El Elemento, de Ken Robinson y Lou Aronica

Conocí de este libro por mi amiga Sam, compañera en un curso de Experto en coaching. Sí, esa palabra anglosajona que suele despertar antipatías, envuelta en un tufillo de márketing (otro palabro anglo). Al fin y al cabo, sólo se trataba (y se trata) de bajar los primeros escalones del antañón noscete ipsum que desafiaba a los peregrinos y curiosos visitantes del Oráculo de Delfos. Conócete a ti mismo. El coaching no resuelve la ecuación, pero sí puede valer como un primer contacto con ese ser extraño que vive en nosotros, en las profundidades. En realidad no necesitamos nada para conocernos, puede darse ese encuentro con uno mismo cultivando nuestro jardín, o entre los cacharros de la cocina, quién sabe.

Precisamente de conocer uno los propios talentos, su vocación, su elemento, va este libro. Todos tenemos una, o varias, actividades mágicas, de esas que mientras las ejecutamos nos olvidamos del mundo. Se nos olvida que tenemos que comer (a menos que esa actividad mágica sea, precisamente, comer). El mundo externo desaparece y sólo tenemos sentidos para eso… Que puede ser tocar la guitarra, mezclar ingredientes en un laboratorio, hacer una mesa de madera, escribir, cavar la tierra… Cada cual con lo suyo.

Hay personas que tienen muy claro para qué han sido llamados, y desde la más tierna infancia se aplican con afán a conquistar su anhelo. Otras personas, lamentablemente, no. Muchas veces interviene en ello una educación rígida, poco dada a la creatividad, y a las vocaciones como nos advierte uno de los autores, Ken Robinson.

En cualquier caso, uno puede enriquecerse en el transcurso de los años, buscando eso que es lo suyo, mientras trabaja en esto o lo otro, y aprende lo que le gusta, o, en muchos casos, lo que no le gusta nada. Y por descarte se va haciendo un camino marcado por la falsilla que va quedando entre los senderos olvidados. Hasta que llega un día en que se nos ilumina la cara, se enciende la bombilla del entendimiento y damos por arte de magia con nuestro trabajo soñado, o no. Quizá suceda que encontremos una actividad que no nos disgusta más de la cuenta y nos da de comer, eso pasa a menudo. No todos somos Paul McCartney, Matt Groening (creador de Los Simpson), o cualquiera de los personajes a los que se alude en el libro, lo cual no quiere decir que carezcamos de talento. Cada uno tenemos el nuestro.

En las sociedades tradicionales hay poca innovación. Lo normal es que el hijo de un carpintero sea también carpintero, o el hijo de un campesino trabaje la tierra, como lo hicieron sus antepasados y lo harán también sus propios retoños. Sin embargo, nosotros vivimos en un mundo muy cambiante, extraño y a veces agobiante en su velocidad. El panorama que tenemos por delante ofrece poca seguridad, baña nuestros pasos de incertidumbre.

Y eso, como todo en la vida, está bien y mal, según cómo nos lo tomemos. Las nuevas tecnologías nos abren al océano caótico de internet, con sus posibilidades sin fin, sus peligros… El primero de los cuales es, simplemente, confundirse con tanta información, saturarse y no hacer nada constructivo. Pero merece la pena tratar de asumir el reto de usar esos medios para progresar. Y para ello, en mi opinión, resulta de una utilidad extraordinaria conocer nuestro elemento, conocernos vaya. Y volvemos a lo del principio, al conócete a ti mismo, que no se queda viejo. Es nuestra brújula para navegar en este mundo tan extraño en el que cada innovación parece volverse muy antigua a los pocos meses.

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9 comentarios en “El Elemento, de Ken Robinson y Lou Aronica

  1. Pepe, qué gusto encontrarte otra vez por este medio. Ha sido una larga ausencia que no puede volver a repetirse. Has desarrollado un texto sencillo, pero no por ello de poco peso. Has tocado el punto focal: la esencia de cada uno y el no negarla ni relegarla. De ahí lo indispensable del conocerse a sí, lo que con los ruidos e interferencias de los utlimos tiempos se vuelve tarea heróica, cuando en el fondo no es tan complicada. Lo que se requiere es atención, interés, voluntad y paciencia para descubrir nuestra esencia y cultivarla luego.

    Te dejo un grande y siempre afectuoso abrazobeso, amigo.

    • Muy agradecido por tu visita, Ernesto. Y complacido por tu sabio comentario que glosa de modo ejemplar el meollo del asunto. En efecto, el conocerse a uno es algo que nos queda muy a mano. Sin embargo, no hay que perder de vista lo que decía Machado: de cada diez cabezas nueve embisten y una piensa. Y la verdad, más la de uno, es algo de lo que huye la mayoría como de una infección sin cura.

      Gracias una vez por la visita, Ernesto. Espero exprimir el tiempo a tope para venir más por aquí, y de paso visitar a los amigos. Voy para allá pronto. Gran abrazo.

  2. Es verdad, nunca se quedará viejo el conócete a ti mismo.
    Pero me viene a la cabeza que si miramos otra cara de la moneda, los que tienen necesidades básicas, que son muchos, seguro que andarán afanados en otras cosas … ya me he desviado del tema objeto de tu relato y podrás decirme, con razón, que estoy divagando, y es que hoy me encontré a alguien que me llevó por otros derroteros de esos tan palpables.
    Con independencia de esto que digo, me encantó leerte.
    Un saludo, compañero

    • Agradezco tu comentario. Y no te preocupes por las divagaciones, a veces creemos ir en línea recta y sólo caminamos a tientas. Y otras pensamos que nos perdemos en el laberinto pero un hilo insospechado nos conecta con el centro. Saludos.

      • Ay, José, de verdad que agradezco tu respuesta generosa porque después de lo que te dije, en un día que ayer fue especial, me quedé mal pensando que me había pasado o que quizás podría haberte ofendido.
        Gracias y saludos igualmente para ti

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