Viaje a Ixtlán, Carlos Castaneda

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Este es mi libro favorito de entre aquellos que narran las aventuras del aprendiz de brujo bajo la supervisión de don Juan. Es una máquina de romper suposiciones, es pura filosofía existencial, escéptica, cínica, y, en el límite, mística. Entre las suposiciones que rompe está la de que es imprescindible tomar sustancias para abrirse a otras panorámicas mentales, pero va mucho más allá. El viejo zorro de Don Juan juega a su antojo con el ingenuo antropólogo listillo y etnocéntrico, (acaso un trasunto de todos los occidentales listillos y etnocéntricos). Y con el lector.

Es un breve libro que contiene pasajes de gran sutileza. No hay muchos libros así, sobre todo en el supermercado de la deleznable Nueva Era, donde las cosas acostumbran a ser tan coloridas, naíf, y apartadas del latido abrupto y acre de la vida real. Resulta paradójico decir esto porque esta lectura lo puede sumergir a uno muy fácilmente en una ensoñación que le haga pensar que cada hecho, cada partícula del mundo es mágica. Lo cual, por supuesto, es cierto, pero no de la manera que nos montamos cada uno en la cabeza. Y esa es la clave. Saber de una vez por todas que el mundo no tiene mucho que ver (solo lo justo para ir tirando) con lo que tenemos en la cabeza. Como dijo Heráclito, los que duermen viven cada uno en un mundo diferente; para los despiertos no hay más que un solo mundo.

No tiene importancia que existan o no los diversos niveles de realidad de los que habla Don Juan en varias partes de la saga (el inframundo, el más allá de los dioses y arquetipos, etc.). Pues, si tienen algún fundamento, son tan ilusorios como la realidad que recorremos al levantarnos de la cama. Y sin embargo… Y sin embargo, a pesar de lo ilusorio del mundo, nos duele la espinilla cuando, estúpidamente, nos la golpeamos con la pata de una mesa; nos duelen ciertas despedidas; nos duele lo que nos hacemos a nosotros mismos, lo que hacemos a otros, y lo que nos hacen (cosas de las que solemos ser responsables en cierto modo). El dolor, como emisario de la muerte, nos recuerda que no somos nada (esa frase tan socorrida para los entierros). Aunque nos da la posibilidad de ser grandes en nuestra pequeñez acompañando a los otros en el dolor (y en la alegría), o dejando que nos acompañen. En esa mística convivencia resuenan de nuevo los clarines de la unidad.

Viaje a Ixtlán nos recuerda constantemente que el cuento se acaba. El cuento de nuestra vida. Y en eso se diferencia también de esos cientos de miles de lecturas edulcoradas. Quien quiera saber, quien quiera ver (como lo entiende don Juan) ha de contar con su total e invariable desaparición en cualquier momento. Para acceder a la eternidad (la eternidad es el ahora, no conozco otra) es preciso absorber, aceptar sin condiciones, lo efímero de todo lo que nos rodea… Y de uno mismo.

Las locas y desconcertantes palabras de Don Juan nos enseñan que la realidad aparente es ilusoria, nos ayudan a ver el engaño, la trampa que es el mundo: lo que vemos, lo que pensamos, no es lo real. Sin embargo, una vez descubierto el trampantojo, la tela de araña antes invisible, debemos volver a engañarnos para poder habitar el mundo, para ser funcionales en él. Las artimañas del viejo indio son idénticas en el fondo a los koan del zen, o a las alambicadas afirmaciones que hace la Diosa a Parménides en su célebre poema. Todo eso sirve para romper la cáscara de nuestros pensamientos, presos de una lógica demasiado rígida sobre qué debe ser y no ser lo real. Esa ruptura nos devuelve la ligereza, la fluidez, nos hermana con el viento y con la corriente de los ríos, con los rayos, con la niebla, con el poder que yace en la oscuridad de la noche…

Nos devuelve al mundo de los alquimistas, magos y teúrgos del Renacimiento que echaron a perder las engañosas luces de la Ilustración, tan satisfechas de sí mismas. Nos devuelve a un mundo fronterizo, ni puramente material ni inmaterial, ni verdadero ni falso, “daimónico”, en palabras de Patrick Harpur. Nos devuelve la “doble visión” de la que hablaba Blake. Lo que tengo enfrente no es una montaña, ni un gigante que me mira airado. Es una montaña y un gigante que me mira airado. ¿Una imaginación, un sentimiento, son química cerebral o cosas inmateriales? Son las dos cosas a la vez y mucho más que eso. El mundo trasciende la separación, no está compuesto de piezas separadas de aspectos que nada tienen que ver entre sí como fabulara Descartes: el cuerpo tiene algo de alma, el alma algo de corpóreo; lo visible tiene algo profundamente misterioso, y lo misterioso e invisible tiene algo de tangible también. ¿Dónde está la frontera entre ambos? No hay frontera. O todo es frontera.

Gorgias, el antiguo sofista, era experto en hilar discursos que atrapaban a sus oyentes en redes inextricables. Todo un mago de la palabra y la persuasión. Sabía que la única forma que tiene un maestro de enseñar de verdad es engañando, engatusando, a sus alumnos. Porque si trata de enseñar de forma directa fracasa. Esa conducta de engaño, de trampa, está destinada a romper las defensas, las barreras del ego, y entrar por una puerta lateral. Atentos a este pasaje del libro de Castaneda:

-¿Es verdad todo esto, don Juan?

-Responder sí o no a tu pregunta es hacer. Pero como estás aprendiendo a no-hacer, debo decirte que en realidad no importa que todo esto sea verdad o no. Aquí es donde el guerrero tiene un punto de ventaja sobre el hombre común. Al hombre común le importa que las cosas sean verdad o mentira; al guerrero no. El hombre común procede de un modo específico con las cosas que sabe ciertas, y de modo distinto con las cosas que sabe no son ciertas. Si se dice que las cosas son ciertas, él actúa y cree en lo que hace. Pero si se dice que las cosas no son ciertas, no le importa actuar o no cree en lo que hace. En cambio, un guerrero actúa en ambos casos. Si le dicen que las cosas son ciertas, actúa por hacer. Si le dicen que no son ciertas, actúa de todos modos, por nohacer. ¿Ves lo que quiero decir?

-No, no veo para nada a qué se refiere usted -dije.

Después de muchos años, he vuelto a leer el libro. Y al final, al apagarse los últimos párrafos, como se apagaba también el sol en el horizonte, tomo consciencia de que, igual que puede ocurrirle a Carlos, todo un mundo ha quedado atrás para mí de forma irremediable. Y nunca he hecho nada extraordinario en mi vida (ni he no-hecho nada extraordinario tampoco). Sin embargo, la sensación de que nada será ya como fue antaño es innegable. No me siento ilustrado, ni sabio, ni hombre de conocimiento, de hecho sigo siendo tan ignorante como lo era cuando leí el libro la primera vez. Solo es que me estoy haciendo viejo. Y los caminos del mundo acostumbrado, que parecían tan familiares, adquieren sombras y brillos insospechados, que hacen irrecuperables los de antaño.

La mula, Juan Eslava Galán

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Bajan revueltas las aguas bajo el puente de las Españas. Entre otras cosas, con el traslado de los restos de quien fuera Jefe del Estado desde su megalómano mausoleo faraónico hasta un lugar más discreto. No paran los contertulios, profesionales o improvisados, aquí y allá, discutiendo sobre la incivil Guerra, quiénes fueron los buenos, quiénes los malos, qué bando cometió más crímenes… Y ha sido inevitable acordarme de esta simpática y entrañable historia de mi paisano jaenero. Voces como la suya, teñida de escepticismo, lucidez, y calor humano, se echan de menos. No parecen buenos tiempos, aunque los hubo mucho peores.

Nunca me cayó bien la figura del general de Ferrol. Eso de que uno mande y todo el mundo a callar… no termina de conquistarme. Fui un niño bueno que acataba las órdenes sin rechistar, pero siempre he tenido otra parte de mí bastante refractaria a ello, a acatar el mando, y una tozuda (y a veces insufrible) manía de hacer las cosas a mi manera. Cada cual es como es. Sin embargo, me hacen mucha gracia ciertas poses. ¿Sabe ya Pedro Sánchez que no es el actor de un telefilme de esos que ponen a la hora de la siesta? ¿Qué hubiera hecho este admirable paladín de la libertad cuando el primero de abril del 39? ¿Acaso se habría encarado con el convoy donde viajara el Generalísimo, puño izquierdo en alto, y hubiera dado vítores a la República? Quizá, es un hombre valiente (o así se muestra). Aunque puede que, más bien, hubiera alzado el brazo derecho en saludo fascista. Como hizo entonces todo quisque, de mejor o peor gana.

Siempre sentí cierta incomodidad pensando en cómo reposaba el dictador el sueño de la eternidad en semejante lugar diseñado como culto a su persona. Aunque aminorara esa incomodidad pensar que apenas un puñado muy pequeño de nostálgicos se acercaban allí con tal fin.

Franco, o su régimen, hizo algunas cosas bien. No debería ser una sorpresa porque estuvo casi cuarenta años gobernando España. Sin embargo, los logros que obtuviera no pueden enjabelgar las oscuridades que sembró. Leyendo el libro sobre la Guerra Civil que escribió también Juan Eslava tomé conciencia de que, probablemente, Franco alargó la guerra para ir afianzándose en el poder, sin importarle cuántos murieran mientras tanto. Tampoco hizo mucho por la reconciliación nacional tras la contienda, más bien lo contrario. Desató una represión vergonzosa, e instituyó una sociedad con ciudadanos de primera y segunda clase. Fueron los españoles quienes decidieron olvidar, seguir adelante, convivir con sus vecinos, construir otra casa en el solar patrio. Como siempre. Una y otra vez, a lo largo de nuestra historia, el pueblo español ha ido reconstruyendo su vida tras el huracán que el iluminado de turno hubiera desatado. Así seguirá siendo, espero.

El caso es que ciertas cosas tienen que hacerse con arte, o no hacerse. Sánchez, por un puñado de votos, ha conseguido de una tacada: enfadar a derecha e izquierda, enemistar a unos españoles con otros, y, por si fuera poco, reavivar el interés por el dictador finado, concederle una segunda vida. Pues ya dijo Manrique aquello de la vida de la fama, que continuamos viviendo cuando, después de morir, nos siguen recordando.

Dice un tahúr del periodismo musical que en el rock actual falta melodía y armonía. No solo pasa en el rock. Pensando en esto me acordé de la mula que el padre de Juan Eslava cuidaba con mimo cuando estaba en el frente. Con los mimbres de esas vivencias tejió el escritor una lupa con la que ver más de cerca aquel viejo y desgraciado certamen de muerte y odio. Al observar las cosas así, más de cerca, el azul y el rojo se difuminan, ya solo se ven personas, cada uno con lo suyo. El padre de Juan, trasunto de Castro, el protagonista de la novela, era de familia pobre pero bien avenida con los señores de los que eran caseros. Lo llamaron a filas con el bando republicano pero se cambió al nacional. Aunque la guerra no le interesaba ni le entusiasmaban los ideales que a otros encendían. Lo único que le motivó en su día a día de soldado fue poder quedarse después de la guerra con aquella mula que encontró perdida y famélica, a la que alimentó y soñó con llevar al pueblo para que le ayudara en sus faenas. Como él, miles de soldados se vieron obligados a combatir por el peso de las circunstancias, los alistaron y tuvieron que luchar contra sus paisanos.

Pero en aquel despropósito de balas, crímenes, venganzas, sangre y fuego, no todos los hilos del sentimiento humano se cortaron. Y así asistimos, entre divertidos y asombrados, a una escena en la que soldados de los dos bandos, cuando hay pocos tiros, se encuentran en cierto lugar neutral. A los rojos, que tienen papel de liar de sobra, les falta tabaco, a los fascistas, que sí tienen tabaco, les falta papel, así que se apresuran a intercambiarlos.  Antes que soldados son fumadores. Y antes que fumadores, personas. Además de intercambiar los artículos para fumar también cambian palabras, noticias, se preguntan por la familia… En esa escena digna de Berlanga, Castro, el mulero de los nacionales, se encuentra con su amigo del alma, el Churri, el anarquista, del que se había distanciado. Se dan un abrazo, emocionados. Y dicen cosas, que, quizá, merece la pena recordar. Con algunas de esas palabras me despido de ustedes por hoy:

“—No sabes la alegría que me llevé ayer al saber que estabas vivo. Con esta mierda de guerra…

—Yo también me alegré por ti. Digo, mira Juanillo, al joío lo bien que le va con los mulos, que es lo suyo, aunque sean fascistas, ¡qué coño!

—¡Los mulos qué van a ser fascistas! —protesta Castro riendo—. Ni rojos ni fascistas. Más conocimiento tienen que nosotros”.

Plenilunio, Antonio Muñoz Molina

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No me gusta el género policíaco. Ni en general las novelas sobre asesinatos, psicópatas, la novela negra… Probablemente si no me hubieran regalado el libro que da título a esta entrada no lo hubiera leído.

Sin embargo, la más negra y desagradable oscuridad está ahí, es innegable, y que decidamos o no mirarla de frente es lo de menos. En este competente artefacto literario (lo cual no es dicho como desdoro sino lo contrario) de Muñoz Molina siempre está resonando ese eco. La necesidad de mirar, frente a la incredulidad, frente al cansancio, el mal que por terrible no es menos vulgar y corriente. El mal se levanta todos los días, a una hora u otra, se ducha, desayuna, a veces trabaja, piensa, duda, siente impulsos más o menos difíciles de frenar… No hay, eso creo, nada semejante a “el mal”, sino una multitud de males más o menos soportables. El Bien es unidad (así lo mostró Platón, que lo heredó de Pitágoras), lo uno, bello y bueno, frente a lo que disgrega, lo diabólico (de “diabolos”, “que separa”).

La sociedad es una peculiar colmena que, en general, funciona. Por alguna extraña razón la mayor parte de la gente es pacífica, se limita a hacer su vida, cuidar de su familia, trabajar, o intentarlo, y dejar el mundo correr. Los muchos crímenes que vemos en los telediarios no pueden descarrilar el tren comunitario en el que vamos subidos día tras día: “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Y sin embargo, cualquier mal, minúsculo u ominoso, es irreparable. Desde el trauma de un niño ante el ladrido ensordecedor de un perro que parece salido del infierno, hasta el asesinato de un niño, una niña, quizá su violación. No hay lágrimas que puedan lavar esas huellas. El estúpido asesino de esta historia, como todos los demás, quizá no sepa, (de un modo moral, mental, y acaso espiritual) de la irreversibilidad de ese mal que provoca con su egoísta, salvaje y obstinada conducta de cazador. ¿O quizá sí?  Hay cosas que quizá sea mejor no saber. Todos los días se cometen atrocidades que no podemos ni imaginar, y la ignorancia, aparte del entusiasta denuedo de los informativos por disiparla, se extiende como un piadoso velo que facilita la vida, permite que el tren siga en marcha.

Pero lo más terrible del mal no es que uno lo observe como un espectador entre sorprendido, escandalizado y dolorido. Lo que de verdad inquieta es cuando el protagonista de una película de zombis, a la antigua, después de trancar bien las puertas por dentro, se sienta, observa sus sensaciones, y descubre que está infectado, que es él, o ella, la amenaza para los suyos. Para sus familiares o amigos que charlan amigablemente en la otra sala, y se creen a salvo por fin. Es cuando descubres que tú mismo eres el enemigo.

El mal, volvemos a decir que, más bien, los males, es un jardín umbrío, la sombra del glorioso Bien de Platón. Allí residen, enterrados, cadáveres, sensaciones horribles, malas ideas, peores sentimientos. Y, como ocurre con todos los vertederos, también algunas cosas útiles o salvables. La más importante de todas, es que la atención, la observación atenta de todo ese detritus resulta indispensable para extender un día las alas, tanto tiempo entumecidas por la falta de uso, y volar. Otra vez.

Narciso y Goldmundo, Hermann Hesse

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Alguna vez he hablado por aquí de esta curiosa historia que debemos al inquieto ingenio de Hermann Hesse (quien inspiró a los hippies con su Lobo estepario, Demian, Siddharta…). Le interesaban los símbolos, los arquetipos, la conciliación de los opuestos. Y eso tenemos aquí. Narciso y Goldmundo son las dos caras que se miran formando una copa, en la conocida figura de la Gestalt. Resultado de imagen de la copa de rubin

Son muy diferentes, tan diferentes que componen las dos mitades de un mismo ser, el que alienta en cada uno de nosotros.

James Hillman decía, y Patrick Harpur lo glosa con elocuencia, que cada uno de nosotros representa sin darse cuenta a un dios de la Antigua Grecia. Y vamos tejiendo con nuestros semejantes una trama, una obra teatral, en la que cada actuación refuerza de algún modo a las demás. Así, no es extraño ver como un Apolo perfeccionista, puro y luminoso (en apariencia), racional, sabelotodo, sermoneador, tiene un hermano que es un Hermes que se escabulle entre bastidores tras birlarle una de sus camisas preferidas. El hermano Hermes resulta menos estirado, es más caótico, pero también más sincero… Aunque vaya usted a saber. El caso es que cuanto más se empeña uno de los dos en forzar su papel y estirarlo hasta el pastiche (hasta la caricatura) más se apega el otro al suyo. Sabemos, sin embargo, que Apolo y Hermes, pese a sus muchas diferencias, compartían mucho: ambos eran patronos de la música, la curación, lo iniciático… No está mal. Las mujeres serían regidas por diferentes diosas también, Jean Shinoda Bolen escribió un estupendo libro al respecto, Las diosas de cada mujer.

Narciso y Goldmundo, por caminos diferentes, buscan los dos el pulso más recóndito de la vida, cada cual a su manera. Es preciso esforzarse, perseverar en la búsqueda. Narciso, recluido en su monasterio y alejado de la vida exterior, mientras su antiguo compañero desgasta los zapatos por esos caminos de Dios, buscando los deleites más carnales del amor. Viendo en esos amores terrenales el brillo inextinguible de un fuego que se resiste a ser hallado. Narciso se afana en aplacar otro fuego menos etéreo (el de las pasiones), y se concentra en la oración y la ascesis para bruñir el metal del alma y que su tañido alcance octavas cada vez más altas. La música de las esferas, que siempre acoge a quien la busca en el silencio.

No hay un camino mejor que otro. El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría, dijo Blake; también lo contrario es cierto. Cualquier ruta, si se prolonga lo bastante, llega al infinito. El salto al más allá es en realidad un salto que nos sumerge en el presente. Cuando el pasado y el futuro, por fin, se apagan.

El jardinero. Los pájaros perdidos. R. Tagore.

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Dejó todo para cuidar el jardín de su reina. Cuando ella le decía “Sí, poeta; tu cabello se hace cano. Que en tu meditación puedas oír los mensajes del más allá”, contestaba él:

“No. Vigilo si alguien, aunque sea tarde, me llama de la aldea. Quizá dos jóvenes corazones ardientes se encuentran y cuatro ojos quieren música que quiebre su silencio y hable por ellos… ¿Quién compondría sus canciones apasionadas si yo me sentara, al borde de la vida, a meditar en la muerte y el más allá?”.

Parece que el jardinero-poeta ha escogido el camino de Goldmundo y ha dejado el de Narciso (¿aún no hemos hablado aquí de ellos y su historia? Lo haremos pronto). Ha escogido, antes que lo invisible, la sensualidad del mundo, la belleza que los sentidos atrapan, como el néctar de una flor la bebe un insecto ávido, o un pajarillo. Bien. Ay del que busca (aunque no busque, aunque no sepa que busca), si no conoce y adora lo efímero:

“No, amigos míos, no. Podéis decir lo que queráis, pero yo no me convertiré nunca en santo. A menos que ella profese conmigo”…

Asistimos a los juegos de amor del jardinero y su bella amada, tan ingenuos como pícaros. Y es casi imposible no sentir simpatía y maravilla por esta tierna historia recitada y sincopada en estrofas que van y vienen, contando otras historias, con versos llenos de deliciosas metáforas y cantos. Es casi imposible también, no recordar ciertas ingenuidades, deseos, frustraciones y cumplimientos propios que, como viejas semillas, aguardaban a que la lluvia gentil de esta poesía las despertara e hiciera florecer de nuevo.

Y esto a pesar de que la traducción no puede recuperar la música del canto original. Aun así los retales de seda que permanecen son suaves y brillan, invitan y festejan. También se duelen y lamentan. Todas las estaciones del amor evocan. Porque la ingenuidad le cede su lugar a la pasión, y ésta a los huracanes del sentir. El amor, como el agua, es a veces sereno cauce (también se estanca), y otras se vuelve riada, inundación. Es arroyo plácido, río remansado, y mar tempestuoso. Y más aún.

Vemos aún aletear sus alas (las del amor) en los aforismos de Los pájaros perdidos, que cierran el libro (y la vida del autor), cantares de otoño luminoso. Frases que atesoran poesía concentrada, acaso no muy lejos de la brevedad y concisión del haiku. Es sabido que en una hoja yacen todos los bosques, en una gota el océano entero, en una chispa todos los fuegos, y estos fulgores hechos palabras nos lo recuerdan. Terminamos estos apuntes con algunos de ellos:

No puedo decir porqué mi corazón languidece en el silencio. Será por cosas pequeñas, esas que nunca se piden ni se recuerdan.

 

En la muerte lo múltiple se hace unidad; en la vida la unidad se hace múltiple. La religión será una unidad cuando mueran todos los nombres de Dios.

 

El nacimiento y la muerte de una hoja no son sino el giro menor y más rápido de un remolino cuyo giro mayor y más lento es el que trazan los astros.

 

El hombre se sumerge entre el bullicioso gentío para ahogar el clamor de su propio silencio.

 

Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás la verdad fuera.

 

Luna llena, se agitan las hojas de palma y surgen las olas en ese mar que late como el corazón del mundo. ¿Desde qué cielo desconocido has traído con tu silencio el secreto doloroso del amor?

La voz del maestro. Jalil Gibrán.

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Los verdaderos maestros no dejan huella. Son como el viento de la noche que atraviesa y cambia por completo al discípulo sin por ello alterar nada, ni siquiera sus mayores debilidades: arrastra todas las ideas que tenía sobre sí mismo y lo deja como siempre ha sido, desde el principio.

Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber, p. 177.

 

Un maestro habla siempre con la voz del pueblo. En eso se diferencia de eruditos y doctos que basan su arte solo en los libros. El maestro es el pueblo hablándose a sí mismo. Sin que esto quiera decir que sus palabras sean indulgentes o fáciles para todos. Pueden ser amargas como la vida y dulces como la amistad, cual el té de los beduinos. Isaías, Daniel, Jesús, Mahoma, y los que no he dicho, hablaron. Y su voz era viento. El viento unas veces acaricia y otras azota con fuerza. Así ha de ser.

No sabemos quién es el maestro del que habla Jalil Gibrán, en este libro tan hermoso que duele. Tan hermoso que acuna con sus palabras y destila una poesía siempre honda, nacida de profundos manantiales. Se nos dice que es un maestro, un sabio del Líbano, pero podría venir de cualquier parte. Sus palabras enardecen al creyente e inspiran a cualquiera. Defienden a los desgraciados que sufren la opresión y los desmanes de quienes les desgobiernan:

“el pueblo es el honor de nuestro reino y la fuente de su bienestar […] Cuatro cosas debe un gobernante desterrar de su reino: la Ira, la Avaricia, la Mentira y la Violencia”.

Y animan a apreciar lo que nunca se valorará en mucho (pues ahí reside su valor):

“Aprende las palabras de sabiduría que proclaman los sabios y ponlas en ejecución en tu propia vida. Vívelas, pero no intentes llamar la atención recitándolas, porque el que repite lo que verdaderamente no sabe es como un asno cargado de libros”.

Estas últimas palabras ya no las dice el viejo maestro, que había fallecido, sino su aventajado y querido discípulo. Pero eso apenas tiene importancia, pues, como nos enseña esta pequeña obrita, un hilo invisible une las palabras de fuego de un maestro a otro, siendo que su origen, como el de todas las llamas, no puede ser sino el fuego. La verdad es como un fuego. No podemos tenerlo en las manos pero sí aproximarnos a él y calentarnos. Así ocurre con la verdad. No podemos sujetarla en una mano, y decir, he aquí la verdad. Pero sí aproximarnos y alumbrarnos con ella. Aunque no basta con eso. Para ser la verdad es preciso arder en su fuego. Y en las llamas ninguna ley puede ser escrita. Solo la eterna generosidad de lo que da su luz y calor, a través de los siglos, iluminará los ojos del maestro. Y esa será su divisa.

Terminamos con otras palabras del Maestro:

“Lo que tus ojos han visto es el camino del Alma, que está empedrado con losas de bordes cortantes y sembrado de cardos y espinas. Ésta es la noche. ¡Pero ten ánimo! ¡Ya no falta mucho para que llegue la mañana!”.

El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

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Por fin se me ocurrió leer este afamado libro. Tan mitificado lo tenía como una obra rodeada por un halo carismático e intelectual, que cuando empecé a leerlo quedé estupefacto: solo se trata de un adolescente que nos cuenta su vida. Por supuesto, pocas cosas puede haber en el mundo más apasionantes que la más insulsa de las vidas de cualquier adolescente. Por eso estamos hablando de que este es un libro mítico.

Pero hay más, siempre hay más. Resulta que al niñato protagonista le gusta escribir, por lo menos se le da bien. Y esto, de algún modo, hace que acudan a uno miles de recuerdos que ascienden del fondo de la memoria como el fango de un estanque al moverlo con un palo. Y recuerdo entonces que siempre me gustó escribir, al margen de cómo lo hiciera. Entre mis primeros recuerdos de infancia están los cuentos que nos narraba (nunca leía) mi primera maestra, el hechizo sin fondo que flotaba entonces en el ambiente. Y las primeras extravagancias que di en escribir con cinco o seis años. Más tarde, con una edad pareja al protagonista de El guardián… escribía de vez en cuando alguna cosa. Relatos alucinados, esbozos de novelas imposibles basadas en dimensiones invisibles del tiempo, países subterráneos desconocidos… Siempre el misterio susurrándome al oído.

Lo que va describiendo Holden, el narrador de nuestro libro, poco tiene de misterioso, en principio. Se nutre de confidencias cotidianas de sus cosas de adolescente, el colegio del que lo han expulsado, la forma de ser más o menos detestable de sus compañeros… Esas cosas. Poco misterio. Lo que ocurre es que Holden parece un muchacho bastante franco al hablarnos, (aunque nos advirtió al principio que no contaría todo), y uno se espera que, de un momento a otro, va a soltar algo más grave. Algún tipo de bomba, fétida o no, pero insospechada.

Aparte de contarnos su afición a escribir, el narrador se explaya en su desprecio por el típico héroe deportista americano de instituto, el guaperas que siempre se lleva a las chicas. Aunque él también sale con chicas y hace lo que puede, pero no va buscando lucir una pose, quizá porque no sabe o no le da la gana.

Al leer este libro uno paladea lo que es la verdadera literatura, la grande. La que nadie diría que es importante, pero sí interesante, si no conociera el famosísimo título y al famosísimo autor. Este libro me recuerda, por su viveza, su sinceridad (lo cual no quiere decir que sea verdad todo lo que cuenta) a las novelas de Kerouac (sin que tengan nada que ver entre sí), a las novelas de Montero Glez. Las novelas de Montero Glez son a la literatura lo que las canciones de Extremoduro a la música, nunca serán mainstream, quizá. Pero ni falta que hace. Muchas veces he pensado que si Robe no dijera tantas barbaridades su música sería mejor, porque es un poeta hasta el tuétano del hueso. También pienso algo parecido del novelista madrileño. Pero si no dijeran cada palabra que dicen sus obras serían muy distintas, y quizá no valdrían la pena.

Salinger no suelta apenas obscenidades en la novela, todo lo contrario, el lenguaje del protagonista y narrador es de lo más ingenuo, de lo más infantil. Pero eso no le resta un ápice de fuerza, de vida, de presencia, a lo que dice. Y esto tiene un mérito.

No cuesta mucho trabajo volver a la adolescencia al leer estas páginas, uno se revive otra vez como zombi ambulante lleno de acné (y de sueños, y de ideas…). Muchas preocupaciones de entonces o parecidas que evocan las propias de Holden, el narrador, parecen estúpidas, ridículas. Y tal vez lo sean. Pero cuidado. Nada es nimio o ridículo cuando uno tiene esa edad, y sobre todo si hay problemas verdaderamente graves de fondo. Todo el mundo ve el telediario y no hace falta decir cuáles son. Cuando uno tiene esa edad cualquier cosa, nimia o grave, puede destruirte. Hay suicidios repentinos, que cortan la vida en un segundo, y hay suicidios que duran toda la vida. Y comienzan en la adolescencia.

Sin embargo, conocemos también muchos más casos de lo contrario. Adolescentes que han sido un desastre, y una vez que se han serenado sus aguas han descubierto un objetivo, una profesión, una idea que los ha centrado, los ha dirigido a su centro… Sabemos mucho de esto porque hoy en día nuestra sociedad es prácticamente una sociedad adolescente, o infantil, en muchas cosas. La gente adopta (adoptamos) una pose adusta, ríe menos que antes, en los años más locos, pero por dentro sigue siendo un océano insondable de dudas, devaneos, inseguridades, miedos… No recuerdo dónde leí algo que me sorprendió, me hizo gracia e inquietó a partes iguales. Alguien le preguntó a un sacerdote qué había aprendido del ser humano después de toda una vida, varias décadas, oyendo las confesiones de los fieles. Lo que aprendió es que la mayoría de las personas son en realidad niños. Niños a los que les salen arrugas, canas y todo eso. Pero no niños llenos de entusiasmo, que juegan con la vida (aunque sepan que es un juego serio) y no piensan más que en el presente completo que alienta todas las cosas. Más bien niños asustados, inmaduros. Niños que se pintan un bigote para parecer mayores frente al espejo, niñas que se ponen tacones que les quedan grandes y se pintan unos labios horrorosos tiznándose media cara.

Después de algunas lecturas, algunas experiencias, y del paso, peso y poso de los años, maldita sea, sigo siendo un niño. Quizá un adolescente (lo digo solo para presumir), como Holden. Sin embargo, algo en mí es muy viejo, viejísimo. Ya se vislumbraba así cuando era niño de verdad y los otros jugaban y daban grandes gritos en el patio mientras que yo buscaba algo desconocido entre las telarañas del techo, en el porche. Mirando como un idiota, sin saber qué buscaba. Algo dentro de mí sigue siendo viejo, antiquísimo, no ha cambiado, como tampoco ha cambiado el niño asustadizo y asombrado con el más pequeño detalle del mundo. El viejo observa al niño, ríe, y lo deja ser.