LA PRUEBA DEL LABERINTO, FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

prueba del laberinto

A Sánchez Dragó se le considera, habitualmente, como un sinónimo de plomo fundido, pesadez insoportable y pedante. Pero, ¿quién sabe por qué?, a mí sus libros me divierten, emocionan e inspiran. ¿Estaré mal de la cabeza? ¿Seré, si no tan hábil con la tecla como él, igual de pesado y exasperante?

Dragó es uno de mis maestros, como otros muchos autores a los que nunca he conocido (ni falta que hace), como cada uno de los libros que trasiego. En todo libro hay un maestro y, además de los vertidos por su ingenio literario están todos aquellos (muchísimos) a los que he llegado gracias a su consejo. Lo que es hoy mi persona, para bien y para mal, le debe bastante a esos libros y las experiencias que esos textos suscitaron. Mi afán por indagar en el por qué de las religiones y los credos, especialmente del cristiano, despertó con fuerza tras el aguijoneo de esas lecturas en mi conciencia.

En cierta ocasión, cometí la estupidez de poner un enlace a este sitio de ritos y palabras en su blog, invitándole a perder el tiempo con los torpes comentarios que se van tejiendo aquí de tarde en tarde. Con un poco de suerte ese indicio, esa pista traicionera, pasó desapercibida.

Espero que el hiperbólico soriano, oriental, gnóstico, ácrata y expañol no lea estas líneas emborronadas por la admiración. No serían buenas para su ego (aunque me parece que tiene a ese personaje de ficción, todos los egos lo son, a buen recaudo).

Es posible que la alusión aquí a tan controvertido personaje (y en tono elogioso) traiga consigo una pérdida de seguidores y visitas para este modesto blog. Si así es, sea, no tengo miedo. Es claro que escribo para ellos, mis seguidores, y para quien tiene a bien asomarse a esta posada. Pero antes que nada escribo, no hace falta decirlo, ¿verdad?, para mí. Y este que les escribe, y comienza ya a impacientarles, quizá, no es un juez (que reparta absoluciones ni condenas) sino un artesano escribiente en grado de aprendiz.

La prueba del laberinto es la crónica de una búsqueda. La que emprende Dionisio (heterónimo de Dragó) para buscar al verdadero Jesucristo, al margen de las deformaciones y manipulaciones operadas sobre su palabra y su persona. Y escribir con el poso de los viajes, experiencias, iluminaciones y disgustos, una novela. Que termina siendo, como se ha dicho, la crónica de ese empeño.

Con esta novelada búsqueda, que es La prueba del laberinto, se ha cerrado para mí un círculo (y se han abierto multitud de ellos), el círculo que comenzó (¿comenzó?) a dibujar su arco tremendo con la Carta de Jesús al Papa, también de Dragó. Aquel fue mi descubrimiento, a los 22 años, siendo un estudiante de filosofía escéptico, cínico y patético (no peripatético por desgracia) del Jesús gnóstico. Lo descubrí entonces, aunque llevaba buscándolo, sin saberlo, toda la vida.

Decía Óscar Wilde que sólo podemos ser neutrales acerca de las cosas que no nos interesan. Y ya saben que sigo ese guión, para bien y para mal, con enfadosa puntualidad. Y con el tema del que hablo hoy no podía ser de otra manera. El Jesús verdadero es el que alumbra en las oscuridades de cada uno de nosotros, es personal, y transferible, espero. Pero lo encontramos solamente si buscamos dentro, si nos buscamos.

¿Pero no hay un Jesús universal, objetivo, por así decir? Sin duda. A mí me convence el que nos muestra, perdido en el laberinto de la teología, la mitología, la historiografía, los avatares y trifulcas de la Iglesia, Sánchez Dragó: es el Jesús de la piedad, la caridad, el amor. Ese amor que es, a un tiempo, conocimiento y corazón, conocimiento del corazón. El Jesús de los desfavorecidos, perseguidos, hambrientos, perdidos…

El de la “ortopraxia”, que comenta José Antonio Marina en su emocionante Por qué soy cristiano. En ese libro, el filósofo manchego sugiere que dejemos a un lado (sin olvidarla ni despreciarla) la ortodoxia, las creencias verdaderas sobre Jesús, y abracemos esa ortopraxia, “práctica correcta”: el amor al prójimo.

José Antonio Marina hace escala en la tradición hindú (en un volatín que quizá sea del agrado de Sánchez Dragó) para comprender mejor un hermoso aserto de la Carta a Diogneto:

Sois la providencia de Dios”.

Y así nos dice Marina: “[…] Para la espiritualidad hindú, la salvación depende del reconocimiento del principio divino en nosotros. No se trata de un mero conocimiento conceptual, sino de una verdadera fe experimental y de cierta intuición que reconoce vitalmente la ecuación aludida, y que se da cuenta de que mi ‘yo’ más profundo no es mi ego sino Dios, y que no puede ser otra cosa que Él”.

Y también: “[…] En el mundo de los hombres Dios no actúa sino a través de los hombres. La inteligencia y el amor humanos son la presencia emergente de la Divinidad en el mundo” (Por qué soy cristiano, páginas 131 y 132).

Si nuestras manos son (pueden ser) las manos de la providencia, que Dios las ponga en movimiento para bien de nuestros semejantes de vez en cuando (debería ser siempre). A veces los milagros tienen rostro humano, aunque su origen venga de muy lejos.

Me marcho con unas líneas de La prueba del laberinto, para que adquiera cierto protagonismo este libro del que venía a hablar, y del que tan poco se ha hablado (si bien sus ondas, frecuencias y guiños acompañan, espero, a todo este escrito):

¿Vamos a seguir indefinidamente así? ¿Vamos a estar eternamente cruzados de brazos ante una situación que —nunca mejor dicho— clama al cielo?

Alguien tendría que explicar a la gente que la religión es un hecho estrictamente personal, que para hablar con Dios basta quererlo, que la luz del Espíritu no brilla sólo en el sagrario y que las Iglesias pueden ser, en el mejor de los casos órganos consultivos, pero no legislativos ni ejecutivos ni, menos aún, judiciales. Alguien debería denunciar lo que sucede y tomar cartas en el asunto.

Alguien tendría que liberar a Cristo del zulo en el que lo metieron hace casi dos mil años y devolvérselo al pueblo, a la gente sencilla, a las beatas que bisbisean en sus reclinatorios y a los carboneros que se dan golpes en el pecho con fe ciega, a ti y a mí, a quienes aún no han oído hablar de él, a quienes le niegan o le minimizan, a quienes le buscamos, a quienes le rezamos, a quienes le necesitamos, a quienes le amamos, veneramos y adoramos” (La prueba del laberinto, página 80).

[Pequeño esbozo de respuesta, y a modo de posdata. La Iglesia, como Hacienda, somos todos. Todos los bautizados y criados en su seno, sean cuales sean luego los caminos, veredas o autopistas que sigamos, con sus creencias y descreencias. La Iglesia (con todas sus tropelías y desbarros) siempre estuvo en lo cierto, siempre fue la depositaria, albacea y heredera de Jesús y su mensaje, que es, más que un conjunto de creencias, una forma de vivir. Me vale con que los misioneros, curas, monjas y  creyentes de a pie, y buena voluntad, hayan sido, muchas veces, los exclusivos portadores de la llama de la fe.

Y el Reino de la Iglesia (a despecho de lo que muchos papas quisieron) no es de este mundo. Sólo eso la mantiene viva, nos mantiene.]

Cristo elevándose al cielo

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9 comentarios en “LA PRUEBA DEL LABERINTO, FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

    • Gracias por el comentario, Antonio. Ciertamente Dragó es de esos personajes inclasificables; su inquietud y la poca impresión que le produce lo políticamente correcto hacen que sus reflexiones susciten interés. Aunque sea casi imposible estar de acuerdo con él en todo. Estoy de acuerdo con la conclusión a la que llega sobre Jesús, después de tanto ir y venir de ideas y de experiencias. Al final, al margen de que se piense en un Jesús histórico, mítico, revolucionario, salvífico, Jesús es acción, la acción del amor. Muchos dijeron antes que él cosas parecidas, pero él las hizo, dio ejemplo y recordó a la aperreada, y muchas veces lamentable, especie humana su conexión con el Padre. Un gran saludo.

    • Gracias por la visita y el comentario, Aquileana. La verdad es que sí, el laberinto tiene su tema (¿qué te voy a contar a ti con la familiaridad que tienes con el mundo de los mitos?). Representa, entre otras muchas cosas, los retos externos e internos a los que todos, de una forma u otra, nos enfrentamos en nuestra existencia. Suerte que tenemos el hilo de Ariadna (que dejan con su perspicacia, astucia y sabiduría personas como tú) para encontrar el camino de salida. Un abrazo.

  1. Pues la verdad es que a mí el libro no me gustó. Reconozco la inteligencia y la capacidad creativa de su autor, pero honestamente me parece una novela sobrevalorada, que se construye casi en su tercera parte en 2 diálogos -pesado, e interminable el primero de ellos, algo más sustancioso el segundo-, y una especie de diario de viaje. Creo -y que conste que admiro a F.S. Dragó- que a éste libro le sobran páginas, le falta contenido, y le vuelve a sobrar autocomplacencia. Además, pienso que la novela ha envejecido mal -es un reflejo de la era “progre” de su autor . Esperaba más de un premio Planeta, aún así, he de reconocer el brillo y la inteligencia de Dragó.

    • Muchas gracias por comentar, Mario. Respeto tu opinión respecto al libro. Partiendo de que no soy un experto en literatura (ni en nada), lo cual vale para el resto de mis entradas, coincido contigo en que quizá esta obra en particular no es de las más logradas del autor. A mí me gusta mucho más El camino del corazón, desde luego. Sin embargo, el verdadero interés que despierta en mí esta novela tiene que ver con lo que la mueve. Con esa búsqueda interminable, caótica, erudita y, quizá, un poco ingenua del verdadero Jesús de Nazaret llevada a cabo por Dragó, y que tiene en este libro uno de sus capítulos. Un saludo, y, una vez más, gracias por participar con tu comentario.

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