TRILOGÍA DE NUEVA YORK, PAUL AUSTER

 

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Con Auster todo resulta enigmático, laberíntico, angustioso. Sus novelas, grandes novelas, dejan un regusto de desolación, ambigüedad, desazón. Un poco como los famosos finales abiertos de películas de terror en los que el vampiro, el psicópata o el monstruo nos guiñan desde la oscuridad (a espaldas del protagonista) haciéndonos saber que la cosa no ha terminado. Sólo que Auster consigue esto de un modo mucho más refinado. En el mismo momento en que la película de terror termina, por mucha inquietud que provoque su final, somos conscientes de que es sólo ficción.

 

Las novelas de Auster son diferentes. Con todo su desfile de personajes bizarros, coincidencias asombrosas y detalles inverosímiles, poseen un raro realismo, un realismo casi grosero que nos sacude como una vaharada de aire cálido en una llanura agostada y decrépita, innegable.

 

En cada parte de la Trilogía (Ciudad de cristal, Fantasmas y Habitación cerrada) quedan muchas más preguntas en el aire que respuestas sobre la mesa. Esto es lo que hace especial el estilo de este autor. Sus novelas no son como esas en las que todo está medido y pesado de tal manera que al llegar al final descubres quién es el asesino y toda la trama queda clara como el dibujo de un tapiz, incluso burda según los casos. El final de la Trilogía de Nueva York nos deja dándole vueltas a muchas cosas.

 

¿Por qué ha pasado esto? ¿Qué ha sido de este personaje? o ¿Hay alguna relación entre este y el otro? Toda la narración es un juego de espejos en el que el autor muestra variantes indefinidas del mismo personaje: él mismo. Pero sin mostrarse nunca a sí mismo, claro está. Más bien se trata de una reflexión sobre la identidad, sobre qué significa ser una persona singular, separada del resto, con cierta unidad, y al mismo tiempo albergar múltiples yo que afloran apenas les invocamos como demonios salidos de las sombras.

 

 

En una escena, un escritor mediocre que ha perdido a su familia y va camino de perderlo todo se mira en el espejo de su contrario: un afable cabeza de familia padre de un niño encantador y una bella esposa que se dedica a placer a sus intereses literarios bañado en prosperidad. ¿Qué tienen en común? Quizá que son como dos fotogramas distintos de una película en la que el protagonista vaga distraídamente sin dejarse ver del todo.

Son dos caminos distintos para llegar al mismo sitio: ninguna parte.

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