CUENTOS COMPLETOS, DE OSCAR WILDE

 

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En un sólo volumen tenemos las exquisitas narraciones cortas de Oscar Wilde. En ellas florece su habitual gusto estético refinado pero hay mucho más en ese jardín.

En los relatos que podrían considerarse para niños y, por supuesto, para adultos (El príncipe feliz, El ruiseñor y la rosa, El gigante egoísta…) se respira un aroma entrañable a cuento popular, de los que las abuelas contaban, cuando eso aún sucedía, a sus nietos junto a la lumbre. Estas pequeñas historias están llenas de bondad y belleza. A mí, que no soy fulano de lágrima fácil, como decía Sabina, me han arrancado alguna.

Los que se agrupan en torno al fastuoso Una casa de granadas, sirven para que el genio decadente despliegue todo su arsenal estético de artista pagano y epicúreo, adorador sin reservas de la belleza de este mundo. Aunque, igual que en los anteriores cuentos, brilla la moral cristiana como un ornamento más al servicio de su plan artístico. Recuerdo El pescador y su alma, de aires orientalizantes y mágicos, como uno de los relatos más maravillosos que he leído nunca. En él se reconcilian, precisamente el paganismo de los dioses y genios de la naturaleza con el cristianismo receloso de los antiguos cultos en un final de esplendor romántico e inocente santidad.

Es muy variada esta colección de relatos, tanto, que a la vuelta de unas páginas nos encontramos con crímenes absurdos (El crimen de lord Arthur Savile), fantasmas con ganas de cachondeo (el de ‘Canterville’, claro), y hasta una teoría sobre la naturaleza de los sonetos de Shackespeare. Según el autor, fueron encendidas demostraciones de amor del genial dramaturgo a un noble inglés que lo acogió bajo su protección. Yo ni quito ni pongo, pero Simón Wiesenthal, en su monumental Libro de réquiems, del cual hablamos aquí hace tiempo, disiente. Comenta que en aquella época era muy usual que los artistas festejaran a sus mecenas con versos de ese tipo. Y cita el caso de otro escritor inglés que se dirige en términos similares a su protector, siendo él mismo, no obstante, reconocido por su afición a las mujeres y no a los varones. Como digo, que cada cual se forme su opinión.

Los últimos relatos de este libro, agrupados bajo la denominación ‘Poemas en prosa’, haciendo honor a su nombre, poseen un condensado simbolismo poético y querencia por la paradoja (El artista, El bienhechor, La sala del Juicio), y cierra el libro un apólogo de sabor místico (El maestro de sabiduría).

En estas últimas narraciones, como en las anteriores, Oscar Wilde se debate entre su pasión dionisíaca y desmedida por los placeres y el lujo, y la admiración suscitada por la piedad, la compasión, y la mística de la santa pobreza.

Después de caer en desgracia ante el puritanismo victoriano y pagar sus amores por Lord Alfred Douglas con trabajos forzados, se aleja de todo. El brillante e ingenioso ídolo que fue celebrado y disfrutado en los salones de la crema británica fue olvidado.

Se convirtió en uno de los personajes de sus relatos, una sombra errante y marginada. Fue uno más de los desfavorecidos y menesterosos a los que siempre tuvo en algún rincón de su corazón por recóndito que fuera, hasta en los momentos más fulgurantes y exitosos de la vida muelle y feliz. Cambió su nombre por el de Sebastian Melmoth y sobrevivió, pocos años ya, en París o la Costa Azul, con la caridad que algunos quisieron ofrecerle.

Y así, en un retiro de aristocrática pobreza, rechazado por muchos amigos y compatriotas pero ensalzado por grandes artistas y escritores que reconocían aún el brillo de su genio, murió en 1900, junto al Sena. En 1909 trasladaron sus restos al cementerio de Pére Lachaise, donde acompaña en el sueño eterno a fugaces (pero persistentes) estrellas como Jim Morrison, por ejemplo.

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