MENTES MARAVILLOSAS QUE CAMBIARON LA HISTORIA, DE CARLOS BLANCO

 

mentes maravillosas

 

De pequeño soñaba con ser un genio. Porque eso, quieras que no, molaba. Conforme fui creciendo me di cuenta de que los genios eran unos tipos, y tipas, raros, insufribles y, a menudo, desgraciados. Así que decidí que no me interesaba ser un genio.

 

Vale, la naturaleza decidió por mí al no hacerme un genio sino alguien más bien normalito y grisáceo, de infantería. Pero jamás sentí envidia de mis compañeros más inteligentes del cole, ni de los grandes personajes que habían aportado algo a la humanidad. Dada la ingente cantidad de defectos que afean mi personalidad esa admiración sana me congracia algo con la moral. Después de todo en este blog me dedico a compartir con ustedes la admiración que me han suscitado ciertas creaciones humanas, mayormente libros. Aunque a menudo mis reseñas son tan subjetivas y enmarañadas que acabo hablando más de otras cosas que del propio libro. Como me está pasando ahora para no ir más lejos. La ventaja de este blog es que no les traigo, como hacen otras bitácoras, una sucesión de libros rabiosamente actuales y vendidos, remedando los anaqueles de un centro comercial (si es que esto es una ventaja).

 

Vamos al tema. El libro que nos ocupa va de genios, sí. Y lo firma alguien que no se presenta como tal, cortesía obliga, pero cuando uno le echa un vistazo a la solapa de su libro cae como un alud el precoz y apabullante curriculum del autor:

 

ha estudiado a la vez tres carreras (filosofía, ciencias químicas y teología), terminadas todas con 21 añitos (filosofía con 20); comenzó a hablar con siete meses, a leer con dos años; a los once años fue admitido en la Asociación Española de Egiptología y cursó estudios de egipcio medio en sistema jeroglífico y de árabe en el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, siendo considerado el egiptólogo más joven del mundo (claro). Además de saber egipcio jeroglífico y árabe cogió carrerilla y aprendió lenguas clásicas (griego y latín), ruso, chino, además de acadio y copto. No contento con eso redondeó su curriculum interviniendo varias veces en ‘Crónicas Marcianas’.

 

¿Se acuerdan de él? Era aquel adolescente sabihondo que hablaba con soltura de prolijos temas. Que cuando se ponía a hablar dejaba al personal pillando palomicas, como decimos en mi pueblo. O sea, para quien no es de mi pueblo: atontolinaos, con la boca abierta como un túnel. Sardá, que no es tonto precisamente, hacía ímprobos esfuerzos  por no parecerlo al lado de aquel portento psíquico.

 

 

Pues en este ‘Mentes maravillosas…’ Carlos Blanco es capaz de sumar a su imponente bagaje académico la amenidad, su libro es entretenido y edificante. En la introducción nos habla de Ramanujan un prodigio de las matemáticas indio que, sin ir a la universidad y de forma autodidacta fue capaz él solo de llegar a complejos teoremas. Un matemático de prestigio en la India se dio cuenta de su estratosférica inteligencia y le consiguió un trabajo decente para que el muchacho pudiera dedicar el tiempo libre a su pasión por los números. Su talento no pasó desapercibido para algunos profesores de Cambridge, quienes, atónitos ante sus logros, le invitaron a visitar Inglaterra para trabajar en aquella universidad. Allí vivió unos años de sensacional fertilidad creadora y se le reconoció como el miembro más joven de la Royal Society y pasó a formar parte del Trinity College de Cambridge donde había estudiado un tal Newton. Pero el fenómeno indio enfermó y murió con sólo treinta y dos años.

 

A partir de este personaje y su vida excepcional, Carlos Blanco hace una oportuna reflexión. Si bien es cierto que a lo largo de la historia han habido genios que han puesto patas arriba una determinada ciencia o arte, no es menos verdadero que es la humanidad entera, con el esfuerzo de millones de personas a lo largo de los siglos, la que avanza. Y de ahí surge el dilema de siempre ¿el genio lo es por su naturaleza o por la cultura que lo rodea? Diríamos que hay mezcla de cada cosa, pero dejemos esta sesuda cuestión para los expertos.

 

El políglota y egiptólogo precoz nos propone un itinerario estimulante desde el milagro anónimo de la escritura pasando por gente como Sócrates, Arquímedes, Copérnico, Galileo (no sale Newton, lo cual hubiera fundido su espíritu susceptible), la invención del microscopio, Edison, Ramón y Cajal, Planck, Marie Curie, Einstein… Curiosamente incluye a Adam Smith, que para muchos no fue un genio, aunque no ahorra críticas para su celebérrima ‘mano invisible’.

 

Esa sucesión de portentos y avances para la historia humana son narrados de forma amena, como dijimos antes, consiguiendo una buena divulgación de conocimientos que se nos han quedado muy lejos, en los albores del instituto, la edad del pavo, los primeros calimochos… O saberes de los que, al menos en mi caso, no tenía mucha noticia, como las tenebrosas matemáticas, que amenazaban mi tierna cabeza de juntaletras.

 

En conclusión, les animo a leer un libro que no cambiará la humanidad pero puede que sí cambie nuestra forma de ver a los sabios y sus gestas para beneficio nuestro y honra de la especie.

 

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