EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA, DE GARCÍA MÁRQUEZ

 

Elcoronel

Dicen que quien espera desespera. Pero hay excepciones, personajes tozudos, profesionales de la paciencia. Y uno de ellos es el coronel de esta novela. Les aseguro que he encontrado especímenes de este tipo en la vida real, con todas sus variantes posibles. Algunas de estas personas son tan tranquilas que no les altera ni un inspector de Hacienda. Otras son inquietas, y están protestando todo el rato, se quejan de su situación pero no se rinden, siguen esperando.

 

El coronel de García Márquez aguarda a que le manden su pensión por veterano de guerra. Pero ya saben lo que a veces pasa con las pensiones, gobiernos y veteranos de la guerra o de la frutería de la esquina. A veces un funcionario se despista, o sus jefes de no sé qué ministerio lo despistan adrede para que la ansiada pensión nunca llegue. Cosas que pasan. Pero este señor viejito y enjuto como un fideo no sabe nada de esas cosas, las burocracias y todo eso. O si las sabe no le interesan, él sabe que le deben algo y espera sin desmayo lo que le toca. De manera que este hombre abandonado “no tiene más ocupación que esperar el correo todos los viernes”.

 

Lo que ocurre es que los héroes pueden llegar a ser unos pelmazos y la señora de este santo laico está empachada de sus manías. Harta de que se gasten lo que no tienen para alimentar a un gallo de pelea, harta de la miseria, con su aroma de cajones vacíos y botes de café raídos… Pero mal que bien estos dos viejos sobreviven no se sabe cómo, a golpe de improvisación:

 

“El calor de la tarde estimuló el dinamismo de la mujer. Sentada entre las begonias del corredor junto a una caja de ropa inservible, hizo otra vez el eterno milagro de sacar prendas nuevas de la nada. Hizo cuellos de mangas  y puños de tela de la espalda y remiendos cuadrados, perfectos, aun con retazos de distinto color. Una cigarra instaló su pito en el patio. El sol maduró. Pero ella no lo vio agonizar sobre las begonias. Sólo levantó la cabeza al anochecer cuando el coronel volvió a la casa. Entonces se apretó el cuello con las dos manos, se desajustó las coyunturas; dijo: ‘Tengo el cerebro tieso como un palo’.

 

-Siempre lo has tenido así -dijo el coronel, pero luego observó el cuerpo de la mujer enteramente cubierto de retazos de colores- pareces un pájaro carpintero.

-Hay que ser medio carpintero para vestirse -dijo ella”.

 

En estos momentos difíciles para mucha gente más de una familia sale adelante por la imposible imaginación creadora y tenacidad de señoras como esta. El mismo Gabo no fue ajeno a las dificultades. Cuando escribió esta novela él mismo esperaba en París las cartas de sus amigos. Esas cartas le traían ayuda desde Colombia para salir adelante y resolver su situación económica y laboral. Él tuvo más suerte que el olvidado coronel. Pero éste, el anciano enjuto y escurrido de carnes, tenía dos cosas: un fiero gallo de pelea y su incombustible esperanza.

 

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