EL VIAJE DEFINITIVO. Stanislav Grof.

 

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

Antonio Machado, Retrato.

 

La LSD, como otras sustancias de su estirpe, como los buenos maestros, te despoja de todo lo que crees ser y te enfrenta con lo que eres en realidad: puro ser. Te lo quita todo, y te entrega lo que jamás imaginaste que fuera real. Y de golpe. Por eso hay personas que no están preparadas para ese viaje, y es sensato reconocerlo. Pero otras, una inmensa mayoría, se beneficiarían de sus efectos a nivel personal, terapéutico, espiritual sea lo que sea eso. La LSD es muchas cosas, entre ellas es un amigo (o un enemigo, según cómo se use) que nos presenta a la muerte. Y conocer la muerte, por esas paradojas de la existencia, es conocer y abrazar la vida.

Antes que otra cosa, este profundo y revelador libro es un libro sobre la muerte. Aviso a navegantes. Se ha dicho muchas veces, y en parte sigue siendo así, que en la moderna sociedad hipertecnificada no tenemos una relación sana con la muerte y todo lo que la rodea, la enfermedad, las postrimerías… Todo esto se ha arrinconado en un desván lleno de polvo y telarañas donde nadie quiere asomar la nariz.

Esto, sin embargo, está cambiando, en nuestro mundo tan móvil y dinámico nada dura mucho tiempo, ni siquiera lo nocivo. Hay numerosas campañas para recaudar fondos para niños con enfermedades raras, para la lucha contra el cáncer, etc. La enfermedad de alguna manera se está reconociendo como algo natural y no como un fracaso de la medicina. Cuando una cosa es ubicua, como la enfermedad, la muerte, o el sufrimiento, no puede ser un fracaso del sistema, la verdad tiene que ser más sutil. ¿Y cuál es esa verdad? La respuesta no me corresponde a mí, aunque intuyo ciertas cosas. Para quienes pensamos que la vida es una obra de arte sagrado, a pesar de todos los pesares, la zona en sombra del cuadro está ahí para que resalte de una forma más reveladora la luz que se cuela por la ventana.

Es esa sensación, de profundo significado y de belleza extraña e incomprensible, la que me sugiere la lectura de este libro del sabio doctor Grof. En la primera parte de la obra el autor vuelve la vista a las tradiciones antiguas que hasta más allá de la Edad Media tenían una forma ritualizada e íntima de relacionarse con el viaje definitivo.

Incluso poseían sus propios manuales, como el Ars Moriendi, en la Edad Media cristiana, El libro tibetano de los muertos, o, el más antiguo aquí citado, El libro egipcio de los muertos. Cuyo nombre literal resulta revelador: libro de la ‘salida al día’. Lo que se podría también traducir, quizá, como ‘libro del despertar’. Puesto que, para los antiguos sabios, estamos dormidos, y, lo que es peor, estamos muertos. Sí, para ellos los que nos consideramos ‘vivos’ estamos en realidad muertos. Y la iniciación, tanto si transcurría en vida de la persona, como si se realizaba ya en los pasos de la muerte, estaba destinada a gustar los hondos sabores que la vida depara. Transitar las espaciosas avenidas que la jalonan, y salir de nuestro encierro mental en el que cada cosa parece estar separada de las demás. Porque, como sabiamente comenta Halil Bárcena en un pensamiento suyo contemplando las piedras de un muro en un camino, ‘lo que separa es también lo que une’. Es decir, el espacio que hay entre las piedras y las separa al mismo tiempo las une. De algún modo las piedras son muro, como de algún modo un conjunto de células es un ser, y un conjunto de seres, el Ser.

En la segunda parte del libro se nos habla de los primeros pasos en el estudio clínico de la LSD con enfermos terminales, con pioneros como Eric Kast. Stanislav Grof, que es psiquiatra, narra su experiencia clínica con un equipo médico en un estudio experimental en Maryland, Estados Unidos, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. En el transcurso de ese estudio Grof y los demás profesionales acompañaron y atendieron a varias personas con enfermedades en fase terminal que accedieron a participar en una experiencia en la que se les administró la sustancia en un ambiente seguro y confortable. Se reclinaban en un diván con los ojos tapados con un antifaz y auriculares en los oídos con música suave.

Si pudiera encontrarse algo en común a las personas que participaron en el estudio, aparte de que estaban cerca de la muerte, es que cada una de ellas sufría más por causas emocionales que por los propios dolores o incomodidades de su enfermedad. En algunos casos existía un resentimiento feroz porque tanto sus familiares como los médicos les habían ocultado la gravedad de su dolencia hasta el último momento para que no sufrieran. Lo que había acarreado justo lo contrario. En general los pacientes se sentían angustiados ante la perspectiva de la desaparición física y también les atormentaban traumas o incumplimientos del pasado, que ejercían una presión insoportable justo cuando el final estaba próximo.

Es muy difícil leer estas vicisitudes y las experiencias que narran los pacientes al tomar la sustancia, y lo que vino después, sin abundantes lágrimas en los ojos. Merece la pena repasar esos relatos porque nos acercan al núcleo de lo humano. La revelación que recibieron todas estas personas al experimentar con ese extraño y, para algunos, diabólico fármaco, no es nueva ni original: que el amor es la esencia de la vida, el aroma íntimo de todo lo que existe.

Cuando uno conoce las historias de estas personas, que están lejos de ser extraordinarias sino que llenan los hospitales hoy día como antaño, historias comunes, normales, la prevención contra la cursilería o sensiblería con que a veces se usa la palabra ‘amor’ se desvanece. Porque ‘amor’ es otra forma de decir ‘unión’, y al leer estas experiencias, que abrieron a quienes las vivían un insospechado ámbito de trascendencia, luz y unión, uno se reconoce unido a esos seres y las historias de esos seres, que aparecen como propias.

Hay otras cosas que compartieron estas personas aun sin conocerse, y fue que la muerte, de repente, dejó de ser un problema. Un viento de serenidad los acunó, dispuestos ya a dar los antes temidos pasos en el vacío. Más allá de los dolores y achaques que siguieron sintiendo, aunque reducidos, la toma de LSD sirvió a estas personas para morir en paz. En paz con ellos mismos y con sus seres queridos. Nada menos que esto. Porque, como dice un viejo adagio italiano:

Un bel morir tutta una vita onora.

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REALITY, Peter Kingsley

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Cuesta imaginar lo que nos ha dado Peter Kingsley con su trabajo, no hablo ya sólo del libro que hoy nos ocupa, sino también de los demás. Esta extraña sociedad de la información, del siempre cambiante (y engañoso) titular digerirá también sus rompedoras revelaciones (ya lo ha hecho). Un día de estos pondrán su nombre a una calle, le dedicarán seminarios, cursos, charlas, a sus libros… Y todo seguirá como estaba.

Es difícil imaginar lo que nos ha dado, y, sin embargo, no nos ha dado nada en realidad. Eso, la Realidad, de la que nos habla, lo único real que existe, ha estado siempre en el mismo sitio, no se ha movido. Somos nosotros mismos, nuestro ser profundo.

Hace poco, picado por la curiosidad, me puse a buscar en Google resultados de opiniones críticas con su obra, vamos quién le da caña y por qué a Peter Kingsley. Buscaba artículos de catedráticos, doctores en filosofía que le atacaran sin piedad, que se mofaran de sus ínfulas místicas. Apenas encontré una crítica más bien ad hominen de un bloguero anglosajón que lo ponía a parir por su último libro publicado (el único suyo que me queda por leer). Y algunos artículos que se referían con respeto a sus obras pero demostraban no haber entendido demasiado al autor. O no haberlo querido entender.

Y eso es todo, no he visto mucho más. Casi todo lo que encuentro sobre este filólogo e investigador británico son elogios. Las facultades de filosofía apenas muestran el impacto de su órdago. No es para menos. Quien se tome en serio lo que está implicado, en Reality, por ejemplo, no puede volver a ver la historia de la filosofía del mismo modo. Su propio trabajo, si es un profesor de esa especialidad, queda en entredicho. Pues tiene que ver, como dice Kingsley, con la charla sobre el amor a la sabiduría, en vez del amor a la sabiduría propiamente dicho. Resulta duro, muy duro, si uno es profesor de Filosofía Antigua en una respetable facultad, o docente en un instituto de secundaria (donde dicen las leyes educativas que se deben enseñar los valores de la racionalidad y la crítica) y decir según qué cosas. Llegar un día y contarle a tus alumnos que Parménides, el padre de la lógica occidental, fue un chamán. O que Empédocles, precursor de nuestra infalible y objetiva ciencia, fue un mago. Pero no como Harry Potter, sino de verdad. Y no como esos magos que enredan con cartas y nos hacen caer en la ilusión. Precisamente el citado maestro se dedicaba a despertar a las personas de la ilusión en que se hallaban. Y esa ilusión es nada menos que el mundo en el que vivimos.

Dicho esto, si uno se lo toma en serio, surge la tentación de afirmar que este mundo es falso, pero existe otro mundo superior que es donde está la verdad.

Es lo que dijo Platón. El ateniense tenía buenos amigos en Italia, en el sur de la península y en la actual Sicilia. Esos amigos eran pitagóricos y, lo mismo que Parménides y Empédocles, místicos que conocían bien ese “otro lado”, y le hablaron de él.

Platón era muy inclinado a discutir, dialogar, elaborar razonamientos con su nuevo juguete: la dialéctica. Ese invento iba a dar guerra: más de dos mil años de filosofía vendrían con él. Como sentía un amor fervoroso por la razón y los argumentos, Platón pensó que de esa forma, con elevados razonamientos, ascendemos al mundo superior,  dejamos atrás las sombras y accedemos al exterior de la caverna. O eso parece desprenderse de sus obras. ¿Será que tampoco sabemos leerlas del modo adecuado?

El cristianismo heredó la idea de los dos mundos de Platón, como luego se encargó de echarles en cara a ambos un tal Nietzsche. Pero eso es otro tema. El caso es que los cristianos, de cualquier forma que miremos el asunto, siempre fueron más sagaces que Platón. Supieron que de ninguna manera accedemos a ese “otro” mundo encadenando razonamientos impecables, salvados por el poder omnímodo de la razón. La fe y las buenas obras del creyente se encargarían de ello.

Lo que ocurre es que entre los cristianos, ya desde el principio y sin negar lo anterior, se supo que había algo más. El mismo Jesús nos dijo que el “Reino” está delante de nuestras narices y no lo vemos, que está ya aquí y ahora. Y eso es lo que han sabido siempre todos los místicos sin excepción, ya fueran cristianos, paganos, judíos, musulmanes, hindúes, aztecas, o de cualquier otra tradición. Que el Reino está ya aquí, es nuestra consciencia profunda. Que no hay dos mundos, ni siete, en realidad hay un sólo mundo con diversas formas de verlo, con diversos niveles de perfección que se entrecruzan en el sin tiempo del aquí y ahora.

Ya que hemos hablado del cristianismo, podría comentar algo. En el limitado inventario que nuestros hombres de ciencia tienen de las facultades humanas para conocer se suelen quedar con lo de siempre: los sentidos y la razón. A los que se puede agregar de mala gana la imaginación (no, por supuesto, la Imaginación de los poetas románticos o los neoplatónicos). Esto para algunos neuropsicólogos es excesivo, pues en realidad no hay más que química cerebral, de manera que la razón, la imaginación y semejantes, se pueden descartar como epifenómenos. Bueno, nosotros para entendernos podemos hablar todavía de los sentidos y la razón. Pero había mencionado al principio del párrafo al cristianismo otra vez, no perdamos el hilo. Para antiguos y respetables filósofos y teólogos cristianos existe otra facultad humana de conocimiento. ¿Otra más? Los pobres neuropsicólogos reduccionistas estarían ya de los nervios leyendo semejante dislate.

Así es. Aquello de lo que hablo apenas es ya una pieza de museo, una curiosidad llena de polvo de siglos, como un códice miniado de la atrasadísima Edad Media. Precisamente de esa época data el concepto del que hablo. Se trata de un aspecto algo problemático pues no todos los que hablaron de él entonces, ni los que lo han mencionado en adelante han sido conscientes del alcance de tal expresión. Las más de las veces se lo ha confundido simplemente con la mera racionalidad humana. Estoy hablando de la intuición intelectual pura.

En efecto, con el transcurso de los siglos (las cosas no siempre van en progreso) esa enigmática “intuición” se degradó por las buenas en “intuición racional” (creo que fue Descartes el causante del desaguisado pero no me hagan mucho caso, no es importante quién fuera). Después, cuando  la razón ya no tenía el brillo de antaño, y comenzaba a ser blanco de todos los ataques como los muñecos de lata de la feria, Bergson, o alguien con ideas similares, redujo la ya reducida expresión “intuición racional”, a “intuición” a secas. Queriendo expresar algo así como un conocimiento instintivo, animal, o algo así, no lo tengo muy claro (me pregunto si el propio Bergson lo tenía claro).

Volvamos al original. “Intuición intelectual pura” apuntaba a algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados a pensar cuando oímos hablar de “conocimiento”. Porque tiene que ver con un conocer inmediato, instantáneo, infalible. Por contraste con la razón, que es mediada, se desarrolla a lo largo de razonamientos y puede equivocarse. Los escolásticos (o algunos de ellos) solían pensar que tal facultad, la intuición intelectual, era más que nada un postulado. Es decir, si nuestra humana razón capta las ideas de ese modo mediado pues tendrá que haber otra facultad, propia de los ángeles y Dios, que comprenda todas las cosas de forma directa, de golpe. Pero a quienes afirmaban esto no se les ocurrió pensar que esa facultad tan peculiar nos pertenece también a nosotros los humanos (Dios nos creó a su imagen y semejanza por algo). Es más, esa capacidad está con nosotros a cada momento, envolviendo por así decir a las otras (sentidos, razón, etc.). Como dijo un santo sufí, cuando los ojos de la carne y los del pensamiento se cierran, se abre el ojo del corazón. Pues eso.

Peter Kingsley nos habla en su libro de otra expresión que perdió su sentido original con el transcurso del tiempo. Tiene mucho que ver con una técnica de meditación que proponía Empédocles en su poema. Esa expresión se llama “sentido común”. Resulta muy difícil pronunciarla sin que alguien añada con retranca “… el menos común de los sentidos”. Una frase llena de verdad que honra a su inventor, aunque nos enfade con un soniquete ya machacón. Hoy el sentido común viene a ser algo como muy sencillo, muy ramplón, muy llano. Tan sencillo, ramplón y llano que casi nadie acierta a describir con claridad en qué consiste. Se supone que está relacionado con ver las cosas de una forma natural y objetiva, como se tienen que ver. El caso es que luego cada uno las ve a su modo y resulta un sudoku irresoluble cuadrar todas esas visiones en un mismo sentido común.

Tal cosa no sucedía con el original “sentido común”, porque era algo tan específico, claro y preciso que no puede haber duda acerca de en qué consiste. Era, y es, tan sencillo como ser consciente de lo que uno percibe con sus sentidos en un instante determinado. Es decir, si uno está sentado mirando por la ventana, tener una consciencia clara de lo que está viendo, oyendo, oliendo, gustando, y tocando, de cada una de las sensaciones de nuestro cuerpo en ese instante. Es como una percepción superior que es consciente de cada cosa que estamos percibiendo. Un estado de alerta consciente (la mêtis que recorre los escritos de Kingsley). Sin que interfiera ningún pensamiento en el proceso, porque en ese instante desconectamos de ese estado de consciencia.

Seguro que ya no parece tan sencillo. Pero, como cualquier técnica de meditación, lo que hace sencillo o complicado a ese “sentido común” es la frecuencia y constancia con que se practica o se deja de practicar.

La intuición intelectual pura es una puerta, el “sentido común”, una llave posible que la abre. Lo que hay más allá del umbral… ¡Lo tienes, lector, frente a las narices! ¡No hay más misterio! Los únicos misterios que en el mundo han sido se refieren a técnicas, símbolos, procedimientos útiles que se han mantenido en secreto para no ser vulgarizados ni deformados. Pero, en puridad, ni siquiera ese aparataje esotérico es necesario. Para ver lo que se puede ver, no hace falta nada, simplemente ponerse a mirar. Eso sí, la operación requiere coraje, inocencia, tenacidad indesmayable. Porque el inquietante reino al que nos conduce ese especial “ver” es aquel que evitamos con más ahínco pertrechados con móviles, redes sociales, o chácharas sin fin para espantar la soledad… Ese reino está en las profundidades de nuestra alma.

El Elemento, de Ken Robinson y Lou Aronica

Conocí de este libro por mi amiga Sam, compañera en un curso de Experto en coaching. Sí, esa palabra anglosajona que suele despertar antipatías, envuelta en un tufillo de márketing (otro palabro anglo). Al fin y al cabo, sólo se trataba (y se trata) de bajar los primeros escalones del antañón noscete ipsum que desafiaba a los peregrinos y curiosos visitantes del Oráculo de Delfos. Conócete a ti mismo. El coaching no resuelve la ecuación, pero sí puede valer como un primer contacto con ese ser extraño que vive en nosotros, en las profundidades. En realidad no necesitamos nada para conocernos, puede darse ese encuentro con uno mismo cultivando nuestro jardín, o entre los cacharros de la cocina, quién sabe.

Precisamente de conocer uno los propios talentos, su vocación, su elemento, va este libro. Todos tenemos una, o varias, actividades mágicas, de esas que mientras las ejecutamos nos olvidamos del mundo. Se nos olvida que tenemos que comer (a menos que esa actividad mágica sea, precisamente, comer). El mundo externo desaparece y sólo tenemos sentidos para eso… Que puede ser tocar la guitarra, mezclar ingredientes en un laboratorio, hacer una mesa de madera, escribir, cavar la tierra… Cada cual con lo suyo.

Hay personas que tienen muy claro para qué han sido llamados, y desde la más tierna infancia se aplican con afán a conquistar su anhelo. Otras personas, lamentablemente, no. Muchas veces interviene en ello una educación rígida, poco dada a la creatividad, y a las vocaciones como nos advierte uno de los autores, Ken Robinson.

En cualquier caso, uno puede enriquecerse en el transcurso de los años, buscando eso que es lo suyo, mientras trabaja en esto o lo otro, y aprende lo que le gusta, o, en muchos casos, lo que no le gusta nada. Y por descarte se va haciendo un camino marcado por la falsilla que va quedando entre los senderos olvidados. Hasta que llega un día en que se nos ilumina la cara, se enciende la bombilla del entendimiento y damos por arte de magia con nuestro trabajo soñado, o no. Quizá suceda que encontremos una actividad que no nos disgusta más de la cuenta y nos da de comer, eso pasa a menudo. No todos somos Paul McCartney, Matt Groening (creador de Los Simpson), o cualquiera de los personajes a los que se alude en el libro, lo cual no quiere decir que carezcamos de talento. Cada uno tenemos el nuestro.

En las sociedades tradicionales hay poca innovación. Lo normal es que el hijo de un carpintero sea también carpintero, o el hijo de un campesino trabaje la tierra, como lo hicieron sus antepasados y lo harán también sus propios retoños. Sin embargo, nosotros vivimos en un mundo muy cambiante, extraño y a veces agobiante en su velocidad. El panorama que tenemos por delante ofrece poca seguridad, baña nuestros pasos de incertidumbre.

Y eso, como todo en la vida, está bien y mal, según cómo nos lo tomemos. Las nuevas tecnologías nos abren al océano caótico de internet, con sus posibilidades sin fin, sus peligros… El primero de los cuales es, simplemente, confundirse con tanta información, saturarse y no hacer nada constructivo. Pero merece la pena tratar de asumir el reto de usar esos medios para progresar. Y para ello, en mi opinión, resulta de una utilidad extraordinaria conocer nuestro elemento, conocernos vaya. Y volvemos a lo del principio, al conócete a ti mismo, que no se queda viejo. Es nuestra brújula para navegar en este mundo tan extraño en el que cada innovación parece volverse muy antigua a los pocos meses.

La religión de la tecnología, David F. Noble

religión de la tecnología

En tercero de carrera tuve una asignatura que se llamaba Ciencia y filosofía de las religiones. Teníamos que hacer un trabajo, y el profesor me recomendó La religión de la tecnología. Hace 15 años de esa primera lectura, pero el libro se podría haber escrito la semana pasada, ya verán por qué.

La tesis que recorre este ensayo tiene que ver con la fascinación que nos provoca la ciencia. Esa fascinación, dice David Noble, está enraizada en un fundamento religioso, encauzado ahora en la adoración de la ciencia y la tecnología como nuevos dioses. La crónica de estos hechos arranca en la Edad Media con diversos avances técnicos en la agricultura y la industria que llevan, en algunos casos, el secreto propósito de “enmendar” la Creación. El imaginario occidental comienza a tomarse en serio lo de dominar la naturaleza para usarla a su antojo. Cosa que expresa ya muy a las claras Francis Bacon en el Renacimiento. Todo un programa para la modernidad.

El homo sapiens occidental (¿sapiens?, ¿de verdad?) pasa en los siglos sucesivos de niño mimado de Dios a sustituto suyo. En una actitud incomprensible para los pueblos que llamamos “primitivos” en virtud de nuestra soberbia diabólica. El camino histórico-lineal de occidente ha sido como un gigantesco río de pensamiento y acción que ha abierto nuevas vías pero también ha erosionado múltiples aspectos del mundo y el ser humano. El mitologema del “progreso” ha sustituido el Paraíso del creyente por la voluntad de instaurar ese edénico jardín aquí en la tierra, con los resultados que ya sabemos. Convencido de que el comunismo soviético iba en esa línea dijo el iluso Gorki: “por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz”.

Ese régimen se convirtió en una secta tecnocrática, con sus grandes cifras de desarrollo industrial que no tenían como contrapartida la mejora de las condiciones de vida del obrero. De modo que allí no terminó de colar el mensaje profético. Sí lo ha hecho, en cambio, en la sociedad comercial capitalista, con sus deslumbrantes avances tecnológicos que van empequeñeciendo los aparentes delirios de las películas de ciencia ficción.

Y en relación a esto quiero entrar en harina. Pensemos en la pretensión de lograr la inmortalidad mediante la inteligencia artificial. Este empeño lo alimentan diversas filosofías y teorías con la fusión entre lo biológico y lo robótico (en el vídeo Carlos Canales plantea el panorama). https://www.youtube.com/watch?v=2eudLZBf250

En una de esas posibilidades, que aparece comentada en el libro (y en el vídeo), se trataría de descargar el contenido de nuestra consciencia en un hardware, tipo pendrive, e insertarla en un robot.

De manera que cuando se aproximara nuestra muerte siguiéramos viviendo en el cuerpo de una máquina. Para estos teóricos nuestro cuerpo es de hecho, sólo una máquina compleja, así que buena parte del camino está andado. Otras propuestas pasan por la manipulación genética que nos permita dar un salto evolutivo apoyado en la nanotecnología, etc. O la inclusión en nuestro organismo de elementos artificiales, robóticos, como chips en el cerebro que multipliquen nuestra velocidad de procesamiento de información, para llegar a la antedicha fusión entre la persona y la máquina y nos conviertan en un híbrido.

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Brillantes tecnólogos y magnates como Elon Musk patrocinan estos audaces proyectos. Pero, si uno examina la cuestión un poco, resulta que en estas avanzadísimas propuestas subyace un pensamiento manido, simplón y reduccionista:

.La consciencia se reduce a lo material, el cerebro. Luego, si podemos replicar el cerebro de forma artificial, ¡voilà! ¡Conseguimos replicar la consciencia!

.Al final, el producto del cerebro (sensaciones, emociones, pensamientos, imaginaciones…) se podrá reducir a cálculos computacionales. Es cuestión de tiempo.

Porque, en relación con lo anterior, subyace en cierto espíritu científico (inflado por la hybris de lo profético) la fe de que TODOS los misterios de la naturaleza y la vida se irán descubriendo, uno a uno, por el infalible avance de la ciencia. Que va aventando sombras.

Recordemos, para desinflar esas ínfulas, un par de frases de Antonio Escohotado:

«La ciencia es un mito, sólo que es el mito más hermoso, el único generalizable a toda la especie y quizás el más digno de respetarse.»

«La ciencia es un mito, y cuando pretende decir que está más allá del mito está mintiendo.»

Precisamente David Noble examina en su obra una de las ramificaciones de ese mito, de aire tan fervoroso como inquietante. Como es el anhelo de inmortalidad antes comentado, en el que se troca la resurrección cristiana por una pervivencia de tipo cibernético, robótico… Este deseo camina parejo al horror que produce la muerte en un mundo como el nuestro, que da la espalda a los ciclos naturales (los cuales estaban en armonía con las antiguas creencias). Ciclos que también afectan a las civilizaciones, las cuales conocen un nacimiento, apogeo, decadencia y fin. No queremos ver el carácter transitorio de todo (y eso mismo nos vela la intuición de lo trascendente). Es la huida del abismo que se presiente vacío.

Resultaría oportuno  plantearse lo humano desde una perspectiva ética en vez  de sólo tecnológica. Irónicamente, nos invita a ello la conexión humana que facilita internet, precisamente desde supuestos técnicos.

Nuestra época va muy rápido, y quizá la cuestión no sea frenar en seco (porque nos salimos de la vía), pero sí pensar hacia dónde vamos en esa carrera acelerada. Y, hablando de ética, merece la pena resaltar lo siguiente. En la página 197 se cita a Daniel Crevier, quien dice que la I A (inteligencia artificial) “es coherente con la creencia en la resurrección”. Pero la religión cristiana (una de las que defiende ese credo) es universalista. ¿Esta nueva religión también? ¿Todos tendrán la posibilidad de la inmortalidad cibernética? ¿Y qué pasa con quienes no puedan pagarlo? ¿O los que ya murieron? Recordemos a Walter Benjamin y su llamada a no olvidar las víctimas de la historia. ¿Acaso sólo unos pocos tienen derecho a la resurrección? Esa no sería una resurrección divina, la prometida, la anhelada en secreto por algunos científicos ateos. Sería humana, chapucera, injusta.

Como decía Nietzsche, “si miras hacia el abismo, el abismo acabará por mirar dentro de ti”. Esa fijación de muchos científicos en Dios, para negarlo, les ha hecho creerse dioses al fin y al cabo. Y son presas, como se dice en este estudio, de un redentorismo delirante. Buscan la revancha contra ese dios de los otros. Ese dios de su infancia, cuya sombra se agiganta al paso que crecen sus propias ansias de poder.

Terminamos con una paradoja. Son varios los profesionales de la psiquiatría o psicología que han observado en el trabajo con sus pacientes (y en sus propias carnes) experiencias imposibles de explicar con el modelo materialista según el cual es el cerebro el que genera el psiquismo. Si bien esto último rige para procesos cotidianos de memoria, pensamiento, lenguaje, etc., no es así para esas otras vivencias psíquicas (que no viene al caso comentar ahora, sírvanse los curiosos de repasar la obra de Stanislav Grof, Charles Tart, Frances Vaughan, o, si prefieren autores españoles, José Luis Pinillos, Rof Carballo, Manuel Almendro, Josep María Fericglá, etc.).

De ahí que surgieran teorías como la de Stanislav Grof. El psiquiatra norteamericano (de origen checo) apunta a que el cerebro actúa como un televisor: emite unos contenidos audiovisuales transformando unas ondas electromagnéticas que recibe su antena. Sería absurdo pensar que los programas televisivos se crean dentro del televisor, como si los periodistas, artistas, o los animales de los documentales vivieran en el interior de la caja tonta. Del mismo modo, dice Grof, hay experiencias psíquicas que no se pueden explicar como producidas en el cerebro, sino que éste las capta de una consciencia más amplia, cósmica. Pensaba en algo así como el inconsciente colectivo de Jüng.

De modo que, si esto es real, recordemos de nuevo el proyecto para generar consciencia de forma artificial. En un ejercicio de imaginación, pongamos que dentro de unos años los ingenieros consiguen producir un robot que, aparte de sentir, hablar, pensar, recordar cosas, tiene experiencias místicas o estéticas indefinibles. Los satisfechos científicos y tecnólogos del momento, padres de la criatura, se arrogarían el descubrimiento definitivo de que la consciencia, lo espiritual, Dios, etc. son productos exclusivos del cerebro, humano o robótico. Y ellos tendrían la fórmula para generar esas experiencias. ¿Qué ocurriría si, en realidad, hubieran dado con una antena para captar la inteligencia que subyace en el universo?

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Cuaderno de Nueva York, José Hierro

Cuaderno de Nueva York

Después de todo, todo ha sido nada,

            a pesar de que un día lo fue todo.

            Después de nada, o después de todo

            supe que todo no era más que nada.

José Hierro, Cuaderno de Nueva York, Vida.

José Hierro nació en Madrid, en 1922. Se le encuadra en la “generación de posguerra”, pero él, sin renunciar a los modos y temas de la denuncia social, siempre fue un paso más allá. Su ingenio, inquietud y saber no le permitían otra cosa. Decimos que nació en Madrid pero se forjó como cántabro, pues en la región montañesa se crio. Allí cursaba la carrera de perito industrial cuando la maldición del 36 encarnada en guerra le obligó a interrumpir sus estudios. No fue la única secuela del conflicto, también fue a parar a la cárcel por socorrer a presos políticos, uno de los cuales era su padre, e intercambiar información entre ellos y el exterior. Cinco años encerrado estuvo el poeta. En las tertulias de Valencia fue entrando en contacto con otros escritores mientras trabajaba en lo que podía para ir tirando, y sin dejar de escribir, claro. Colaboró en diversos medios como crítico de obras pictóricas (en especial del arte sensual e imaginativo de su amigo Modesto Ciruelos). Se casó con María de los Ángeles Torres, fundó revistas, dirigió publicaciones, y consiguió hacer sitio en su vida para lo que de verdad le movía, el arte poético. Su aliento se apagó en 2002, pero sólo fue un espejismo. Porque en la fuerza de sus versos se aprecia al poeta guiñándonos el ojo entre bastidores, con la calidez de su ironía tierna siempre al acecho.

Aquí viene una crónica fragmentaria, inexacta, por fuerza miope, de ese cuaderno de palabras pergeñado por el cantar de José Hierro. Una ráfaga ancestral de luces de neón temblando como un solo de John Coltrane, Cuaderno de Nueva York.

El Libro de réquiems, de Wiesenthal, con su cohorte inacabable de luminarias de las artes y las letras, me preparó, hasta cierto punto, para leer este Cuaderno de Nueva York. Pero sólo hasta cierto punto. En realidad nada me había preparado para leer esta peculiar obra de José Hierro. Pues la manera en que aparecen ante nosotros tantos y tantos personajes desde Quevedo hasta Gershwin y más allá, desborda todos los cuadros, navega con decisión en la imaginación del genial poeta y en el imaginario compartido de la cultura contemporánea. Pero sin caer en el caos, a no ser que entendamos por caos lo mismo que Prigogine o Mandelbrot, es decir, caos como un orden de grano fino; un aparente desorden que esconde una alquimia alefiana que se despliega ante la maravillada vista del lector, que va anudando versos y personajes bajo la guía del maestro Hierro; recomponiendo la tonante voz de los orígenes, los primeros balbuceos del lenguaje de los que habla el poeta en el Preludio.

Porque la voz primera se escucha también, inevitablemente, en Nueva York, esa Babilonia moderna tejida con hilos de mil lugares para componer una alfombra mágica, que sabrá Dios adónde lleva. Se componen, esa voz primitiva y esa ciudad desaforada de las mismas pasiones danzantes, anhelos, crímenes, brillos, ausencias… Allá se fueron los pasos del poeta, transitando por la urbe ciclópea que convirtió en desgarrador grito los versos de Lorca. Como el granadino universal, Hierro peregrina hacia las fuentes del esplendor y la miseria occidentales.

Detesto las grandes ciudades, pero aprecio los lugares de comunicación, ideas, aplicaciones prácticas, amor a lo concreto, que supone New York (antes, Nueva Amsterdan, lo que tampoco estaba mal). Centro de operaciones, a ratos, de los pillastres beat, aposento del filósofo escéptico (y a ratos epicúreo) Woody Alen. Entre otras múltiples ópticas.

Resulta un tópico bastante visitado el que un libro es como un viaje. En árabe “safari”, viaje, y “sefar”, libro, parecen tener el mismo origen. Este libro también nos invita a viajar. Pero la sensación de tópico se desvanece cuando veo soltar amarras y el barco, conmigo abordo, despegándose suavemente de la bocana, parte (¿hacia dónde? ¡hacia Nueva Babilonia!). Miro a mi alrededor con estupefacción, como esperando una respuesta, porque la intención era tomar un vuelo y no hacer el viaje en barco. Hierro no me lleva, sin embargo, como a los yuppies, turistas, artistas, estudiantes, etc. Él espera otra cosa del viaje, y está bien así. De modo que me acodo a la baranda y contemplo el tranquilo jugueteo de las aguas mientras los versos, como la brisa, canturrean, bailan al son del clarinete en Rhapsody in blue, el primer poema  tras el preludio:

El clarinete suena ahora

al otro lado del océano de los años.

Varó en las playas tórridas de los algodonales.

Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos.

Se sometió y sufrió, pero se rebeló.

Por eso canta ahora, desesperanzado y futuro,

con alarido de sirena de ambulancia

o de coche de la policía.

Suena hermoso y terrible.

https://www.youtube.com/watch?v=ynEOo28lsbc

Estamos llegando a N. Y. C. La diosa babilónica (¿será casualidad?) de la Libertad nos recibe desde su imponente estatura. ¡Qué lejos están a veces sus hijos de rendirle pleitesía! Y mezclado con el mar nos acoge ya exangüe, el río:

La seda peregrina del Hudson,

incansable y majestuosa,

conduce a la ciudad hasta la libertad

y la purificación definitiva de la mar

siempre reciennaciendo.

Primer poema. Inconmensurable. Es un conjunto de versos que resumen y amplían todo un libro, igual que el fragmento de un holograma roto puede dar cuenta de la totalidad sin tropiezos. Pero esto no empece para que continuemos la lectura, muy al contrario, la estimula. Queremos saber más aunque ya lo sepamos todo. Precisamente porque el universo en sí mismo que es Nueva York se revela en cada pliegue de su alfombra mágica, con brillos y sombras siempre nuevos. A partir de aquí José Hierro se limita a colocar la lupa en un lugar (común o no) de la ciudad, convertida en escenario en el que interactúan los mundos literarios, musicales, vitales… de su propia alma. Sin que importen tiempo y espacio. Es una vuelta a Nueva York en ochenta mundos, parafraseando a Cortázar. No se pierdan, el poeta no lo hace, marca el compás la Novena de Ludwig Van…

Entonces, Ludwig van Beethoven

se levantó y apagó el sonido.

Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano

para indicar la entrada a los timbales

en el Scherzo. Lloró con el adagio,

enardeció cuando cantaba el coro

las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,

lo que él oía. Finalizó el concierto.

Fue entonces cuando se levantó,

y se acercó al televisor,

recuperó el sonido.

Las cámaras enfocaban ahora

al público enardecido.

Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,

los aplausos que no podía oír en Viena,

en mil ochocientos veinticuatro.

Aparece por estas páginas la Nueva York hiperactiva, consumista, y entusiasta, pero por debajo late el ritmo pulsante de la negritud zumbona de blues, vida subterránea, cadencia de jazz, la negritud ancestral como la nigredo de los alquimistas, incontenible y sonriente junto al drama.

La música recorre muchos de estos poemas con semblanzas de grandes compositores e intérpretes, desde el registro clásico (Beethoveen, Alma Mahler, Schubert, el citado Gershwin moviéndose entre varias aguas…) hasta el el góspel, el bolero, el cuplé… (Mahalia Jackson, Miguel de Molina).

Se asoma Ezra Pound, el bardo que confundió los clarines del fascio con las glorias de Roma (y acaso tuvo razón si pensamos en Heliogábalo, Nerón…). Y pudo inspirar, merced a la continua paradoja que es la vida, los primeros aullidos de la afilada poesía beat.

José Hierro nos sobrecoge cuando, quizá, habla de sí mismo con la voz prestada del poeta americano. Sobrecoge porque nos confiesa su miedo, miedo al encierro, quizá mental, tal vez físico.

Mis cantos definitivos. Los de la plenitud y el miedo. Tengo miedo. Tengo —soy, estoy— jaula. Las palabras más eficaces las de mi lengua y las ajenas, vivas y muertas, oxidadas y aún hermosas, mágicas como el chino, de llave inencontrable, como el bengalí. Miedo, jaula, escribo. Miro a cada instante la puerta cerrada. Podría entrar por ella el doctor, el coronel, el judío, el sayón, el comunista con su escalpelo, su espada, su estrella, su látigo, su hoz. Traen la jaula en la mano, para encerrarme, y en ella permaneceré hasta el fin de mis días. Sin papel, sin pluma mi mano. Así, ¿cómo sobrevivir, escribir, liberarme del tiempo?

Y conmueve este ejercicio de empatía, simpatía y generosidad con un poeta de pensar tan distinto, como lo fue Pound. Pues al final:

Yo no soy traidor a mi única patria que es la poesía. No quiero su comprensión, su compasión ni su desprecio. Más miedo, más jaula, más muerte.

Me despido ya, sin apenas haber contado nada, para que, si es su deseo, lean los versos de José Hierro. Y beban de la fuente, en vez de entretenerse con la engañosa descripción de la canción del agua.

_joshierro

Las Arcas de Noé, José Ignacio Cervera Nieto

Arcas

Hoy he venido a hablar de mi libro. Como dijo aquel dandy malhumorado que se empeñaba en cruzar todos los umbrales de la vida y las letras. Voy a hablar de mi libro, sí, sin mucha convicción. He dudado bastante en incluirlo entre la nómina de los textos comentados en este blog. Pues no se trata de una obra de especial mérito.

Y no es este escrúpulo de escritor, pues no soy escritor. No es falsa modestia pues a la modestia la hecho en falta. Confieso que he leído, mucho o poco, y eso me confiere una dolorosa lucidez a la hora de examinar mis propios escritos. Mientras tecleo estas palabras deseo con impaciencia acabar esta entrada y que llegue la redacción de la próxima, pero, en fin, pasemos el trago.

Esta novela mía llamada Las Arcas de Noé, me llevó escribirla tres meses de gozo, sorpresa continua, algo de dolor… Y varios años de enfadosa reescritura, corrección, añadiduras, descartes, nueva reescritura… El resultado no está a la altura de tanto desvelo pero lo di por bueno para descansar y ocupar la mente en otras cosas. Entre otras, en este baldío blog en barbecho.

Antes de escribir este libro estaba lastrado por un bloqueo. Me preguntaba, ¿cómo puñetas voy a escribir una novela si no leo novelas? Es decir, no tengo tan interiorizados los mecanismos de la novela, pues he frecuentado más otros géneros.

Este interrogante surgió mientras leía un consejo de Stephen King para escribir mejor. Me pedía que tomara una novela de mi estantería y la abriera por una página al azar. Miré y remiré, y sólo encontré dos (en otro lugar tengo muchas más, claro). Me di cuenta de que las dos eran de Herman Hesse, haciendo juego con mi interminable colección de libros de psicología, espiritualidad, filosofía…

Y, claro. Me dije, ¿no será mejor escribir un ensayo? Luego me fijé otra vez en la novela de Hesse, Demian. Y me di cuenta de que este autor no escribía novelas que fueran meras narraciones. En sus escritos había un decisivo trasfondo interno, la interioridad de los personajes era el verdadero eje. Le interesaba de modo extraordinario el alma de las personas.

De esta forma comprendí que algo parecido era lo que yo buscaba. Escribir una narración, llamémosla “novela”, que fuera también mezcla de ensayo y otras cosas. Lo que pretendo con este libro más que contar una historia, que también, es narrar la vida de un héroe. Pero no como los héroes que pueblan los cómics, películas o series. Sino como los que presidían los Misterios de la Antigüedad: Heracles, Aquiles, Dioniso, Eneas… O Perséfone, Astarté, Isis…

Aquellos que bajaron al inframundo para retornar a la vida fortalecidos, exultantes, libres del miedo a la muerte, conocedores del misterio que da sentido y movimiento al mundo. Pero el Noé de mi historia no es nadie extraordinario, sino humano, demasiado humano que diría el otro. Rodando por una vida sazonada con prodigios excesivos pero no fantásticos, desgracias, amores, pérdidas, triunfos…

Parte de esta historia transcurre en el perdido continente atlántico, la Atlántida. Una isla descomunal en la que el verdadero tesoro no consiste en avances tecnológicos desorbitados sino en la sabiduría incomunicable que aguarda a los iniciados. Noé pasa su infancia y adolescencia en un poblado costero de la Atlántida, entre la selva y el mar. Desde pequeño admira, como todos, el espectáculo de los Hijos del Sol surcando el cielo en sus globos aerostáticos (algo de tecnología avanzada sí que hay). Decide que él va a ser uno de ellos, y, para ello, se marcha de la seguridad de su aldea para cruzar el desierto y llegar a la lejana ciudad de Tisverán donde lograr ese deseo.

Allí, después de diversos avatares y peligros, es iniciado finalmente como Hijo del Sol y marcha en uno de esos globos como emisario de la paz y los tratos comerciales de su nuevo país. Lo que sigue es un continuo ir y venir por un antiguo mundo globalizado y acosado por tiranías. En el ocaso de su vida, siendo un canto más que rodado por el río de la existencia, Noé, que siempre ha sentido una especial conexión con la Inteligencia que mueve la vida, presiente que algo muy grave va a suceder: el Diluvio. Y en lo que sigue hay una parte familiar para quien conoce el cataclismo bíblico, y un capítulo final con nuevas enseñanzas para el protagonista.

Quisiera pensar que esta historia logrará entretener o aportar algo al lector que se adentre en sus páginas. Si no es así no importa, hay miles de libros que sí lo harán.

 

[La novela está publicada en Amazon https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_c_1_16?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Dstripbooks&field-keywords=las+arcas+de+no%C3%A9&sprefix=las+arcas+de+no%C3%A9%2Cstripbooks%2C231&crid=11MKZXZICIAVT.

No obstante, a los seguidores de este blog que estén interesados en leer el libro les enviaré una copia gratis en pdf o doc. No tienen más que escribirme al correo joseignaciocn@hotmail.com.]

Las artimañas de la inteligencia

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Atenea nació de la cabeza de Zeus, su padre. Si tenemos alguna familiaridad con los mitos griegos, hemos oído hablar de esa historia. Lo que se menciona menos es que Zeus, antes de parir cranealmente a su sabia hija, se había zampado a Metis, su esposa. En plena epidemia de violencia machista y doméstica evocar esto puede encrespar sensibilidades, pero aguarden, estamos hablando de un mito. Y la única mirada aprovechable aquí es la simbólica, no la literal. Se nos olvida a menudo que los mitos, como los sueños, son un alfabeto de imágenes que nos hablan de un modo distinto al ordinario. En este caso Metis personifica un concepto muy amplio y rico, muy difícil de traducir:

astucia, prudencia avisada, habilidad, seducción, viveza, doblez, maña,  gramática parda…

Y Zeus, consciente de que le falta ese ingrediente en su arsenal se traga la astucia y la incorpora en su ser para vencer a los titanes. De manera que Metis sigue viviendo en Zeus, es Zeus en cierto sentido.

Ese es un caso de incorporación, veamos uno de separación que es análogo a este a pesar de su aparente diferencia: el de Adán y Eva. Se nos dice que Dios modeló a Eva a partir de una costilla de Adán. Esto, aparte de ser poco elegante como mito, (“¡qué machista!”, puede decirse) nos invita nuevamente a mirar un poco más lejos para comprender. Lo que nos está indicando el mito bíblico es que Adán tiene algo de femenino, pues de él sale Eva, y que su consorte tiene algo de masculino. Lo que en terminología alquímica es el Rebis, el Andrógino de Platón, la fusión del yin y el yang, la unión de los complementarios en el mismo ser.

Volvemos a la metis, ya como tipo de inteligencia presente en la cultura helénica antigua y eje del libro que hoy comento. Su papel es muy importante, impregna los mitos, las obras fundacionales (recuérdese la artería de Ulises), las fábulas de Esopo, las trampas de caza y, en correlación, el comportamiento sagaz observado en muchos animales por los griegos. En todas esas facetas y caras del mismo fenómeno subyace un tipo de conducta peculiar:

la atención extrema, observación, flexibilidad ante las circunstancias para mejor aprovecharlas, ingenio, creatividad…

Por supuesto, no sólo encontramos esas artes “méticas” en los antiguos griegos. La Biblia está llena de relatos parejos: el triunfo de David sobre Goliath, el ardid de Dalila contra Sansón, el de Judith sobre Holofernes, Jacob comprando la primogenitura por un plato de lentejas… Por aquí asoma la picaresca, que no es más que una de las muchas caras con que se muestra (u oculta) la metis. Muchos judíos, como los griegos o los fenicios, eran comerciantes, habituados a la astucia, el engaño, y las artes de la facundia.

Sin embargo, pese a esa relevancia la metis es un tipo de inteligencia que se ve relegada, ocultada, menospreciada. Platón criticaba esa capacidad, desterrándola de su filosofía, y, a cambio, entronizaba la razón discursiva y apolínea, mucho más aceptable para él. Aunque, por supuesto, Platón no está exento de metis, y usa de ella como nos advierte Peter Kingsley en su obra En los oscuros lugares del saber. Allí el estudioso británico dice que, a menudo, Platón cuando bromea se está refiriendo a algo serio, y que al comentar algo pretendidamente serio, en realidad está bromeando. También describe este scholar la habilidad con la que el filósofo ateniense nos embauca acerca de Parménides para que parezca que él, y sólo él, es el heredero legítimo del sabio italiano.

En fin, después de Platón y Aristóteles la opinión sobre la metis no ha sido mucho mejor. Y, si bien se ha utilizado (en su dimensión más gruesa e interesada muchas veces) también ha formado parte de la “sombra” (en sentido jünguiano) de nuestra civilización. Es decir, lo reprimido, negado, e ignorado, en todos los sentidos de la palabra. Por esto llama la atención de Marcel Detienne y Jean Pierre Vernant, que decidieron escribir Las artimañas de la inteligencia allá por los años 80, y abrieron un campo de investigación vastísimo, apenas explorado hasta entonces. Supe de este libro singular examinando la obra del eximio experto en cristianismo primitivo Antonio Piñero. Resulta que el erudito español tradujo este ensayo del francés original.

Se rinden estos autores, como me rindo yo, a la metis, tan distinta de la adusta y fría razón… O, podríamos decir, su complementaria, volvemos a la unión de los contrarios:  el taimado y hábil Hermes completaba a su reposado y razonable hermano, Apolo.

Dos miradas para un mismo ser. Como el bifronte Jano (que mira al pasado y al futuro), cuyo verdadero rostro es invisible, así el de esos dos hermanos divinos, que no son más que vacío que genera dos formas opuestas en apariencia. Un vacío que se ensancha en un presente sin fin.

La rica semántica que encierra lo “mético” (ambigüedad, astucia, disimulo…) me trae también al recuerdo un libro muy querido del que también daremos noticia por aquí un día de estos: Realidad daimónica, de Patrick Harpur. Porque los seres que hacen de la metis su bandera (ya sean humanos, dioses, héroes, o animales) se parecen a los dáimones, que son seres intermedios (entre este mundo y el otro). Son ambiguos, ambivalentes, fronterizos (tienen querencia por el amanecer, el atardecer, los puentes, las encrucijadas). Y encubren su presencia mezclados con fraudes, disparates o confusiones. Por ejemplo los ovnis, que muchos dicen haber visto pero de los que no hay ni una prueba incontestable. De algunos han quedado incluso huellas, pero son tan burdas que no representan más que un señuelo, un jugar al despiste, pues no parecen entes físicos. ¿Y qué son? ¡Qué sé yo! Tal vez ni siquiera son algo. Forman parte de aquellas cosas que, sin mostrar una presencia fehaciente actúan en nuestra vida de algún modo. Como los sueños, los mitos, los cuentos de hadas, las verdaderas intenciones de los demás, lo que no hemos hecho pero anhelamos hacer, la ironía… Todo lo que es solapado, oculto, enigmático.

La primera vez que supe de esta palabra, metis, fue leyendo En los oscuros lugares del saber, antes citado. Kingsley, el autor, se refiere a esa capacidad como propia de los que yacían en esos oscuros lugares, los santuarios de Apolo y Asclepio (entre otros), aguardando con paciencia y la consciencia atenta. ¿Y a qué aguardaban? A que el misterio se hiciera presente en su interior.