EL ARTE DE LA GUERRA

 

el arte de la guerra

 

Es posible que les suene este libro singular, tiene más de 2300 años y ha servido de inspiración a muchos estrategas. Entre los últimos figuran Mourinho, Scolari (el entrenador de Brasil) y una legión de conductores de grupos, empresarios y calculadores varios.

 

No en vano, estratega viene del griego ‘strategos’ que quiere decir general. Permítanme que me ponga cabezón, este es un libro que hay que leer sí o sí. Vale, ya sé que no se leen los libros a la fuerza como se tragan las píldoras o se beben los jarabes nauseabundos. Les explico mi opinión. Da igual que seamos personas pacifistas, que no usemos el término ‘enemigo’ que tan a menudo aparece en el librito.

Es conveniente que conozcamos las tácticas de quienes sí buscan la guerra, y sobre todo de los sibilinos, astutos y disimulados que nos arrebatarán lo que pretendemos sin declararnos siquiera la guerra, sonriendo y dándonos un golpecito en la espalda, en plan compadres. Porque, señores y damas, el enemigo es nuestra propia tontería, que los otros pueden aprovechar en su beneficio. Hablo sobre todo de mí, no tienen por qué darse por aludidos.

 

El breve texto da una serie de consejos para los generales avisados: cuándo atacar, cómo conocer el terreno, cómo manejar nuestras virtudes y disfrazar los defectos… Tampoco se esperen un manual de autoayuda supercomplejo que les dicte hasta cuando tienen que ir al baño. Pero hay cosillas que no están mal:

 

‘… cuando ha logrado una victoria, no repita la misma táctica, sino que, respondiendo a las circunstancias, modifique sus métodos hasta el infinito’.

‘… conseguir cien victorias en cien batallas no es la excelencia suprema de la habilidad. Rendir al enemigo sin combatir es la excelencia suprema de la habilidad’.

 

Claro está, gastar fuerzas por gastar, pues no. Sun Tzu es con frecuencia astuto y endiablado en sus consejos. Tanto que Maquiavelo era una monjita de clausura a su lado:

 

‘Muestra un señuelo a tu enemigo para hacerle caer en una trampa; simula desorden y sorpréndelo’.

 

‘Cuando el enemigo esté descansando has de saber fatigarlo, cuando esté bien alimentado, hacerle pasar hambre, cuando esté reposado forzarlo a moverse’.

 

Tiene su lógica. Les aseguro que no es mi objetivo promover la misantropía con el comentario de este libro, tómense estas cosas de forma figurada, como metáforas. Por ejemplo, para los más altos maestros sufís la ‘guerra santa’ mencionada en el Corán no es otra que aquella sostenida por el creyente contra sus propias flaquezas. Algo parecido decía Antonio Machado:

 

‘No extrañéis dulces amigos,

que esté mi frente arrugada.

Yo vivo en paz con los hombres

y en guerra con mis entrañas’.

 

Con esto me quedo, con que todos los artes de guerra sean para combatir lo que no nos sirve de nosotros mismos.

 

 

 

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