Loas y ocurrencias

Gracias, Señor

Gracias, Señor, por todo lo que me has dado;

gracias, Señor, aunque yo no sepa usarlo.

Mi compromiso es enmendar mis pasos,

ser capaz de llegar a ser quien ya soy.

Darme lo que merezco, y que eso que me doy

sea también para los otros.

Gracias, Señor, por no existir,

por superar la simple existencia.

Y obligarme a verte con ojos

que no son de este mundo.

Pero que viven en estos ojos

que se ha de comer la tierra.

Gracias, Señor, por la infinitud de tu grandeza,

que hace inútiles palabras como “Señor”,

“yo”, “existencia”, “muerte”, “tierra”.

Poesía

La poesía es como un par de zapatos,

y yo voy descalzo.

¿Qué pensar entonces de un tranvía

que vaga sin raíles, por caminos de hierba,

entre matorrales, bosques, basureros,

descampados vacíos, aceras transitadas?

¿Qué pensar de un deambular

hecho de sones improvisados?

La poesía es un par de zapatos

que danzan al ocaso,

y mis pies siguen el ritmo

sin saber que van bailando.

Fuerte

Soy tan fuerte,

que puedo tomar un diminuto gusano,

por su hilo, y verlo pender de mi dedo,

como una diminuta joya,

sin matarlo.

Soy tan fuerte,

que logro mirar la arboleda,

en el soplo del horizonte,

con toda su majestad sin tiempo,

y no morir por el peso de su belleza.

El hombre y lo divino, María Zambrano

Hay una forma de conocimiento que no diseca ni mata lo que toca, sino que lo salva, lo transfigura; esta es la razón poética, que no busca poseer, sino comprender desde dentro, desde la intimidad de las cosas.

María Zambrano

Leí por primera vez a María Zambrano en las páginas de una obra (Andalucía, sueño y realidad) que recogía impresiones de la autora sobre Andalucía (también una teoría de Andalucía de Ortega y Gasset a la que ella replica). Y también aparecían algunos pasajes del libro que nos ocupa, como Apolo en Delfos. Es muy difícil transmitir la sensación de misterio, evocación, intuición de lo inefable, etc. que esas páginas me suscitaron (a veces recordando esas páginas me viene a la mente, no sé por qué Land of Diana de The Freeborne). Desde entonces leer más en profundidad a la autora malagueña se convirtió en una verdadera asignatura pendiente. Y pude aproximarme a ello leyendo esta obra exigente, densa, saturada de capas de significado, que exhibe análisis de gran profundidad. No es cualquier cosa lo que trata de desentrañar, sino la mismísima relación de los humanos con lo trascendente, lo divino, sea lo que sea. En ese análisis resuenan los muros de lo sociológico y lo antropológico y, entre las grietas añosas de esos edificios imponentes, brota la hiedra sagrada de Apolo, presta para que la pitia envenene sus sueños con ella y alcance a vislumbrar en la penumbra las luces invisibles de lo arcano.

Ya en la introducción, María Zambrano analiza muy bien la situación de lo divino en el siglo XIX, que es la semilla del XX y el XXI. Pone en acuerdo razón y poesía. Usa la razón para ese análisis fino y preciso y la poesía sirve para recuperar lo divino, pues llega donde no puede llegar la razón discursiva.

En El hombre y lo divino María Zambrano boga con decisión hacia la razón poética, que es su particular propuesta contra la violencia del racionalismo imperante. Buscando en el bosque de la intuición las sendas olvidadas del alma y lo sagrado.

Precisamente en el primer capítulo, que da nombre a la obra, Zambrano examina el hondo y caudaloso río (aunque a veces inadvertido) de lo sagrado. Origen de la conciencia humana, punto alfa de todas las demás cosas que fueron, son y serán.

La filósofa española describe unos orígenes humanos envueltos en el caos, la paranoia, la amenaza latente por todas partes. Dar forma y nombre a los dioses liberó, hizo disminuir la angustia vital, aportó un sentido (como el que hay en las sendas), puso unas lindes (¿imaginarias?) a ese misterio inabarcable.  Es el misterio de la revelación. “Revelar”, como decía Guénon, es manifestar y ocultar (velar) al mismo tiempo. Quien anuncia una idea, una verdad (que encarna un dios determinado), proyecta una luz, pero esa luz deja tras de sí una sombra.

En ese primer apartado vemos también la pugna entre filosofía y poesía, un motivo clásico en la obra de María. A su juicio la filosofía griega intentó sustituir al mito mediante la razón conceptual, despojando al mundo de sus dioses, mientras que la poesía trató de preservar ese contacto íntimo y vivencial con el misterio inexplicable de lo divino.

Más adelante la autora se introduce en la inquietante vía señalada por Nietzsche: el nihilismo y la muerte de Dios (que ya había anunciado Hegel antes, pero en otro tono). Al llegar a la modernidad, la razón librada a sí misma expulsa por completo a la divinidad. Esto genera el delirio del «superhombre» y una última y desoladora manifestación de lo sagrado: la nada, que deja al hombre moderno sumido en la orfandad espiritual y el desamparo existencial. Y cuando se transita por la nada, nada parece ser capaz de llenar el vacío.

Por lo menos nada material. María Zambrano propone recuperar una actitud vital olvidada: la piedad. Es una apertura a lo que nos supera, define la piedad como el arte o la disposición de «saber tratar con lo otro» (la naturaleza, el misterio, el prójimo y el propio destino) reconociendo que no todo puede ser sometido o poseído por la razón que gira sobre sí misma (despreciando cuanto ignora). Es, decimos, una escucha, una apertura, hacia lo que nos trasciende.

La pensadora andaluza analiza en profundidad la evolución cultural e histórica del pensamiento occidental observando los cambios producidos en la forma de relacionarse con la religión y la espiritualidad (se fija en la superestructura más que en la infraestructura). Las civilizaciones caen (mirando el caso romano, por ejemplo) cuando sus estructuras sagradas se fosilizan o se vacían de sentido, convirtiéndose en monumentos muertos o «ruinas».

“El amor en la vida humana” es uno de los pasajes más impresionantes que he leído en María Zambrano. Explora cómo el amor y la muerte adquieren un peso metafísico. Plantea que el amor es una fuerza integradora que busca rescatar al individuo de la fragmentación temporal, permitiendo una continuidad en la memoria colectiva e individual. En relación a ello se teje la reflexión sobre la libertad. La autora entiende la libertad como identidad, como un encontrarse uno a sí mismo en la soledad. Precisamente quien no ha llegado a esa soledad, que es “quietud, reposo, certidumbre”, cae en las garras de la envidia, porque necesita ser el otro, busca la libertad en el otro.

La reflexión sobre los templos y la muerte en la antigua Grecia se sumerge en la raíz mediterránea para entender el espacio físico de lo sagrado. El templo griego no era solo un edificio, sino un límite sagrado tallado en la naturaleza para que la divinidad pudiera «habitar» de forma visible y cercana sin abrumar al mortal (las primeras columnas tratan de remedar los troncos de los árboles del bosque primordial).

En cuanto a la muerte, frente al pánico de la disolución, el mundo griego mitiga la angustia del morir al conferirle un sentido estético, cívico y ritual, integrando el final de la vida dentro de un cosmos ordenado (el límite, el orden, es belleza mientras que el infinito se entiende como imperfección. Al menos hasta que lleguen los alejandrinos empapados de oriente).

El último apartado se aproxima a nuestra tradición judeocristiana tratando de calibrar el impacto diferencial del monoteísmo occidental en el alma humana.

El cristianismo, apoyado en la tradición de sus mayores, instaura la historia como línea recta (dejando atrás la visión circular pagana) entre el comienzo absoluto de la Creación, el jalón central de la Encarnación y el final dado por el Juicio y la Parusía. El Dios judeocristiano interviene directamente en la historia, dotando al tiempo humano de una dirección, un propósito y una promesa de salvación personal.

La piedad evangélica. Se transforma la antigua piedad ritual (la pietas de los romanos, que era también deber y respeto para con los dioses, los progenitores, sobre todo el padre, y la patria) en una piedad basada en la filiación y el amor incondicional. María nos advierte al final, volviendo los ojos a nuestro tiempo, del riesgo contemporáneo de transformar «la historia en un ídolo» que asfixia la libertad interior del alma. Esa libertad que solo se puede buscar en la escucha y la quietud abierta que nada pide.

Versos inconexos

Viento

El viento sacude las flores,

que caen de las ramas,

los colores se desmenuzan

en sombras que se apagan.

Y no recoge sus pétalos nadie.

Tanta belleza, condenada

al acelerado e incesante

ritmo de la aniquilación.

El viento prosigue su obra,

inconsciente, insensible,

soplando con el empeño

ciego de los locos.

Me asusta que haya belleza

en su monocorde canto.

Pájaros

Pájaros de blanca nube y negro asfalto,

que con vuestro canto

hacéis crecer y florecer los campos.

Pájaros que seguís

la invisible geometría del anhelo,

artistas de impredecible vuelo;

os cambio todo lo que tengo,

por esa guía que lleváis dentro,

por vuestra interminable gracia

para encontrar caminos en el mudable cielo.

Mendigo

Mírame. Sólo mírame.

Mis harapos, mi barba hirsuta,

mis ojos cínicos, resignados,

llenos de cielo raso,

escarcha, bochorno, lluvia…

No desvíes la mirada. Mi desgracia

es el aviso de tu posible ruina.

Yo podría ser tú, ese transeúnte alegre,

despreocupado, quizá triste,

que camina sin pensar en la intemperie,

que se aferra a la garantía ilusoria

de que está libre de caer.

Y tú podrías ser este mendigo,

sin dientes, esperanza, ni vergüenza,

una película donde los malos ganan,

una canción que no vende mentiras.

No te pido limosna, sólo que me mires,

Y recuerdes que nunca frena

el péndulo de la vida.

Hoy vas por la izquierda, mañana por la diestra,

hoy estás abajo, mañana arriba,

hoy vuelas, mañana arrastras tus pasos por sendas en penumbra.

Testigo y otros poemas

Testigo

En la tristeza aguarda escondido

el secreto anhelo de la felicidad,

y en la alegría espera el miedo,

por el marchitarse inevitable de su aroma.

Pero, cuando soy sólo un testigo,

no un juez, ni un defensor de nada,

allí las veo, a mi alegría y mi tristeza,

junto al mar, las manos entrelazadas,

observando el vaivén inacabable de las olas,

en el mar sin fin, todas las aguas se encuentran.

Vivir

Yo no sé lo que es vivir,

hasta que vivo.

Yo no sé qué es ser feliz,

hasta que olvido.

Yo no sé lo que será,

lo que yo he sido.

Estrellas

Estrellas,

llevo siglos esperando

encontrar mi sencillez,

para domar el orgullo,

con la potencia de

un amor sin límites.

Bajo vuestro brillo

de antorchas antiguas,

que tal vez no existan,

quemo en el altar de la fe

todas mis expectativas.

Y así, libre de tantos eones,

libre de tantas ideas y creencias,

contemplar vuestro guiño,

sonreír al abismo,

y triunfar sobre el miedo.

Esoterismo / Respuesta

Esoterismo

El esoterismo empieza

y acaba en uno mismo.

Las doctrinas, los alambiques

del alquimista, el atavismo

de los espejos que se reflejan,

entre sí, en las sombras,

sólo son pretextos, mecanismos.

Y es la música escondida,

en las hondas cuevas,

en los vastos laberintos

del alma, la que da sentido

al disonante caos de nuestras notas.

Respuesta

La respuesta es el infinito,

sin límites,

la mente sigue buscando,

desamparada,

sin comprender

que la respuesta aguarda siempre

dentro de la pregunta.

La respuesta vive

en ese abismo de incomprensión,

en esa oscuridad brillante

que nunca acaba,

que nunca empieza.

Versos del camino

En tu pupila

En tu pupila veo caballos galopando,

junto al mar, en el último suspiro de la tarde.

Veo estrellas naciendo, como náufragos llantos que arden.

Caminar

Así es la vida,

tiene veredas y avenidas,

laberintos y salidas.

No torna jamás el tren perdido,

pero hay muchas vías,

estaciones, recorridos…

Y si hay dolor, también hay olvido.

Los pasos, tan sufridos,

no han de cansar al que camina,

pues instante tras instante se adivina

una nueva sorpresa, lo desconocido.

No sé

No sé adónde soy, ni de dónde vengo,

no sé lo qué pensar, ni qué pretendo.

Una carretera se va tejiendo,

entre las veredas que ya no tengo.

Me gusta cuando callas (me gusta cuando hablas)

Me gusta cuando callas,

porque ahí estás presente,

en tu silencio.

Que cante el silencio,

cuando las risas se apagan,

y se oye el giro del planeta,

sombra lisa del misterio.

Me gusta cuando hablas,

porque nace todo un mundo,                

y llamean tus palabras,

en un fuego fecundo.           

Me gusta cuando la vida mira desde ti,

cuando observas, cuando cantas,

a ese juego del vivir.

Pájaros, estrellas…

Pájaro

Creí que eras un ángel,

y sólo eres un pájaro.

Hay garrapatas, frío y hambre

en tu plumaje.

Pero en un instante,

el sol doró tu pico,

y de ti nacieron sones celestiales.

Y fue entonces

cuando creí que eras un ángel.

Pero en tu cielo hay

gases contaminantes,

polvo, aviones, satélites que caen.

Debió de ser un espejismo,

y, sin embargo, por un instante,

creí que me advertías de algo,

de no sé qué olvido.

Con el aleteo del murciélago,

se extiende la noche,

y en el silencio voy recordando.

Estrellas en los ojos

En vuestros ojos de hombres y mujeres,

vi la llama que alumbra sin ser vista,

vi los ríos que mueren en el mar,

la lluvia que cae riendo

como una canción nacida del cielo.

Vi tormentas y relámpagos,

que también son bellos, aunque yo no lo sepa.

Vi una luz que brotaba ya no sé de dónde,

porque brillaba de vosotros hacía mí,

de mí hacia vosotros.

Al contemplar vuestros ojos comprendí

que no hay estrellas sólo en el cielo,

ni en las engañosas portadas de los diarios.

Tenemos dos estrellas que nos sirven para mirar,

y su luz no es distinta de la que alumbra allá arriba.

El viento sopla ahora por mis labios,

mis brazos se extienden

como inabarcables ramas.

Ya no recuerdo

cuando era una triste sombra de dos patas,

cansado de llorar entre las sombras.

Ahora mi alma es imperturbable centro

del que brotan raíces hasta muy lejos,

hasta perderse en lo profundo del universo.

Sirenas y otros poemas

Sirenas

Las sirenas danzan al amanecer,

con las olas,

cuando el mar está calmado.

Y un cantar resuena entre las rocas,

de los marineros que las ven danzando.

El embeleso guía a las doncellas

tras la estela de los cantos,

un engañoso perfume de notas

que las acerca a los acantilados.

Ágape

Bienvenidos, sentaos a la mesa.

Habéis llegado justo a tiempo:

desarraigados, desahuciados,

prósperos, engañados, esperanzados,

escépticos, fieles, entusiastas,

depresivos, olvidados, encumbrados…

Nadie puede faltar al banquete.

Por fin comprendéis que sois el mismo ser,

trastabillando sin rumbo, a la deriva,

en el propio mar de su incomprensión.

Si os veo desde la mente,

os dividiré, separaré,

en predilectos e indiferentes.

Pero si escucho el discurso

continuo, claro, inapelable,

del corazón…

Sólo cabe la unidad inefable,

infinita, siempre viva y fugitiva,

malla que a todos nos teje

con su hilo invisible.

Somos hijos del mismo mar,

criados por una misma tierra,

somos la obra gozosa de nuestros actos,

y el soplo silente de la misma canción.

Crecimiento

El viento sopla por mis labios,

mis brazos se extienden

como inabarcables ramas.

Ya no recuerdo

cuando era una triste sombra de dos patas,

cansado de llorar entre las sombras.

Ahora mi alma es imperturbable centro

del que brotan raíces hasta muy lejos,

hasta perderse en lo profundo del espacio.

Y las últimas hojas de mis ramas

sirven de cobijo a las estrellas.

Cantares de sombra y luz

«El que asciende a las más altas montañas se ríe de todas las tragedias:  de las del teatro y de las de la vida».

Friedrich W. Nietzsche.

Crepúsculo

El sol poniente muere, en la última hora de la tarde.

Desde el alto mirador, su brillo se remansa

junto a la fortaleza, despidiéndose.

Y mi vida puede irse con la suya,

serenamente, sin añoranzas,

ansiedades por lo venidero,

ni vanos pensamientos.

Mi alma se va meciendo,

con la luz dispersa y fantasmal

entre las nubes.

Regresan, el sol y ella,

a las tranquilas estancias del sueño y la muerte.

Para remontar mañana, como águilas,

a la majestad, la altura y la sencillez.

Aurora

Igual que nace el sol, con toda su tonante fuerza,

también amanezco yo, su hijo y legítimo heredero,

surcando los anchos ángulos de la mañana.

Respirando la libertad de ser,

de brotar a un nuevo día, un nuevo mundo

que sonríe a los fuertes que aceptan su danza.

Y los cerros, a lo lejos, lucen jóvenes como el sol,

pues mi mirada es también reluciente,

incontaminada aún por los baches y curvas,

por los saltos y golpes de la jornada.

Mis ojos saludan al cielo,

con un profundo “sí”, que afirma, celebra,

y acoge el sonoro grito de la vida.

Desierto y otros poemas

Fuente de las palabras

No soy yo quien crea,

es la vida la que nace

las palabras en mí.

Brotan claras de la idea,

de la fuente que riega

las semillas en el jardín.

La estrella verdadera

El sol sale cada mañana,

en las catacumbas de tu alma.

Es el único fin,

la única frontera,

esa antorcha que alumbra

dentro de ti,

la estrella verdadera,

el verdadero porvenir.

Desierto

Un desierto se extiende, luminoso,

ante los confines que la vista barre.

¿Dónde están sus lindes, sus fronteras?

Amanece en un pueblo ausente de sombras,

las nubes son como cánticos que se extinguieron,

el aire es seco, asfixia la soledad y el silencio.

Los árboles emigraron,

dejando campos de tierra esquilmada,

las piedras se derritieron,

como cadáveres milenarios.

Sólo hay tierra áspera

que mi mano esparce.

Ni un sólo arbusto, ni una sola brizna

de hierba estorba la amplitud del abandono.

Los genios se marcharon también,

se llevaron la música del viento

sobre la espalda de la tierra.

Se llevaron la gracia del sol,

nadando entre las cumbres 

de la amanecida.

Se llevaron el rayo, la chispa, el fuego.

Susurros del horizonte

se oyen dentro de mí,

poco a poco me voy haciendo

tierra y cielo calcinados.

Mi respirar es ya de polvo,

de resonancia de los siglos que faltan.

Aquí el reloj no mide, no avanza,

¿y qué iba a medir?

Ya nada pugna en mí,

soy horizonte sin marca.

Y entonces mi alma se expande, 

y el desierto nace en ella, 

con su infinidad de partículas de arena,

danzando bajo el azote del viento.

Mis ojos son el azul arrebol,

del cielo del desierto,

mis pies, los montes dorados por el sol,

y mis brazos son el aire viajero,

errante y descontento,

que jamás espera quieto.

Temperance

No más lamentos,

en la ilusión salina de la mañana,

no más silencio inflamado,

en el infierno de la madrugada.

Mirar el dolor sin dolerse de nada,

saludar la alegría sin pensarla,

encontrar el hilo secreto que une

las ideas contrarias.

DCF 1.0