Hay una forma de conocimiento que no diseca ni mata lo que toca, sino que lo salva, lo transfigura; esta es la razón poética, que no busca poseer, sino comprender desde dentro, desde la intimidad de las cosas.
María Zambrano
Leí por primera vez a María Zambrano en las páginas de una obra (Andalucía, sueño y realidad) que recogía impresiones de la autora sobre Andalucía (también una teoría de Andalucía de Ortega y Gasset a la que ella replica). Y también aparecían algunos pasajes del libro que nos ocupa, como Apolo en Delfos. Es muy difícil transmitir la sensación de misterio, evocación, intuición de lo inefable, etc. que esas páginas me suscitaron (a veces recordando esas páginas me viene a la mente, no sé por qué Land of Diana de The Freeborne). Desde entonces leer más en profundidad a la autora malagueña se convirtió en una verdadera asignatura pendiente. Y pude aproximarme a ello leyendo esta obra exigente, densa, saturada de capas de significado, que exhibe análisis de gran profundidad. No es cualquier cosa lo que trata de desentrañar, sino la mismísima relación de los humanos con lo trascendente, lo divino, sea lo que sea. En ese análisis resuenan los muros de lo sociológico y lo antropológico y, entre las grietas añosas de esos edificios imponentes, brota la hiedra sagrada de Apolo, presta para que la pitia envenene sus sueños con ella y alcance a vislumbrar en la penumbra las luces invisibles de lo arcano.
Ya en la introducción, María Zambrano analiza muy bien la situación de lo divino en el siglo XIX, que es la semilla del XX y el XXI. Pone en acuerdo razón y poesía. Usa la razón para ese análisis fino y preciso y la poesía sirve para recuperar lo divino, pues llega donde no puede llegar la razón discursiva.
En El hombre y lo divino María Zambrano boga con decisión hacia la razón poética, que es su particular propuesta contra la violencia del racionalismo imperante. Buscando en el bosque de la intuición las sendas olvidadas del alma y lo sagrado.
Precisamente en el primer capítulo, que da nombre a la obra, Zambrano examina el hondo y caudaloso río (aunque a veces inadvertido) de lo sagrado. Origen de la conciencia humana, punto alfa de todas las demás cosas que fueron, son y serán.
La filósofa española describe unos orígenes humanos envueltos en el caos, la paranoia, la amenaza latente por todas partes. Dar forma y nombre a los dioses liberó, hizo disminuir la angustia vital, aportó un sentido (como el que hay en las sendas), puso unas lindes (¿imaginarias?) a ese misterio inabarcable. Es el misterio de la revelación. “Revelar”, como decía Guénon, es manifestar y ocultar (velar) al mismo tiempo. Quien anuncia una idea, una verdad (que encarna un dios determinado), proyecta una luz, pero esa luz deja tras de sí una sombra.
En ese primer apartado vemos también la pugna entre filosofía y poesía, un motivo clásico en la obra de María. A su juicio la filosofía griega intentó sustituir al mito mediante la razón conceptual, despojando al mundo de sus dioses, mientras que la poesía trató de preservar ese contacto íntimo y vivencial con el misterio inexplicable de lo divino.
Más adelante la autora se introduce en la inquietante vía señalada por Nietzsche: el nihilismo y la muerte de Dios (que ya había anunciado Hegel antes, pero en otro tono). Al llegar a la modernidad, la razón librada a sí misma expulsa por completo a la divinidad. Esto genera el delirio del «superhombre» y una última y desoladora manifestación de lo sagrado: la nada, que deja al hombre moderno sumido en la orfandad espiritual y el desamparo existencial. Y cuando se transita por la nada, nada parece ser capaz de llenar el vacío.
Por lo menos nada material. María Zambrano propone recuperar una actitud vital olvidada: la piedad. Es una apertura a lo que nos supera, define la piedad como el arte o la disposición de «saber tratar con lo otro» (la naturaleza, el misterio, el prójimo y el propio destino) reconociendo que no todo puede ser sometido o poseído por la razón que gira sobre sí misma (despreciando cuanto ignora). Es, decimos, una escucha, una apertura, hacia lo que nos trasciende.
La pensadora andaluza analiza en profundidad la evolución cultural e histórica del pensamiento occidental observando los cambios producidos en la forma de relacionarse con la religión y la espiritualidad (se fija en la superestructura más que en la infraestructura). Las civilizaciones caen (mirando el caso romano, por ejemplo) cuando sus estructuras sagradas se fosilizan o se vacían de sentido, convirtiéndose en monumentos muertos o «ruinas».
“El amor en la vida humana” es uno de los pasajes más impresionantes que he leído en María Zambrano. Explora cómo el amor y la muerte adquieren un peso metafísico. Plantea que el amor es una fuerza integradora que busca rescatar al individuo de la fragmentación temporal, permitiendo una continuidad en la memoria colectiva e individual. En relación a ello se teje la reflexión sobre la libertad. La autora entiende la libertad como identidad, como un encontrarse uno a sí mismo en la soledad. Precisamente quien no ha llegado a esa soledad, que es “quietud, reposo, certidumbre”, cae en las garras de la envidia, porque necesita ser el otro, busca la libertad en el otro.
La reflexión sobre los templos y la muerte en la antigua Grecia se sumerge en la raíz mediterránea para entender el espacio físico de lo sagrado. El templo griego no era solo un edificio, sino un límite sagrado tallado en la naturaleza para que la divinidad pudiera «habitar» de forma visible y cercana sin abrumar al mortal (las primeras columnas tratan de remedar los troncos de los árboles del bosque primordial).
En cuanto a la muerte, frente al pánico de la disolución, el mundo griego mitiga la angustia del morir al conferirle un sentido estético, cívico y ritual, integrando el final de la vida dentro de un cosmos ordenado (el límite, el orden, es belleza mientras que el infinito se entiende como imperfección. Al menos hasta que lleguen los alejandrinos empapados de oriente).
El último apartado se aproxima a nuestra tradición judeocristiana tratando de calibrar el impacto diferencial del monoteísmo occidental en el alma humana.
El cristianismo, apoyado en la tradición de sus mayores, instaura la historia como línea recta (dejando atrás la visión circular pagana) entre el comienzo absoluto de la Creación, el jalón central de la Encarnación y el final dado por el Juicio y la Parusía. El Dios judeocristiano interviene directamente en la historia, dotando al tiempo humano de una dirección, un propósito y una promesa de salvación personal.
La piedad evangélica. Se transforma la antigua piedad ritual (la pietas de los romanos, que era también deber y respeto para con los dioses, los progenitores, sobre todo el padre, y la patria) en una piedad basada en la filiación y el amor incondicional. María nos advierte al final, volviendo los ojos a nuestro tiempo, del riesgo contemporáneo de transformar «la historia en un ídolo» que asfixia la libertad interior del alma. Esa libertad que solo se puede buscar en la escucha y la quietud abierta que nada pide.