Cuaderno de Nueva York, José Hierro

Cuaderno de Nueva York

Después de todo, todo ha sido nada,

            a pesar de que un día lo fue todo.

            Después de nada, o después de todo

            supe que todo no era más que nada.

José Hierro, Cuaderno de Nueva York, Vida.

José Hierro nació en Madrid, en 1922. Se le encuadra en la “generación de posguerra”, pero él, sin renunciar a los modos y temas de la denuncia social, siempre fue un paso más allá. Su ingenio, inquietud y saber no le permitían otra cosa. Decimos que nació en Madrid pero se forjó como cántabro, pues en la región montañesa se crio. Allí cursaba la carrera de perito industrial cuando la maldición del 36 encarnada en guerra le obligó a interrumpir sus estudios. No fue la única secuela del conflicto, también fue a parar a la cárcel por socorrer a presos políticos, uno de los cuales era su padre, e intercambiar información entre ellos y el exterior. Cinco años encerrado estuvo el poeta. En las tertulias de Valencia fue entrando en contacto con otros escritores mientras trabajaba en lo que podía para ir tirando, y sin dejar de escribir, claro. Colaboró en diversos medios como crítico de obras pictóricas (en especial del arte sensual e imaginativo de su amigo Modesto Ciruelos). Se casó con María de los Ángeles Torres, fundó revistas, dirigió publicaciones, y consiguió hacer sitio en su vida para lo que de verdad le movía, el arte poético. Su aliento se apagó en 2002, pero sólo fue un espejismo. Porque en la fuerza de sus versos se aprecia al poeta guiñándonos el ojo entre bastidores, con la calidez de su ironía tierna siempre al acecho.

Aquí viene una crónica fragmentaria, inexacta, por fuerza miope, de ese cuaderno de palabras pergeñado por el cantar de José Hierro. Una ráfaga ancestral de luces de neón temblando como un solo de John Coltrane, Cuaderno de Nueva York.

El Libro de réquiems, de Wiesenthal, con su cohorte inacabable de luminarias de las artes y las letras, me preparó, hasta cierto punto, para leer este Cuaderno de Nueva York. Pero sólo hasta cierto punto. En realidad nada me había preparado para leer esta peculiar obra de José Hierro. Pues la manera en que aparecen ante nosotros tantos y tantos personajes desde Quevedo hasta Gershwin y más allá, desborda todos los cuadros, navega con decisión en la imaginación del genial poeta y en el imaginario compartido de la cultura contemporánea. Pero sin caer en el caos, a no ser que entendamos por caos lo mismo que Prigogine o Mandelbrot, es decir, caos como un orden de grano fino; un aparente desorden que esconde una alquimia alefiana que se despliega ante la maravillada vista del lector, que va anudando versos y personajes bajo la guía del maestro Hierro; recomponiendo la tonante voz de los orígenes, los primeros balbuceos del lenguaje de los que habla el poeta en el Preludio.

Porque la voz primera se escucha también, inevitablemente, en Nueva York, esa Babilonia moderna tejida con hilos de mil lugares para componer una alfombra mágica, que sabrá Dios adónde lleva. Se componen, esa voz primitiva y esa ciudad desaforada de las mismas pasiones danzantes, anhelos, crímenes, brillos, ausencias… Allá se fueron los pasos del poeta, transitando por la urbe ciclópea que convirtió en desgarrador grito los versos de Lorca. Como el granadino universal, Hierro peregrina hacia las fuentes del esplendor y la miseria occidentales.

Detesto las grandes ciudades, pero aprecio los lugares de comunicación, ideas, aplicaciones prácticas, amor a lo concreto, que supone New York (antes, Nueva Amsterdan, lo que tampoco estaba mal). Centro de operaciones, a ratos, de los pillastres beat, aposento del filósofo escéptico (y a ratos epicúreo) Woody Alen. Entre otras múltiples ópticas.

Resulta un tópico bastante visitado el que un libro es como un viaje. En árabe “safari”, viaje, y “sefar”, libro, parecen tener el mismo origen. Este libro también nos invita a viajar. Pero la sensación de tópico se desvanece cuando veo soltar amarras y el barco, conmigo abordo, despegándose suavemente de la bocana, parte (¿hacia dónde? ¡hacia Nueva Babilonia!). Miro a mi alrededor con estupefacción, como esperando una respuesta, porque la intención era tomar un vuelo y no hacer el viaje en barco. Hierro no me lleva, sin embargo, como a los yuppies, turistas, artistas, estudiantes, etc. Él espera otra cosa del viaje, y está bien así. De modo que me acodo a la baranda y contemplo el tranquilo jugueteo de las aguas mientras los versos, como la brisa, canturrean, bailan al son del clarinete en Rhapsody in blue, el primer poema  tras el preludio:

El clarinete suena ahora

al otro lado del océano de los años.

Varó en las playas tórridas de los algodonales.

Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos.

Se sometió y sufrió, pero se rebeló.

Por eso canta ahora, desesperanzado y futuro,

con alarido de sirena de ambulancia

o de coche de la policía.

Suena hermoso y terrible.

https://www.youtube.com/watch?v=ynEOo28lsbc

Estamos llegando a N. Y. C. La diosa babilónica (¿será casualidad?) de la Libertad nos recibe desde su imponente estatura. ¡Qué lejos están a veces sus hijos de rendirle pleitesía! Y mezclado con el mar nos acoge ya exangüe, el río:

La seda peregrina del Hudson,

incansable y majestuosa,

conduce a la ciudad hasta la libertad

y la purificación definitiva de la mar

siempre reciennaciendo.

Primer poema. Inconmensurable. Es un conjunto de versos que resumen y amplían todo un libro, igual que el fragmento de un holograma roto puede dar cuenta de la totalidad sin tropiezos. Pero esto no empece para que continuemos la lectura, muy al contrario, la estimula. Queremos saber más aunque ya lo sepamos todo. Precisamente porque el universo en sí mismo que es Nueva York se revela en cada pliegue de su alfombra mágica, con brillos y sombras siempre nuevos. A partir de aquí José Hierro se limita a colocar la lupa en un lugar (común o no) de la ciudad, convertida en escenario en el que interactúan los mundos literarios, musicales, vitales… de su propia alma. Sin que importen tiempo y espacio. Es una vuelta a Nueva York en ochenta mundos, parafraseando a Cortázar. No se pierdan, el poeta no lo hace, marca el compás la Novena de Ludwig Van…

Entonces, Ludwig van Beethoven

se levantó y apagó el sonido.

Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano

para indicar la entrada a los timbales

en el Scherzo. Lloró con el adagio,

enardeció cuando cantaba el coro

las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,

lo que él oía. Finalizó el concierto.

Fue entonces cuando se levantó,

y se acercó al televisor,

recuperó el sonido.

Las cámaras enfocaban ahora

al público enardecido.

Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,

los aplausos que no podía oír en Viena,

en mil ochocientos veinticuatro.

Aparece por estas páginas la Nueva York hiperactiva, consumista, y entusiasta, pero por debajo late el ritmo pulsante de la negritud zumbona de blues, vida subterránea, cadencia de jazz, la negritud ancestral como la nigredo de los alquimistas, incontenible y sonriente junto al drama.

La música recorre muchos de estos poemas con semblanzas de grandes compositores e intérpretes, desde el registro clásico (Beethoveen, Alma Mahler, Schubert, el citado Gershwin moviéndose entre varias aguas…) hasta el el góspel, el bolero, el cuplé… (Mahalia Jackson, Miguel de Molina).

Se asoma Ezra Pound, el bardo que confundió los clarines del fascio con las glorias de Roma (y acaso tuvo razón si pensamos en Heliogábalo, Nerón…). Y pudo inspirar, merced a la continua paradoja que es la vida, los primeros aullidos de la afilada poesía beat.

José Hierro nos sobrecoge cuando, quizá, habla de sí mismo con la voz prestada del poeta americano. Sobrecoge porque nos confiesa su miedo, miedo al encierro, quizá mental, tal vez físico.

Mis cantos definitivos. Los de la plenitud y el miedo. Tengo miedo. Tengo —soy, estoy— jaula. Las palabras más eficaces las de mi lengua y las ajenas, vivas y muertas, oxidadas y aún hermosas, mágicas como el chino, de llave inencontrable, como el bengalí. Miedo, jaula, escribo. Miro a cada instante la puerta cerrada. Podría entrar por ella el doctor, el coronel, el judío, el sayón, el comunista con su escalpelo, su espada, su estrella, su látigo, su hoz. Traen la jaula en la mano, para encerrarme, y en ella permaneceré hasta el fin de mis días. Sin papel, sin pluma mi mano. Así, ¿cómo sobrevivir, escribir, liberarme del tiempo?

Y conmueve este ejercicio de empatía, simpatía y generosidad con un poeta de pensar tan distinto, como lo fue Pound. Pues al final:

Yo no soy traidor a mi única patria que es la poesía. No quiero su comprensión, su compasión ni su desprecio. Más miedo, más jaula, más muerte.

Me despido ya, sin apenas haber contado nada, para que, si es su deseo, lean los versos de José Hierro. Y beban de la fuente, en vez de entretenerse con la engañosa descripción de la canción del agua.

_joshierro

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6 comentarios en “Cuaderno de Nueva York, José Hierro

    • Viniendo de un poeta como tú, Juan, se agradece especialmente tu comentario. Efectivamente, la obra de José Hierro es para reivindicarla continuamente. Yo sólo he leído alguna antología y Cuaderno de Nueva York, así que tengo gozoso trabajo pendiente. Un gran abrazo.

  1. Todos tus posts, mi querido Pepe, son luminosos, pero en éste te volcaste y es brillantísimo. Muy lírico y de una lectura exquisita. Como te lo acotó antes, el amigo Juan Francisco (también excelente bardo), tu crónica es magnífica.

    Te mando un enorme y afectuoso abrazobeso, amigo.

    • Muchas gracias, mi querido Ernesto, por los elogios. La verdad es que tenía este post casi escrito desde hace meses y una especie de respeto o de escrúpulo me impedía publicarlo. Porque estoy lejos de ser un entendido en la obra del gran José Hierro. Pero pasa aquí como en el resto de entradas, si sirven para que alguien tome un libro y se marche de viaje literario y vital, pues eso es lo que importa. Como dije con Juan, es un privilegio que un poeta de tu maestría y sutil mirada celebre mis escritos.
      Gran abrazo de vuelta.

  2. Efectivamente: un viaje!… por parajes literarios, con el poder imaginativo y siempre elocuente de la pluma… La reseña es magistral amigo…. Lo escribo mientras escucho Rhapsody In Blue, de Gershwin (ventana aledaña que da a nuevos mundos)…. El hecho de que el autor introduzca otros autores y textos, así como música habla no solo de su versatilidad y apertura, sino de un recurso que los críticos valoran. Tiene que ver con la polisemia del lenguaje y de los géneros literarios: me refiero, claro, al subtexto… Y al metatexto…
    Un gran post, querido José… Me encanta cómo escribes (ya lo sabes!)… Un abrazo y muy buen fin de semana. ⭐

    • La imaginación no conoce fronteras, así es. Y el autor, como bien dices, Aquileana, se sirve de ella para recrear Nueva York convertida en una ciudad mítica. En la que confluyen esos textos adyacentes al principal: personajes, emociones, recuerdos, delirios brillantes… Me alegra que te haya gustado el post, y te invito a que le hagas un hueco a este libro tan evocador para tus futuras lecturas. Muchas gracias por tus palabras y un abrazo fuerte. ¡Buen fin de semana igual!

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