SONETOS ESPIRITUALES, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

sonetos espirituales

Garcilaso de la Vega era un muchacho que combatía al servicio de su majestad imperial Carlos V. Y en los ratos libres escribía versos. Encarnó el arquetipo de la pluma y la espada, que había dado otros ejemplos en nuestras letras, como Jorge Manrique. Pues el caso es que en sus campañas en Italia el buen Garcilaso supo de un tipo de poema que sonaba muy bien, el soneto. Él y su amigo y compañero de armas Juan Boscán pensaron que también sonaría bien en castellano (el Marqués de Santillana anduvo en ello décadas atrás). Y a partir de ahí el soneto ha conocido una historia interesante para la poesía en español. Viajando a través de la tinta de los siglos, del aire de las voces que lo han recitado. Siendo esa difícil cumbre para vates de todas las épocas, afectos o no a la forma métrica. Vehículo privilegiado para la poesía.

La poesía. No hay mejor manera que la poética para hablar de la infinita riqueza de la cosa perecedera y fugaz que vive (viva o inerte) a nuestro lado. También, de esa cosa inmortal por un breve tiempo que somos cada uno de nosotros. Y de la belleza que, entre tanto, justifica las fatigas de lo vivido.

En todos esos motivos bebe la lírica de Juan Ramón Jiménez, y en otros muchos manantiales de agua cantarina, subterráneos y bajo el sol. Estos sus Sonetos espirituales los escribió entre 1913 y 1915, con algo más de treinta años, mientras se prendaba de la risa de Zenobia Camprubí.

Se dice que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Pero en ocasiones sólo había una gran mujer junto a un hombre corriente. No creo que sea tan radical el caso aquí, pero dejo las charadas, recurvas y laberintos de la literatura y la historia personal de estos dos poetas para los expertos; me limito a expresar mi veneración por el maestro y por Zenobia, que aguantó (soportó y apoyó) al impertinente escritor onubense entregándole amor, inteligencia y vida.

Igual que Spinoza pulía lentes, Juan Ramón pulía sus versos en un trabajo inacabable, para ir mostrando cada vez con más brillo el material inefable del que estaban hechos. Semejante labor de pulido no podía acabar más que en la transparencia (“la transparencia, Dios, la transparencia”), que anuncia el poeta, ya senecto, en el canto crepuscular de su poesía.

Pero estamos hablando de sus sonetos espirituales. Estos sonetos desprenden una claridad diáfana, fascinada, melancólica, juvenil. Añadamos a esa claridad, una leve penumbra acuosa y ensimismada. He dicho que entonces era joven Juan Ramón, pero relativamente. Llevaba ya más de un renglón vivido y escrito. Y andaba los pasos previos de un cambio de rumbo hacia una poesía más de idea, y luego más de contemplación. Los griegos llamaban a la contemplación “theoría”. Pero esa teoría no era pensar, ni postular sino ver las cosas en su desnudo e íntimo brillo, mientras se consumen, efímeras, en el fulgor de lo eterno.

En estos poemas, los numerosos encabalgamientos y la particular forma de los versos ponen a prueba, a veces, la capacidad del lector para leerlos de viva voz, (por ejemplo, en el último terceto de “ojos celestes”, o en el último de “rosas devueltas”). Pero la música se va imponiendo sin dificultad, una sinfonía surge de rosas, resplandores y desamparos (con el rostro de la amada al fondo; al principio y al final de muchas cosas).

El poeta sorprende, como en el primer cuarteto de “Ocaso”, donde se salta la rima, trayéndonos un domingo triste donde esperábamos otra cosa.

VII OCASO

En una procesión de resplandores,

se fue por mi poniente el claro día,

y dejó vana y sola el alma mía,

como un campo en domingo.

 

¡Claras flores,

suma ardiente de olores de colores,

que, en un apasionado mediodía,

erais la paz, la gracia y la alegría;

¡qué umbríos, ahora, son vuestros olores!

 

Se me cayó por tierra el rico manto

que mis hombros, un día, sostuvieron,

recios y altivos bajo la realeza…

 

Cansado y pobre, mi oro fue mi llanto,

y mis hombros desnudos no pudieron

con la debilidad de mi tristeza.

Es un motivo recurrente la primavera, sobre todo en los primeros poemas. Por eso lo de las rosas y resplandores, aunque también hay sitio para el invierno, que se cuela hasta en un soneto escrito en verano.

 

XIII AL INVIERNO

Desde el estío

Invierno, ven, y haz tierra con tus vientos

la carne de mis secas ilusiones;

y trae contigo las devastacionesbosqueumbrío

del fuego y los terribles movimientos

de tierra.

 

Ruede tu odio los sangrientos

soles de las batallas; las legiones

de tu hambre y de tu peste de visiones

trágicas pueblen los arruinamientos.

 

Mi lira quede sin su voz celeste

y nunca más florezca mi camino,

para la primavera, de flor pura.

 

¡Brisa, luz, fuerza, paz, salud, agreste

dulzor, primer contento matutino…

¡Ya el más grave dolor será ventura!

 

Se respira un aroma clásico, le parece a uno alguna vez, o siempre, estar leyendo sonetos escritos por autores del Siglo de Oro. A lo mejor me paso un poco. O un mucho, pero esa es la impresión.

Curioso poema es “Octubre”, en el que resuena de forma sencilla un remedo de los misterios agrarios de los semidioses mediterráneos de la muerte y resurrección. En él se da el poeta en sacrificio a la tierra (hay un verso en otra parte del libro que menciona una rama dorada; quizá leyó el libro homónimo de Frazer).

XX OCTUBRE

Estaba echado yo en la tierra, enfrente

del infinito campo de Castilla,

que el otoño envolvía en la amarilla

dulzura de su claro sol poniente.

 

Lento, el arado, paralelamente

abría el haza oscura, y la sencilla

mano abierta dejaba la semilla

en su entraña partida honradamente.

 

Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,

pleno de su sentir alto y profundo,

al ancho surco del terruño tierno,

 

a ver si con partirlo y con sembrarlo,

la primavera le mostraba al mundo

el árbol puro del amor eterno.

 

El soneto A una joven Diana, a lo mejor le gusta a una amiga bloguera que es gran amante de los mitos griegos y de la poesía. Va por ti, Aquileana:

XXVI A UNA JOVEN DIANA

El bosque, si tu planta lo emblanquece,

sólo es ya fondo de tu paz humana,

vasto motivo de tu fuga sana,

cuyo frescor tu huir franco ennoblece.

 

La luz del sol del día inmenso, crece

dando contra tus hombros. La mañana

es tu estela. Por ti la fuente mana

más, y el viento por ti más se embellece.

 

Evoco, al verte entre el verdor primero,

una altiva y pagana cacería…

A un tiempo eres cierva y cazadora.

 

¡Huyes, pero es de ti; persigues, pero

te persigues a ti, Diana bravía,

sin más pasión ni rumbo que la aurora!

Abril, 1914.

bosque-frondoso

 

 

A mi alma tiene cierto sabor místico y, sobre todo, platónico:

XL A MI ALMA

Siempre tienes la rama preparada

para la rosa justa; andas alerta

siempre, el oído cálido en la puerta

de tu cuerpo, a la flecha inesperada.

 

Una onda no pasa de la nada,

que no se lleve de tu sombra abierta

la luz mejor. De noche, estás despierta

en tu estrella, a la vida desvelada.

 

Signo indeleble pones en las cosas.

Luego, tornada gloria en las cumbres,

revivirás en todo lo que sellas.

 

Tu rosa será norma de las rosas,

tu oír de la armonía, de las lumbres

tu pensar, tu velar de las estrellas.

En el último verso aparecen las estrellas, tema recurrente en la poesía de Juan Ramón que se encuentra en muchos de estos sonetos. Aquí el poeta, sospechamos, le canta a su amada. Y la identifica, como otros poetas y artistas, con la propia alma (con su ánima diría Jüng).

Terminamos con un soneto que usamos a modo de talismán, para no caer (o levantarnos pronto) en el vidrioso espejismo de la vanidad:

XLV REY DE VANIDADES

Coronaba la tarde mi tristeza

con sus multiplicados resplandores,

y eran oro magnífico estas flores

mustias, adorno vil de mi cabeza.

 

Desde la cumbre de mi realeza,

sonreí, campeador, a mis dolores;

cual miel, paladeé mis sinsabores;

pensé que el pesar era la belleza.

 

Mujer al fin, la tarde, vanamente

se desnudaba de su luz; las cosas

quedábanse sin ansia y sin sentido…

 

Volví a ser yo. Las flores de mi frente

volaron cual doradas mariposas,

y me quedé hecho el rey del olvido.

 

Juan Ramón Jiménez

 

 

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19 comentarios en “SONETOS ESPIRITUALES, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

    • La poesía nos hace mirar el mundo con otros ojos. Atentos, fascinados, reverentes (y de muchas otras formas). Gracias por tu comentario, Mamen. Y por enriquecer nuestra mirada con tu propia manera de mirar la belleza (que es, como el objeto al que tiende, bella). Abrazo fuerte.

      • Muchas gracias, Mamen. La verdad es que escribo poesía desde hace años, pero a un ritmo lento (cuando la inspiración quiere). Y, por el momento, no contemplo este blog más que como vehículo para difusión de libros y creaciones ajenas. No obstante, ya que has intuido mi vocación, me gustaría compartir contigo un breve poema, y dedicártelo. Como dedicado está a todo el que escribe poesía. Y se dirige a eso que no tiene nombre pero guía, creo, nuestros pasos:

        Te busqué.
        En el empeño torpe de los filósofos;
        en los extraños discursos de los teólogos.
        Y mientras tanto,
        los poetas pasaban, silbando, junto a mi ventana.
        Con los ojos plenos de sol,
        las bocas rebosantes de vino,
        danzando embriagados y contentos.
        Sin festejar nada en concreto.
        Atentos al navegar pasajero
        de los pájaros; a los nuevos destellos
        que vienen de ti sin saberse,
        sin que nadie lo sepa, envueltos
        en la milagrosa hierba de los caminos.

      • No podía ser d otra manera.. Tienes una forma muy especial para contar las cosas :)… M encantó tu poema y gracias por hacerme partícipe d la dedicatoria.. Abrazos d luz

  1. Interesantísima la anécdota inicial, que tiene como protagonistas a Garcilaso y Boscán…
    Respecto a Jiménez, me encantaron sus sonetos espirituales… Uno puede entender por qué é recibió el Premio Nobel de Literatura…
    Mientras los leía, también, me pareció sentir algunos ecos poéticos de Machado… quizás poéticos, quizás temáticos o fonéticos…
    Gracias por el excelente post, querido José. Un abrazo y muy buen fin de semana. Aquileana ★🌟

    • En aquellos tiempos, los de Garcilaso y Boscán, los soldados componían versos. Algunos soldados. ¿Te imaginas que sucediera ahora? Bastante improbable, quizá. Me alegro de que te gustaran los sonetos del gran Juan Ramón. Tienes razón en compararlo con Antonio Machado porque a pesar de ser muy diferentes se respira en ambos un aroma clásico. Y una especial finura a la hora de evocar la interioridad sin grandilocuencias pero con profundidad y belleza. Muchas gracias por pasarte a compartir el post, amiga Aquileana. Tus comentarios siempre oportunos e inteligentes me son muy gratos. Un abrazo y que disfrutes el fin de semana.

  2. Hola José, me encantó tu post, hace poco tiempo he incursionado en la poesía, aunque siempre me ha gustado, ahora la disfruto más. Muchas gracias por compartirnos estos hermosos sonetos, que desde que estudié literatura en la secundaria me han llamado mucho y gustado y hasta ahora, creo que de la poesía es lo que más me gusta.

    Abrazos de luz

    • Qué bien que te guste la poesía, Silvia. Es un género que, sea cual sea su aceptación editorial, siempre concita el interés y la pasión de muchas personas. Gracias por pasarte y comentar. Un abrazo.

      • Pues sí, el amor me ha hecho más sensible a la poesía y la disfruto enormemente, tanto leerla como escribirla, ya he publicado algunos poemas. Abrazo de luz

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