VIDA, DIEGO DE TORRES VILLARROEL

Vida Torres Villarroel

No está Diego de Torres Villarroel entre los primeros lugares de las letras castellanas. Pero el olvido en que se tienen los desvelos y cabriolas de su pluma resulta un poco injusto. Porque entre los vencetósigos, abrojos, lenguazas (nunca mejor aplicado para ciertos libelos suyos), o cardanchas que despachó su genio se hallan también obras de mérito.

Como poeta podemos destacar algunos de sus sonetos, como Los ladrones más famosos no están en los caminos, o sus “pasmarotas” (letrillas satíricas), jácaras (romances alegres) y seguidillas.

En prosa, aparte de esta Vida, de la que hablamos hoy, son destacables: Visiones y visitas con D. Francisco de Quevedo por la corte, que ofrece una panorámica del Madrid de la época; El ermitaño y Torres, de cierto sabor hermético; o la ligeramente científica Anatomía de lo visible e invisible. También escribió biografías, además de la suya, como la Vida de la venerable madre Gregoria de santa Teresa. Como se ha visto por el título de uno de estos escritos, su gran maestro literario fue Quevedo, de quien remedó algo el estilo pero en un tono mucho menos amargado y más jovial.

Supe de este escritor peculiar por el libro Historia de la estupidez humana de Pedro Voltes. En esa obra, de la que hablamos hace meses por aquí, aparece un curioso pasaje de la vida de don Diego de Torres que comentaremos después.

Bien pudo haber sido este señor un personaje del Lazarillo de Tormes, El Buscón, o Guzmán de Alfarache, pero fue hombre real. Y sus andanzas verídicas. Esta biografía de su baqueteado caminar por el mundo se divide en seis “trozos”, abarcando cada uno diez años de vida.

El primero de esos trozos comienza con la memoria de sus ancestros más cercanos, las noticias de su nacimiento y sus primeros años. Su padre fue un modesto librero de Salamanca y su madre una sufrida criadora de hasta 18 querubes vociferantes, llorosos y mocosos. Vio la luz el insigne buscavidas el 17 de junio de 1693. En su niñez fue Torres mal estudiante más por falta de afición que de capacidad, y encauzó buena parte de la energía de su ingenio para idear travesuras de todos los colores.

De los 10 a los 20 años fue eminente aprendiz de golfo y pícaro. Y su adolescencia está plagada de baladronadas, tropelías, hurtos y artimañas.

Finalmente, yo olvidé la gramática, las súmulas, los miserables elementos de la lógica que aprendí a trompicones, mucho de la doctrina cristiana, y todo el pudor y encogimiento de mi crianza; pero salí gran danzante, buen toreador, mediano músico, y refinado y atrevido truhán” (Vida, página 50).  

Es evidente que lo negativo no lo traían esas nobles profesiones artísticas sino los abundantes embrollos que enredaban tales artes en Torres Villarroel y sus cofrades. A los 18 años, huyó de casa y se marchó a pie a Portugal. Primero ejerce de ayudante de un ermitaño o santero. Pero al cabo de unos meses su desvergüenza con una muchacha que había asistido a la ermita con su familia le insta a largarse para no vérselas con el amable pero severo ermitaño (este último, ya anciano, llegó a hospedarse en la casa de un acomodado Torres que lo socorrió de su pobreza).

En Coímbra se dio en presumir de falsas dotes para la medicina que ejerció entonces con desenvoltura, administrando fármacos tan inútiles como inocuos. Y se desempeñó como bailarín con notable éxito hasta que otra diablura le empujó a dejar la ciudad y mudarse a Oporto. Allí, después de meterse en diversos líos que no refiere, escoge la holgada vida de soldado para buscarse el pan. Y así se mantiene unos meses hasta que el incansable bullir de su caletre espolea el mal asentado trasero y le obliga a cambiar una vez más de actividad.

Unos toreros de su Salamanca natal, que iban a torear a Lisboa, le calentaron los cascos para que se animara con el capote. Y como él ya se había animado, años atrás, en sus correrías de mozo, y echaba de menos su ciudad, no se lo pensó mucho más. Sin embargo, este fuguilla número uno abandonó a su voluntariosa tropa, esta vez no de soldados sino de toreros, para volver, corrido, avergonzado y dizque reformado, al hogar familiar con sus padres.

Estos lo acogieron con el amor insensato con que se perdona todo a un hijo. Y Diego de Torres… Bueno, aminoró algo su turbulenta picaresca y acomodó un poco la cabeza sobre los hombros, o fingió que lo hacía. “No fui bueno; pero a ratos disimulaba mis malicias”, confiesa él mismo (página 60).

En varios años de relativa quietud lee y aprende malamente matemáticas, algo de astronomía y astrología. Y se aplica en los senderos más vulgares de esta última escribiendo burdos almanaques y predicciones que vendía como rosquillas; a medias burlado, jaleado y admirado. Sus almanaques eran similares al entrañable “Calendario Zaragozano”, que presenta pronósticos de la climatología del año venidero junto con la relación de las ferias de muchos pueblos de España, refranes, sentencias, etc. Pero, sin duda, sus librejos eran mucho más desenfadados, desvergonzados, y sazonados con mil embustes, reniegos, y chabacanerías que encontraban siempre nutrida audiencia.

Don Diego de Torres podía escribir mucho mejor, y así mismo lo reconoce en estas sus memorias. Lo cierto es que, apoyado en la credulidad y superstición de sus paisanos, consiguió llenar el bolsillo, mal que bien, durante muchos años con impostadas y aparatosas artes proféticas. También ayudó el que tuviera al menos un acierto tan notable como luctuoso: el fallecimiento del breve en reinado (apenas 200 días) y corto en años Luis I en 1724, que Torres había profetizado un año antes.

Aunque, como dijimos antes, también se interesó Villarroel por las industriosas, bellas y útiles ciencias matemáticas, que sufrían en aquella época un desprestigio parejo al de las más abigarradas artes astrológicas practicadas por él mismo. Con lo poco que sabía y su amor indisimulado por las figuras geométricas y los números, este buen hombre se atrevió a postularse para la cátedra de matemáticas de la Universidad de Salamanca, vacante desde hacía treinta años. Y la consiguió, con su propio estilo, siendo jaleado por una muchedumbre enorme el día en que presentó su examen público de oposiciones. Fue, salvando las distancias, del mismo modo que eligieron obispo a san Agustín: por aclamación popular.

Es encomiable el esfuerzo que hizo Torres, de escasa formación y fuerte voluntad, para defender las matemáticas y las ciencias en lugar y época tan refractarias a ellas. De manera que fue un profesor paciente y atento que consiguió, además, sembrar vocaciones para la defensa de estos saberes.

Su primera etapa como docente había terminado mal. Se vio envuelto en una serie de grescas y protestas universitarias contra ciertas disposiciones, y se le endilgó la autoría de unas sátiras que no eran suyas. Y este mal tropiezo le costó seis meses de cárcel. Al demostrarse su inocencia le obsequiaron con el privilegio de ser Vicerrector de la Universidad de forma interina, lo cual le atrajo envidias y maledicencias. Con que Diego de Torres, enfadado, hastiado y aguijoneado por su espíritu sandunguero y nómada, volvió a la mala vida de juergas y volatines de pillo.

De allí puso rumbo a Madrid, donde conoció “horribles hambres” y se las apañó lo mejor que pudo, con su labia, ingenio y don de gentes, frecuentando casas de nobles. Y aprendió los rudimentos de la medicina (ahora de verdad, aunque apenas llegó a ejercerla) en casa de un médico acomodado, en la que frecuentó el alimento de los libros y, el más indispensable, de los pucheros y el pan.

A medias de la caridad y con los pocas monedas que obtenía bordando “gorros, chinelas y otras baratijas”, pudo ir comiendo y hollando los esquivos caminos de los vivos este simpático truhán. Prueba de su generosidad (siempre usó del poco dinero que tuvo con largueza, repartiéndolo entre amigos, familiares y extraños) es que logró que un noble al que había caído en gracia socorriese a sus padres, en lugar de a él mismo, con un cargo y sueldo vitalicio en una compañía tabacalera en Salamanca.

Antes de meterse en nuevas pendencias tuvo la fortuna de que los destinos de la condesa de los Arcos se cruzaran con los suyos. Este es el pasaje, de aire gótico y divertido con el que Pedro Voltes hace referencia a Torres Villarroel en su libro Historia de la estupidez humana que citamos al principio.

Cuando el doctor, astrólogo, bailarín y picaruelo se disponía a confundir sus pasos para meterse a contrabandista (y arriesgarse a la prisión o la horca) lo abordó por la calle el capellán de la condesa. Resulta que en la noble casa de aquella señora se oían por las noches unos estruendos inexplicables que hacían temblarle las canillas a cuantos trataban de conciliar el sueño (a la misma condesa, criados, criadas, asistentes…). Vamos, que pensaban que algún desventurado fantasma compartía vivienda con ellos.

Torres Villarroel, que no era nada temeroso, se vio en la perspectiva de una buena cena y no dudó en ofrecerse como acompañante para la condesa, sus asistentes y deudos. Cuando llegó al gabinete de la condesa la encontró a ella y a sus acompañantes demudadas por el pánico. Y se sorprendió al ver como los lacayos sacaban las camas de los criados a un salón, donde dormía todo el mundo en vecindad para soportar mejor los rigores del canguelo.

Durante once noches estuvo el aplicado Torres, hachón de lumbre en una mano y espada en la otra, recorriendo las estancias de la casa sin encontrar el origen de los estrépitos. Que se repetían con enfadosa puntualidad todas las noches y a todas horas. Hasta que una noche los acontecimientos fueron tan traumáticos que aconsejaron a todos los habitantes de la casa mudar de residencia. Dejemos que el protagonista narre él mismo los sucesos:

Al prolijo llamamiento y burlona repetición de unos pequeños y alternados golpecillos, que sonaban sobre el techo del salón donde estaba la tropa de los aturdidos, subí yo, como lo hacía siempre, ya sin espada, porque me desengañó la porfía de mis inquisiciones que no podía ser viviente racional el artífice de aquella espantosa inquietud; y al llegar a una crujía, que era cuartel de toda la chusma de librea, me apagaron el hacha, sin dejar en alguno de los cuatro pábilos una morceña de luz, faltando también en el mismo instante otras dos que alumbraban en unas lamparillas en los extremos de la dilatada habitación. Retumbaron, inmediatamente que quedé en la oscuridad, cuatro golpes tremendos, que me dejó sordo, asombrado y fuera de mí lo irregular y desentonado de su ruido. En las piezas de abajo, correspondientes a la crujía, se desprendieron en este punto seis cuadros de grande y pesada magnitud, cuya historia era la vida de los siete infantes de Lara, dejando en sus lugares las dos argollas de arriba y las dos escarpias de abajo, en que estaban pendientes y sostenidos. Inmóvil y sin uso en la lengua, me tiré al suelo, y ganando en cuatro pies las distancias, después de largos rodeos, pude atinar con la escalera. Levanté mi figura, y, aunque poseído del horror, me quedó la advertencia para bajar al patio, y en su fuente me chapucé, y recobré algún poco del sobresalto y el temor. Entré en la sala; vi a todos los contenidos en su hojaldre, abrazados unos con otros, y creyendo que les había llegado la hora de la muerte. Supliqué a su excelentísima que no me mandase volver a la solicitud necia de tan escondido portento; que ya no era buscar desengaños sino desesperaciones. Así me lo concedió su excelencia, y al día siguiente nos mudamos a una casa de la calle del Pez, desde la de Fuencarral, en donde sucedió esta rara, inaveriguable y verdadera historia” (Vida, páginas 92 y 93).

Lo que sacó en claro el buen Villarroel de esta historia es que eludió su mal escogido futuro de contrabandista y vivió dos años muellemente en la casa de la agradecida condesa. Luego, cuando esta señora casó, fue a vivir con otro noble conocido de aquella.

Bien advertido y aconsejado por un clérigo, tornó a su Salamanca natal para regresar a los trabajos de enseñante. Y fue magnífico maestro para sus alumnos, enseñando sin reprimendas sino con sobriedad y suscitando el interés por las matemáticas, astronomía y demás ciencias tratadas. Entre libros anduvo siempre, a pesar de lo que pensaba de estos, o más bien de sus autores:

Los libros gordos, los magros, los chicos y los grandes, son unas alhajas que entretienen y sirven en el comercio de los hombres. El que los cree, vive dichoso y entretenido; el que los trata mucho, está muy cerca de ser loco; el que no los usa, es del todo necio. Todos están hechos por hombres, y, precisamente, han de ser defectuosos y obscuros, como el hombre. Unos los hacen por vanidad, otros por codicia, otros por la solicitud de los aplausos, y es rarísimo el que para el bien público se escribe. Yo soy autor de doce libros, y todos los he escrito con el ansia de ganar dinero para mantenerme. Esto nadie lo quiere confesar; pero atisbemos a todos los hipócritas, melancólicos embusteros, que suelen decir en sus prólogos que por el servicio de Dios, el bien del prójimo y redención de las almas, dan a luz aquella obra, y se hallará que ninguno nos la da de balde, y que empieza el petardo desde la dedicatoria, y que se espiritan de coraje contra los que no se la alaban e introducen. Muchos libros hay buenos, muchos malos e infinitos inútiles. Los buenos son los que dirigen las almas a la salvación, por medio de preceptos de enfrenar nuestros vicios y pasiones; los malos son los que se llevan el tiempo, sin la enseñanza ni los avisos de esta utilidad; y los inútiles son los más de todas las que se llaman facultades”. (Vida,página 34)

El grueso de sus aventuras y desventuras más interesantes está en los cuatro primeros “trozos” de su Vida. En el quinto se explica casi exclusivamente las enfermedades postreras de Torres y cómo lidió con los médicos sufriendo una retahíla de tratamientos incómodos y poco efectivos; como se estilaba en la época. Y en la sexta parte el buen anciano deja sus papeles en orden. Y refiere como solicitó y obtuvo la jubilación, como su sobrino logró limpiamente su cátedra vacante, y las gestiones que hizo en pro del Hospital de Nuestra Señora del Amparo, en Salamanca, donde se cobijaban enfermos de lepra y otras enfermedades terribles, y pobres sin ningún recurso.

El mismo Torres predicó y dio trigo pues acogió en su casa a muchas personas necesitadas que comieron a su mesa y durmieron bajo su techo. Y colaboró desinteresadamente, como médico que era, en los cuidados de aquellos enfermos marginados y olvidados por el mundo en el triste caserón en ruinas que era el hospital antes referido.

Diego de Torres Villarroel murió en 1770, a la entonces avanzada edad de 77 años, residiendo feliz y serenamente con sus hermanas, otros parientes, y personas por él amparadas, en el palacio que su protector el Duque de Alba tenía en Salamanca.

Torres

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6 comentarios en “VIDA, DIEGO DE TORRES VILLARROEL

  1. Delicioso descubrimiento, gracias a ti, Pepe. Ha sido muy grato leer tu publicación-comentario sobre este personaje y su obra que, como bien dices, es un Lazariollo de Tormes, un Guzmán de Alfarache, un Buscón por separado y todos juntos a la vez.

    Gracias por ilustrarnos al respecto y no necesito confirmarte que esto lo acompaño de un abrazo fuerte y afectuoso.

    • Muchas gracias, Ernesto, por tus palabras. Siempre he sentido predilección por los cantos rodados. Los personajes inquietos, viajeros, que se han sumergido a fondo en la vida y, al mismo tiempo, han investigado, escrito, o aportado algo al arte y al conocimiento. Como curiosidad fuera de concurso, puede comentarse que Torres Villarroel avistó unas peculiares bolas de fuego, que hoy llamaríamos ovnis (sean lo que sean), y dejó constancia de ello en una curiosa obra. Gracias por venir y un fuerte abrazo.

      • Toda una personalidad, como bien dices, Ernesto. Es curioso como un tipo tan pícaro y enredador pudo ser tan auténtico al mismo tiempo. Gracias por tu generosidad, para mí resulta siempre una sorpresa agradable pasear por tu bitácora para admirar los versos nuevos que compartes. Abrazo transoceánico.

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