EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS, PAUL AUSTER

pais de las ultimas cosas

Alguien del Washington Post decía de esta novela que es ‘uno de los mejores intentos contemporáneos de describir el infierno’. Me parece bastante ajustado. Pero por las páginas impresas por Paul Auster no pululan diablillos, ni se describen paisajes avernales al estilo de la Divina Comedia. Más bien se cuenta la pesadilla realista aunque difícilmente asimilable de un país totalitario donde cunden los mayores espantos. La gente muere de miseria, y florece una macabra cultura de la muerte: los atletas no se detienen hasta caer muertos de cansancio; los saltadores se arrojan desde los tejados. Todo sucumbe y se destruye, mientras que los finados no pueden tener un funeral digno pues sus cuerpos han de ser entregados a las centrales para generar energía…

En ese país de locos, en esa trampa mortal cae Anna Blume, la protagonista de esta historia, buscando a su hermano desaparecido. No lo encuentra, y su tranquila vida se convierte en una carrera de obstáculos diaria por mantenerse con vida, cuerda y digna. Combinación que no es nada fácil.

Alejandro Jodorowsky, psicomago, director de cine y escritor de historias para cómics decía en uno de sus libros que el arte debería ser curativo (a despecho de sus estrafalarias y horríficas películas). Los libros, los cuadros, las creaciones en general habrían de servirnos para engendrar ideas y sentimientos positivos. Reconozco que me influyó bastante ese pensamiento. Y a eso le sumamos que estoy empachado por completo de tanta novela negra, del glamour de los libros pesimistas y derrotistas con su pátina existencial tan prestigiosa.

Sin embargo es cierto que el lado oscuro, trágico, triste, del arte también es necesario. Para denunciar algo que no va bien, para exorcizar la oscuridad que llevamos dentro. Si reprimimos el mal, el mal se pudre en las entrañas y termina engendrando monstruos.

Aquella famosa frase al pie de un cuadro de Goya: ‘el sueño de la razón produce monstruos’, se puede interpretar de más de una manera. La forma que me enseñaron en el colegio consiste en que, cuando la razón se duerme, no vigila, emergen monstruos desde la irracionalidad de las pasiones.

Años más tarde, una concepción más posmoderna decía que la razón dejada a sí misma, y sus sueños, da lugar a monstruos. Cada uno que escoja la interpretación que más le agrade. Yo creo que la razón no sueña, para eso está la imaginación. La razón es implacable para lo bueno y lo malo, le muestras un plan, construir una casa, plantar un huerto, exterminar a la humanidad, y ella se encarga, por deducción e inducción, de escoger los mejores pasos para lograrlo. Como dice Escohotado, la cuerda que usa el suicida para ahorcarse, la emplea el alpinista para escalar una montaña o el marinero para recoger las velas de su navío. Pues lo mismo pasa con la razón.

El país de las últimas cosas muestra como la razón es perfectamente capaz de conquistar el absurdo agitada por las más negras pasiones. Pero el libro, aunque es terrible, no llega a ser del todo pesimista. Nos deja una puerta entornada tras la cual no sabemos qué se esconde para el porvenir, pero la supervivencia es la única noticia importante, minuto tras minuto. La áspera realidad no deja allí mucho tiempo para elucubraciones.

En medio de la descomposición física y moral de la sociedad, de esa sociedad (¿y quizá también de la nuestra?) por lo menos hay varias personas que aguantan de pie sin ceder a sus instintos más bajos. Lo que guarda un curioso paralelismo con un libro que vi hace poco comentado en el blog Papel y cincel. Se trata de La Carretera, de Cormac McCarthy, un escritor norteamericano igual que Auster. ¿Será casual? No creo que sea casual. Los yanquis llevan el Apocalipsis circulando por su sangre, igual que los glóbulos rojos o el plasma. En la tradición protestante se acostumbra más a leer la Biblia y ese texto atribuido a Juan el Evangelista ha hecho furor en ciertos ambientes por allí. Que levanten la mano los católicos, de fe o cultura, que lo hayan leído de principio a fin. Sin embargo, en aquellos parajes al norte del río Bravo se haya leído o no, ese libro tiene un peso concreto e indudable en las consciencias e inconscientes. Por eso no creo que sea casual que se aborde con tanta frecuencia el fin de los días desde la literatura o el cine de aquellos pagos.

Y recordemos que en el texto bíblico hay buenos y malos. La mayoría deciden apuntarse a los que ganan, tatuarse los tres seis, y se juntan con el Maligno. Y una minoría aperreada, perseguida, marginada, se mantiene fiel a Cristo; agarrados al tenue hilo de la fe, que es confianza indesmayable. Y Dios los salva en la última hora.

Un sabio persa decía que Dios no creó el mundo una sola vez, en los albores del Génesis, por el contrario, crea el mundo todos los días, lo sostiene con su aliento. Si esto es así, todos los días se acaba también la creación. Y, día a día, el mundo comienza y termina.

Es posible, entonces, que ese drama que se narra en el Apocalipsis sea cotidiano, y tengamos que escoger cada vez si traicionamos lo bueno por este o el otro interés, o si preferimos fastidiarnos un poquito y hacer lo correcto. No se preocupen porque no les voy a amonestar como los predicadores callejeros de las películas, ‘¡arrepentíos, arrepentíos, porque la última hora ha sonado!’. ¿Qué significa etimológicamente ‘diablo’? Viene de ‘diabolon’, lo que separa, disgrega, enfrenta, las cosas, las personas, las ideas, que a fin de cuentas tienen la misma fuente. ¿Y qué prevalece sobre la ilusoria y dañina separación? La Unidad (de la especie, de la naturaleza, la unidad de todas las cosas en Dios… Barra libre).

En El país de las últimas cosas, todo el mundo está enfrentado, separado por su miedo, crueldad, avidez por salvarse de la quema. Y unos pocos, entre los que están Anna Blume, no se creen especialmente mejores que los demás, tienen sus tentaciones, flaquezas, mezquindades… Que no bastan para rendirlos al fango, se esfuerzan por sacar los pies de ese légamo y continuar, paso a paso, la larga marcha.

Anuncios

8 comentarios en “EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS, PAUL AUSTER

  1. Me gusta mucho tu comentario: Esa idea del infierno, como el otro, el homo homini lupus, o el monstruo de pezuña tiesa revela su acción desde una etimología muy interesante. Lo contrario de diabolein en griego es symbolein, lo que une; la verdad frente a la mentira, la claridad frente al engaño, el amor unificador frente al odio disgregador, que dijo el bueno de Empédocles.

    Fantástica tu reflexión, me anima mucho a atacar a P. Austen

    • ‘El infierno es el otro’, como dijo Sartre. El concepto de ‘infierno’ es terriblemente complejo, en este post me he acercado desde cierto punto de vista, el más negativo. Pero también tuvo un sentido ‘positivo’ por decirlo de alguna manera. En el libro ‘En los oscuros lugares del saber’, del que hablé hace unas semanas, el autor aborda ese concepto de infierno, que es el de los iniciados de todas las épocas. Desde los órficos a los herméticos, los alquimistas, o los propios chamanes por ir al origen del asunto. Todos ellos se ejercitaron en ‘morir antes de morir’, en bajar a las sombras para acceder luego a la luz libres de cargas. Como explica Peter Kingsley, los antiguos sentían terror ante el inframundo y posaban su interés en la luz y la belleza del Bien platónico mientras unos pocos se aventuraban donde nadie quería ir. Para autores como Guénon, ese descenso (katábasis) supone tomar conciencia de la maldad inserta en uno mismo, para, una vez sufrida y asumida, elevarse sin dobleces a la luz.

      Es, para referirnos a algo más cercano, la ‘noche oscura del alma’ de san Juan de la Cruz.

  2. Gracias, José, por la mención a Papel y cincel.

    Salvo la trilogía de NY, no me ha entusiasmado lo que he leído a Paul Auster. Sin embargo, leyendo tu reseña, no puedo dejar de apuntarme este título. También me han resultado muy oportunas las puntualizaciones sobre la razón y la querencia norteamericana por el libro del Apocalipsis.

    • Bueno, lo del comentario acerca del Apocalipsis, pues son opiniones mías. Con algún fundamento, supongo, pero opiniones al fin y al cabo. Este libro de Auster, yo no sabría decir si es un gran libro, desde luego la Trilogía de Nueva York es mucho mejor. Pero lo he recordado con esta reseña porque a mí en su momento me produjo un gran impacto. En poco más de un mes leí este, El llano en llamas y Pedro Páramo. Una sobredosis de sufrimiento literario. Pero esos tres libros me mostraron parte de esos rincones oscuros que no nos gusta observar pero que la literatura sí mira porque lo mira todo. Un saludo Pablo y gracias por comentar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s