TUAREG

 

 

tuareg

 

 

La tradición está destinada a morir, al menos en occidente. Figuras insignes como Guénon, Évola o Schuon lo anunciaban hace muchos años. Por eso emociona esa lucha condenada al fracaso del protagonista de esta historia: un tuareg, de los de verdad; un guerrero de alma noble y generosa, defensor del honor al estilo de los viejos caballeros andantes (más bien los de las novelas, porque los de verdad solían ser sanguinarios ambiciosos y alocados como se vio en las Cruzadas).

 

Alberto Vázquez-Figueroa conoció en persona a varios de estos indomables y altivos reyes del desierto. El contacto con la autenticidad de estas gentes produjo un impacto de muchas trayectorias en el ánimo aventurero del escritor canario. Y esa impresión, que cristaliza en admiración y respeto, conduce a este libro legendario. Tal vez no sea una de las cumbres de la literatura española; no posee la exuberancia de estilo ni la concisión relojera de las obras magnas. Pero tiene otras virtudes. Quien lee este libro se empapa del poder evocador, tremendo, despótico y bello del desierto. Se saborea la verosímil textura de esos paisajes que Vázquez-Figueroa sabe caracterizar porque él vivió allí, en el Sahara español, en su juventud.

 

A mí me ocurrió, no es obligatorio que a usted le pase igual, que me contagié de la fascinación por el desierto y, sin haber estado nunca allí, sentí que de alguna manera inverosímil lo conocía y ansiaba pisar con pies de blanco europeo el inmenso mar de dunas. En España tales ansias son relativamente fáciles de calmar porque tenemos el desierto de Tabernas en Almería, el de los Monegros en Aragón… Pero no es lo mismo. Les confieso, ya lo he hecho, que uno de mis sueños es conocer, bien conocido, el desierto grande, el Sahara, el Gobi, Atacama… Los que pueda. Quisiera ver de primera mano qué pudo atrapar la voluntad, la sangre y la vida de aquellos renunciantes de la Tebaida egipcia. Comparto su veneración por la soledad y el crepitar solemne del silencio, aunque me falta vocación de despego por el mundo. Me interesa demasiado, todavía.

 

Los tuareg, regresamos al tema que me pierdo, son los magos de la supervivencia. Los pocos que todavía quedan, sitiados por el puñetero fervor expansivo de la civilización occidental, son maestros consumados en la tarea de encontrar agua en medio de la nada devastadora y asfixiante de las dunas. Saben orientarse en ese dédalo de montículos ocres barridos por el sol. El libro abunda en episodios de este jaez en los que el protagonista hace acopio de todo lo aprendido de sus mayores para no entregar el pellejo a las ávidas arenas sedientas.

 

Metáfora perfecta de los signos de los tiempos, el noble Gacel Sayah se enfrenta con improbables esperanzas de éxito a la sofisticación y brutalidad de los hombres modernos, ajenos al honor, ajenos a cualquier relación estrecha con la naturaleza. Será porque en sus desmesuradas ciudades las luces de neón no dejan ver las estrellas. Al menos no se ven con el encanto sobrenatural que les da el desierto y su oscuridad cosmogónica.

 

Los tuareg se acaban, y es un mundo completo el que se acaba con ellos. Quiera Dios que no se apaguen sus voces hospitalarias y alegres al amor de las fogatas.

 

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