Después de muchos años de retiro, un ermitaño bajó de la cueva en que vivía, descendió de la montaña. En el pueblo, situado en el valle, fueron a su encuentro varias personas curiosas, sabían que llevaba mucho tiempo retirado del mundo y sintieron interés por ver a aquel hombre santo.
El ermitaño caminaba con la vista en el horizonte, su rostro desprendía una alegría luminosa. Quienes lo vieron se dieron cuenta de que iba a decir algo, así que prestaron mucha atención al anciano. “Dios me ha hablado”, dijo, y todo un murmullo se despertó en su derredor. Unos elevaban alabanzas y exclamaciones por haber conocido a una persona iluminada, otros le arrojaban sus burlas y se mofaban riendo.
Un vagabundo se aproximó a él y le dijo:
-Yo no niego que Dios te haya hablado. Pero, ¿cómo sabes si le has comprendido?
Nacer es de alguna manera morir, morir es de alguna manera nacer.
La humildad es sentido de la realidad.
A los que asesinan para defender a Dios les pregunto: ¿acaso es tan débil Dios que necesita ser defendido?
Un científico jamás encontrará a Dios en el laboratorio si no se convierte él mismo en el laboratorio.