Narciso y Goldmundo, Hermann Hesse

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Alguna vez he hablado por aquí de esta curiosa historia que debemos al inquieto ingenio de Hermann Hesse (quien inspiró a los hippies con su Lobo estepario, Demian, Siddharta…). Le interesaban los símbolos, los arquetipos, la conciliación de los opuestos. Y eso tenemos aquí. Narciso y Goldmundo son las dos caras que se miran formando una copa, en la conocida figura de la Gestalt. Resultado de imagen de la copa de rubin

Son muy diferentes, tan diferentes que componen las dos mitades de un mismo ser, el que alienta en cada uno de nosotros.

James Hillman decía, y Patrick Harpur lo glosa con elocuencia, que cada uno de nosotros representa sin darse cuenta a un dios de la Antigua Grecia. Y vamos tejiendo con nuestros semejantes una trama, una obra teatral, en la que cada actuación refuerza de algún modo a las demás. Así, no es extraño ver como un Apolo perfeccionista, puro y luminoso (en apariencia), racional, sabelotodo, sermoneador, tiene un hermano que es un Hermes que se escabulle entre bastidores tras birlarle una de sus camisas preferidas. El hermano Hermes resulta menos estirado, es más caótico, pero también más sincero… Aunque vaya usted a saber. El caso es que cuanto más se empeña uno de los dos en forzar su papel y estirarlo hasta el pastiche (hasta la caricatura) más se apega el otro al suyo. Sabemos, sin embargo, que Apolo y Hermes, pese a sus muchas diferencias, compartían mucho: ambos eran patronos de la música, la curación, lo iniciático… No está mal. Las mujeres serían regidas por diferentes diosas también, Jean Shinoda Bolen escribió un estupendo libro al respecto, Las diosas de cada mujer.

Narciso y Goldmundo, por caminos diferentes, buscan los dos el pulso más recóndito de la vida, cada cual a su manera. Es preciso esforzarse, perseverar en la búsqueda. Narciso, recluido en su monasterio y alejado de la vida exterior, mientras su antiguo compañero desgasta los zapatos por esos caminos de Dios, buscando los deleites más carnales del amor. Viendo en esos amores terrenales el brillo inextinguible de un fuego que se resiste a ser hallado. Narciso se afana en aplacar otro fuego menos etéreo (el de las pasiones), y se concentra en la oración y la ascesis para bruñir el metal del alma y que su tañido alcance octavas cada vez más altas. La música de las esferas, que siempre acoge a quien la busca en el silencio.

No hay un camino mejor que otro. El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría, dijo Blake; también lo contrario es cierto. Cualquier ruta, si se prolonga lo bastante, llega al infinito. El salto al más allá es en realidad un salto que nos sumerge en el presente. Cuando el pasado y el futuro, por fin, se apagan.

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El jardinero. Los pájaros perdidos. R. Tagore.

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Dejó todo para cuidar el jardín de su reina. Cuando ella le decía “Sí, poeta; tu cabello se hace cano. Que en tu meditación puedas oír los mensajes del más allá”, contestaba él:

“No. Vigilo si alguien, aunque sea tarde, me llama de la aldea. Quizá dos jóvenes corazones ardientes se encuentran y cuatro ojos quieren música que quiebre su silencio y hable por ellos… ¿Quién compondría sus canciones apasionadas si yo me sentara, al borde de la vida, a meditar en la muerte y el más allá?”.

Parece que el jardinero-poeta ha escogido el camino de Goldmundo y ha dejado el de Narciso (¿aún no hemos hablado aquí de ellos y su historia? Lo haremos pronto). Ha escogido, antes que lo invisible, la sensualidad del mundo, la belleza que los sentidos atrapan, como el néctar de una flor la bebe un insecto ávido, o un pajarillo. Bien. Ay del que busca (aunque no busque, aunque no sepa que busca), si no conoce y adora lo efímero:

“No, amigos míos, no. Podéis decir lo que queráis, pero yo no me convertiré nunca en santo. A menos que ella profese conmigo”…

Asistimos a los juegos de amor del jardinero y su bella amada, tan ingenuos como pícaros. Y es casi imposible no sentir simpatía y maravilla por esta tierna historia recitada y sincopada en estrofas que van y vienen, contando otras historias, con versos llenos de deliciosas metáforas y cantos. Es casi imposible también, no recordar ciertas ingenuidades, deseos, frustraciones y cumplimientos propios que, como viejas semillas, aguardaban a que la lluvia gentil de esta poesía las despertara e hiciera florecer de nuevo.

Y esto a pesar de que la traducción no puede recuperar la música del canto original. Aun así los retales de seda que permanecen son suaves y brillan, invitan y festejan. También se duelen y lamentan. Todas las estaciones del amor evocan. Porque la ingenuidad le cede su lugar a la pasión, y ésta a los huracanes del sentir. El amor, como el agua, es a veces sereno cauce (también se estanca), y otras se vuelve riada, inundación. Es arroyo plácido, río remansado, y mar tempestuoso. Y más aún.

Vemos aún aletear sus alas (las del amor) en los aforismos de Los pájaros perdidos, que cierran el libro (y la vida del autor), cantares de otoño luminoso. Frases que atesoran poesía concentrada, acaso no muy lejos de la brevedad y concisión del haiku. Es sabido que en una hoja yacen todos los bosques, en una gota el océano entero, en una chispa todos los fuegos, y estos fulgores hechos palabras nos lo recuerdan. Terminamos estos apuntes con algunos de ellos:

No puedo decir porqué mi corazón languidece en el silencio. Será por cosas pequeñas, esas que nunca se piden ni se recuerdan.

 

En la muerte lo múltiple se hace unidad; en la vida la unidad se hace múltiple. La religión será una unidad cuando mueran todos los nombres de Dios.

 

El nacimiento y la muerte de una hoja no son sino el giro menor y más rápido de un remolino cuyo giro mayor y más lento es el que trazan los astros.

 

El hombre se sumerge entre el bullicioso gentío para ahogar el clamor de su propio silencio.

 

Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás la verdad fuera.

 

Luna llena, se agitan las hojas de palma y surgen las olas en ese mar que late como el corazón del mundo. ¿Desde qué cielo desconocido has traído con tu silencio el secreto doloroso del amor?

La voz del maestro. Jalil Gibrán.

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Los verdaderos maestros no dejan huella. Son como el viento de la noche que atraviesa y cambia por completo al discípulo sin por ello alterar nada, ni siquiera sus mayores debilidades: arrastra todas las ideas que tenía sobre sí mismo y lo deja como siempre ha sido, desde el principio.

Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber, p. 177.

 

Un maestro habla siempre con la voz del pueblo. En eso se diferencia de eruditos y doctos que basan su arte solo en los libros. El maestro es el pueblo hablándose a sí mismo. Sin que esto quiera decir que sus palabras sean indulgentes o fáciles para todos. Pueden ser amargas como la vida y dulces como la amistad, cual el té de los beduinos. Isaías, Daniel, Jesús, Mahoma, y los que no he dicho, hablaron. Y su voz era viento. El viento unas veces acaricia y otras azota con fuerza. Así ha de ser.

No sabemos quién es el maestro del que habla Jalil Gibrán, en este libro tan hermoso que duele. Tan hermoso que acuna con sus palabras y destila una poesía siempre honda, nacida de profundos manantiales. Se nos dice que es un maestro, un sabio del Líbano, pero podría venir de cualquier parte. Sus palabras enardecen al creyente e inspiran a cualquiera. Defienden a los desgraciados que sufren la opresión y los desmanes de quienes les desgobiernan:

“el pueblo es el honor de nuestro reino y la fuente de su bienestar […] Cuatro cosas debe un gobernante desterrar de su reino: la Ira, la Avaricia, la Mentira y la Violencia”.

Y animan a apreciar lo que nunca se valorará en mucho (pues ahí reside su valor):

“Aprende las palabras de sabiduría que proclaman los sabios y ponlas en ejecución en tu propia vida. Vívelas, pero no intentes llamar la atención recitándolas, porque el que repite lo que verdaderamente no sabe es como un asno cargado de libros”.

Estas últimas palabras ya no las dice el viejo maestro, que había fallecido, sino su aventajado y querido discípulo. Pero eso apenas tiene importancia, pues, como nos enseña esta pequeña obrita, un hilo invisible une las palabras de fuego de un maestro a otro, siendo que su origen, como el de todas las llamas, no puede ser sino el fuego. La verdad es como un fuego. No podemos tenerlo en las manos pero sí aproximarnos a él y calentarnos. Así ocurre con la verdad. No podemos sujetarla en una mano, y decir, he aquí la verdad. Pero sí aproximarnos y alumbrarnos con ella. Aunque no basta con eso. Para ser la verdad es preciso arder en su fuego. Y en las llamas ninguna ley puede ser escrita. Solo la eterna generosidad de lo que da su luz y calor, a través de los siglos, iluminará los ojos del maestro. Y esa será su divisa.

Terminamos con otras palabras del Maestro:

“Lo que tus ojos han visto es el camino del Alma, que está empedrado con losas de bordes cortantes y sembrado de cardos y espinas. Ésta es la noche. ¡Pero ten ánimo! ¡Ya no falta mucho para que llegue la mañana!”.

El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

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Por fin se me ocurrió leer este afamado libro. Tan mitificado lo tenía como una obra rodeada por un halo carismático e intelectual, que cuando empecé a leerlo quedé estupefacto: solo se trata de un adolescente que nos cuenta su vida. Por supuesto, pocas cosas puede haber en el mundo más apasionantes que la más insulsa de las vidas de cualquier adolescente. Por eso estamos hablando de que este es un libro mítico.

Pero hay más, siempre hay más. Resulta que al niñato protagonista le gusta escribir, por lo menos se le da bien. Y esto, de algún modo, hace que acudan a uno miles de recuerdos que ascienden del fondo de la memoria como el fango de un estanque al moverlo con un palo. Y recuerdo entonces que siempre me gustó escribir, al margen de cómo lo hiciera. Entre mis primeros recuerdos de infancia están los cuentos que nos narraba (nunca leía) mi primera maestra, el hechizo sin fondo que flotaba entonces en el ambiente. Y las primeras extravagancias que di en escribir con cinco o seis años. Más tarde, con una edad pareja al protagonista de El guardián… escribía de vez en cuando alguna cosa. Relatos alucinados, esbozos de novelas imposibles basadas en dimensiones invisibles del tiempo, países subterráneos desconocidos… Siempre el misterio susurrándome al oído.

Lo que va describiendo Holden, el narrador de nuestro libro, poco tiene de misterioso, en principio. Se nutre de confidencias cotidianas de sus cosas de adolescente, el colegio del que lo han expulsado, la forma de ser más o menos detestable de sus compañeros… Esas cosas. Poco misterio. Lo que ocurre es que Holden parece un muchacho bastante franco al hablarnos, (aunque nos advirtió al principio que no contaría todo), y uno se espera que, de un momento a otro, va a soltar algo más grave. Algún tipo de bomba, fétida o no, pero insospechada.

Aparte de contarnos su afición a escribir, el narrador se explaya en su desprecio por el típico héroe deportista americano de instituto, el guaperas que siempre se lleva a las chicas. Aunque él también sale con chicas y hace lo que puede, pero no va buscando lucir una pose, quizá porque no sabe o no le da la gana.

Al leer este libro uno paladea lo que es la verdadera literatura, la grande. La que nadie diría que es importante, pero sí interesante, si no conociera el famosísimo título y al famosísimo autor. Este libro me recuerda, por su viveza, su sinceridad (lo cual no quiere decir que sea verdad todo lo que cuenta) a las novelas de Kerouac (sin que tengan nada que ver entre sí), a las novelas de Montero Glez. Las novelas de Montero Glez son a la literatura lo que las canciones de Extremoduro a la música, nunca serán mainstream, quizá. Pero ni falta que hace. Muchas veces he pensado que si Robe no dijera tantas barbaridades su música sería mejor, porque es un poeta hasta el tuétano del hueso. También pienso algo parecido del novelista madrileño. Pero si no dijeran cada palabra que dicen sus obras serían muy distintas, y quizá no valdrían la pena.

Salinger no suelta apenas obscenidades en la novela, todo lo contrario, el lenguaje del protagonista y narrador es de lo más ingenuo, de lo más infantil. Pero eso no le resta un ápice de fuerza, de vida, de presencia, a lo que dice. Y esto tiene un mérito.

No cuesta mucho trabajo volver a la adolescencia al leer estas páginas, uno se revive otra vez como zombi ambulante lleno de acné (y de sueños, y de ideas…). Muchas preocupaciones de entonces o parecidas que evocan las propias de Holden, el narrador, parecen estúpidas, ridículas. Y tal vez lo sean. Pero cuidado. Nada es nimio o ridículo cuando uno tiene esa edad, y sobre todo si hay problemas verdaderamente graves de fondo. Todo el mundo ve el telediario y no hace falta decir cuáles son. Cuando uno tiene esa edad cualquier cosa, nimia o grave, puede destruirte. Hay suicidios repentinos, que cortan la vida en un segundo, y hay suicidios que duran toda la vida. Y comienzan en la adolescencia.

Sin embargo, conocemos también muchos más casos de lo contrario. Adolescentes que han sido un desastre, y una vez que se han serenado sus aguas han descubierto un objetivo, una profesión, una idea que los ha centrado, los ha dirigido a su centro… Sabemos mucho de esto porque hoy en día nuestra sociedad es prácticamente una sociedad adolescente, o infantil, en muchas cosas. La gente adopta (adoptamos) una pose adusta, ríe menos que antes, en los años más locos, pero por dentro sigue siendo un océano insondable de dudas, devaneos, inseguridades, miedos… No recuerdo dónde leí algo que me sorprendió, me hizo gracia e inquietó a partes iguales. Alguien le preguntó a un sacerdote qué había aprendido del ser humano después de toda una vida, varias décadas, oyendo las confesiones de los fieles. Lo que aprendió es que la mayoría de las personas son en realidad niños. Niños a los que les salen arrugas, canas y todo eso. Pero no niños llenos de entusiasmo, que juegan con la vida (aunque sepan que es un juego serio) y no piensan más que en el presente completo que alienta todas las cosas. Más bien niños asustados, inmaduros. Niños que se pintan un bigote para parecer mayores frente al espejo, niñas que se ponen tacones que les quedan grandes y se pintan unos labios horrorosos tiznándose media cara.

Después de algunas lecturas, algunas experiencias, y del paso, peso y poso de los años, maldita sea, sigo siendo un niño. Quizá un adolescente (lo digo solo para presumir), como Holden. Sin embargo, algo en mí es muy viejo, viejísimo. Ya se vislumbraba así cuando era niño de verdad y los otros jugaban y daban grandes gritos en el patio mientras que yo buscaba algo desconocido entre las telarañas del techo, en el porche. Mirando como un idiota, sin saber qué buscaba. Algo dentro de mí sigue siendo viejo, antiquísimo, no ha cambiado, como tampoco ha cambiado el niño asustadizo y asombrado con el más pequeño detalle del mundo. El viejo observa al niño, ríe, y lo deja ser.

Filosofía Antigua, misterios y magia. Empédocles y la tradición pitagórica. Peter Kingsley

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¿Qué pasaría si en oriente se hubiera guardado una visión más cabal de las enseñanzas de Empédocles y otros maestros de la filosofía originaria? Si la investigación de Peter Kingsley es correcta la respuesta a la anterior pregunta es un gran . El filósofo británico trabajó duro para escribir este libro, como es habitual en él. Sus conclusiones beben de estudios filológicos, filosóficos, geográficos, mistéricos, simbólicos…

Fiel a su método, busca comprender a los sabios por él estudiados viéndolos en su propio contexto histórico, físico, vital. En su libro, y de la mano del autor, vamos viendo que esa no ha sido de ninguna manera la actitud predominante en los estudiosos. Estos se arrojaban sobre el texto y, sin prestar una atención suficiente y cuidadosa a esos detalles contextuales, proyectaban todos sus prejuicios racionalistas y no permitían que el mensaje implícito, de hondo poder transformador, les llegara.

Volviendo a lo planteado en la pregunta inicial, es cierto que durante siglos circularon tradiciones orales muy importantes sobre varios de los llamados filósofos presocráticos. Esto fue en Persia y otras zonas del cercano oriente. Topamos aquí con un obstáculo incómodo para el historiador de pulcra formación científica. Para ellos lo que no está escrito (o no ha dejado algún tipo de huella física) no significa nada. Así, las tradiciones doxográficas se observan, analizan y cotejan con lo escrito. Y se guarda una prudente distancia respecto a ellas. Lo cual es sensato (para un estudioso). Es lo que debería hacerse respecto a lo que decían Platón y Aristóteles de sus mayores, los primeros filósofos. Sin embargo, tanto al ateniense como al macedonio se les otorga un crédito enorme. Con frecuencia sus opiniones y aseveraciones poseían para los académicos tan formidable autoridad que valían para explicar el pensamiento de los presocráticos tanto como si cada uno de estos últimos lo hubieran escrito de su puño y letra. Y por ahí han venido gran cantidad de malentendidos.

Peter Kingsley, con paciencia y muchas lecturas, con sagacidad y luminosa “mêtis” (astucia, pillería, clarividencia) va retirando con su escalpelo capas y capas de prejuicios, malentendidos, distorsiones… Hasta presentarnos lo más parecido a las ideas originales que Empédocles plasmó en sus misteriosos versos, cuya recitación transportaba (¿y transporta?) a ignotas regiones del alma. Sus palabras, decía el profeta siciliano, son semillas que se plantan en el corazón del discípulo. Y que germinarán en un conocimiento vital y transformador. No eran meras fórmulas teóricas, meras hipótesis, sino bombas para dinamitar lo antiguo y hacer crecer lo nuevo.

Así era la verdadera magia antigua, que hoy devaluamos asignando su nombre a juegos que buscan engañarnos. La magia de Empédocles, que muchos siglos después llamarán “teúrgia” los nuevos platónicos, no estaba destinada a engañarnos sino a sacarnos del engaño que es la visión aparente y superficial de las cosas, de la vida.

[Quien se atreva a internarse en el dédalo de pistas, deducciones y averiguaciones que es este libro quizá se quede al final, convencido ya del misterio y poder que envuelve al protagonista, deseando conocer más. Su curiosidad se verá saciada ampliamente cuando lea Reality, del mismo Peter Kingsley. Eso sí, por ahora tendrá que hacerlo en inglés]

La señora Dalloway, Virginia Woolf

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Recuperamos un post publicado hace unos siete años en mi anterior blog, sobre un libro de Virginia Woolf, pronto volveremos con artículos recientes. Disfruten y, si les llama, lean el libro.

El título no es muy evocador, tampoco la portada (de la edición que yo tengo). Este libro de Virginia Woolf reposaba, olvidado, en el fondo de una alacena desde que lo adquirí hará unos trece años. Venía en la famosa colección “100 joyas del milenio” con algunos de los mejores libros de todos los tiempos. En aquella época, tan propicia para leer y descubrir, tropecé con numerosos clásicos. Este delgado volumen se me resistía hasta ayer.

En él la melancolía por el pasado perdido surge sin hacerse pesada, sumergida en los miles de destellos de un Londres, de 1923, efervescente. No suceden muchas cosas destacables pero a pesar de eso la aguda forma de narrar de Woolf nos transporta en volandas. Su voz nos lleva con pericia más allá de las encopetadas apariencias de los gentelmen y damas de Inglaterra tan opacos a veces a revelar sus sentimientos y motivaciones. Así, tanto los detalles externos como los internos son vistos con eficaz lupa, toda una época, una generación queda retratada al modo que sabía hacer Goya. Descendiendo hasta el alma que hace rodar la rueda social más allá de convencionalismos, poses, formulas preconcebidas. Y todo ello de un modo muy sencillo, como he dicho, sin mencionar grandes acontecimientos, con el secreto pulso de lo cotidiano que se despliega con ingenuo encanto.

El hecho más impactante es el suicidio de un excombatiente traumatizado, enloquecido por la guerra por su propia extrañeza ante el sufrimiento ajeno. Hay aquí una temprana (el libro es de 1925) y apenas esbozada pero cierta crítica al trato que dispensa la medicina, o ciertos médicos, a las personas con trastornos mentales. Todavía tendrán que pasar unos cincuenta años hasta “Alguien voló sobre el nido del cuco” y su feroz denuncia. Pero aquí, en La señora Dalloway, encontramos de forma incidental un reproche a la incompetencia del doctor Holmes, la fría eficacia médica del señor Williams y su superioridad irrebatible de sacerdote laico.

Imperiofobia y leyenda negra, María Elvira Roca Barea

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Hay libros con la capacidad de hacernos cambiar no solo de opinión sino de mentalidad. Este es uno de ellos, supongo que ya lo conocen. Si no lo han leído, se lo recomiendo. Desde hace años me han ido llegando algunos retazos, algunas leves fulguraciones de la silenciada realidad que Imperiofobia y leyenda negra revela para quien quiera verla.

Lancemos una pregunta: ¿cuántos indios vivían en Norteamérica antes de la ‘conquista del Oeste’ y cuántos después de tal conquista? ¿Qué trato jurídico se les dio a esas personas? ¿Fue alguno de esos indígenas elegido para un cargo público?

Estamos en la era de los datos, así que creo que será más ilustrativo mostrar algunos de los que el libro ofrece:

“En 1531 se crea para atender a los indios enfermos de sarampión el Hospital Real de San José de los Naturales y en 1534 nace el Hospital de San Cosme y Damián. Esta situación se repite ciudad por ciudad y es raro encontrar una población con más de 500 habitantes que no tenga su propio establecimiento. No puedo consignar aquí la lista interminable de hospitales e instituciones de caridad que nacieron en América, cada una con su propia historia. Remito al lector interesado a la bibliografía” (op. cit. P. 205).

No parece que los conquistadores anglosajones del oeste americano tuvieran el mismo interés por el cuidado de los indios enfermos ni por los sanos.

“Puede el lector fatigar las leyes británicas y las actas parlamentarias. En vano. No encontrará leyes sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que se iban conquistando en Norteamérica o planes para su integración. Simplemente no existen. Nadie se plantea (los clérigos tampoco) que tengan alma, o que necesiten atención hospitalaria o que se pueda pactar con ellos” (op. cit. p. 215).

Otro dato: “Se fundaron en América más de veinte centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150.000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas. Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial” (op. cit. p. 206).

Otro más: “El estudio científico de lenguas distintas de las europeas o las bíblicas comenzó en América. Ya el primer libro que se imprimió en México, Breve y compendiosa Doctrina Christiana en lengua mexicana y castellana (1539), era un catecismo bilingüe. En cuanto aparecieron las universidades, surgieron cátedras de lenguas indígenas, lo que no ha sucedido en Estados Unidos hasta el siglo XX” (ídem.).

Se habla de que la acción española en América fue un genocidio. Lo cierto es que los pueblos sometidos a los aztecas se cansaron de que cada año se sacrificara a tantos y tantos de los suyos. Sin la ayuda de estas gentes nativas del Nuevo Mundo jamás Cortés hubiera conquistado México, ni Pizarro el Perú. Más que nada porque los españoles eran apenas unos cientos frente a cientos de miles. El Imperio español es obra tanto de españoles como de indígenas de diversas culturas que colaboraron activamente en él y en su mantenimiento.

 

La temida Inquisición española.

Como nos recuerda Roca Barea, pocos tribunales (ninguno) hubo en Europa con las garantías procesales y jurídicas que ofrecía el Santo Oficio en España. Los ejecutados en varios siglos se cuentan por cientos, cuando solo en el reinado de Isabel I de Inglaterra miles de personas fueron torturadas y asesinadas con total impunidad. En los procesos de la Inquisición apenas se torturó a un uno o dos por ciento de los detenidos, cuidando siempre de no poner en peligro la vida del detenido. Por la misma época en otros países de Europa se cometían las mayores atrocidades sin amparo alguno para el reo. La misma caza de brujas que en España no tuvo apenas repercusiones, en la Europa protestante se llevó por delante miles de vidas, en medio de una manía persecutoria paranoide en la que se veía enemigos por todas partes.

“Cualquier comparación del procedimiento inquisitorial con las actividades de la Star Chamber o la lettre de cachet es una burda ironía. Jamás el acusado en un proceso inquisitorial estuvo en la situación de absoluta indefensión en que se veían los que eran llevados ante esta institución que no puede ser propiamente considerada un tribunal” (op. cit. p. 243) .

 

Gente que viene y va.

Desde el instituto nos machacaron con la consabida desgracia para España que fue la expulsión de los judíos en 1492. Se nos dijo que ya nuestro país no volvió a levantar cabeza, que sin el concurso de gestores tan eficaces de nada servían las riquezas que se traían del Nuevo Mundo. Pero no es cierto, desgracia fue para las pobres familias de compatriotas nuestros que fueron obligadas a marcharse al exilio si no se convertían, es cierto. Pero aquí la vida siguió rodando, y décadas después el Imperio español escribió páginas de gloria en la historia universal, como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, hubo otra expulsión que sí fue fulminante. Y cuyos efectos se sintieron sobre todo en América, en las encomiendas y comunidades trabajosamente, y con gran arte, sacadas adelante por los jesuitas. Fueron estos mismos, los jesuitas, los que tuvieron que marchar del Imperio. Tantas veces se nos dijo que estos personajes eran cultos y laboriosos, sí, pero también entrometidos, metiches, puñeteros, conspiradores… No nos hicieron lamentar demasiado en nuestra enseñanza aquella expulsión acontecida en el siglo de las luces. El relato de Roca Barea sobre los efectos devastadores de esa expulsión es bastante elocuente. Entre esa purga de jesuitas y las medidas centralistas de Carlos III, sí, también suyas, se aceleró la caída, en pocas décadas, de una gran entidad multinacional, multiétnica, como no se ha visto otra, que funcionaba bastante bien. No tenemos ni una pequeña idea de lo perdido, no ya en tanto que españoles, sino viendo el asunto como europeos, tal y como está el patio en la desnortada Unión con capital en Bruselas (que tanto nos estima).

En fin, los imperios nacen, se desarrollan y mueren. No hay que llorar ni por el romano, ni el español ni el inglés, etc. El problema es que con la expulsión de los jesuitas se desmanteló una organización creativa y pulsante que mantenía vivas muchas comunidades en la selva, por toda América. Entonces los indígenas, no lo olvidemos, eran tan españoles como las cigarreras de Sevilla o los segadores de Valladolid. Se respetaban sus personas y su mundo.
Después los criollos que venían a traer la libertad lo que hicieron fue oprimir y despreciar a esas gentes de un modo que sus antepasados españoles jamás se permitieron a sí mismos.

Este libro de la historiadora Roca Barea me acompañará en lo sucesivo como lectura de cabecera, siempre le agradeceré que me haya ayudado a ver mi historia con otros ojos. Ahora bien, me gustaría hacer algún inciso a la actitud de la autora. Ésta le reprocha a Pérez Reverte que en una de sus novelas se ciñera a la leyenda negra a la hora de presentar al inquisidor de turno de una forma que no se corresponde con la realidad histórica. De acuerdo. Esa acusación supone obviar que el señor Reverte escribió una obra de ficción y no un libro de historia, pero aun así comprendemos la postura de la escritora y el tirón de orejas. Sin embargo, y ya que ella se ocupa durante todo el libro de las omisiones y silencios, no resulta menor el suyo. Es decir, desde mi punto de vista, debería haber reconocido el esfuerzo del escritor murciano, en sus artículos a lo largo de décadas, por desmontar la leyenda negra y rehabilitar la historia de nuestro país. Con su estilo, como es lógico (no con el del vecino), sin ser historiador profesional (quizá ha leído más que algunos sedicentes historiadores, quizá), su labor me parece intachable y digna de reseñarse.

Tampoco menciona la autora de Imperiofobia (tal vez porque no lo conoce, no pensemos mal) el trabajo de divulgadores como Carlos Canales y Miguel del Rey. Desde hace años, y con gran éxito, publican de forma conjunta libros que nos recuerdan las gestas de la historia de España, como por ejemplo en Banderas lejanas, entre otros muchos títulos.

También es conveniente comentar que en su comprensible y legítima labor de recuperar y remozar el retrato de nuestra historia, Doña Elvira termina por dejarlo demasiado brillante, ocultando o no desarrollando como es debido ciertas sombras (aunque para ese trabajo ya existen operarios de sobra).

Le asalta a uno, además, la sensación de que esta señora se ve como la fundadora de una mirada nueva sobre nuestra historia cuando su libro no deja de ser (y no es poco sino mucho) un brillante epítome y síntesis de lo que otros llevan años comentando. En cualquier caso, vaya desde aquí mi agradecimiento por su trabajo. Se echan en falta más libros como el suyo, que desentierren verdades incómodas, tanto si nos sacan guapos en el retrato de la historia (como en su libro) como si muestran nuestras muchas miserias, que las hubo, y las hay.