EL BOSQUE ANIMADO, DE WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

 

 

bosque animado

 

Walt Disney hubiera tenido un filón con los personajes y las historias de este libro. En él conviven narraciones trágicas, como la de Geraldo, el tullido sin suerte, y la desventurada niña Pilara con otras más alegres que nos abren de par en par un mundo chispeante, divertido, entrañable, habitado por truchas que compiten en saltos imposibles, árboles que parlamentan sobre los bienes o males del progreso… Hay sitio también para relatos de cierto aire tenebroso, con sabor a leyenda popular contada junto al fuego en las parroquias húmedas, siempre verdes y encantadas de Galicia. La patria natal del escritor.

 

Fernández Flórez, como Cunqueiro, Risco y muchos otros, estaba empapado del aire arcano y maravilloso de los campos gallegos. Sólo que no es este un hombre especialmente crédulo; fue más bien escéptico y descreído en general. Por eso emociona ver cómo presta su oído al cantar secreto de las criaturas mágicas e imposibles, y las trata con una mezcla de ternura e ironía, lo mismo que a los personajes humanos. Estos despiertan en nosotros simpatía, compasión, reconocimiento. Hasta los ladrones, como Fendetestas, ‘rajacabezas’ no hacen honor a su fama y son buena gente, desempeñan su papel sin dañar demasiado a nadie.

 

Y los fantasmas, el singular Fiz Cotovelo, no despiertan aprensión sino un calorcillo de simpatía y conmiseración. “El bosque animado”, como dice José Carlos Mainer en el prólogo a la edición de Austral (Espasa): es un ‘friso risueño de historias agridulces, de filosofía panteísta y de sensibilidad ecológica’. Así es, recorriendo sus páginas entramos en un mundo encantado, muy distante de la realidad prosaica y descreída que nos rodea, pero es también verosímil a ratos, dolorosamente verosímil. Asoma la desgracia, de vez en cuando, para confirmar que no hemos dejado del todo el mundo conocido sino que estamos como entre dos aguas, entre dos tierras que conviven en el entendimiento unitario de los niños, es un microcosmos infantil, amable o terrible según los casos.

 

Nunca olvidaré la punzada melancólica que me produjo el final del último capítulo, ‘el subterráneo maravilloso’, cuando en una segunda lectura del libro supe de las creencias religiosas del autor, o su falta de creencia. Su panteísmo pesimista, escéptico y resignado me influyó durante años. Sin embargo, esto no bastó para ensombrecer los buenos ratos y las muchas risas que me proporcionaron los otros capítulos. Y es que una de las mayores virtudes de este libro es que está compuesto de muchos y variados relatos. Como quien dice un cuento para cada estado de ánimo; apenas tienen en común el paisaje: los abigarrados bosques, o fragas, de la Galicia profunda (en el sentido de honda, ancestral, auténtica, además del enfoque peyorativo de la palabra, que habrá quien lo vea también).

 

Me despido con un pasaje que muestra la particular poética de Fernández Flórez:

 

En la alborada es cuando el Miedo no puede ya resistir el sueño y se retira a dormir. Apenas una hora, quizá dos. Al elevarse el sol, los malos pensamientos de los hombres y los instintos crueles de los animales han tenido tiempo de desperezarse y siembran el mundo de inquietud. Pero el nacer de cada día tiene una pura intención universal;

hay como una tregua entre los seres y no se piensa en que el destino puede haber tramado algún mal contra nosotros. Parece que lo que ha de suceder no ha sido aún escrito y que son precisamente aquellos los instantes en que, si le hablamos a la Fatalidad, accederá a escucharnos benévolamente. Con el sueño los cuerpos han descansado y las malas ideas descendieron a formar poso en las almas. Se puede mirar al sol, que aún se empereza entre sábanas de neblina, en el lecho del horizonte, y se puede mirar la vida con la confianza de todo renacer. Gusta comprobar que allí estamos nosotros, fugitivos del antro de las pesadillas, de esa muerte pequeña que es el dormir, y que allí está la aldea y el bosque, el mundo, salido sin cercén, de la boca del misterio, goteando escarcha, esa baba fría que hay en las fauces de la noche”.

 

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