EL VIAJE DEFINITIVO. Stanislav Grof.

 

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

Antonio Machado, Retrato.

 

La LSD, como otras sustancias de su estirpe, como los buenos maestros, te despoja de todo lo que crees ser y te enfrenta con lo que eres en realidad: puro ser. Te lo quita todo, y te entrega lo que jamás imaginaste que fuera real. Y de golpe. Por eso hay personas que no están preparadas para ese viaje, y es sensato reconocerlo. Pero otras, una inmensa mayoría, se beneficiarían de sus efectos a nivel personal, terapéutico, espiritual sea lo que sea eso. La LSD es muchas cosas, entre ellas es un amigo (o un enemigo, según cómo se use) que nos presenta a la muerte. Y conocer la muerte, por esas paradojas de la existencia, es conocer y abrazar la vida.

Antes que otra cosa, este profundo y revelador libro es un libro sobre la muerte. Aviso a navegantes. Se ha dicho muchas veces, y en parte sigue siendo así, que en la moderna sociedad hipertecnificada no tenemos una relación sana con la muerte y todo lo que la rodea, la enfermedad, las postrimerías… Todo esto se ha arrinconado en un desván lleno de polvo y telarañas donde nadie quiere asomar la nariz.

Esto, sin embargo, está cambiando, en nuestro mundo tan móvil y dinámico nada dura mucho tiempo, ni siquiera lo nocivo. Hay numerosas campañas para recaudar fondos para niños con enfermedades raras, para la lucha contra el cáncer, etc. La enfermedad de alguna manera se está reconociendo como algo natural y no como un fracaso de la medicina. Cuando una cosa es ubicua, como la enfermedad, la muerte, o el sufrimiento, no puede ser un fracaso del sistema, la verdad tiene que ser más sutil. ¿Y cuál es esa verdad? La respuesta no me corresponde a mí, aunque intuyo ciertas cosas. Para quienes pensamos que la vida es una obra de arte sagrado, a pesar de todos los pesares, la zona en sombra del cuadro está ahí para que resalte de una forma más reveladora la luz que se cuela por la ventana.

Es esa sensación, de profundo significado y de belleza extraña e incomprensible, la que me sugiere la lectura de este libro del sabio doctor Grof. En la primera parte de la obra el autor vuelve la vista a las tradiciones antiguas que hasta más allá de la Edad Media tenían una forma ritualizada e íntima de relacionarse con el viaje definitivo.

Incluso poseían sus propios manuales, como el Ars Moriendi, en la Edad Media cristiana, El libro tibetano de los muertos, o, el más antiguo aquí citado, El libro egipcio de los muertos. Cuyo nombre literal resulta revelador: libro de la ‘salida al día’. Lo que se podría también traducir, quizá, como ‘libro del despertar’. Puesto que, para los antiguos sabios, estamos dormidos, y, lo que es peor, estamos muertos. Sí, para ellos los que nos consideramos ‘vivos’ estamos en realidad muertos. Y la iniciación, tanto si transcurría en vida de la persona, como si se realizaba ya en los pasos de la muerte, estaba destinada a gustar los hondos sabores que la vida depara. Transitar las espaciosas avenidas que la jalonan, y salir de nuestro encierro mental en el que cada cosa parece estar separada de las demás. Porque, como sabiamente comenta Halil Bárcena en un pensamiento suyo contemplando las piedras de un muro en un camino, ‘lo que separa es también lo que une’. Es decir, el espacio que hay entre las piedras y las separa al mismo tiempo las une. De algún modo las piedras son muro, como de algún modo un conjunto de células es un ser, y un conjunto de seres, el Ser.

En la segunda parte del libro se nos habla de los primeros pasos en el estudio clínico de la LSD con enfermos terminales, con pioneros como Eric Kast. Stanislav Grof, que es psiquiatra, narra su experiencia clínica con un equipo médico en un estudio experimental en Maryland, Estados Unidos, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. En el transcurso de ese estudio Grof y los demás profesionales acompañaron y atendieron a varias personas con enfermedades en fase terminal que accedieron a participar en una experiencia en la que se les administró la sustancia en un ambiente seguro y confortable. Se reclinaban en un diván con los ojos tapados con un antifaz y auriculares en los oídos con música suave.

Si pudiera encontrarse algo en común a las personas que participaron en el estudio, aparte de que estaban cerca de la muerte, es que cada una de ellas sufría más por causas emocionales que por los propios dolores o incomodidades de su enfermedad. En algunos casos existía un resentimiento feroz porque tanto sus familiares como los médicos les habían ocultado la gravedad de su dolencia hasta el último momento para que no sufrieran. Lo que había acarreado justo lo contrario. En general los pacientes se sentían angustiados ante la perspectiva de la desaparición física y también les atormentaban traumas o incumplimientos del pasado, que ejercían una presión insoportable justo cuando el final estaba próximo.

Es muy difícil leer estas vicisitudes y las experiencias que narran los pacientes al tomar la sustancia, y lo que vino después, sin abundantes lágrimas en los ojos. Merece la pena repasar esos relatos porque nos acercan al núcleo de lo humano. La revelación que recibieron todas estas personas al experimentar con ese extraño y, para algunos, diabólico fármaco, no es nueva ni original: que el amor es la esencia de la vida, el aroma íntimo de todo lo que existe.

Cuando uno conoce las historias de estas personas, que están lejos de ser extraordinarias sino que llenan los hospitales hoy día como antaño, historias comunes, normales, la prevención contra la cursilería o sensiblería con que a veces se usa la palabra ‘amor’ se desvanece. Porque ‘amor’ es otra forma de decir ‘unión’, y al leer estas experiencias, que abrieron a quienes las vivían un insospechado ámbito de trascendencia, luz y unión, uno se reconoce unido a esos seres y las historias de esos seres, que aparecen como propias.

Hay otras cosas que compartieron estas personas aun sin conocerse, y fue que la muerte, de repente, dejó de ser un problema. Un viento de serenidad los acunó, dispuestos ya a dar los antes temidos pasos en el vacío. Más allá de los dolores y achaques que siguieron sintiendo, aunque reducidos, la toma de LSD sirvió a estas personas para morir en paz. En paz con ellos mismos y con sus seres queridos. Nada menos que esto. Porque, como dice un viejo adagio italiano:

Un bel morir tutta una vita onora.

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5 comentarios en “EL VIAJE DEFINITIVO. Stanislav Grof.

  1. Excelente, análisis, querido José … varias cosas resonaron en mí mientras leía… en especial esa frase que citabas “lo que separa es también lo que une”…. y cuando hacías referencia a lo efímero que puede resultarnos todo en nuestra época de inmediatez en las comunicaciones. Y cómo algo tan definitivo como la Muerte cobra una dimensión no solo equiparable a la “ausencia” o “la Nada”…. sino a lo innombrable…. algo como un tabú, quizás.
    Es interesante replantearnos cosas, evidentemente, dada nuestra condición finita, creo… y me convenzo de que la tecnología es como el fuego que Prometeo le robó a los dioses. Falsa pretensión de nuestra parte. 😮🙌 un abrazo para vos. Te deseo un excelente Año Nuevo, amigo 😘

  2. Interesante tu reflexión Aquileana. Efectivamente, en un mundo en el que todo marcha a gran velocidad, las opiniones, las ideas son líquidas, acelerado todo por las nuevas tecnologías la certeza de la muerte es como un aldabonazo. La muerte es como un despertador que nos sacude e impele a observar la belleza efímera de la realidad y disfrutarla antes de que se marchite sin remedio. Por otro lado este mundo, como nos enseñan los mitos y los símbolos, está tejido de paradojas, así la muerte es de algún modo extraño vida. En la muerte, como han sabido sabios y místicos de todas las épocas está escondido un importante secreto. Y no hace falta morir para saberlo. Enorme abrazo de vuelta, que disfrutes de la última noche del año y el próximo 2019 te sea muy propicio.

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