VIDAS DE LOS DOCE CÉSARES, SUETONIO

octavio

 

Hoy se nos marcha el mes de agosto. Si lo llamamos ‘agosto’ es en honor de Octavio César Augusto, el primer emperador de Roma. Este año en que se conmemora el siglo de inicio de la Primera Guerra Mundial, o el centenario del nacimiento del gran Cronopio Cortázar, muchos han pasado por alto otra efeméride. Se trata, precisamente, de la muerte del sobrino nieto de Julio César, de la que se cumplen 2000 años.

Desde aquí le recordaremos con el libro de Suetonio, que si bien glosa la vida y milagros de otros diez imperatores (más Julio César), se ocupa de forma especial, en su libro II, del fundador del Imperio. Suetonio era, como otros historiadores romanos, afecto a los detalles, las anécdotas, y gustaba de componer un dibujo bien perfilado de los ilustres personajes de cuya vida hablaba. Tanto es así que se esmeraba en resaltar luces y sombras, relieve moral del biografiado, más que en exponer un sesudo análisis histórico y político de su circunstancia.

Augusto fue muy criticado en épocas cercanas como enemigo de la libertad y la sagrada República, pero lo cierto es que Roma nunca fue más próspera e industriosa que bajo el inteligente gobierno de su tío, el conquistador de las Galias, y el propio mando de Octavio. Quien fue nombrado de forma espontánea por el pueblo ‘Pater Patriae’. Fue de costumbres austeras, culto y menos dado a la pompa que sus sucesores.

Octavio Augusto fue más un funcionario eficiente que un espadón, y su mano se nota en ciertos logros: la clase media despega, el Senado recupera sus funciones legislativas, y se enseñorea la paz. La famosa Pax Romana que también ha sido blanco de los críticos del autoritarismo y la dictadura: ‘Sí, paz pero a expensas de la libertad’. Lo cierto es que ese estado de sosiego que ilumina el mandato de César Octaviano es algo que no volverá a repetirse. Empezando por las anomalías de carácter y las taras del alma que afean a sus inmediatos herederos. Y aquí se ve a las claras el terrible peligro del régimen imperial: que esa enorme potestad recaiga sobre malvados o incapaces; o, tanto da, que los elegidos para el mando se hagan malvados e incapaces tras recibir tamaña responsabilidad.

Para confirmación de esa indudable amenaza, sus sucesores fueron, cuando crueles, infinitamente más crueles, y cuando sensatos, bastante menos. La tragicomedia comienza con Tiberio, un melancólico-paranóico que no fue ciertamente de los peores; le sigue Calígula, le conocerán mejor, supongo; Claudio era lisiado y asustadizo pero prudente y buen gobernante; A Nerón le conocen también. Y para qué seguir. En cinco siglos de Imperio apenas un puñado de emperadores se salvan de la quema.

Suetonio no es manco en señalar los defectos de los divinos protagonistas de su libro, quizá teniendo en cuenta una frase de su amigo Plinio el Joven:

‘Cuando la posteridad guarda silencio respecto a un príncipe es señal de que el príncipe actual se comporta de idéntica manera’.

El itálico Adriano, el emperador cuando Suetonio escribe el tomo sobre Octavio Augusto, es una de esas escasas luces en la tormenta de la historia romana. Procura parecerse en lo que puede al sagrado precursor fomentando gran cantidad de obras excelsas para embellecer Roma y velando por la conservación de las que dejó como legado Augusto.

También su decisión de renunciar a más conquistas militares resulta un eco de la Pax Romana de Augusto. A nuestro historiador le fue bien y mal con Adriano, como suele pasar en la vida. En un primer momento obtuvo cargos de importancia (jefe de bibliotecas y archivos) pero luego lo relegaron al mezclarlo con una conspiración que hicieron contra Adriano estando éste de viaje.

Como conclusión para este circunstancial y modesto recuerdo del primer emperador de Roma me interesa hacer dos reflexiones edificantes.

1 La primera, es que me gustaría que la memoria de Augusto y su obra sirviera para mostrar como un hombre detentó un poder desaforado y lo usó en bien de su pueblo.

2 La segunda es el deseo sincero de que a los gobernantes del mundo que lean los párrafos de Suetonio no les entre la nostalgia. Y que consideren esas batallitas y áureas crónicas como curiosidad histórica y no tomen ansia de la púrpura.

En este mundo ya tan desengañado, cambiante, líquido, la mayoría nos conformamos con un sistema que es el menos malo (la democracia) y con hombrecillos grisáceos que hagan el menor daño posible. Las épocas de los grandes personajes ya pasaron, al menos en la política. O eso quisiera uno pensar.

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