La religión de la tecnología, David F. Noble

religión de la tecnología

En tercero de carrera tuve una asignatura que se llamaba Ciencia y filosofía de las religiones. Teníamos que hacer un trabajo, y el profesor me recomendó La religión de la tecnología. Hace 15 años de esa primera lectura, pero el libro se podría haber escrito la semana pasada, ya verán por qué.

La tesis que recorre este ensayo tiene que ver con la fascinación que nos provoca la ciencia. Esa fascinación, dice David Noble, está enraizada en un fundamento religioso, encauzado ahora en la adoración de la ciencia y la tecnología como nuevos dioses. La crónica de estos hechos arranca en la Edad Media con diversos avances técnicos en la agricultura y la industria que llevan, en algunos casos, el secreto propósito de “enmendar” la Creación. El imaginario occidental comienza a tomarse en serio lo de dominar la naturaleza para usarla a su antojo. Cosa que expresa ya muy a las claras Francis Bacon en el Renacimiento. Todo un programa para la modernidad.

El homo sapiens occidental (¿sapiens?, ¿de verdad?) pasa en los siglos sucesivos de niño mimado de Dios a sustituto suyo. En una actitud incomprensible para los pueblos que llamamos “primitivos” en virtud de nuestra soberbia diabólica. El camino histórico-lineal de occidente ha sido como un gigantesco río de pensamiento y acción que ha abierto nuevas vías pero también ha erosionado múltiples aspectos del mundo y el ser humano. El mitologema del “progreso” ha sustituido el Paraíso del creyente por la voluntad de instaurar ese edénico jardín aquí en la tierra, con los resultados que ya sabemos. Convencido de que el comunismo soviético iba en esa línea dijo el iluso Gorki: “por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz”.

Ese régimen se convirtió en una secta tecnocrática, con sus grandes cifras de desarrollo industrial que no tenían como contrapartida la mejora de las condiciones de vida del obrero. De modo que allí no terminó de colar el mensaje profético. Sí lo ha hecho, en cambio, en la sociedad comercial capitalista, con sus deslumbrantes avances tecnológicos que van empequeñeciendo los aparentes delirios de las películas de ciencia ficción.

Y en relación a esto quiero entrar en harina. Pensemos en la pretensión de lograr la inmortalidad mediante la inteligencia artificial. Este empeño lo alimentan diversas filosofías y teorías con la fusión entre lo biológico y lo robótico (en el vídeo Carlos Canales plantea el panorama). https://www.youtube.com/watch?v=2eudLZBf250

En una de esas posibilidades, que aparece comentada en el libro (y en el vídeo), se trataría de descargar el contenido de nuestra consciencia en un hardware, tipo pendrive, e insertarla en un robot.

De manera que cuando se aproximara nuestra muerte siguiéramos viviendo en el cuerpo de una máquina. Para estos teóricos nuestro cuerpo es de hecho, sólo una máquina compleja, así que buena parte del camino está andado. Otras propuestas pasan por la manipulación genética que nos permita dar un salto evolutivo apoyado en la nanotecnología, etc. O la inclusión en nuestro organismo de elementos artificiales, robóticos, como chips en el cerebro que multipliquen nuestra velocidad de procesamiento de información, para llegar a la antedicha fusión entre la persona y la máquina y nos conviertan en un híbrido.

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Brillantes tecnólogos y magnates como Elon Musk patrocinan estos audaces proyectos. Pero, si uno examina la cuestión un poco, resulta que en estas avanzadísimas propuestas subyace un pensamiento manido, simplón y reduccionista:

.La consciencia se reduce a lo material, el cerebro. Luego, si podemos replicar el cerebro de forma artificial, ¡voilà! ¡Conseguimos replicar la consciencia!

.Al final, el producto del cerebro (sensaciones, emociones, pensamientos, imaginaciones…) se podrá reducir a cálculos computacionales. Es cuestión de tiempo.

Porque, en relación con lo anterior, subyace en cierto espíritu científico (inflado por la hybris de lo profético) la fe de que TODOS los misterios de la naturaleza y la vida se irán descubriendo, uno a uno, por el infalible avance de la ciencia. Que va aventando sombras.

Recordemos, para desinflar esas ínfulas, un par de frases de Antonio Escohotado:

«La ciencia es un mito, sólo que es el mito más hermoso, el único generalizable a toda la especie y quizás el más digno de respetarse.»

«La ciencia es un mito, y cuando pretende decir que está más allá del mito está mintiendo.»

Precisamente David Noble examina en su obra una de las ramificaciones de ese mito, de aire tan fervoroso como inquietante. Como es el anhelo de inmortalidad antes comentado, en el que se troca la resurrección cristiana por una pervivencia de tipo cibernético, robótico… Este deseo camina parejo al horror que produce la muerte en un mundo como el nuestro, que da la espalda a los ciclos naturales (los cuales estaban en armonía con las antiguas creencias). Ciclos que también afectan a las civilizaciones, las cuales conocen un nacimiento, apogeo, decadencia y fin. No queremos ver el carácter transitorio de todo (y eso mismo nos vela la intuición de lo trascendente). Es la huida del abismo que se presiente vacío.

Resultaría oportuno  plantearse lo humano desde una perspectiva ética en vez  de sólo tecnológica. Irónicamente, nos invita a ello la conexión humana que facilita internet, precisamente desde supuestos técnicos.

Nuestra época va muy rápido, y quizá la cuestión no sea frenar en seco (porque nos salimos de la vía), pero sí pensar hacia dónde vamos en esa carrera acelerada. Y, hablando de ética, merece la pena resaltar lo siguiente. En la página 197 se cita a Daniel Crevier, quien dice que la I A (inteligencia artificial) “es coherente con la creencia en la resurrección”. Pero la religión cristiana (una de las que defiende ese credo) es universalista. ¿Esta nueva religión también? ¿Todos tendrán la posibilidad de la inmortalidad cibernética? ¿Y qué pasa con quienes no puedan pagarlo? ¿O los que ya murieron? Recordemos a Walter Benjamin y su llamada a no olvidar las víctimas de la historia. ¿Acaso sólo unos pocos tienen derecho a la resurrección? Esa no sería una resurrección divina, la prometida, la anhelada en secreto por algunos científicos ateos. Sería humana, chapucera, injusta.

Como decía Nietzsche, “si miras hacia el abismo, el abismo acabará por mirar dentro de ti”. Esa fijación de muchos científicos en Dios, para negarlo, les ha hecho creerse dioses al fin y al cabo. Y son presas, como se dice en este estudio, de un redentorismo delirante. Buscan la revancha contra ese dios de los otros. Ese dios de su infancia, cuya sombra se agiganta al paso que crecen sus propias ansias de poder.

Terminamos con una paradoja. Son varios los profesionales de la psiquiatría o psicología que han observado en el trabajo con sus pacientes (y en sus propias carnes) experiencias imposibles de explicar con el modelo materialista según el cual es el cerebro el que genera el psiquismo. Si bien esto último rige para procesos cotidianos de memoria, pensamiento, lenguaje, etc., no es así para esas otras vivencias psíquicas (que no viene al caso comentar ahora, sírvanse los curiosos de repasar la obra de Stanislav Grof, Charles Tart, Frances Vaughan, o, si prefieren autores españoles, José Luis Pinillos, Rof Carballo, Manuel Almendro, Josep María Fericglá, etc.).

De ahí que surgieran teorías como la de Stanislav Grof. El psiquiatra norteamericano (de origen checo) apunta a que el cerebro actúa como un televisor: emite unos contenidos audiovisuales transformando unas ondas electromagnéticas que recibe su antena. Sería absurdo pensar que los programas televisivos se crean dentro del televisor, como si los periodistas, artistas, o los animales de los documentales vivieran en el interior de la caja tonta. Del mismo modo, dice Grof, hay experiencias psíquicas que no se pueden explicar como producidas en el cerebro, sino que éste las capta de una consciencia más amplia, cósmica. Pensaba en algo así como el inconsciente colectivo de Jüng.

De modo que, si esto es real, recordemos de nuevo el proyecto para generar consciencia de forma artificial. En un ejercicio de imaginación, pongamos que dentro de unos años los ingenieros consiguen producir un robot que, aparte de sentir, hablar, pensar, recordar cosas, tiene experiencias místicas o estéticas indefinibles. Los satisfechos científicos y tecnólogos del momento, padres de la criatura, se arrogarían el descubrimiento definitivo de que la consciencia, lo espiritual, Dios, etc. son productos exclusivos del cerebro, humano o robótico. Y ellos tendrían la fórmula para generar esas experiencias. ¿Qué ocurriría si, en realidad, hubieran dado con una antena para captar la inteligencia que subyace en el universo?

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12 comentarios en “La religión de la tecnología, David F. Noble

    • Muchas gracias, Antonio. He recordado este libro mientras leo Psicología del Caos, de Manuel Almendro. Un libro muy interesante en el que se critica el determinismo materialista en aras de una psicología de la consciencia. Y, en general, una ciencia del ser vivo abierta a lo trascendente. El conductismo sigue teniendo mucha fuerza, y se lleva bien con la omnipresente neuropsicología de corte fisicalista, pero no pierdo la esperanza de que la cosa de un giro. Un abrazo.

  1. Como siempre, muy puntual y precisa tu publicación, Pepe querido. El ser humano, la digamos “máquina” más compleja y perfecta del universo por todo lo que soporta e implica, jamás de los jamases, por muy avanzada que esté esa parte del avance científico y tecnológico que toca el ensayo de Noble (que no aplica a toda la ciencia ni a toda la tecnología, pues generalizar así sería caer en el reduccionismo al que él mismo se opone) podrá reproducir y realizar el núcleo de la esencia humana, que es la conciencia y el decidir. Desafortunadamente, esta parte inmoral de la ciencia y la tecnología es la que hace ruido hoy día, opacando la labor noble y maravillosa del resto de ambas disciplinas.

    La cuestión aquí, como toca al ser humano, entra en el campo de la moral (la moral esencial, sin sesgo religioso), que como bien estableció Aristóteles es vivir feliz y vivir feliz es conseguir el bien. Para colmo, estos magnates estúpidos que ya no se satisfacen ni con el dinero ni el poder que han obtenido de forma inmoral, es que buscan la “trascendencia” en esta dimensión vía perpetrarse con estas teorías y prospectos de “trasplante” a robots. En fin, que vivimos tiempos revueltos donde los valores humanos se han trastocado. Como en toda crisis, esperemos que este “desmadre” (como decimos en México) lleve a un panorama más luminoso, más humano.

    Abrazobeso enorme y siempre lleno de afecto, amigo querido.

    • Coincido con tu reflexión, amigo Ernesto. Vivimos tiempos revueltos, en los que se tiende a relativizar lo más básico. Vemos como algunos científicos sucumben a sus instintos de poder, que son tan inquietantes como ridículos. En curioso paralelismo con ciertos movimientos políticos vacíos de contenido, con la única misión de cerrar fronteras y frenar el impulso que los menesterosos tienen de buscar un futuro mejor. Se apela a la seguridad para abolir derechos y perseguir ideologías o religiones. Quién sabe si en un futuro no muy lejano los poderosos nos aconsejen que convertirnos en híbridos robóticos es lo “mejor para nosotros”. Esperemos que no se dé el caso.

      Un abrazo, Ernesto.

      • Esperemos que no. ¿Y te das cuenta, Pepe querido, de que la utopía que se tenía sobre estos tiempos de una convivencia hermanada, sin fronteras, más sensibilizada, con una fusión entre materia y espíritu, ha quedado en eso, una utopia más?

        Abrazobeso grande y fraternal, amigo.

      • Así es, Ernesto. Desconfío bastante de las utopías, me resultan más fiables las propuestas que se nutren de realismo, humildad y prudencia. Porque quienes quieren salvarnos, incluso con buena intención, pueden conducirnos al peor de los abismos. Un gran abrazo para ti.

  2. Como nos tienes acostumbrados, es un magnífico post que hace pensar y mucho, José… El hombre siempre intenta equipararse a Dios, pero no es tarea fácil, más bien todo lo contrario… Prefiero dejar las cosas como están y que los avances científicos sean útiles para que el ser humano sea mejor de lo que es en valores y no en prepotencia 🙂 Abrazos de luz..

    • Estoy de acuerdo, Mamen. La ciencia y la tecnología ponen a nuestro alcance la posibilidad de mejorar nuestra vida, y, sobre todo, la vida de las personas que lo pasan mal en muchos puntos del planeta. Esperemos que se opte por un camino práctico, útil, y beneficioso en vez de explorar vías tan frívolas como amenazadoras. Un gran abrazo para ti.

  3. Ay, si hubieran dado con esa esperada antena, el poder político que se ejerce en las academias y universidades habría hecho imposible decodificarlas. Solo confían en su gestión y no tienen en cuenta variables que no están a la altura de comprender todavía.

    • Estoy totalmente de acuerdo Lu, la estrechez a la que se aferra lo académico muestra un mundo limitado a su medida. Me gusta mucho una frase de William Blake, algo así como que toda idea o intuición es una imagen de la verdad. El punto de vista académico, de este modo, sería una mirada más, un hilo más en la tupida red de lo real. Gracias por tu oportuno comentario, un abrazo.

      • Leí la poesía completa de Blake pero me debo una relectura urgente porque no recordaba esa maravillosa frase. Uno de mis poemas se titula: CREER PARA VER. Una vuelta de tuerca al pensamiento tomista.

      • Interesante planteamiento el de tu poema, Lu. Desde luego, vemos lo que proyectamos con nuestro modo de mirar. Si miramos desde la superficie sólo apreciamos apariencias. Y si enfocamos desde nuestro interior, paradójicamente, creo que nos acercamos más a la esencia de lo real.

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