HISTORIA GENERAL DE LAS DROGAS, ANTONIO ESCOHOTADO

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Decía aquella tragedia de Lorca: “a la muerte hay que mirarla cara a cara”. También a la vida. No porque decidamos dar la espalda a un problema tal problema desaparece.

Y eso es lo que hace la monumental obra de Escohotado (en general, no sólo este libro), mirar el tema de las drogas de frente, sin escapismos, ideas preconcebidas ni dogmas. Y lo primero que uno descubre al leer este libro excepcional es una idea que sirve también de colofón y resumen: a lo largo de la historia nunca hubo problemas con las sustancias, precisamente hasta que se prohibieron.

Por poner un ejemplo, en los últimos años de la dictadura franquista los opiáceos, en particular la heroína, no estaban prohibidos. Ni prohibidos ni legalizados, simplemente se usaban. Para fines sanitarios. Los únicos adictos a la heroína a principios de los setenta eran médicos, enfermeras y monjas dedicadas también a la asistencia de enfermos. Más que adictos podríamos decir habituados porque no tenían problemas con esa droga.

Otro tanto se puede decir de las anfetaminas. Mientras fueron legales en España iban a comprarlas a las farmacias sobre todo estudiantes con la intención de robarle horas al sueño para preparar sus exámenes. Justo en la misma época, en Estados Unidos, las anfetas eran ilegales. Y allí la juventud las consumía con un desenfreno suicida, no para estudiar sino para romper el tabú, acelerar el ritmo de la fiesta. Una fiesta sacrificial donde las víctimas propiciatorias eran “stoned immaculate” como decía la canción de Jim Morrison, es decir, colgados impecables.

Con el horizonte de la grisura de una sociedad burguesa satisfecha de sí misma, pacata, mojigata, la juventud yanqui se entregó al desafío de la autoridad como rito de paso; recuperación de los iniciáticos pasos perdidos en la niebla del misterio, allende las fronteras de lo sabido, hollado. Y por todo el mundo se extendió tal proceder, al mismo tiempo que se extendía la prohibición que, por supuesto, partió de Estados Unidos. Con su recién estrenado poder de superpotencia coaccionó a decenas de países para que declararan proscritas y diabólicas sustancias como el opio que hasta el romano más pobre tenía en su alacena para combatir la tos o el dolor de huesos.

Quizá resulte ilustrativo recordar que los paladines de la Cruzada antidrogas que partió, como hemos dicho, de Yanquilandia, fueron un abogado alcohólico y una asociación de beatas fundamentalistas e intransigentes con las formas ajenas de emplear el tiempo libre. En breve, personas con un miedo cerval a la profundidad de sus deseos. Que se creyeron con la autoridad moral suficiente como para proteger a los demás de sí mismos. Y esa actitud se corresponde con la que tuvieron sucesivos epígonos aquí y allá.

Ya en el siglo V AD Eurípides nos muestra en sus Bacantes como lo reprimido retorna con brío destructivo y terrible, en una obra freudiana avant la lettre. El dios del vino, Dionisos, (que representa al vino mismo, con su poder desinhibidor), es capturado, reprimido. Pero no resulta más que una ilusión engañosa para el ingenuo rey Penteo, pues no se puede reprimir ni disfrazar la naturaleza por mucho tiempo. Y el rey homicida, que quiere exterminar a las lujuriosas bacantes poseídas por Dionisos, acaba sufriendo su venganza. Cuántas muertes por sobredosis, envenenamiento, cuántos asesinatos, crímenes, habrá producido la Prohibición. Al Capone se hizo rico a costa de la Ley Seca, y los más actuales narcos latinoamericanos dejan en insignificante anécdota la actividad criminal del conocido mafioso y multiplican la fortuna que alcanzó este.

No hay soluciones fáciles para casi nada pero el conocimiento, la ilustración, la información liberan y disipan nublados. ¿Cómo sabré si puedo atreverme a usar esta droga o la otra, o directamente ninguna? Depende de cómo actúa cada una, de la dosis, pero, antes que cualquier otra cosa, depende de ti. De tu temperamento, neurosis o ausencia de ella, moderación o tendencia al desparrame… Conócete.

“Conócete a ti mismo”. Aquellas palabras grabadas en el templo de Apolo en Delfos no sólo son un eslogan o reclamo para mil mercachifles de la Nueva Era. También son un imperativo moral. Veamos la inscripción completa:

 

Te advierto, quien quiera que fueres; ¡Oh tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza! Que si no hayas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si ignoras las excelencias que hay en tu propia casa, cómo pretendes encontrar las de fuera. En ti se haya escondido el Tesoro de los Tesoros. Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses.

 

Se podría apostillar: “Si no te conoces a ti mismo tus demonios se harán fuertes en tu interior y te asaltarán”. Es posible y legítimo vivir sin drogas, sin aventura, sin conocimiento. Pero vivir sin saber quién es uno resulta un mal negocio.

La historia de las drogas es la historia del ser humano. De su amor y desamor por la naturaleza, que es como decir por sí mismo. La narración de sus afanes por saber, sus miedos, persecuciones del extraño otro…

 

[Felicitaciones a mi admirado maestro Antonio Escohotado por culminar su magna obra llamada Los enemigos del comercio. Vaya mi agradecimiento por su esfuerzo, perspicacia y lucidez. Llegó el tercer volumen que, lejos de ser un punto de llegada, es, o debería ser, un punto de arranque para investigaciones, estudios, debates, diálogos… Estamos necesitados de inteligencia activa.]

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EL HEREJE, MIGUEL DELIBES

 

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Supe de este libro poco después de que se publicara, en 1998. La profesora de filosofía en aquel último curso del bachillerato nos lo dio a elegir junto con Juliano el Apóstata, de Gore Vidal, y Juan de Mairena, de Machado; para realizar un trabajo de uno de los tres. En principio mis preferencias iban por los dos herejes, empezando por Juliano, pero la enorme tardanza de la librería en traer los ejemplares me decantó por el ensayo de Machado. La complejidad conceptual del libro (si lo comparamos con los otros, que son novelas) y el poco tiempo que dediqué al trabajo dio como fruto lo esperado: un churro.

El libro de Delibes me llegó a toro pasado, pero la buena opinión de él compartida por varios compañeros me llevó a comprarlo. Apenas hacía un año que me había confirmado en la fe cristiana, pero todo andaba revuelto en mi interior. Siempre me había hecho muchas preguntas más o menos profundas. Y desde que descubrí la filosofía, en primero de bachillerato, justo en ese curso, la ciencia, y en particular las teorías de Darwin, parecía extinguir, con su rutilante estela, toda necesidad de la fe, y la religión en general, para explicar por qué estamos aquí. O al menos así es como planteó el asunto el redomado ateo que era nuestro simpático y carismático profesor. En aquella época aún no sabía nada de Teilhard de Chardin. Y también estaban por llegar, antes de eso, mis inclinaciones deístas y mi humanismo cristiano agnóstico bastante influenciado por Feuerbach, Bloch…

A Cipriano Salcedo, protagonista de la novela, lo conoce el lector desde los prolegómenos de su difícil nacimiento, en el que muere la madre. Asistimos a sus primeros pasos en el Valladolid de principios del siglo XVI; a la triste infancia marcada por el rechazo del padre, el refugio en el amor de su vida, su nodriza Minervina. En medio de la dureza del mundo externo, a la intemperie, Cipriano va conectando con su fuerza, resistencia interna. Y la siente como nacida de la fuerza divina, del amor divino, al que siempre ofrendará su confianza, su fe. Llevándolo como candil interno cuya luz ilumina y reconforta. Así será hasta el final, hasta el terrible final.

Esa fuerza interna del protagonista se traduce en amor propio, tesón, frugalidad, espíritu emprendedor, laboriosidad… En un panorama patrio, los primeros años del Imperio, lleno a rebosar de sujetos que huyen de una forma u otra del trabajo, el afán de superación de Cipriano destaca, prospera. Con su afamado “zamarro” de lana, que se vende como rosquillas. Las cosas van bien.

Pero, como es sabido, hace falta más. Cuando las necesidades materiales están cubiertas otros apremios surgen, como bien mostró Maslow. Cada uno los aborda como puede o quiere. Y el exitoso comerciante textil, que siempre ha tenido una especial, y personal, relación con Dios echa de menos eso en su práctica religiosa. Más libertad, una renovación ética de la Iglesia… Soplan entonces los vientos de cambio del protestantismo. Que prometen precisamente, renovación, limpieza de corruptelas eclesiásticas… y una relación más estrecha y libre con las Escrituras y quien las inspiró. Además, el carácter trabajador y emprendedor de Cipriano encaja como un guante en la mentalidad protestante. Podría pasar como ciudadano de Roterdam, o Hamburgo, tanto como de Valladolid (sin prejuicio de que esta ciudad exultara de actividad comercial, y comerciantes). Y se une a la causa protestante con el afán de encauzar sus inquietudes espirituales.

La capital de Castilla lo será también del Imperio, erigiéndose en una de las principales del mismo desde los ángulos político, judicial y económico. No estamos hablando de cualquier cosa. Pero Valladolid, como el resto de España, es mal lugar para ser protestante porque el emperador no va a tolerar disenso religioso en sus territorios. De manera que a los conventículos afectos a ese movimiento, desde erasmistas a luteranos, les corre mal aire. No precisamente vientos de cambio sino de represión del hereje.

Cipriano, que es persona de bien, y no pretende atacar ni ofender a nadie sino tener el derecho a pensar y sentir como quiera, va a notar en la nuca el aliento de los cazadores de herejes. Hasta que el peor de los desenlaces se hace inevitable. Con pocos libros he llorado más que con este, con pocos libros he detestado más a la Iglesia, aunque la Iglesia la administran personas y las personas se equivocan. Con bastante frecuencia. Años más tarde hice las paces con la Santa Madre, pero ese es otro tema.

Pensando en la vida y final del protagonista narrados en la novela, en sus afanes, fuerza, dignidad… voy a terminar con un par de párrafos que escribí por aquí hablando de otro libro (Historia de dos ciudades). Autocitarse no es lo más elegante del mundo, pero creo que viene a cuento:

“Cuando la Historia se presenta con toda su potencia telúrica, y cambian los cimientos del mundo, como sucedió en la Revolución Francesa, las personas son poco más que hormiguitas barridas por el viento. Algunas de ellas se dejan llevar dóciles en su papel de víctima propiciatoria, o demonio ejecutor, convencidas de que nada pueden hacer contra la ferocidad de los acontecimientos.

Otras personas, pocas, saben también del peso de las circunstancias,  y de lo efímero y quizá inane de sus actos. Pero, amigos míos, esas personas aguantan de pie, cara a cara con el viento de la Historia, y defienden su despreciable y humilde vida, o la ajena, con el mismo empeño rutinario con que un obrero ficha para trabajar o un empresario vela por su negocio”.

EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM, HEINRICH BÖLL

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A veces la libertad de expresión se torna libertad de agresión.

La protagonista de esta novela de Heinrich Böll recibe un acoso intempestivo de la prensa sensacionalista. ¿Es Katharina famosa, una diva del cine, un rostro televisivo? No, es una persona común y corriente (como también lo son las divas) que trabaja, es seria, formal, y nada tiene que ver con escándalos, farándula, etc. En una fiesta de disfraces un tipo se cruza en su camino, o ella se cruza en el suyo, intiman. Y a la mañana siguiente recaen sobre el tipo acusaciones de diversos crímenes. La policía interroga a Katharina, la acusa de complicidad… Los periodistas ya tienen su noticia. Se ha abierto cantera, y para agrandar esa mina-noticia no hace falta dinamita sino falsedades, manipulaciones, difamaciones, que se van añadiendo sin escrúpulos.

La tranquila vida de esta silenciosa y ordenada muchacha cae bajo la lupa de la opinión pública. Y la imagen aumentada y grotesca le debe mucho a los esfuerzos por ensuciar, calumniar, y dibujar libremente la escena de cierto periodista. La tensión aumenta hasta que el periodista acaba como acaba, y Katharina culmina el destrozo que es su vida ingresando en prisión. Bonita historia.

La novela la publicó Böll allá por 1974, dos años después de recibir el Nobel. Cuarenta más tarde, el escritor alemán se horrorizaría al ver que esa destrucción potencial de la intimidad y el honor que anidaba en los medios de comunicación es hoy tan fácil. Tan fácil como escribir un tweet, o varios.

Pero quizá habría algo que lo inquietara aún más. Y es el entusiasmo con que entregamos nuestra intimidad (lo del honor lo dejo aparte, porque para mucha gente es una palabra pasada de moda). Desde aquel “apasionante experimento sociológico” que fue el programa televisivo Gran Hermano (que despertó la curiosidad infatigable del difunto Gustavo Bueno) parece como si las paredes de nuestras casas se hubieran desplomado. Dejando al descubierto nuestras vidas para deleite o rechazo de la concurrencia. Que regala o regatea pulgares hacia arriba igual que en el circo romano (si bien los romanos, cuando subían el pulgar indicaban lo contrario).

Por cosas de este tipo, esta mañana, mientras miraba la tapa de la novela y recordaba cuando la leí, hace ya varios años, me dio la impresión de que no ha pasado nada de moda. Su sombra incómoda se ha agigantado. Cabe esperar que las reacciones de la gente ante los ataques contra su intimidad y su honor (si creen tenerlo) no despierte la agresividad escondida (terrible, comprensible) de Katharina Blum.

 

CUADERNO AMARILLO, SALVADOR PÁNIKER

Cuaderno Amarillo

“[…] por la vía del asombro, lo sagrado vive” (Cuaderno Amarillo, página 12)

 

Desde la portada, nos observa el omniabarcante rostro de Pániker. Es oportuno que así sea, pues se trata de un libro de memorias, un diario que recoge pensamientos, sensaciones y atisbos suyos. Nos contempla su mirada profunda, un poco triste, quizá anhelante, capaz de ver más allá de las convenciones del lenguaje y los recovecos del ego.

Digamos de Salvador Pániker, para no caer en el consabido tópico que a continuación vendrá, que es melómano, filósofo escéptico, y místico. Ahora sí, consigno que es hijo de padre hindú y madre catalana, y espíritu cosmopolita, abierto. Es ingeniero, filósofo, editor (fundador de Kairós), y escritor, claro. Sin embargo, su arte de “mantenerse en pie”, como le gusta decir, consiste en desidentificarse de todas esas máscaras. Aunque para distanciarse de sí lo haga escribiendo, filosofando. Ante todo, aunque no figure en su currículum, es un místico. Pero su forma de ver la mística está muy lejos de la que tuvieran Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Rumi… o tal vez no.

Su mística no parte de la fe sino de llevar el pensamiento racional hasta su límite, allá donde pierde pie en el misterio de lo cotidiano. Su mística arranca de un denominador común observado en los buscadores de cada tradición: superar el ego. Se deja guiar en esto por la opinión de Jüng, sostenida también por el taoísmo, y comenta: “en la primera etapa de tu vida has de crearte un ego fuerte para que no se te cuele el vecino y, en la segunda mitad, has de deshacerte del ego y tender hacia el desapego”.

Si no hay un ego que se queje por su desaparición, por los problemas y sinsabores de la vida, todo es vida, incluso la muerte. Y en ese vacío sin forma que late en el silencio, después de escuchar a Bach, Chopin o Miles Davis, caben todos los sones, todas las vidas, todas las enrevesadas notas de esta extraña sinfonía que es el vivir.

Pero bueno, ya me he puesto trascendente antes de hora. No sólo aborda esas honduras Pániker en su diario. Como tal diario, recoge infinidad de pormenores, como vida social, música escuchada en un momento dado (los compositores antes mencionados figuran en la nómina). Por las páginas del libro se bate en retirada un amor que se va, y se va formando, ante el cómplice lector, una nueva relación que surge con otra mujer, con las iniciales J X (mujer misteriosa para el lector, y también para Pániker, por diferentes razones). Un amor tan sincopado, mágico, improbable, trascendente, como la música del filósofo, y su propia escritura, aún a despecho suyo (en lo de trascendente y mágica). Asistimos también al dolor del escritor por la vida de su hija que se marchita.

Y van surgiendo, en abigarrada red, en resonancias insospechadas, miles de reflexiones de lúcida agudeza sobre religión, literatura, filosofía, política, ciencia… Todo tocado con el velo precario y, a la larga polvoriento, del instante (¿qué tiene que ver con nosotros ahora el 24 de marzo de 1993?). Pero el aprendizaje que se obtiene, la lucidez que emite cada frase, no ha perdido ni un ápice de vigencia. No porque sea intemporal (palabra tan usada en las reseñas de música de los suplementos culturales), sino precisamente por ser, cada reflexión, comentario, vivencia, muy temporal. Tan temporal que sirve para cualquier tiempo. Por ejemplo:

“Proclamo aquí que el tono y el timbre de las campañas electorales exceden a mi capacidad de aguante; más exactamente, me producen náusea. Yo propondría que la gente votase al candidato que menos insulte al adversario. La sociedad está harta de tanta demagogia […]”. Página 81.

Yo también propondría tan digna recomendación, lo que ocurre es que sería vana. Todos los candidatos insultan. Todos los políticos (o casi) mienten, olvidémonos de ellos.

En un mismo párrafo, con la soltura de lo que él llama “mi dispersión mental”, nos habla de micropartículas de la física, mística, economía, o teoría de la información. Al fin y al cabo, distintas danzas y reflejos en el agua de una misma realidad de millones de caras, facetas, impulsos, y sentidos. Los sentidos que nosotros ponemos con nuestra mirada a la hora de mirar.

Y todas estas reflexiones atravesadas por su más feliz hallazgo filosófico: el concepto de lo retroprogresivo. El pensador catalán descree de un progreso lineal, desarraigado, hipertrofiado. Propone que miremos al futuro, a los novísimos avances de la ciencia y la técnica. Y, sin despegarnos de ese continuo avance, volvamos los ojos, también, al Origen. Entendido éste como el fondo misterioso, inasible, finalmente incomprensible, del que surgen todas las cosas. Lo “místico”, si se quiere. “Que el mundo exista”, decía Wittgenstein, “eso es lo místico”. Y Pániker firma su aserto letra por letra.

Las religiones, en cambio, no son de su agrado (si acaso el budismo, por su menor dependencia de dogmas). Es conocida su larga militancia en favor de la eutanasia. Que con su llamada a la experiencia interior más que a la fe, constituyen sus dos clásicos dardos al cristianismo. No obstante, se considera cercano a la figura de Jesucristo como dios sufriente, dios humano que sufre con nosotros. Encaja en su visión de la divinidad como trascendencia inmanente; divinidad inventada del fugaz, irrecuperable, luminoso y cruel, momento presente. Lo único real para él:

“[…] me siento particularmente a gusto con el género diario porque así levanto acta de lo único que, en mí, roza lo real: el momento presente” (página 78).

Una vez más, volvemos a la superación del ego. Si uno no se identifica con su ego, con nombre y apellidos, dni, historia personal, sino con algo que lo supera (Dios, naturaleza, universo, vida…) la angustia por la muerte desaparece. Si no hay nadie por ella incumbido, deja de incumbir. Claro está. Si uno se limita a vivir el instante, el ahora (siempre es ahora), se esfuma la trampa de los miedos, las vanidades, las máscaras ante los demás y uno mismo… Y el último momento me atrapa, como decían los versos de Machado, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. El último momento, que es el primero, es decir, este mismo. Cualquier presente es un iniciarse y una despedida. Termino con otro párrafo del libro:

“Cuando vayas a contar/glosar alguna cosa, algún suceso, no trates de ser objetivo ni lineal; lo eficaz, el mejor camino, es plegar el tema a tu mood, a tus recursos, a tu psique, a tu aire, no a la inversa”. (Página 307).

Es lo que trato de hacer por estos caminos cibernéticos, maestro. Convencido de que uno no puede ser más que subjetivo, aun valorando el esfuerzo de quien trata de acercarse a la objetividad. También yo lo intento, a veces.

EL LOBO ESTEPARIO, HERMANN HESSE

 

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El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría.

William Blake

 

 

Después de un largo, largo, receso volvemos a este sitio, que no estaba abandonado aunque lo pareciera. Vivencias y aprendizajes muy importantes me han restado tiempo para escribir por aquí. Y regreso con uno de mis escritores favoritos, Hermann Hesse, el novelista de los laberintos y galerías del alma.

La frase que encabeza esta entrada podría combinarse, para ponernos en antecedentes, con una del propio Hesse:

“He sido un hombre que busca y aún lo sigo siendo, pero ya no busco en las estrellas y en los libros, sino en las enseñanzas de mi sangre”.

Por supuesto,  el escritor alemán plasmó esa búsqueda ajena a los libros en sus libros. El lobo estepario es una especie de extraño manual de filosofía, a condición de que entendamos filosofía como un sumergirse consciente en el “peligro”.

Para comprender que quiero decir con “peligro” retomamos la frase de Blake y la de nuestro autor. El reto, el peligro, para Harry Haller, el protagonista de esta novela, consiste en salir del confortable refugio mental de la sociedad burguesa y explorar en las fronteras de lo inverosímil dinamitando cualquier seguridad. Un hundimiento en el abismo de la gran pregunta, “quién soy”, y una exposición trepidante a las salvajes miradas de la gente libre. En esa tesitura Harry  conocerá a Armanda*, mujer andrógina, ambigua, enigmática, fascinante y más viva que cualquier otra criatura sobre la tierra. Un ángel pícaro y danzante que parece surgido de uno de esos cabarets decadentes de la República de Weimar,  o de los sagrados tugurios de jazz de Chicago en los años 20. Esa mujer lo sacará de su enfermizo aislamiento de huraño lobo estepario.

Esta novela fue convertida en objeto de culto por los hippies por sus pasajes iniciáticos entre el sueño, la pesadilla y la revelación. Lo cual vibraba con la compulsiva navegación por los estados modificados de consciencia a lomos de drogas varias en los años de la psicodelia. Esa reverencia queda clara en el propio nombre de la banda Steppenwolf (el título original en alemán del libro que nos ocupa). Banda que nos dejó aquel  “Born to be wild” tantas veces versionado.

 

El antro en que discurrían las dionisíacas aventuras de Harry, Armanda y demás troupe de noctámbulos dejaba claro desde el principio que no era apto para todos los públicos. Sólo para locos, rezaba a la entrada.

Ya lo sabe quien se anime a pasar las páginas de El lobo estepario, avisado está.

 

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Concluyo con algunas de las muchas reflexiones que pueden leerse en esta obra:

 

“La mayor parte de los hombres no quieren nadar antes de saber ¿no es esto espiritual? y no quieren nadar, naturalmente! Han nacido para la tierra, no para el agua y, naturalmente, no quieren pensar, como que han sido creados para la vida no para pensar. Claro y el que piensa, el que hace del pensar lo principal ese podrá acaso llegar muy lejos en esto, pero ese precisamente ha confundido el agua con la tierra, y tarde o temprano se ahogara.”

 

“El hombre no es de ninguna manera un ser firme y duradero, es más bien un ensayo y una transición, no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo”.

 

“Y aunque yo fuera una bestia descarriada, incapaz de comprender al mundo que la rodea, no dejaba de haber un sentido en mi vida insensata, algo dentro de mí respondía, era receptor de llamadas de lejanos mundos superiores, en mi cerebro se habían animado mil imágenes.”

 

“Soledad es igual que independencia,la había deseado y conquistado en el transcurso de largos años. Resultaba fría, ¡oh sí!, pero también quieta, maravillosamente quieta y grande como el espacio frío y silencioso en el que giran las estrellas”.

 

“No tenía objetivo esta risa, no era más que luz y claridad; era lo que queda cuando un hombre verdadero ha atravesado los sufrimientos, los vicios, los errores, las pasiones y las equivocaciones del género humano y penetra en lo eterno, en el espacio universal”.

 

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*En el original es “Hermine”. Algunas traducciones al castellano, entre ellas la que leí hace años (Editores Mexicanos Unidos), la llaman “Armanda”.

LA VIDA, LAS MORADAS, SANTA TERESA DE JESÚS

 

Vida y moradas

Quien se hace místico […] no parece estar enteramente conformado; es como si le faltase una parte de sí mismo, algo que no le permite asentarse en ninguna cosa. La atención va dirigida hacia algo no coincidente jamás con lo que ante sí tiene, y su amor está prendido de eso que le alumbra.

MARÍA ZAMBRANO

 

Quien se hace místico no está conforme con lo que sabe de la vida, con lo que le dicen que es la vida. Un místico es un revolucionario de sí mismo cuya vía, meta y norte es el Amor.

Y no está del todo “formado” (con-formado), como persona integral. Así que busca y busca para completarse, para ser con plenitud.

Los tiempos actuales, tan relativistas, tienen una imagen de la santa a la última moda: como feminista (lo fue, pero no sólo eso) y no sé qué más. Hay un artículo que la define como una “rockstar” de la época, alguien que levantaba pasiones, adhesiones y odios (y no es que sea mentira). Se arrincona o deforma su mística en las películas, series, etc. Cuando es lo más importante.

El relativismo es un tipo de condimento indigesto si se usan dosis más altas de lo ínfimo. En realidad, el relativismo no nos dice nada. Porque si se toma a la tremenda se convierte en un chiste grotesco, lo relativo elevándose a absoluto. ¿Cómo?

Y si se mantiene en sus límites, no deja de decirnos algo muy de andar por casa, que no seamos extremistas. También dice que no existen verdades firmes e inamovibles o eternas, como Dios. Pero qué sabrá lo relativo de lo firme.

Teresa de Ávila fue una mística. ¿Y qué es eso? En el concepto de mística caben tantas cosas, tantas corrientes, tendencias, credos, que cualquiera se aclara. Comenta Salvador Pániker (en Cuaderno Amarillo) que alguien le preguntó a Buda: “¿qué clase de persona eres? ¿Eres un dios? No. ¿Un ángel? No. ¿Un santo? No. ¿Qué eres entonces? Y Siddhartha respondió: soy un hombre que está despierto”.

Despierto al misterio de la vida, a las profundidades de la inteligencia que rige todas las cosas. Teresa de Ávila también estaba despierta a ese misterio de bondad y alegría siempre nueva. Y además fue, es, una santa. Un santo es un cristal transparente; limpio, sin mancha. Tan vacío de cualquier color propio que la luz lo atraviesa libremente. Y ya no es sino luz.

Un santo sacrifica su egoísmo en el altar de la compasión. Y sus actos, dichos, aun a pesar suyo, hablan de la gracia perfecta del origen. Hasta cuando se equivocan y les puede su ramalazo humano. Al lector de estos escritos le enfadará, a lo mejor, las constantes confesiones de pecadora que hace la santa. Porque uno puede decir, ¿qué pecados podía tener esta buena mujer? Persona que no tomó nada de lo ajeno ni hirió a sus semejantes. Si no fue que hirió orgullos, empezando por el propio. Cosa que hallará a los ojos de Dios más de agradable que de punible.

Esta Vida de Santa Teresa, este Castillo Interior, o Moradas, son guías para el viajero de las sendas escondidas, de los caminos del bosque interno. El psicólogo Manuel Almendro ha visto con sagacidad que estos escritos guardan un asombroso parecido con las tradiciones chamánicas, son guías del otro mundo inserto en este, aquí y ahora. La mística, como la química, es universal, la misma en esencia en todas las culturas, religiones; en todos los países y épocas. No hay una química alemana y otra inglesa, tampoco hay una mística alemana o inglesa en lo esencial. Pero la santa de Ávila era cristiana, y eso no es un accidente. Para alguien que mira la vida con los ojos despiertos de la fe en Cristo, nada es accidental. Y menos su propia fe.

Y esa fe es la fortaleza, la guía que falta a tantos buscadores atolondrados por los senderos del espíritu. Pensando que una sustancia o una técnica da la iluminación por sí sola. La sustancia o la técnica sólo es un instrumento, malo o bueno. La fe, como un faro, alumbra el trabajoso camino que se vuelve desesperación en la noche oscura del alma. Por eso esta sabia escritora y religiosa no aconseja a nadie internarse en ese camino sin protección divina.

Dice una canción sufí:

Si hubiera sabido lo doloroso que es el Amor,

me habría quedado a las puertas del Sendero

del Amor;

Hubiese proclamado a golpe de tambor:

¡Alejaos, alejaos!

No es un camino público, sólo hay una entrada;

una vez dentro soy impotente, aquí me quedo.

Pero vosotros que estáis fuera, ¡cuidado!

Pensad antes de entrar lo doloroso que es,

¡tanto dolor, andar el Sendero del Amor!”

Los místicos saben que es bien cierto. Y los demás ríen o se extrañan ante tales palabras. Hablábamos antes de mística y de química. Para saber química es necesario aprender los símbolos de los elementos con sus valencias, fórmulas y cosas por el estilo. Para saber mística… Quién sabe. Quien sabe, quien la saborea, lo sabe.

La santa insiste mucho en la necesidad de la oración. Y utiliza una bella imagen en sus explicaciones: el orante, su alma, es un huerto que hay que regar con la oración para regalarle a Dios los frutos, dones, que nazcan de ello.

Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras: sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo; con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua; de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano; con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho.” (Libro Vida, Capitulo 11, 6)”.

Quiérese decir que la oración es más provechosa y profunda cuanto más queda a la voluntad divina.

Para Asín Palacios Teresa de Ávila y Juan de la Cruz recibieron una inequívoca influencia sufí. También hay autores que sugieren el influjo de la Cábala, aduciendo al origen judeo-converso de santa Teresa.

El río de una vida humana va recogiendo aguas diversas de los afluentes que encuentra en su camino. Pero el río no nace en cada afluente, tiene su nacimiento en otra parte anterior. Los santos de Ávila son, antes que nada, cristianos que buscan una vía profunda para adentrarse en el Amado, y en esa búsqueda, quizá, les sirvió de inspiración la música del taçawuuf y brilló en su sendero el Árbol de los sefirots.

Pero, en última instancia, el origen de todos los ríos es la lluvia caída del cielo. Y van a encontrarse en el mar, que acoge todas las aguas.

Teresa de Jesús

 

SOMBRAS Y RELÁMPAGOS

 

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Dice Ramón Eder que “un buen aforismo es un relámpago en las tinieblas”. Es posible, también puede ser una sombra en la claridad del día. Y muchas más cosas, supongo. Aquí vienen unos cuantos.

 

 

La confianza que se tiene en uno mismo engendra la mayor parte de la que se pone en los demás.

La Rochefoucauld

 

 

¡Soledad qué superpoblada estás!

 

Donde todos cantan a coro, la letra no importa.

 

Todos quieren nuestro bien. ¡No dejéis que os lo quiten!

Stanislaw Jerzy Lec

 

 

El fin justifica los miedos.

 

El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.

 

Hay que conseguir que el dolor produzca una perla.

Ramón Eder

 

 

El que no se posee a sí mismo es extremadamente pobre.

Ramón Llull

 

 

La moda es la pugna entre el instinto natural de vestirse y el instinto natural de desnudarse.

 

Estimo mucho a las personas que conozco. De aquí que no trate de conocer a nadie.

Pitigrilli

 

 

He cuidado atentamente de no burlarme de las acciones humanas, no deplorarlas, ni detestarlas, sino entenderlas.

Spinoza

 

 

 

Los hombres nacen iguales. Al día siguiente, no lo son.

 

 

Las personas que quieren seguir reglas me divierten, puesto que en la vida únicamente existe la excepción.

Jules Renard

 

sombra