Testigo y otros poemas

Testigo

En la tristeza aguarda escondido

el secreto anhelo de la felicidad,

y en la alegría espera el miedo,

por el marchitarse inevitable de su aroma.

Pero, cuando soy sólo un testigo,

no un juez, ni un defensor de nada,

allí las veo, a mi alegría y mi tristeza,

junto al mar, las manos entrelazadas,

observando el vaivén inacabable de las olas,

en el mar sin fin, todas las aguas se encuentran.

Vivir

Yo no sé lo que es vivir,

hasta que vivo.

Yo no sé qué es ser feliz,

hasta que olvido.

Yo no sé lo que será,

lo que yo he sido.

Estrellas

Estrellas,

llevo siglos esperando

encontrar mi sencillez,

para domar el orgullo,

con la potencia de

un amor sin límites.

Bajo vuestro brillo

de antorchas antiguas,

que tal vez no existan,

quemo en el altar de la fe

todas mis expectativas.

Y así, libre de tantos eones,

libre de tantas ideas y creencias,

contemplar vuestro guiño,

sonreír al abismo,

y triunfar sobre el miedo.

Esoterismo / Respuesta

Esoterismo

El esoterismo empieza

y acaba en uno mismo.

Las doctrinas, los alambiques

del alquimista, el atavismo

de los espejos que se reflejan,

entre sí, en las sombras,

sólo son pretextos, mecanismos.

Y es la música escondida,

en las hondas cuevas,

en los vastos laberintos

del alma, la que da sentido

al disonante caos de nuestras notas.

Respuesta

La respuesta es el infinito,

sin límites,

la mente sigue buscando,

desamparada,

sin comprender

que la respuesta aguarda siempre

dentro de la pregunta.

La respuesta vive

en ese abismo de incomprensión,

en esa oscuridad brillante

que nunca acaba,

que nunca empieza.

Versos del camino

En tu pupila

En tu pupila veo caballos galopando,

junto al mar, en el último suspiro de la tarde.

Veo estrellas naciendo, como náufragos llantos que arden.

Caminar

Así es la vida,

tiene veredas y avenidas,

laberintos y salidas.

No torna jamás el tren perdido,

pero hay muchas vías,

estaciones, recorridos…

Y si hay dolor, también hay olvido.

Los pasos, tan sufridos,

no han de cansar al que camina,

pues instante tras instante se adivina

una nueva sorpresa, lo desconocido.

No sé

No sé adónde soy, ni de dónde vengo,

no sé lo qué pensar, ni qué pretendo.

Una carretera se va tejiendo,

entre las veredas que ya no tengo.

Me gusta cuando callas (me gusta cuando hablas)

Me gusta cuando callas,

porque ahí estás presente,

en tu silencio.

Que cante el silencio,

cuando las risas se apagan,

y se oye el giro del planeta,

sombra lisa del misterio.

Me gusta cuando hablas,

porque nace todo un mundo,                

y llamean tus palabras,

en un fuego fecundo.           

Me gusta cuando la vida mira desde ti,

cuando observas, cuando cantas,

a ese juego del vivir.

Pájaros, estrellas…

Pájaro

Creí que eras un ángel,

y sólo eres un pájaro.

Hay garrapatas, frío y hambre

en tu plumaje.

Pero en un instante,

el sol doró tu pico,

y de ti nacieron sones celestiales.

Y fue entonces

cuando creí que eras un ángel.

Pero en tu cielo hay

gases contaminantes,

polvo, aviones, satélites que caen.

Debió de ser un espejismo,

y, sin embargo, por un instante,

creí que me advertías de algo,

de no sé qué olvido.

Con el aleteo del murciélago,

se extiende la noche,

y en el silencio voy recordando.

Estrellas en los ojos

En vuestros ojos de hombres y mujeres,

vi la llama que alumbra sin ser vista,

vi los ríos que mueren en el mar,

la lluvia que cae riendo

como una canción nacida del cielo.

Vi tormentas y relámpagos,

que también son bellos, aunque yo no lo sepa.

Vi una luz que brotaba ya no sé de dónde,

porque brillaba de vosotros hacía mí,

de mí hacia vosotros.

Al contemplar vuestros ojos comprendí

que no hay estrellas sólo en el cielo,

ni en las engañosas portadas de los diarios.

Tenemos dos estrellas que nos sirven para mirar,

y su luz no es distinta de la que alumbra allá arriba.

El viento sopla ahora por mis labios,

mis brazos se extienden

como inabarcables ramas.

Ya no recuerdo

cuando era una triste sombra de dos patas,

cansado de llorar entre las sombras.

Ahora mi alma es imperturbable centro

del que brotan raíces hasta muy lejos,

hasta perderse en lo profundo del universo.

Sirenas y otros poemas

Sirenas

Las sirenas danzan al amanecer,

con las olas,

cuando el mar está calmado.

Y un cantar resuena entre las rocas,

de los marineros que las ven danzando.

El embeleso guía a las doncellas

tras la estela de los cantos,

un engañoso perfume de notas

que las acerca a los acantilados.

Ágape

Bienvenidos, sentaos a la mesa.

Habéis llegado justo a tiempo:

desarraigados, desahuciados,

prósperos, engañados, esperanzados,

escépticos, fieles, entusiastas,

depresivos, olvidados, encumbrados…

Nadie puede faltar al banquete.

Por fin comprendéis que sois el mismo ser,

trastabillando sin rumbo, a la deriva,

en el propio mar de su incomprensión.

Si os veo desde la mente,

os dividiré, separaré,

en predilectos e indiferentes.

Pero si escucho el discurso

continuo, claro, inapelable,

del corazón…

Sólo cabe la unidad inefable,

infinita, siempre viva y fugitiva,

malla que a todos nos teje

con su hilo invisible.

Somos hijos del mismo mar,

criados por una misma tierra,

somos la obra gozosa de nuestros actos,

y el soplo silente de la misma canción.

Crecimiento

El viento sopla por mis labios,

mis brazos se extienden

como inabarcables ramas.

Ya no recuerdo

cuando era una triste sombra de dos patas,

cansado de llorar entre las sombras.

Ahora mi alma es imperturbable centro

del que brotan raíces hasta muy lejos,

hasta perderse en lo profundo del espacio.

Y las últimas hojas de mis ramas

sirven de cobijo a las estrellas.

Cantares de sombra y luz

«El que asciende a las más altas montañas se ríe de todas las tragedias:  de las del teatro y de las de la vida».

Friedrich W. Nietzsche.

Crepúsculo

El sol poniente muere, en la última hora de la tarde.

Desde el alto mirador, su brillo se remansa

junto a la fortaleza, despidiéndose.

Y mi vida puede irse con la suya,

serenamente, sin añoranzas,

ansiedades por lo venidero,

ni vanos pensamientos.

Mi alma se va meciendo,

con la luz dispersa y fantasmal

entre las nubes.

Regresan, el sol y ella,

a las tranquilas estancias del sueño y la muerte.

Para remontar mañana, como águilas,

a la majestad, la altura y la sencillez.

Aurora

Igual que nace el sol, con toda su tonante fuerza,

también amanezco yo, su hijo y legítimo heredero,

surcando los anchos ángulos de la mañana.

Respirando la libertad de ser,

de brotar a un nuevo día, un nuevo mundo

que sonríe a los fuertes que aceptan su danza.

Y los cerros, a lo lejos, lucen jóvenes como el sol,

pues mi mirada es también reluciente,

incontaminada aún por los baches y curvas,

por los saltos y golpes de la jornada.

Mis ojos saludan al cielo,

con un profundo “sí”, que afirma, celebra,

y acoge el sonoro grito de la vida.

Desierto y otros poemas

Fuente de las palabras

No soy yo quien crea,

es la vida la que nace

las palabras en mí.

Brotan claras de la idea,

de la fuente que riega

las semillas en el jardín.

La estrella verdadera

El sol sale cada mañana,

en las catacumbas de tu alma.

Es el único fin,

la única frontera,

esa antorcha que alumbra

dentro de ti,

la estrella verdadera,

el verdadero porvenir.

Desierto

Un desierto se extiende, luminoso,

ante los confines que la vista barre.

¿Dónde están sus lindes, sus fronteras?

Amanece en un pueblo ausente de sombras,

las nubes son como cánticos que se extinguieron,

el aire es seco, asfixia la soledad y el silencio.

Los árboles emigraron,

dejando campos de tierra esquilmada,

las piedras se derritieron,

como cadáveres milenarios.

Sólo hay tierra áspera

que mi mano esparce.

Ni un sólo arbusto, ni una sola brizna

de hierba estorba la amplitud del abandono.

Los genios se marcharon también,

se llevaron la música del viento

sobre la espalda de la tierra.

Se llevaron la gracia del sol,

nadando entre las cumbres 

de la amanecida.

Se llevaron el rayo, la chispa, el fuego.

Susurros del horizonte

se oyen dentro de mí,

poco a poco me voy haciendo

tierra y cielo calcinados.

Mi respirar es ya de polvo,

de resonancia de los siglos que faltan.

Aquí el reloj no mide, no avanza,

¿y qué iba a medir?

Ya nada pugna en mí,

soy horizonte sin marca.

Y entonces mi alma se expande, 

y el desierto nace en ella, 

con su infinidad de partículas de arena,

danzando bajo el azote del viento.

Mis ojos son el azul arrebol,

del cielo del desierto,

mis pies, los montes dorados por el sol,

y mis brazos son el aire viajero,

errante y descontento,

que jamás espera quieto.

Temperance

No más lamentos,

en la ilusión salina de la mañana,

no más silencio inflamado,

en el infierno de la madrugada.

Mirar el dolor sin dolerse de nada,

saludar la alegría sin pensarla,

encontrar el hilo secreto que une

las ideas contrarias.

DCF 1.0

Fragmentos 5

Después de muchos años de retiro, un ermitaño bajó de la cueva en que vivía, descendió de la montaña. En el pueblo, situado en el valle, fueron a su encuentro varias personas curiosas, sabían que llevaba mucho tiempo retirado del mundo y sintieron interés por ver a aquel hombre santo.

El ermitaño caminaba con la vista en el horizonte, su rostro desprendía una alegría luminosa. Quienes lo vieron se dieron cuenta de que iba a decir algo, así que prestaron mucha atención al anciano. “Dios me ha hablado”, dijo, y todo un murmullo se despertó en su derredor. Unos elevaban alabanzas y exclamaciones por haber conocido a una persona iluminada, otros le arrojaban sus burlas y se mofaban riendo.

Un vagabundo se aproximó a él y le dijo:

-Yo no niego que Dios te haya hablado. Pero, ¿cómo sabes si le has comprendido?

Nacer es de alguna manera morir, morir es de alguna manera nacer.

La humildad es sentido de la realidad.

A los que asesinan para defender a Dios les pregunto: ¿acaso es tan débil Dios que necesita ser defendido?

Un científico jamás encontrará a Dios en el laboratorio si no se convierte él mismo en el laboratorio.

Revelación y otros poemas

Revelación

Cada amanecer es el Origen,

el mundo vuelve a ser creado.

Y al atardecer,

las trompetas suenan al ocaso,

apremiando para la batalla,

de los buenos y los malos.

El mundo muere entonces,

en el sol anaranjado,

y los que marchan quién sabe ya

si perdieron o ganaron,

si son buenos o son malos.

Verdad y silencio

Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Eclesiastés.

Todos los sabios callan,

para esconder la verdad,

las verdades que encuentres,

no son más que vanidad.

Muestra sólo tu camino,

no me digas dónde va,

que caminar no se puede,

sin guiarte la verdad,

que la mentira no existe

si no existe la verdad.

Pruebas del más acá

Sesudos investigadores,

consiguieron aproximarse

al chispazo del ahora.

Con un experimento han logrado demostrar

que el viento sopla en los rastrojos,

bajo este sol ardiente de agosto,

y que mis ojos no se engañan

cuando el rojo cárdeno de la tarde

se funde, ahora, con un azul brillante,

y las nubes quedan suspensas y atentas,

observando la devoción con que las observo.

Y también se ha demostrado

que el dolor que siento al clavarme esta zarza,

es mi dolor, y no un dolor cualquiera,

una sensación por entero única y cierta.

Esos investigadores, tan tenaces,

han probado que hay suelo ahora, cuando,

distraídamente, piso y camino por la tierra.

Que existe un “aquí”, humilde, discreto,

y olvidado entre los reels infinitos de la mente.

Mirlo solitario

Sonando Blackbird, de Paul Maccartney

Mirlo solitario,

que rehúyes las bandadas,

¿de dónde brota ese

cantar de la mañana,

que alegra las arboledas,

y encanta las aguas del río?

Cuéntanos,

cómo un alma en soledad,

puede encontrar la alegría,

y cantar como tú cantas.

Cuéntanos,

cómo tus alas de noche

cobijan el alba.

“No estoy solo,

mira mejor,

fíjate como el Padre Sol

me acaricia en la mañana

cuando canto.

Mira que las ramas

de los árboles son de mi sangre,

que el viento que susurra

es de mi raza.

En la soledad del campo abierto,

los mil seres que en el viven

conmigo cantan”.

Cantar del sacrificio y otros poemas

Estrellas

Sentía vértigo al mirar las estrellas,

temía caer en esos lejanos abismos de luz.

Escapar de mi pequeñez, fragilidad, descontento,

y sumergirme en la grandeza, el brillo de los siglos,

la perenne alegría de no ser yo.

Las estrellas me llamaban,

y temía precipitarme en sus hondas simas

de dicha eterna, de guiño divino

a todos los mundos.

Las estrellas me cantaban,

“acuérdate de nosotras cuando te deslumbre el sol,

cuando tu día sea tan claro que no encuentres luz”.

Guerra interna

Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.  Ángel González

El yo de mi ayer,

combate sin piedad,

con el yo de este hoy.

Con el rostro fiero, rencoroso,

resistiéndose a morir,

para dejar que el ahora

nazca del todo.

Un velo de ternura surca sus ojos,

inesperado brillo de compasión,

y decide dejarse ser,

caer,

en el olvido marchito del otoño.

Fuego de la esperanza

Cuando la esperanza es fuego que abrasa,

abrasa la impaciencia por volver a casa,

por juntar los vidrios rotos del alma.

Esperanza como espada que hiere

los deseos que aguardan.

Es bienvenida entonces la renuncia,

el suave olvido, que no espera nada.

Desaliento

Cuando entregas todo el aliento,

cuando te vacías de toda idea,

de todo sentimiento,

el espíritu te llena,

y concibes algo nuevo.

Cantar del sacrificio

Vi un cordero en un sendero del monte.

Jamás contemplé nada más hermoso,

la lana de plata de su pelaje brillaba al sol,

como si ardiera en un fuego de otro mundo.

Sus ojos irradiaban una bondad y compasión

que brotaban de abismos sin camino.

Y entonces supe que estaba destinado al sacrificio.

Que esperaba, para sustituir el trance de muerte

de algún Isaac desdichado y sin esperanza.

Deseé rescatar a aquella criatura bella,

aquel ser sin mancha ni maldad,

que aguardaba sin miedo ni rencor.      

Pero mis piernas flaquearon, mi decisión vacilaba.

Llegó un hombre, con el puñal del sacrificio

silbando destellos al sol.

Miraba al cordero y me miraba a mí,

y se encogía de hombros, indiferente.

Tenía ojos de artista y manos de sabio,

su mirada astuta me sacudía con el vértigo

de las hondas simas.

“Da igual quién de vosotros venga al sacrificio,

los dos estáis muertos, todos estamos muertos,

nuestra luz es la luz de las estrellas que se han ido”.

Y comprendí que era cierto.

El cordero miró un momento,

el astro dorado en el manso cielo,

y bajó la vista al suelo,

abatido, viejo, sin brillo,

con la tinta de la muerte

escrita en sus pezuñas.

Y el hombre habló otra vez y dijo:

“Quien no muera, no puede alcanzar la vida.

Muere pues, hombre orgulloso y sin fe.

Entrégate al dolor de la partida”.

Mis ojos se posaron en el cordero,

y al instante supo que era libre,

y yo, prisionero,

condenado a morir, triste.

Lloró lágrimas de agradecimiento,

salió a trotar por senderos de fuego,

alegre, haciendo del mundo un sendero.

El verdugo me miró sin piedad,

sus palabras dulces y amargas como la vida:

“Despídete de respirar”.

Y abatió su puñal.

Mientras el puñal silbaba, buscando mi cuello,

contemplé la fresca hierba en el otero,

la suave canción de los pájaros en mi silencio.

Nubes oscuras cubrieron el horizonte,

un océano de amargura nació en mi pecho,

cayó un otoño triste en mi memoria,

se me llenaron los ojos de ocaso.

Abandoné toda esperanza

y me entregué, dándome ya por muerto.

Un relámpago iluminó entonces el cielo,

y comprendí que nunca moriré,

porque mi sangre inagotable

llena el río, baña los sauces,

celebra cada día soleado,

cada tempestad, cada minuto que va creando.

El puñal no me tocó, y el verdugo sonrió:

“Salve, Señor de todos los mundos,

mis ojos que no yerran,

te ven brillar en los ojos de este vagabundo”.

Y partí en paz, por los campos que he creado,

perfume velado que alienta en cada ser,

hasta que la muerte me libre de seguir creando,

y no sea sino un cordero, fuego inocente sin rumbo.