal ruido, algunos por fe y otros por empacho de lo ruidoso, violento y fastidioso de sus convecinos. Lo malo es que, tiempo después, más de uno se ha dado cuenta de que son tan lamentables e insufribles como su prójimo, hasta el punto de no aguantarse a sí mismos lo más mínimo y sufrir, por añadidura, un aburrimiento bestial. Y vuelven al tráfago, tráfico y tósigo de la colmena humana. Siempre habrá alguien más fastidiado, desgraciado e infeliz que él o ella, de quien podrá reírse con saña o compadecerle con caritativa unción, según los casos.

 

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