EL SEÑOR PRESIDENTE, MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS

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Es un triste lugar común la abundancia de dictadores en Latinoamérica, tiranos pasados y presentes. Pero no hemos de perder el foco del asunto, un foco que alumbra su oscuridad por todas partes. El riesgo de la dictadura duerme en la misma esencia del ser humano, con individuos ávidos de poder y masas que olvidaron que son gente, deseosos de seguridad y de creer que el paraíso perdido ha de retornar. La orgullosa Alemania, con su atareada canciller a la cabeza, presume de su fuste democrático. Pero tiene lleno de fantasmas el armario. Y sus lamentos no se apagan porque los nuevos nazis (Pegida y sus amigos) no les permiten descansar.

Volvamos a América, en concreto a Guatemala, tierra de Miguel Ángel Asturias e inspiración para esta singular novela. Por mucho que los paisajes (humanos y espaciales) de esta última estén tejidos con el aroma subterráneo, acuoso y absurdo de las pesadillas, no dejan de ser el eco de hechos físicos (la dictadura de Jorge Ubico). Y la forma grotesca que tiene Asturias de deformar la realidad, en una versión inquietante del realismo mágico, procura pintar con soltura lo esperpéntico e incomprensible de esa realidad cotidiana. Tan cruel, natural, e inevitable para miles de personas de entonces y de ahora.

Nunca se supo que se socorrieran entre ellos; avaros de sus desperdicios, como todo mendigo, preferían darlos a los perros antes que a sus compañeros de infortunio”. Así nos describe el recelo y el resentimiento que empapa muchas de las escenas de esta historia, sin excluir a los más desfavorecidos, que deberían unirse en vez de porfiar. Me viene a las mientes un cuento. Era más o menos así:

 

Un visitante extranjero arriba a un peculiar país en el que todas las personas, mujeres, hombres, niños, ancianos… tienen unas largas cucharas de medio metro adheridas a las manos. La primera sorpresa ante tan estrafalarios aspectos queda ensombrecida por las que vienen a continuación. El atento visitante observa como en un banquete reina un silencio hostil, sólo alterado por el desagradable sonido de algunos comensales sorbiendo del plato; otros, con la faz mustia, enfadados y muertos de hambre, se limitan a mirar su plato de sopa sin probarlo. Ambos, por la extraordinaria longitud de sus cucharas, de las cuales no pueden librarse, son incapaces de comer con gusto y decencia.

Pero la visita a otra comida le muestra un decorado muy diverso. Allí reina un ambiente agradable, con charlas amistosas y buen humor. Cada uno de los invitados a la comida llena del plato con su luenga cuchara y le ofrece a la persona que tiene enfrente, de modo que unos se alimentan a los otros. Sin que nadie se quede sin comer ni tenga que echar mano de modos groseros en la mesa para alimentarse.

¿No está mal, verdad? Una enseñanza que vale para todos nosotros, para los mendigos de El señor presidente, para el señor presidente mismo (el de la novela y el nuestro)… Sin embargo, no hay que ser muy optimista al respecto, porque los personajes que pueblan este descensus ad inferos son tan contumaces, incorregibles e insufribles como los de carne y hueso. De manera que el lector siente misericordia por los buenos, como es de rigor, y hasta, quizá, por los malos como Cara de Ángel. Ya que incluso su fría malicia es superada por otros.

Y la desgracia que sufre es como una alegoría del fracaso de los malvados. Su tristeza metafísica y fealdad, aunque sean guapos como Cara de Ángel y triunfen como el Presidente.

La maldad siempre fracasa por lo mismo que una casa mal construida no puede acoger a nadie; un corazón lleno de inquina tampoco puede albergar a nadie, ni a sí mismo, y termina consumido en su propia inmundicia. Por eso, aunque los malos sigan mandando y ganando (en esta novela y en la realidad) su derrota es segura, y Miguel Ángel Asturias fabrica con sus palabras un espejo para esos personajes y sus historias. Sus intrigas, egoísmos, traiciones, crímenes, fealdad interior, quedan al descubierto. Y el lector avisado puede también observar en ese cuadro sus oscuros reflejos, su propia maldad oculta. Para no alimentar con ella ambiciones ajenas ni propias, si así lo decide.

Pero, sacudámonos el maniqueísmo. Miguel Cara de Ángel, de quien he dicho que es malvado, no es sólo malvado. Sentimientos encontrados luchan dentro de él. Así que no tiene la tranquilidad de ánimo de un canalla de primera fila, por eso está más cerca de la derrota (una muerte triste y solitaria en prisión) y más cerca también del triunfo. El triunfo moral. El amor a Camila fue la escala que lo sacó del fango, y lo consoló casi hasta el final.

Digo “casi” porque se encargaron de enturbiarle falsamente el recuerdo de su esposa; los dictadores no regalan ni el agua de la esperanza a sus enemigos. La esperanza la venden a sus súbditos, a cambio de apoyo.

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9 comentarios en “EL SEÑOR PRESIDENTE, MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS

  1. Como siempre, es un placer leerte, Pepe. Tu artículo sobre esta novela fundamental de las letras latinoamericanas (por cierto, de un gran autor que hoy día es poco leído, para desgracia de quienes no lo leen) es puntual y delicioso. Que sea un estímulo para volver los ojos hacia ésta y otras obras del maestro Asturias.

    Te mando un grande abrazo transatlántico.

  2. Dices con certeza que “aunque los malos sigan mandando y ganando, su derrota es segura”. Me hiciste pensar inmediatamente en nuestra Latinoamérica; espero que así será… y muy pronto.
    Un abrazo desde California.

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