LA COLMENA, DE CAMILO JOSÉ CELA

 

la colmena

 

En esta novela el autor muestra un cierto estilo de portera, de esas que observan y saben de la vida de muchas personas. Que conocen a esos personajes mejor de lo que ellos se conocen a sí mismos, porque no tienen tiempo de buscarse en la frenética lucha diaria por sobrevivir. La mirada de Cela se encarna en portera curiosa pero comprensiva, empática con unos personajes que sufren un mundo falseado y duro.

 

Un Madrid que, como el oso de su escudo, se yergue lentamente tras ser herido en la incivil guerra. Y en la gente bulle el deseo de vivir, rehacerse, aunque son muchos los que se quedan atascados en la cuneta. No hay sitio para ellos en la nueva España, deben convertirse o morir. Los desvalidos deben convertirse en fantasmas invisibles, los rojos en azules.

 

Es llamativo que Cela, que en principio saludó con entusiasmo el triunfo de los golpistas, acabó pronto defraudado con Franco y su España gris sobre fondo rojo. Rojo de la sangre de los caídos y rojo de los que así pensaban o sentían en la patria pacificada y monocroma. El escritor gallego hace gala de esa empatía que comenté antes con los menesterosos (legión entonces), los rojos, los mariquitas, las putas sin suerte… Y hay palos para los abusones ganadores de la guerra y su empachosa moral hipócrita. Pero los palos se los dan ellos mismos con su actitud, gestos, modales, creencias, que resultan inequívocos para el lector. Pienso, por ejemplo, en doña Rosa y su frecuentado café, que es como un microcosmos que resume lo que es Madrid y España en ese momento. Allí se encuentran todas las clases sociales, la indiferencia, avidez y a veces compasión de los que pueden tomarse un café con tostadas o bollos suizos, y la desesperada mirada de quienes no pueden, las mañas de aquellos que se las arreglan para medrar con triquiñuelas de pícaro…

 

Atentos a esto: ‘los clientes de los cafés son gentes que creen que las cosas pasan por que sí, que no merece la pena poner remedio a nada’. ¿Nos estará pasando algo semejante, ahora, en este 2014 tan moderno y de vuelta de todas las cosas?

 

En la sombra descuidada y desvalida de Martín Marco confluyen, como en una alegoría, las frustraciones, inseguridades, incertidumbres y pesares de una sociedad que no se reconoce a sí misma, no se mira nunca en el espejo, y fluye como el humo irremiso de un automóvil sin rumbo.

 

Cela comenta en la nota a la segunda edición:

 

‘Pienso lo mismo que hace cuatro años. También siento y preconizo lo mismo. En el mundo han sucedido extrañas cosas -tampoco demasiado extrañas-, pero el hombre acorralado, el niño viviendo como un conejo, la mujer a quien se le presenta su pobre y amargo pan de cada día colgado del sexo -siniestra cucaña- del tendero ordenancista y cauto, la muchachita en desamor, el viejo sin esperanza, el enfermo crónico, el suplicante y ridículo enfermo crónico, ahí están. Nadie los ha movido. Nadie los ha barrido. Casi nadie ha mirado para ellos.

Sé bien que La colmena es un grito en el desierto; es posible que incluso un grito no demasiado estridente o desgarrador. En este punto jamás me hice ilusiones vanas. Pero, en todo caso, mi conciencia bien tranquila está.

Sobre La Colmena, en estos cuatro años transcurridos, se ha dicho de todo, bueno y malo, y poco, ciertamente, con sentido común. Escuece darse cuenta que las gentes siguen pensando que la literatura, como el violín, por ejemplo, es un entretenimiento que, bien mirado, no hace daño a nadie. Y ésta es una de las quiebras de la literatura.

Pero no merece la pena que nos dejemos invadir por la tristeza. Nada tiene arreglo: evidencia que hay que llevar con asco y con resignación. Y, como los más elegantes gladiadores del circo romano, con una vaga sonrisa en los labios’.

Camilo José Cela, 1955

 

Pensemos que las cosas, después de todo, sí tienen arreglo. Aunque sólo sea como homenaje a quienes, cada día, se levantan creyendo que es posible aun viviendo mucho peor que nosotros. Cuando leí este libro por primera vez era de izquierdas. Ahora, después de muchos embates conmigo mismo, ya no lo soy. Pero siempre guardaré un calorcillo de simpatía por mis antiguos correligionarios: el desprecio por el autoritarismo, la necesidad vital de que las ideas y creencias se expresen libremente, la simpatía por los marginados (ya sea por su pobreza, condición sexual…).

 

Ahora pienso que desde la economía, ese monstruo que tanto denosté cuando era primo carnal de los anti-sistema, se saldrá adelante. Comprendí que la economía no es tanto lo que hacen los brokers, especuladores o trileros de las multinacionales. La gran economía está tejida de mil pequeñas historias, es el resultado del trabajo, constancia e inteligencia de millones de personas. La llaman economía pero podríamos apodarla ‘amor propio’, ‘espíritu de lucha’, la que comparten jefes y obreros para sacar esto adelante. Ni el gobierno, ni las multinacionales ni los brokers vendrán a darnos nada, ellos están a lo suyo.

 

Sigo pensando, como antaño, que un país desarrollado y rico (como sigue siendo España pese a la crisis) no puede permitirse el lujo de prescindir de la sanidad y educación universales y gratuitas. Hay que invertir en lo social, pero para ello es preciso generar riqueza. Necesitamos del capitalismo más que nunca, pero un capitalismo ecológico, respetuoso con la gente. Y está al alcance de nuestras manos hacerlo. Porque el capitalismo, como el amor, la gramática, los sentimientos, no pertenece a nadie (piensen lo que piensen algunos), es algo sostenido por la gente. Sostengamos la esperanza se llame como se llame.

 

 

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