LOS VAGABUNDOS DEL DHARMA, JACK KEROUAC

 

 

 

vagabundos dharma

 

Son extraños los caminos de la literatura y de la vida. Cómo pudieron acabar confundiéndose en el mismo movimiento vital e intelectual las obras de Kerouac y Burroughs. Se suele hablar de ellos como los más destacados del rollo beat (junto con Ginsberg y alguno más), la salvaje, libre y original generación de escritores yanquis.

 

 

Y sin embargo el mismo cañón del Colorado parece abrirse entre ellos. Comparemos por ejemplo, On the road o Los vagabundos del dharma de Kerouac con El almuerzo desnudo del viejo William. En las anteriores todo es juerga sagrada y aventura inocente, la conciencia del norteamericano de clase media abriéndose paso a través de nuevos horizontes y explorando los propios límites de su mentalidad. El almuerzo desnudo, en cambio, es un descenso atroz a un infierno poblado por yonquis, depravados, personajes de espaldas a cualquier ética entregados al vicio autodestructivo supremo entonces: la heroína. Un espejo de la propia realidad malvivida por Burroughs a la intemperie de los más bajos instintos y la renuncia a cualquier tipo de amor propio. Asolado por el mordisco del “mono”, el trato de seres repulsivos, el apocalipsis personal…

 

 

Parece mentira que muriera con más de ochenta años después de una larga vida de autoabusos. No soy quien para criticar el afán exploratorio y de conocimiento que suponen las drogas pero también sé de su terrible embestida. Escohotado las compara acertadamente con el Genio de Aladino. Cuando a éste se le invocaba para algún asunto intrascendente desataba su furia sin contemplaciones. Así actúan las drogas, hacen pagar a los irresponsables que las convocan sin medida ni temple con avernos de furiosas llamas que hacen palidecer los tormentos anunciados por las religiones.

 

 

Sin embargo, los que se sirven de ellas con frugalidad, sensatez y buen uso acceden al tesoro escondido por el Genio: el conocimiento de sí mismos. Pero ese camino es tan escarpado, tortuoso y lleno de precipicios que no se puede recomendar a nadie por audaz que sea. Quienes así lo hacen, e inculcan a los demás un coqueteo sin ambages con las sustancias, se equivocan.

 

Bueno, volvemos a los vagabundos del más alto deber, del dharma, los peregrinos de la eterna búsqueda: subiendo a trenes en marcha, haciendo autostop, caminando bajo las estrellas, bajo el sol… Jack supo dibujar con buen trazo a aquellos locos de Dios, la cerveza, las chicas, los chicos, la poesía, los eternos amaneceres en el desierto. No en vano fue uno de ellos y sus relatos son en gran parte autobiográficos.

 

Aquella generación beat fue mucho más extrema, afilada, profunda, pulsante, que los posteriores y alelados hippies. Estos últimos heredaron de sus ídolos y predecesores la contracultura, la no violencia, el espíritu de exploración, pero sin las agudas aristas ni los reflejos inquietantes de aquellos.

En los cuarenta y cincuenta Nueva York, San Francisco y otras ciudades bullían de jazz, desenfreno, bourbon, bellas musas bacantes (y vacantes), apolos inspirados, afroditas ingeniosas y libres, rapsodas de la ebriedad sagrada.

Por cierto, todo esto muy alejado de la insulsa “On the road”, la reciente película que pretende ser crónica de un fenómeno enteramente extraño a ella.

Los vagabundos beat, de una forma u otra, se plantearon su relación con la trascendencia, el poder inefable de la naturaleza y lo que la mueve con manos invisibles e inimaginables. Pero ellos no querían una búsqueda ascética negadora del cuerpo, no tenían vocación de monjes budistas (por lo de dharma). Querían darle al cuerpo lo suyo para que el alma no entristeciera anegada por las pasiones, sino que se elevara como un cohete de brillantes colores hasta superar el suspiro trémulo de las estrellas.

Y sin embargo, a pesar de todo eso, Jack estuvo en los altos bosques de las montañas solo, todo un verano, como vigilante de incendios. Y aquella experiencia se pareció a un monacato pasajero:

Había días calurosos y desagradables con plagas de langosta y otros insectos,

calor, nada de aire, ninguna nube, en los que no conseguía entender que hiciera tanto calor en una montaña del Norte. A mediodía lo único que se oía era el zumbido sinfónico de un millón de insectos, mis amigos. Pero llegaba la noche y, con ella, la luna del monte, la luna que rielaba en el lago, y yo salía y me sentaba en la hierba y meditaba cara al oeste deseando que hubiera un Dios personal en toda esta materia impersonal. Iba a mi campo de nieve, sacaba una jarra de jalea púrpura y miraba la luna a través de ella. Veía que el mundo rodaba hacia la luna.

 

Por la noche, mientras estaba dentro del saco, el venado subía desde los bosques y mordisqueaba los restos de comida que quedaban en los platos de estaño que siempre dejaba a la puerta de la cabaña; machos con grandes cuernos, hembras, y cervatillos preciosos que parecían mamíferos del otro mundo, de otro planeta, con todas aquellas rocas iluminadas por la luna detrás”.

 

 

El relato rebosa personajes interesantes entre los que destaca Japhy Ryder, trasunto de Gary Snyder, poeta, montañero y orientalista americano gran amigo de Jack Kerouac. Y una de las pocas personas mencionadas en el libro que sigue con vida. Este es el retrato que se hace de él:

 

Japhy Ryder era un tipo del este de Oregón criado con su padre y madre y hermana en una cabaña de troncos escondida en el bosque: desde el principio fue un hombre de los bosques, un leñador, un granjero, interesado por los animales y la sabiduría india, así que cuando llegó a la universidad, quisiéralo él o no, estaba ya bien preparado para sus estudios, primero de antropología, después de los mitos indios y posteriormente de los textos auténticos de mitología india. Por último, aprendió chino y japonés y se convirtió en un erudito en cuestiones orientales y descubrió a los más grandes Vagabundos del Dharma, a los lunáticos zen de China y Japón”.

 

Es uno de esos personajes que enseguida me cae simpático porque no es un intelectual estirado sino un tipo de campo, criado en los bosques. Así se las gastaban los vagabundos:

 

Compramos el garrafón en la avenida Shattuck y bajamos todavía más y volví a ver su pobre bicicleta en el césped. -Japhy se pasa el día entero Berkeley arriba y Berkeley abajo en bicicleta con la mochila a la espalda -dijo Coughlin-.

 

También solía hacer lo mismo en el Reed College de Oregón. Allí era toda una institución. Luego montábamos fiestas tremendas y bebíamos vino y venían chicas y terminábamos saltando por la ventana y gastando bromas a todo el mundo”.

 

Y de otras formas más carnales, véase el “yabyum”. En fin, al lector que le escandalice el amor libre sesentero mejor que no lea el libro, aunque el sexo sea en él un asunto más, abordado con un tono natural, casi infantil. Distinto de las perversiones más o menos refinadas que inundan las librerías persiguiendo las sombras de no sé quién.

 

Como despedida otro breve fragmento del libro. Que ustedes lo pasen bien.

 

[..] Al ver las nubes por encima de las montañas de Alamogordo parecía que tenían impresas en el cielo estas palabras: “Esto es la Imposibilidad de la existencia de todo.”

 

¡Extraño lugar para aquella visión realmente extraña! Y luego se lanzó a través de la hermosa comarca india de Atascadero, en las alturas de Nuevo México, y había hermosos valles verdes y pinos y ondulados prados como en Nueva Inglaterra, y luego bajamos a Oklahoma (en las afueras de Bowie, Arizona, echamos un sueñecito al amanecer, él en el camión, yo en mi saco de dormir sobre la fría arcilla roja sin más techo que el brillo de las estrellas y alrededor el silencio y en la distancia un coyote), y en seguida atravesamos Arkansas y devoramos ese estado en una tarde y luego Missouri y San Luis, y por fin el lunes por la noche atravesamos Illinois e Indiana como una exhalación y entramos en el querido y nevado Ohio con todas las luces de Navidad en las ventanas de viejas granjas que llenaron mi corazón de alegría”.

 

 

 

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2 comentarios en “LOS VAGABUNDOS DEL DHARMA, JACK KEROUAC

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