La señora Dalloway, Virginia Woolf

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Recuperamos un post publicado hace unos siete años en mi anterior blog, sobre un libro de Virginia Woolf, pronto volveremos con artículos recientes. Disfruten y, si les llama, lean el libro.

El título no es muy evocador, tampoco la portada (de la edición que yo tengo). Este libro de Virginia Woolf reposaba, olvidado, en el fondo de una alacena desde que lo adquirí hará unos trece años. Venía en la famosa colección “100 joyas del milenio” con algunos de los mejores libros de todos los tiempos. En aquella época, tan propicia para leer y descubrir, tropecé con numerosos clásicos. Este delgado volumen se me resistía hasta ayer.

En él la melancolía por el pasado perdido surge sin hacerse pesada, sumergida en los miles de destellos de un Londres, de 1923, efervescente. No suceden muchas cosas destacables pero a pesar de eso la aguda forma de narrar de Woolf nos transporta en volandas. Su voz nos lleva con pericia más allá de las encopetadas apariencias de los gentelmen y damas de Inglaterra tan opacos a veces a revelar sus sentimientos y motivaciones. Así, tanto los detalles externos como los internos son vistos con eficaz lupa, toda una época, una generación queda retratada al modo que sabía hacer Goya. Descendiendo hasta el alma que hace rodar la rueda social más allá de convencionalismos, poses, formulas preconcebidas. Y todo ello de un modo muy sencillo, como he dicho, sin mencionar grandes acontecimientos, con el secreto pulso de lo cotidiano que se despliega con ingenuo encanto.

El hecho más impactante es el suicidio de un excombatiente traumatizado, enloquecido por la guerra por su propia extrañeza ante el sufrimiento ajeno. Hay aquí una temprana (el libro es de 1925) y apenas esbozada pero cierta crítica al trato que dispensa la medicina, o ciertos médicos, a las personas con trastornos mentales. Todavía tendrán que pasar unos cincuenta años hasta “Alguien voló sobre el nido del cuco” y su feroz denuncia. Pero aquí, en La señora Dalloway, encontramos de forma incidental un reproche a la incompetencia del doctor Holmes, la fría eficacia médica del señor Williams y su superioridad irrebatible de sacerdote laico.

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Imperiofobia y leyenda negra, María Elvira Roca Barea

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Hay libros con la capacidad de hacernos cambiar no solo de opinión sino de mentalidad. Este es uno de ellos, supongo que ya lo conocen. Si no lo han leído, se lo recomiendo. Desde hace años me han ido llegando algunos retazos, algunas leves fulguraciones de la silenciada realidad que Imperiofobia y leyenda negra revela para quien quiera verla.

Lancemos una pregunta: ¿cuántos indios vivían en Norteamérica antes de la ‘conquista del Oeste’ y cuántos después de tal conquista? ¿Qué trato jurídico se les dio a esas personas? ¿Fue alguno de esos indígenas elegido para un cargo público?

Estamos en la era de los datos, así que creo que será más ilustrativo mostrar algunos de los que el libro ofrece:

“En 1531 se crea para atender a los indios enfermos de sarampión el Hospital Real de San José de los Naturales y en 1534 nace el Hospital de San Cosme y Damián. Esta situación se repite ciudad por ciudad y es raro encontrar una población con más de 500 habitantes que no tenga su propio establecimiento. No puedo consignar aquí la lista interminable de hospitales e instituciones de caridad que nacieron en América, cada una con su propia historia. Remito al lector interesado a la bibliografía” (op. cit. P. 205).

No parece que los conquistadores anglosajones del oeste americano tuvieran el mismo interés por el cuidado de los indios enfermos ni por los sanos.

“Puede el lector fatigar las leyes británicas y las actas parlamentarias. En vano. No encontrará leyes sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que se iban conquistando en Norteamérica o planes para su integración. Simplemente no existen. Nadie se plantea (los clérigos tampoco) que tengan alma, o que necesiten atención hospitalaria o que se pueda pactar con ellos” (op. cit. p. 215).

Otro dato: “Se fundaron en América más de veinte centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150.000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas. Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial” (op. cit. p. 206).

Otro más: “El estudio científico de lenguas distintas de las europeas o las bíblicas comenzó en América. Ya el primer libro que se imprimió en México, Breve y compendiosa Doctrina Christiana en lengua mexicana y castellana (1539), era un catecismo bilingüe. En cuanto aparecieron las universidades, surgieron cátedras de lenguas indígenas, lo que no ha sucedido en Estados Unidos hasta el siglo XX” (ídem.).

Se habla de que la acción española en América fue un genocidio. Lo cierto es que los pueblos sometidos a los aztecas se cansaron de que cada año se sacrificara a tantos y tantos de los suyos. Sin la ayuda de estas gentes nativas del Nuevo Mundo jamás Cortés hubiera conquistado México, ni Pizarro el Perú. Más que nada porque los españoles eran apenas unos cientos frente a cientos de miles. El Imperio español es obra tanto de españoles como de indígenas de diversas culturas que colaboraron activamente en él y en su mantenimiento.

 

La temida Inquisición española.

Como nos recuerda Roca Barea, pocos tribunales (ninguno) hubo en Europa con las garantías procesales y jurídicas que ofrecía el Santo Oficio en España. Los ejecutados en varios siglos se cuentan por cientos, cuando solo en el reinado de Isabel I de Inglaterra miles de personas fueron torturadas y asesinadas con total impunidad. En los procesos de la Inquisición apenas se torturó a un uno o dos por ciento de los detenidos, cuidando siempre de no poner en peligro la vida del detenido. Por la misma época en otros países de Europa se cometían las mayores atrocidades sin amparo alguno para el reo. La misma caza de brujas que en España no tuvo apenas repercusiones, en la Europa protestante se llevó por delante miles de vidas, en medio de una manía persecutoria paranoide en la que se veía enemigos por todas partes.

“Cualquier comparación del procedimiento inquisitorial con las actividades de la Star Chamber o la lettre de cachet es una burda ironía. Jamás el acusado en un proceso inquisitorial estuvo en la situación de absoluta indefensión en que se veían los que eran llevados ante esta institución que no puede ser propiamente considerada un tribunal” (op. cit. p. 243) .

 

Gente que viene y va.

Desde el instituto nos machacaron con la consabida desgracia para España que fue la expulsión de los judíos en 1492. Se nos dijo que ya nuestro país no volvió a levantar cabeza, que sin el concurso de gestores tan eficaces de nada servían las riquezas que se traían del Nuevo Mundo. Pero no es cierto, desgracia fue para las pobres familias de compatriotas nuestros que fueron obligadas a marcharse al exilio si no se convertían, es cierto. Pero aquí la vida siguió rodando, y décadas después el Imperio español escribió páginas de gloria en la historia universal, como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, hubo otra expulsión que sí fue fulminante. Y cuyos efectos se sintieron sobre todo en América, en las encomiendas y comunidades trabajosamente, y con gran arte, sacadas adelante por los jesuitas. Fueron estos mismos, los jesuitas, los que tuvieron que marchar del Imperio. Tantas veces se nos dijo que estos personajes eran cultos y laboriosos, sí, pero también entrometidos, metiches, puñeteros, conspiradores… No nos hicieron lamentar demasiado en nuestra enseñanza aquella expulsión acontecida en el siglo de las luces. El relato de Roca Barea sobre los efectos devastadores de esa expulsión es bastante elocuente. Entre esa purga de jesuitas y las medidas centralistas de Carlos III, sí, también suyas, se aceleró la caída, en pocas décadas, de una gran entidad multinacional, multiétnica, como no se ha visto otra, que funcionaba bastante bien. No tenemos ni una pequeña idea de lo perdido, no ya en tanto que españoles, sino viendo el asunto como europeos, tal y como está el patio en la desnortada Unión con capital en Bruselas (que tanto nos estima).

En fin, los imperios nacen, se desarrollan y mueren. No hay que llorar ni por el romano, ni el español ni el inglés, etc. El problema es que con la expulsión de los jesuitas se desmanteló una organización creativa y pulsante que mantenía vivas muchas comunidades en la selva, por toda América. Entonces los indígenas, no lo olvidemos, eran tan españoles como las cigarreras de Sevilla o los segadores de Valladolid. Se respetaban sus personas y su mundo.
Después los criollos que venían a traer la libertad lo que hicieron fue oprimir y despreciar a esas gentes de un modo que sus antepasados españoles jamás se permitieron a sí mismos.

Este libro de la historiadora Roca Barea me acompañará en lo sucesivo como lectura de cabecera, siempre le agradeceré que me haya ayudado a ver mi historia con otros ojos. Ahora bien, me gustaría hacer algún inciso a la actitud de la autora. Ésta le reprocha a Pérez Reverte que en una de sus novelas se ciñera a la leyenda negra a la hora de presentar al inquisidor de turno de una forma que no se corresponde con la realidad histórica. De acuerdo. Esa acusación supone obviar que el señor Reverte escribió una obra de ficción y no un libro de historia, pero aun así comprendemos la postura de la escritora y el tirón de orejas. Sin embargo, y ya que ella se ocupa durante todo el libro de las omisiones y silencios, no resulta menor el suyo. Es decir, desde mi punto de vista, debería haber reconocido el esfuerzo del escritor murciano, en sus artículos a lo largo de décadas, por desmontar la leyenda negra y rehabilitar la historia de nuestro país. Con su estilo, como es lógico (no con el del vecino), sin ser historiador profesional (quizá ha leído más que algunos sedicentes historiadores, quizá), su labor me parece intachable y digna de reseñarse.

Tampoco menciona la autora de Imperiofobia (tal vez porque no lo conoce, no pensemos mal) el trabajo de divulgadores como Carlos Canales y Miguel del Rey. Desde hace años, y con gran éxito, publican de forma conjunta libros que nos recuerdan las gestas de la historia de España, como por ejemplo en Banderas lejanas, entre otros muchos títulos.

También es conveniente comentar que en su comprensible y legítima labor de recuperar y remozar el retrato de nuestra historia, Doña Elvira termina por dejarlo demasiado brillante, ocultando o no desarrollando como es debido ciertas sombras (aunque para ese trabajo ya existen operarios de sobra).

Le asalta a uno, además, la sensación de que esta señora se ve como la fundadora de una mirada nueva sobre nuestra historia cuando su libro no deja de ser (y no es poco sino mucho) un brillante epítome y síntesis de lo que otros llevan años comentando. En cualquier caso, vaya desde aquí mi agradecimiento por su trabajo. Se echan en falta más libros como el suyo, que desentierren verdades incómodas, tanto si nos sacan guapos en el retrato de la historia (como en su libro) como si muestran nuestras muchas miserias, que las hubo, y las hay.

El simbolismo de los colores, Frédéric Portal

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“Los colores tuvieron el mismo significado en todos los pueblos de la alta antigüedad; tal conformidad indica la existencia de un origen común”…

F. Portal

Este libro del que vengo a hablarles hoy es especial. Supongo que todos los libros lo son en más de un sentido, aunque este resulta bastante singular en tanto que no hay muchos parecidos. Existen cientos de libros sobre símbolos, diccionarios, manuales… Este es especial porque trata del simbolismo de los colores diferenciando en cada caso varios niveles de sentido: lengua divina, lengua sagrada, y lengua profana. Un poco más adelante explicaremos a qué se refiere el autor con eso.

A menudo nos despachan el significado de un símbolo, y en concreto de un color, de la forma más apresurada. ‘Rojo’ significa esto y esto, ‘azul’ esto otro, etc. Cuando la realidad del símbolo, por su riqueza, nos supera y apenas alcanzamos a rozar su profundidad. Pasamos por alto muchas veces que un símbolo no es algo plano y directo, sino que tiende más a ser un poliedro de gran complejidad. Igual que la revelación, revela y vela al mismo tiempo la verdad. La revela por su carácter espiritual, y la vela por su naturaleza tangible, expresada. Los símbolos poseen: un aspecto luminoso y otro sombrío; un lado más exterior (cercano a lo material), y otro más recóndito. La distinción de la que antes hablamos, lengua divina, sagrada y profana, nos habla precisamente de una escala que va de lo más interior a lo más exterior del símbolo. A veces, dependiendo de la ocasión, y como Portal nos recuerda, el mismo símbolo puede significar una cosa o la contraria, porque existen variados contextos y encajes que así lo demandan. El arte de la simbólica es intrincado, sutil, y lo contemplo desde muy lejos, como mero aficionado, dejándome guiar por los comentarios de los maestros.

Hablamos, claro, desde la perspectiva de los símbolos sagrados, para quien no hay tal cosa, todo esto no es más que palabrería hueca. Tal vez lo es. Se puede pensar, es legítimo, que el ser humano crea todo el conocimiento, que por eso mismo es relativo, y fuera de ahí queda la naturaleza que es un puro azar embridado por ciertas leyes o regularidades. A mí me convence más pensar que fuera (y dentro) de nosotros hay misterio. Y no un misterio solo provisional (que irá desvelando la ciencia), solo físico, sino algo que supera todos los adjetivos, los sustantivos, y a todos acoge, que no es inmanente ni trascendente sino ambas cosas, sin límite… El símbolo sería el puente que une ese misterio que no puede expresarse con lo tangible y visible, por eso reúne en sí algo de ambos.

El autor de esta interesante guía simbólica era católico pero esto no le impedía reconocer la chispa de la verdad en la creencia ajena. Para un racionalista no creyente los paralelismos que se dan entre símbolos de tradiciones y religiones diferentes indican que todas se basan en invenciones humanas. En mi caso opino lo contrario. Que los símbolos comunes a muchas tradiciones vienen a confirmar la unidad esencial de la que proceden, que son ecos diversos de la misma música de los orígenes, el misterio del que antes hablaba. Una parte de mí mira (con mezcla de inquietud y esperanza) a los albores de la era de los robots; y otra parte de mí es decididamente medieval, o lo pretende, en el sentido más noble, alto y honroso del término. Esa época estuvo repleta de miseria, falta de libertad, guerras (ahora también las hay)…

Pero fue una edad de oro para los buscadores del espíritu. Apenas bastaba con ser un sencillo zapatero, un constructor o un artesano para ponerse en camino. Porque hasta el más simple objeto se diseñaba y realizaba para que estuviera en armonía con los principios más elevados de la divina realidad. Y así la piedra que el tallador desbastaba era un símbolo de su propio perfeccionamiento interior. Entonces había arquitectos que sabían de la importancia de la piedra angular y dónde colocarla. Hoy… quién sabe.

EL VIAJE DEFINITIVO. Stanislav Grof.

 

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

Antonio Machado, Retrato.

 

La LSD, como otras sustancias de su estirpe, como los buenos maestros, te despoja de todo lo que crees ser y te enfrenta con lo que eres en realidad: puro ser. Te lo quita todo, y te entrega lo que jamás imaginaste que fuera real. Y de golpe. Por eso hay personas que no están preparadas para ese viaje, y es sensato reconocerlo. Pero otras, una inmensa mayoría, se beneficiarían de sus efectos a nivel personal, terapéutico, espiritual sea lo que sea eso. La LSD es muchas cosas, entre ellas es un amigo (o un enemigo, según cómo se use) que nos presenta a la muerte. Y conocer la muerte, por esas paradojas de la existencia, es conocer y abrazar la vida.

Antes que otra cosa, este profundo y revelador libro es un libro sobre la muerte. Aviso a navegantes. Se ha dicho muchas veces, y en parte sigue siendo así, que en la moderna sociedad hipertecnificada no tenemos una relación sana con la muerte y todo lo que la rodea, la enfermedad, las postrimerías… Todo esto se ha arrinconado en un desván lleno de polvo y telarañas donde nadie quiere asomar la nariz.

Esto, sin embargo, está cambiando, en nuestro mundo tan móvil y dinámico nada dura mucho tiempo, ni siquiera lo nocivo. Hay numerosas campañas para recaudar fondos para niños con enfermedades raras, para la lucha contra el cáncer, etc. La enfermedad de alguna manera se está reconociendo como algo natural y no como un fracaso de la medicina. Cuando una cosa es ubicua, como la enfermedad, la muerte, o el sufrimiento, no puede ser un fracaso del sistema, la verdad tiene que ser más sutil. ¿Y cuál es esa verdad? La respuesta no me corresponde a mí, aunque intuyo ciertas cosas. Para quienes pensamos que la vida es una obra de arte sagrado, a pesar de todos los pesares, la zona en sombra del cuadro está ahí para que resalte de una forma más reveladora la luz que se cuela por la ventana.

Es esa sensación, de profundo significado y de belleza extraña e incomprensible, la que me sugiere la lectura de este libro del sabio doctor Grof. En la primera parte de la obra el autor vuelve la vista a las tradiciones antiguas que hasta más allá de la Edad Media tenían una forma ritualizada e íntima de relacionarse con el viaje definitivo.

Incluso poseían sus propios manuales, como el Ars Moriendi, en la Edad Media cristiana, El libro tibetano de los muertos, o, el más antiguo aquí citado, El libro egipcio de los muertos. Cuyo nombre literal resulta revelador: libro de la ‘salida al día’. Lo que se podría también traducir, quizá, como ‘libro del despertar’. Puesto que, para los antiguos sabios, estamos dormidos, y, lo que es peor, estamos muertos. Sí, para ellos los que nos consideramos ‘vivos’ estamos en realidad muertos. Y la iniciación, tanto si transcurría en vida de la persona, como si se realizaba ya en los pasos de la muerte, estaba destinada a gustar los hondos sabores que la vida depara. Transitar las espaciosas avenidas que la jalonan, y salir de nuestro encierro mental en el que cada cosa parece estar separada de las demás. Porque, como sabiamente comenta Halil Bárcena en un pensamiento suyo contemplando las piedras de un muro en un camino, ‘lo que separa es también lo que une’. Es decir, el espacio que hay entre las piedras y las separa al mismo tiempo las une. De algún modo las piedras son muro, como de algún modo un conjunto de células es un ser, y un conjunto de seres, el Ser.

En la segunda parte del libro se nos habla de los primeros pasos en el estudio clínico de la LSD con enfermos terminales, con pioneros como Eric Kast. Stanislav Grof, que es psiquiatra, narra su experiencia clínica con un equipo médico en un estudio experimental en Maryland, Estados Unidos, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. En el transcurso de ese estudio Grof y los demás profesionales acompañaron y atendieron a varias personas con enfermedades en fase terminal que accedieron a participar en una experiencia en la que se les administró la sustancia en un ambiente seguro y confortable. Se reclinaban en un diván con los ojos tapados con un antifaz y auriculares en los oídos con música suave.

Si pudiera encontrarse algo en común a las personas que participaron en el estudio, aparte de que estaban cerca de la muerte, es que cada una de ellas sufría más por causas emocionales que por los propios dolores o incomodidades de su enfermedad. En algunos casos existía un resentimiento feroz porque tanto sus familiares como los médicos les habían ocultado la gravedad de su dolencia hasta el último momento para que no sufrieran. Lo que había acarreado justo lo contrario. En general los pacientes se sentían angustiados ante la perspectiva de la desaparición física y también les atormentaban traumas o incumplimientos del pasado, que ejercían una presión insoportable justo cuando el final estaba próximo.

Es muy difícil leer estas vicisitudes y las experiencias que narran los pacientes al tomar la sustancia, y lo que vino después, sin abundantes lágrimas en los ojos. Merece la pena repasar esos relatos porque nos acercan al núcleo de lo humano. La revelación que recibieron todas estas personas al experimentar con ese extraño y, para algunos, diabólico fármaco, no es nueva ni original: que el amor es la esencia de la vida, el aroma íntimo de todo lo que existe.

Cuando uno conoce las historias de estas personas, que están lejos de ser extraordinarias sino que llenan los hospitales hoy día como antaño, historias comunes, normales, la prevención contra la cursilería o sensiblería con que a veces se usa la palabra ‘amor’ se desvanece. Porque ‘amor’ es otra forma de decir ‘unión’, y al leer estas experiencias, que abrieron a quienes las vivían un insospechado ámbito de trascendencia, luz y unión, uno se reconoce unido a esos seres y las historias de esos seres, que aparecen como propias.

Hay otras cosas que compartieron estas personas aun sin conocerse, y fue que la muerte, de repente, dejó de ser un problema. Un viento de serenidad los acunó, dispuestos ya a dar los antes temidos pasos en el vacío. Más allá de los dolores y achaques que siguieron sintiendo, aunque reducidos, la toma de LSD sirvió a estas personas para morir en paz. En paz con ellos mismos y con sus seres queridos. Nada menos que esto. Porque, como dice un viejo adagio italiano:

Un bel morir tutta una vita onora.

REALITY, Peter Kingsley

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Cuesta imaginar lo que nos ha dado Peter Kingsley con su trabajo, no hablo ya sólo del libro que hoy nos ocupa, sino también de los demás. Esta extraña sociedad de la información, del siempre cambiante (y engañoso) titular digerirá también sus rompedoras revelaciones (ya lo ha hecho). Un día de estos pondrán su nombre a una calle, le dedicarán seminarios, cursos, charlas, a sus libros… Y todo seguirá como estaba.

Es difícil imaginar lo que nos ha dado, y, sin embargo, no nos ha dado nada en realidad. Eso, la Realidad, de la que nos habla, lo único real que existe, ha estado siempre en el mismo sitio, no se ha movido. Somos nosotros mismos, nuestro ser profundo.

Hace poco, picado por la curiosidad, me puse a buscar en Google resultados de opiniones críticas con su obra, vamos quién le da caña y por qué a Peter Kingsley. Buscaba artículos de catedráticos, doctores en filosofía que le atacaran sin piedad, que se mofaran de sus ínfulas místicas. Apenas encontré una crítica más bien ad hominen de un bloguero anglosajón que lo ponía a parir por su último libro publicado (el único suyo que me queda por leer). Y algunos artículos que se referían con respeto a sus obras pero demostraban no haber entendido demasiado al autor. O no haberlo querido entender.

Y eso es todo, no he visto mucho más. Casi todo lo que encuentro sobre este filólogo e investigador británico son elogios. Las facultades de filosofía apenas muestran el impacto de su órdago. No es para menos. Quien se tome en serio lo que está implicado, en Reality, por ejemplo, no puede volver a ver la historia de la filosofía del mismo modo. Su propio trabajo, si es un profesor de esa especialidad, queda en entredicho. Pues tiene que ver, como dice Kingsley, con la charla sobre el amor a la sabiduría, en vez del amor a la sabiduría propiamente dicho. Resulta duro, muy duro, si uno es profesor de Filosofía Antigua en una respetable facultad, o docente en un instituto de secundaria (donde dicen las leyes educativas que se deben enseñar los valores de la racionalidad y la crítica) y decir según qué cosas. Llegar un día y contarle a tus alumnos que Parménides, el padre de la lógica occidental, fue un chamán. O que Empédocles, precursor de nuestra infalible y objetiva ciencia, fue un mago. Pero no como Harry Potter, sino de verdad. Y no como esos magos que enredan con cartas y nos hacen caer en la ilusión. Precisamente el citado maestro se dedicaba a despertar a las personas de la ilusión en que se hallaban. Y esa ilusión es nada menos que el mundo en el que vivimos.

Dicho esto, si uno se lo toma en serio, surge la tentación de afirmar que este mundo es falso, pero existe otro mundo superior que es donde está la verdad.

Es lo que dijo Platón. El ateniense tenía buenos amigos en Italia, en el sur de la península y en la actual Sicilia. Esos amigos eran pitagóricos y, lo mismo que Parménides y Empédocles, místicos que conocían bien ese “otro lado”, y le hablaron de él.

Platón era muy inclinado a discutir, dialogar, elaborar razonamientos con su nuevo juguete: la dialéctica. Ese invento iba a dar guerra: más de dos mil años de filosofía vendrían con él. Como sentía un amor fervoroso por la razón y los argumentos, Platón pensó que de esa forma, con elevados razonamientos, ascendemos al mundo superior,  dejamos atrás las sombras y accedemos al exterior de la caverna. O eso parece desprenderse de sus obras. ¿Será que tampoco sabemos leerlas del modo adecuado?

El cristianismo heredó la idea de los dos mundos de Platón, como luego se encargó de echarles en cara a ambos un tal Nietzsche. Pero eso es otro tema. El caso es que los cristianos, de cualquier forma que miremos el asunto, siempre fueron más sagaces que Platón. Supieron que de ninguna manera accedemos a ese “otro” mundo encadenando razonamientos impecables, salvados por el poder omnímodo de la razón. La fe y las buenas obras del creyente se encargarían de ello.

Lo que ocurre es que entre los cristianos, ya desde el principio y sin negar lo anterior, se supo que había algo más. El mismo Jesús nos dijo que el “Reino” está delante de nuestras narices y no lo vemos, que está ya aquí y ahora. Y eso es lo que han sabido siempre todos los místicos sin excepción, ya fueran cristianos, paganos, judíos, musulmanes, hindúes, aztecas, o de cualquier otra tradición. Que el Reino está ya aquí, es nuestra consciencia profunda. Que no hay dos mundos, ni siete, en realidad hay un sólo mundo con diversas formas de verlo, con diversos niveles de perfección que se entrecruzan en el sin tiempo del aquí y ahora.

Ya que hemos hablado del cristianismo, podría comentar algo. En el limitado inventario que nuestros hombres de ciencia tienen de las facultades humanas para conocer se suelen quedar con lo de siempre: los sentidos y la razón. A los que se puede agregar de mala gana la imaginación (no, por supuesto, la Imaginación de los poetas románticos o los neoplatónicos). Esto para algunos neuropsicólogos es excesivo, pues en realidad no hay más que química cerebral, de manera que la razón, la imaginación y semejantes, se pueden descartar como epifenómenos. Bueno, nosotros para entendernos podemos hablar todavía de los sentidos y la razón. Pero había mencionado al principio del párrafo al cristianismo otra vez, no perdamos el hilo. Para antiguos y respetables filósofos y teólogos cristianos existe otra facultad humana de conocimiento. ¿Otra más? Los pobres neuropsicólogos reduccionistas estarían ya de los nervios leyendo semejante dislate.

Así es. Aquello de lo que hablo apenas es ya una pieza de museo, una curiosidad llena de polvo de siglos, como un códice miniado de la atrasadísima Edad Media. Precisamente de esa época data el concepto del que hablo. Se trata de un aspecto algo problemático pues no todos los que hablaron de él entonces, ni los que lo han mencionado en adelante han sido conscientes del alcance de tal expresión. Las más de las veces se lo ha confundido simplemente con la mera racionalidad humana. Estoy hablando de la intuición intelectual pura.

En efecto, con el transcurso de los siglos (las cosas no siempre van en progreso) esa enigmática “intuición” se degradó por las buenas en “intuición racional” (creo que fue Descartes el causante del desaguisado pero no me hagan mucho caso, no es importante quién fuera). Después, cuando  la razón ya no tenía el brillo de antaño, y comenzaba a ser blanco de todos los ataques como los muñecos de lata de la feria, Bergson, o alguien con ideas similares, redujo la ya reducida expresión “intuición racional”, a “intuición” a secas. Queriendo expresar algo así como un conocimiento instintivo, animal, o algo así, no lo tengo muy claro (me pregunto si el propio Bergson lo tenía claro).

Volvamos al original. “Intuición intelectual pura” apuntaba a algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados a pensar cuando oímos hablar de “conocimiento”. Porque tiene que ver con un conocer inmediato, instantáneo, infalible. Por contraste con la razón, que es mediada, se desarrolla a lo largo de razonamientos y puede equivocarse. Los escolásticos (o algunos de ellos) solían pensar que tal facultad, la intuición intelectual, era más que nada un postulado. Es decir, si nuestra humana razón capta las ideas de ese modo mediado pues tendrá que haber otra facultad, propia de los ángeles y Dios, que comprenda todas las cosas de forma directa, de golpe. Pero a quienes afirmaban esto no se les ocurrió pensar que esa facultad tan peculiar nos pertenece también a nosotros los humanos (Dios nos creó a su imagen y semejanza por algo). Es más, esa capacidad está con nosotros a cada momento, envolviendo por así decir a las otras (sentidos, razón, etc.). Como dijo un santo sufí, cuando los ojos de la carne y los del pensamiento se cierran, se abre el ojo del corazón. Pues eso.

Peter Kingsley nos habla en su libro de otra expresión que perdió su sentido original con el transcurso del tiempo. Tiene mucho que ver con una técnica de meditación que proponía Empédocles en su poema. Esa expresión se llama “sentido común”. Resulta muy difícil pronunciarla sin que alguien añada con retranca “… el menos común de los sentidos”. Una frase llena de verdad que honra a su inventor, aunque nos enfade con un soniquete ya machacón. Hoy el sentido común viene a ser algo como muy sencillo, muy ramplón, muy llano. Tan sencillo, ramplón y llano que casi nadie acierta a describir con claridad en qué consiste. Se supone que está relacionado con ver las cosas de una forma natural y objetiva, como se tienen que ver. El caso es que luego cada uno las ve a su modo y resulta un sudoku irresoluble cuadrar todas esas visiones en un mismo sentido común.

Tal cosa no sucedía con el original “sentido común”, porque era algo tan específico, claro y preciso que no puede haber duda acerca de en qué consiste. Era, y es, tan sencillo como ser consciente de lo que uno percibe con sus sentidos en un instante determinado. Es decir, si uno está sentado mirando por la ventana, tener una consciencia clara de lo que está viendo, oyendo, oliendo, gustando, y tocando, de cada una de las sensaciones de nuestro cuerpo en ese instante. Es como una percepción superior que es consciente de cada cosa que estamos percibiendo. Un estado de alerta consciente (la mêtis que recorre los escritos de Kingsley). Sin que interfiera ningún pensamiento en el proceso, porque en ese instante desconectamos de ese estado de consciencia.

Seguro que ya no parece tan sencillo. Pero, como cualquier técnica de meditación, lo que hace sencillo o complicado a ese “sentido común” es la frecuencia y constancia con que se practica o se deja de practicar.

La intuición intelectual pura es una puerta, el “sentido común”, una llave posible que la abre. Lo que hay más allá del umbral… ¡Lo tienes, lector, frente a las narices! ¡No hay más misterio! Los únicos misterios que en el mundo han sido se refieren a técnicas, símbolos, procedimientos útiles que se han mantenido en secreto para no ser vulgarizados ni deformados. Pero, en puridad, ni siquiera ese aparataje esotérico es necesario. Para ver lo que se puede ver, no hace falta nada, simplemente ponerse a mirar. Eso sí, la operación requiere coraje, inocencia, tenacidad indesmayable. Porque el inquietante reino al que nos conduce ese especial “ver” es aquel que evitamos con más ahínco pertrechados con móviles, redes sociales, o chácharas sin fin para espantar la soledad… Ese reino está en las profundidades de nuestra alma.

El Elemento, de Ken Robinson y Lou Aronica

Conocí de este libro por mi amiga Sam, compañera en un curso de Experto en coaching. Sí, esa palabra anglosajona que suele despertar antipatías, envuelta en un tufillo de márketing (otro palabro anglo). Al fin y al cabo, sólo se trataba (y se trata) de bajar los primeros escalones del antañón noscete ipsum que desafiaba a los peregrinos y curiosos visitantes del Oráculo de Delfos. Conócete a ti mismo. El coaching no resuelve la ecuación, pero sí puede valer como un primer contacto con ese ser extraño que vive en nosotros, en las profundidades. En realidad no necesitamos nada para conocernos, puede darse ese encuentro con uno mismo cultivando nuestro jardín, o entre los cacharros de la cocina, quién sabe.

Precisamente de conocer uno los propios talentos, su vocación, su elemento, va este libro. Todos tenemos una, o varias, actividades mágicas, de esas que mientras las ejecutamos nos olvidamos del mundo. Se nos olvida que tenemos que comer (a menos que esa actividad mágica sea, precisamente, comer). El mundo externo desaparece y sólo tenemos sentidos para eso… Que puede ser tocar la guitarra, mezclar ingredientes en un laboratorio, hacer una mesa de madera, escribir, cavar la tierra… Cada cual con lo suyo.

Hay personas que tienen muy claro para qué han sido llamados, y desde la más tierna infancia se aplican con afán a conquistar su anhelo. Otras personas, lamentablemente, no. Muchas veces interviene en ello una educación rígida, poco dada a la creatividad, y a las vocaciones como nos advierte uno de los autores, Ken Robinson.

En cualquier caso, uno puede enriquecerse en el transcurso de los años, buscando eso que es lo suyo, mientras trabaja en esto o lo otro, y aprende lo que le gusta, o, en muchos casos, lo que no le gusta nada. Y por descarte se va haciendo un camino marcado por la falsilla que va quedando entre los senderos olvidados. Hasta que llega un día en que se nos ilumina la cara, se enciende la bombilla del entendimiento y damos por arte de magia con nuestro trabajo soñado, o no. Quizá suceda que encontremos una actividad que no nos disgusta más de la cuenta y nos da de comer, eso pasa a menudo. No todos somos Paul McCartney, Matt Groening (creador de Los Simpson), o cualquiera de los personajes a los que se alude en el libro, lo cual no quiere decir que carezcamos de talento. Cada uno tenemos el nuestro.

En las sociedades tradicionales hay poca innovación. Lo normal es que el hijo de un carpintero sea también carpintero, o el hijo de un campesino trabaje la tierra, como lo hicieron sus antepasados y lo harán también sus propios retoños. Sin embargo, nosotros vivimos en un mundo muy cambiante, extraño y a veces agobiante en su velocidad. El panorama que tenemos por delante ofrece poca seguridad, baña nuestros pasos de incertidumbre.

Y eso, como todo en la vida, está bien y mal, según cómo nos lo tomemos. Las nuevas tecnologías nos abren al océano caótico de internet, con sus posibilidades sin fin, sus peligros… El primero de los cuales es, simplemente, confundirse con tanta información, saturarse y no hacer nada constructivo. Pero merece la pena tratar de asumir el reto de usar esos medios para progresar. Y para ello, en mi opinión, resulta de una utilidad extraordinaria conocer nuestro elemento, conocernos vaya. Y volvemos a lo del principio, al conócete a ti mismo, que no se queda viejo. Es nuestra brújula para navegar en este mundo tan extraño en el que cada innovación parece volverse muy antigua a los pocos meses.

La religión de la tecnología, David F. Noble

religión de la tecnología

En tercero de carrera tuve una asignatura que se llamaba Ciencia y filosofía de las religiones. Teníamos que hacer un trabajo, y el profesor me recomendó La religión de la tecnología. Hace 15 años de esa primera lectura, pero el libro se podría haber escrito la semana pasada, ya verán por qué.

La tesis que recorre este ensayo tiene que ver con la fascinación que nos provoca la ciencia. Esa fascinación, dice David Noble, está enraizada en un fundamento religioso, encauzado ahora en la adoración de la ciencia y la tecnología como nuevos dioses. La crónica de estos hechos arranca en la Edad Media con diversos avances técnicos en la agricultura y la industria que llevan, en algunos casos, el secreto propósito de “enmendar” la Creación. El imaginario occidental comienza a tomarse en serio lo de dominar la naturaleza para usarla a su antojo. Cosa que expresa ya muy a las claras Francis Bacon en el Renacimiento. Todo un programa para la modernidad.

El homo sapiens occidental (¿sapiens?, ¿de verdad?) pasa en los siglos sucesivos de niño mimado de Dios a sustituto suyo. En una actitud incomprensible para los pueblos que llamamos “primitivos” en virtud de nuestra soberbia diabólica. El camino histórico-lineal de occidente ha sido como un gigantesco río de pensamiento y acción que ha abierto nuevas vías pero también ha erosionado múltiples aspectos del mundo y el ser humano. El mitologema del “progreso” ha sustituido el Paraíso del creyente por la voluntad de instaurar ese edénico jardín aquí en la tierra, con los resultados que ya sabemos. Convencido de que el comunismo soviético iba en esa línea dijo el iluso Gorki: “por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz”.

Ese régimen se convirtió en una secta tecnocrática, con sus grandes cifras de desarrollo industrial que no tenían como contrapartida la mejora de las condiciones de vida del obrero. De modo que allí no terminó de colar el mensaje profético. Sí lo ha hecho, en cambio, en la sociedad comercial capitalista, con sus deslumbrantes avances tecnológicos que van empequeñeciendo los aparentes delirios de las películas de ciencia ficción.

Y en relación a esto quiero entrar en harina. Pensemos en la pretensión de lograr la inmortalidad mediante la inteligencia artificial. Este empeño lo alimentan diversas filosofías y teorías con la fusión entre lo biológico y lo robótico (en el vídeo Carlos Canales plantea el panorama). https://www.youtube.com/watch?v=2eudLZBf250

En una de esas posibilidades, que aparece comentada en el libro (y en el vídeo), se trataría de descargar el contenido de nuestra consciencia en un hardware, tipo pendrive, e insertarla en un robot.

De manera que cuando se aproximara nuestra muerte siguiéramos viviendo en el cuerpo de una máquina. Para estos teóricos nuestro cuerpo es de hecho, sólo una máquina compleja, así que buena parte del camino está andado. Otras propuestas pasan por la manipulación genética que nos permita dar un salto evolutivo apoyado en la nanotecnología, etc. O la inclusión en nuestro organismo de elementos artificiales, robóticos, como chips en el cerebro que multipliquen nuestra velocidad de procesamiento de información, para llegar a la antedicha fusión entre la persona y la máquina y nos conviertan en un híbrido.

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Brillantes tecnólogos y magnates como Elon Musk patrocinan estos audaces proyectos. Pero, si uno examina la cuestión un poco, resulta que en estas avanzadísimas propuestas subyace un pensamiento manido, simplón y reduccionista:

.La consciencia se reduce a lo material, el cerebro. Luego, si podemos replicar el cerebro de forma artificial, ¡voilà! ¡Conseguimos replicar la consciencia!

.Al final, el producto del cerebro (sensaciones, emociones, pensamientos, imaginaciones…) se podrá reducir a cálculos computacionales. Es cuestión de tiempo.

Porque, en relación con lo anterior, subyace en cierto espíritu científico (inflado por la hybris de lo profético) la fe de que TODOS los misterios de la naturaleza y la vida se irán descubriendo, uno a uno, por el infalible avance de la ciencia. Que va aventando sombras.

Recordemos, para desinflar esas ínfulas, un par de frases de Antonio Escohotado:

«La ciencia es un mito, sólo que es el mito más hermoso, el único generalizable a toda la especie y quizás el más digno de respetarse.»

«La ciencia es un mito, y cuando pretende decir que está más allá del mito está mintiendo.»

Precisamente David Noble examina en su obra una de las ramificaciones de ese mito, de aire tan fervoroso como inquietante. Como es el anhelo de inmortalidad antes comentado, en el que se troca la resurrección cristiana por una pervivencia de tipo cibernético, robótico… Este deseo camina parejo al horror que produce la muerte en un mundo como el nuestro, que da la espalda a los ciclos naturales (los cuales estaban en armonía con las antiguas creencias). Ciclos que también afectan a las civilizaciones, las cuales conocen un nacimiento, apogeo, decadencia y fin. No queremos ver el carácter transitorio de todo (y eso mismo nos vela la intuición de lo trascendente). Es la huida del abismo que se presiente vacío.

Resultaría oportuno  plantearse lo humano desde una perspectiva ética en vez  de sólo tecnológica. Irónicamente, nos invita a ello la conexión humana que facilita internet, precisamente desde supuestos técnicos.

Nuestra época va muy rápido, y quizá la cuestión no sea frenar en seco (porque nos salimos de la vía), pero sí pensar hacia dónde vamos en esa carrera acelerada. Y, hablando de ética, merece la pena resaltar lo siguiente. En la página 197 se cita a Daniel Crevier, quien dice que la I A (inteligencia artificial) “es coherente con la creencia en la resurrección”. Pero la religión cristiana (una de las que defiende ese credo) es universalista. ¿Esta nueva religión también? ¿Todos tendrán la posibilidad de la inmortalidad cibernética? ¿Y qué pasa con quienes no puedan pagarlo? ¿O los que ya murieron? Recordemos a Walter Benjamin y su llamada a no olvidar las víctimas de la historia. ¿Acaso sólo unos pocos tienen derecho a la resurrección? Esa no sería una resurrección divina, la prometida, la anhelada en secreto por algunos científicos ateos. Sería humana, chapucera, injusta.

Como decía Nietzsche, “si miras hacia el abismo, el abismo acabará por mirar dentro de ti”. Esa fijación de muchos científicos en Dios, para negarlo, les ha hecho creerse dioses al fin y al cabo. Y son presas, como se dice en este estudio, de un redentorismo delirante. Buscan la revancha contra ese dios de los otros. Ese dios de su infancia, cuya sombra se agiganta al paso que crecen sus propias ansias de poder.

Terminamos con una paradoja. Son varios los profesionales de la psiquiatría o psicología que han observado en el trabajo con sus pacientes (y en sus propias carnes) experiencias imposibles de explicar con el modelo materialista según el cual es el cerebro el que genera el psiquismo. Si bien esto último rige para procesos cotidianos de memoria, pensamiento, lenguaje, etc., no es así para esas otras vivencias psíquicas (que no viene al caso comentar ahora, sírvanse los curiosos de repasar la obra de Stanislav Grof, Charles Tart, Frances Vaughan, o, si prefieren autores españoles, José Luis Pinillos, Rof Carballo, Manuel Almendro, Josep María Fericglá, etc.).

De ahí que surgieran teorías como la de Stanislav Grof. El psiquiatra norteamericano (de origen checo) apunta a que el cerebro actúa como un televisor: emite unos contenidos audiovisuales transformando unas ondas electromagnéticas que recibe su antena. Sería absurdo pensar que los programas televisivos se crean dentro del televisor, como si los periodistas, artistas, o los animales de los documentales vivieran en el interior de la caja tonta. Del mismo modo, dice Grof, hay experiencias psíquicas que no se pueden explicar como producidas en el cerebro, sino que éste las capta de una consciencia más amplia, cósmica. Pensaba en algo así como el inconsciente colectivo de Jüng.

De modo que, si esto es real, recordemos de nuevo el proyecto para generar consciencia de forma artificial. En un ejercicio de imaginación, pongamos que dentro de unos años los ingenieros consiguen producir un robot que, aparte de sentir, hablar, pensar, recordar cosas, tiene experiencias místicas o estéticas indefinibles. Los satisfechos científicos y tecnólogos del momento, padres de la criatura, se arrogarían el descubrimiento definitivo de que la consciencia, lo espiritual, Dios, etc. son productos exclusivos del cerebro, humano o robótico. Y ellos tendrían la fórmula para generar esas experiencias. ¿Qué ocurriría si, en realidad, hubieran dado con una antena para captar la inteligencia que subyace en el universo?

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