101 + 19 poemas, ÁNGEL GONZÁLEZ

101 poemas

Hablamos hoy, como en la penúltima entrada, de poesía. De las playas de la Costa Oeste norteamericana, donde tan a gusto se encontraba Jim Morrison, nos vamos a tierra asturiana, Oviedo.

Los puristas me tirarán de las orejas por comparar al cantante americano con el gran Ángel González, pero ¡ay de mí! si pretendiera tal cosa. Jim fue un coribante infectado por el veneno de la poesía; Ángel González, un poeta con todos los fonemas de la palabra resonando en las montañas de la quietud.

Asturiano era, como apuntábamos al comienzo, aunque vivió muchos años en Madrid y pasó bastantes temporadas en Nuevo Méjico y otros estados usanos. La Guerra Civil marcó a su familia, asesinado su hermano y vetada por sus ideas republicanas la hermana para ejercer su trabajo de maestra (el padre había muerto cuando Ángel tenía 18 meses). Y el franquismo envenenó en sombras la juventud y la madurez del poeta.

La belleza, en este caso la poesía, nos cura. En los hospitales debería haber un Departamento de Tratamientos Poéticos. Por fortuna hay quienes cumplen ese papel luminoso de terapeutas de la palabra y regalan su tiempo para leer, recitar, a quienes se hallan presos de la enfermedad o de barrotes más físicos. Quiero tener un recuerdo especial para la Asociación Entre libros que capitanea Andrea Villarrubia, llevando a cabo ese verdadero “ritual de la palabra”, que no el mío, acercando la belleza de la literatura a personas de todas las condiciones que gozosamente la acogen.

Seguramente se alegrará, Andrea, si se asoma por aquí, de ver la mención a este poeta asturiano y a su obra en este océano multiforme que es internet. Aunque este modesto comentario no le llegue al maestro ni a la sombra de la huella del zapato.

Los poemas son a veces (¿o siempre?) como flechas. Y uno, al leerlos, observa su vuelo para tratar de averiguar cuál es el blanco al que apuntan, quién o qué los arroja allá (no siempre es el autor el que dispara). Como decía André Malby en su Ley del arco, “el arco, la flecha, la diana y el arquero son una sola y misma cosa”.

Estos “101+19 poemas” (101 de Palabra sobre palabra y 19 entonces inéditos) son una guía de como Ángel González sobrevive al yo de su ayer y a su circunstancia de cada día. Una guía de los reveses del trayecto y la soledad de la derrota cotidiana. Del olvido del transitar mismo de los pasos en la calle polvorienta de mediocridad y grisura sin lustre. Arranca esta obra en los 50 del siglo pasado, son los años del franquismo, con su neblina tapando las luces y empapando las almas de feísmo. Y en esta antología nos abordan unos versos que suscitan un variadísimo ramillete de sensaciones, desde el rostro airado de la guerra hasta los vaivenes del amor, el humor, la muerte y la denuncia social.

Los primeros versos son de Áspero mundo (libro de 1956 que fue accésit del premio Adonais). Y de esa aspereza se refugia el poeta en el amor y la reflexión, la interioridad propia.

Yo sé que existo

porque tú me imaginas.

Soy alto porque tú me crees

alto, y limpio porque tú me miras

con buenos ojos,

con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace

inteligente, y en tu sencilla

ternura, yo soy también sencillo

y bondadoso.

 

Pero si tú me olvidas

quedaré muerto sin que nadie

lo sepa. Verán viva

mi carne, pero será otro hombre

oscuro, torpe, malo— el que la habita…

(Muerte en el olvido)

En los años 60, a partir de Sin esperanza, con convencimiento (1961), surge una poesía más combativa, más social, con la lucidez de la derrota golpeando el yunque del conformismo (que nunca prevaleció). El poeta explora su condición de derrotado, perteneciente al bando equivocado para los engañosos clarines de la victoria (en la Guerra). Pero bando que es el de la decencia, la moral, la libertad, la dignidad.

Atrás quedaron los escombros:

humeantes pedazos de tu casa,

veranos incendiados, sangre seca

sobre la que se ceba —último buitre—

el viento.

 

Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia

el tiempo bien llamado porvenir.

Porque ninguna tierra

posees,

porque ninguna patria

es ni será jamás la tuya,

porque en ningún país

puede arraigar tu corazón deshabitado.

 

Nunca —y es tan sencillo—

podrás abrir una cancela

y decir, nada más: «buen día,

madre».

Aunque efectivamente el día sea bueno,

haya trigo en las eras

y los árboles

extiendan hacia ti sus fatigadas

ramas, ofreciéndote

frutos o sombra para que descanses.

(El Derrotado)

Leyendo atentamente estos versos no puedo evitar el recordar a miles de derrotados que amontonan sus pasos en triste comitiva por caminos balcánicos. Este triste poema parece escrito para esa desgracia.

En la obra de Ángel González se respira la presencia constante de la muerte, como una dama de gesto distraído que domina todas las estancias en silencio. Y el paso del tiempo como uno más de sus rostros, el más terrible de todos.

Pero hay sitio también, en tan fúnebre ambiente, para el humor; el poeta baila con la muerte, juega con ella, bromea con el implacable silbido de la guadaña. Que descabeza y abate, al tiempo que deja al descubierto nuestras vergüenzas, miedos, dudas… La efímera vestidura de esta existencia, tan frágil, tan ridícula y entrañable.

Usa los juegos de palabras, los dobles sentidos, el surrealismo…, el humor es muy importante para este poeta. Como en Dato biográfico:

Cuando estoy en Madrid,

las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches.

La luz no las anima a salir de sus escondrijos,

y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por mi dormitorio,

lugar hacia el que

por oscuras razones—

se sienten irresistiblemente atraídas.

 

Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente de la república,

y yo me pregunto:

¿en qué país se creerán que viven?;

estas cucarachas no leen los periódicos.

 

Lo que a ellas les gusta es que yo me emborrache

y baile tangos hasta la madrugada,

para así practicar sin riesgo alguno

su merodeo incesante y sin sentido, a ciegas

por las anchas baldosas de mi alcoba.

 

A veces las complazco,

no porque tenga en cuenta sus deseos,

sino porque me siento irresistiblemente atraído,

por oscuras razones,

hacia ciertos lugares muy mal iluminados

en los que me demoro sin plan preconcebido

hasta que el sol naciente anuncia un nuevo día.

 

Ya de regreso en casa,

cuando me cruzo por el pasillo con sus pequeños cuerpos que se evaden

con torpeza y con miedo

hacia las grietas sombrías donde moran,

les deseo buenas noches a destiempo

pero de corazón, sinceramente—,

reconociendo en mí su incertidumbre,

su inoportunidad,

su fotofobia,

y otras muchas tendencias y actitudes

que —lamento decirlo—

hablan poco en favor de esos ortópteros.

Algunos poemas son festivos, traviesos y bromistas, y otros son tristes y desesperanzados. Precisamente ahí reside uno de los méritos de Ángel González, en ese continuo sobreponerse a la tenacidad del desaliento. En no convertirse en un personaje de Kafka lleno de agobios (aunque su fantasma se pasee por los versos de Nota necrológica).

Ese humor también funciona en la sátira, (Oda a los nuevos bardos), donde se guillotina la afectación con ingenio y exquisita mala leche de perro viejo de las sinalefas. Y a veces, como en Elegido por aclamación, la ironía, o el sarcasmo, más que armas son mecanismos de defensa. Un amplio paraguas contra la lluvia desbordante de la infamia.

Termino la entrada con Preámbulo de un silencio. Porque, en efecto, las palabras son inútiles, a ningún sitio conducen, aunque no podamos librarnos de ellas:

PREÁMBULO DE UN SILENCIO

Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas

a veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un árbol

en verano

y se calla.

 

(¿Dije tranquilamente? falso, falso:

uno se sienta inquieto, haciendo extraños gestos,

pisoteando las hojas abatidas

por la furia de un otoño sombrío,

destrozando con los dedos el cartón inocente de una caja de fósforos,

mordiendo injustamente las uñas de esos dedos,

escupiendo en los charcos invernales,

golpeando con el puño cerrado la piel rugosa de las casas

que permanecen indiferentes al paso de la primavera

una primavera urbana que asoma con timidez los flecos

de sus cabellos verdes allá arriba,

detrás del zinc oscuro de los canalones,

levemente arraigada a la materia efímera de las tejas a

punto de ser de polvo.)

Eso es cierto, tan cierto

como que tengo un nombre con alas celestiales,

arcangélico nombre que a nada corresponde:

Ángel

me dicen

y yo me levanto

disciplinado y recto

con las alas mordidas

quiero decir: las uñas—

y sonrío y me callo porque, en último extremo,

uno tiene conciencia

de la inutilidad de todas las palabras.

 

Ángel González

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22 comentarios en “101 + 19 poemas, ÁNGEL GONZÁLEZ

    • Muy amable, Ernesto. La entrada ha sido más extensa de lo acostumbrado, eso sí. Pero no sé hasta qué punto se corresponde con una buena reseña. He pretendido comunicar en lo posible la admiración que estos poemas me han causado. Un gran abrazo.

      • Muchas gracias por el apoyo, Ernesto. En realidad, “101 + 19 poemas” no es la obra más reciente de Ángel González (después se han publicado varios libros como “Otoño y otras luces”en 2001, y en 2008 el póstumo “Nada grave”, además de diversas antologías). Aunque es cierto que esta recopilación supone una buena visión de conjunto de su obra. Me alegro mucho de que te hayan agradado estos poemas que, además, siendo tú mismo poeta, seguro que han encontrado en ti a un buen hermeneuta y fino catador. Por mi parte, disfruté con la espinela que nos regalaste en tu última entrada. Versos llenos de verdad. Un gran abrazo, Ernesto.

  1. Muy buena presentación y selección poética… Siempre agradezco tus posts, que dan muestras no sólo de tu inteligencia e intelectualidad, sino de tu buen gusto!.
    Un abrazo, querido José. Aquileana ✨🌞✨

    • Eres encantadora, Aquileana. Que una persona como tú, con un blog maravilloso visualmente y con un contenido de alta calidad, hable así de este modesto escribiente… No necesito miles de visitas diarias, me basta con que haya personas como tú a las que les interesa lo que escribo. Un fuerte abrazo allende el Atlántico.

  2. Gracias, querido José, por tenerme presente en tus comentarios y por ensalzar la labor de la Asociación Entrelibros. Tú, desde tu blog, y nosotros, con nuestras públicas lecturas, defendemos la poesía para invitar a soñar, imaginar otros mundos y compartir experiencias vividas o no. Ángel González es un magnífico poeta por el que siento una profunda admiración y te felicito por el homenaje que le rindes. Creo que la mejor defensa que se puede hacer de un poeta es dar a conocer sus poemas y tú has hecho una muy buena selección del libro. Los comentarios que acompañan los poemas son, también, muy acertados. Un fuerte abrazo.

    • Muchas gracias, Andrea, eres muy amable. La verdad es que la labor que lleváis a cabo en Asociación Entrelibros es digna de todos los elogios. De manera que cualquier mención que se haga a ella es poca. Estoy de acuerdo contigo, la obra de cada escritor es una herencia maravillosa de la que todos podemos disfrutar. Y presentar, en este caso, los poemas para que hablen por sí solos es lo mejor que se puede hacer. Esta antología de Ángel González me ha cautivado por su profundidad, sentido del humor, ingenio… Y si alguien, al leer el artículo, siente curiosidad por conocer la obra de este gran poeta será un triunfo, no mío sino de las letras que tanto queremos. Un gran abrazo.

    • Gracias Mamen. Tus versos tampoco dejan indiferente a nadie, y calientan el corazón y nos elevan. En medio de un mundo lleno de desórdenes y fealdades, entrar a tu espacio lírico es como un bálsamo para las heridas cotidianas. Esperamos tus inspirados poemas, como siempre. Un abrazo enorme.

      • Claro que sí, José. González no es muy conocido en Argentina pero poco a poco se fue haciendo paso entre los más jóvenes por la canción de Sabina (González era un ángel menos dos alas). Un abrazo.

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