La religión de la tecnología, David F. Noble

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En tercero de carrera tuve una asignatura que se llamaba Ciencia y filosofía de las religiones. Teníamos que hacer un trabajo, y el profesor me recomendó La religión de la tecnología. Hace 15 años de esa primera lectura, pero el libro se podría haber escrito la semana pasada, ya verán por qué.

La tesis que recorre este ensayo tiene que ver con la fascinación que nos provoca la ciencia. Esa fascinación, dice David Noble, está enraizada en un fundamento religioso, encauzado ahora en la adoración de la ciencia y la tecnología como nuevos dioses. La crónica de estos hechos arranca en la Edad Media con diversos avances técnicos en la agricultura y la industria que llevan, en algunos casos, el secreto propósito de “enmendar” la Creación. El imaginario occidental comienza a tomarse en serio lo de dominar la naturaleza para usarla a su antojo. Cosa que expresa ya muy a las claras Francis Bacon en el Renacimiento. Todo un programa para la modernidad.

El homo sapiens occidental (¿sapiens?, ¿de verdad?) pasa en los siglos sucesivos de niño mimado de Dios a sustituto suyo. En una actitud incomprensible para los pueblos que llamamos “primitivos” en virtud de nuestra soberbia diabólica. El camino histórico-lineal de occidente ha sido como un gigantesco río de pensamiento y acción que ha abierto nuevas vías pero también ha erosionado múltiples aspectos del mundo y el ser humano. El mitologema del “progreso” ha sustituido el Paraíso del creyente por la voluntad de instaurar ese edénico jardín aquí en la tierra, con los resultados que ya sabemos. Convencido de que el comunismo soviético iba en esa línea dijo el iluso Gorki: “por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz”.

Ese régimen se convirtió en una secta tecnocrática, con sus grandes cifras de desarrollo industrial que no tenían como contrapartida la mejora de las condiciones de vida del obrero. De modo que allí no terminó de colar el mensaje profético. Sí lo ha hecho, en cambio, en la sociedad comercial capitalista, con sus deslumbrantes avances tecnológicos que van empequeñeciendo los aparentes delirios de las películas de ciencia ficción.

Y en relación a esto quiero entrar en harina. Pensemos en la pretensión de lograr la inmortalidad mediante la inteligencia artificial. Este empeño lo alimentan diversas filosofías y teorías con la fusión entre lo biológico y lo robótico (en el vídeo Carlos Canales plantea el panorama). https://www.youtube.com/watch?v=2eudLZBf250

En una de esas posibilidades, que aparece comentada en el libro (y en el vídeo), se trataría de descargar el contenido de nuestra consciencia en un hardware, tipo pendrive, e insertarla en un robot.

De manera que cuando se aproximara nuestra muerte siguiéramos viviendo en el cuerpo de una máquina. Para estos teóricos nuestro cuerpo es de hecho, sólo una máquina compleja, así que buena parte del camino está andado. Otras propuestas pasan por la manipulación genética que nos permita dar un salto evolutivo apoyado en la nanotecnología, etc. O la inclusión en nuestro organismo de elementos artificiales, robóticos, como chips en el cerebro que multipliquen nuestra velocidad de procesamiento de información, para llegar a la antedicha fusión entre la persona y la máquina y nos conviertan en un híbrido.

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Brillantes tecnólogos y magnates como Elon Musk patrocinan estos audaces proyectos. Pero, si uno examina la cuestión un poco, resulta que en estas avanzadísimas propuestas subyace un pensamiento manido, simplón y reduccionista:

.La consciencia se reduce a lo material, el cerebro. Luego, si podemos replicar el cerebro de forma artificial, ¡voilà! ¡Conseguimos replicar la consciencia!

.Al final, el producto del cerebro (sensaciones, emociones, pensamientos, imaginaciones…) se podrá reducir a cálculos computacionales. Es cuestión de tiempo.

Porque, en relación con lo anterior, subyace en cierto espíritu científico (inflado por la hybris de lo profético) la fe de que TODOS los misterios de la naturaleza y la vida se irán descubriendo, uno a uno, por el infalible avance de la ciencia. Que va aventando sombras.

Recordemos, para desinflar esas ínfulas, un par de frases de Antonio Escohotado:

«La ciencia es un mito, sólo que es el mito más hermoso, el único generalizable a toda la especie y quizás el más digno de respetarse.»

«La ciencia es un mito, y cuando pretende decir que está más allá del mito está mintiendo.»

Precisamente David Noble examina en su obra una de las ramificaciones de ese mito, de aire tan fervoroso como inquietante. Como es el anhelo de inmortalidad antes comentado, en el que se troca la resurrección cristiana por una pervivencia de tipo cibernético, robótico… Este deseo camina parejo al horror que produce la muerte en un mundo como el nuestro, que da la espalda a los ciclos naturales (los cuales estaban en armonía con las antiguas creencias). Ciclos que también afectan a las civilizaciones, las cuales conocen un nacimiento, apogeo, decadencia y fin. No queremos ver el carácter transitorio de todo (y eso mismo nos vela la intuición de lo trascendente). Es la huida del abismo que se presiente vacío.

Resultaría oportuno  plantearse lo humano desde una perspectiva ética en vez  de sólo tecnológica. Irónicamente, nos invita a ello la conexión humana que facilita internet, precisamente desde supuestos técnicos.

Nuestra época va muy rápido, y quizá la cuestión no sea frenar en seco (porque nos salimos de la vía), pero sí pensar hacia dónde vamos en esa carrera acelerada. Y, hablando de ética, merece la pena resaltar lo siguiente. En la página 197 se cita a Daniel Crevier, quien dice que la I A (inteligencia artificial) “es coherente con la creencia en la resurrección”. Pero la religión cristiana (una de las que defiende ese credo) es universalista. ¿Esta nueva religión también? ¿Todos tendrán la posibilidad de la inmortalidad cibernética? ¿Y qué pasa con quienes no puedan pagarlo? ¿O los que ya murieron? Recordemos a Walter Benjamin y su llamada a no olvidar las víctimas de la historia. ¿Acaso sólo unos pocos tienen derecho a la resurrección? Esa no sería una resurrección divina, la prometida, la anhelada en secreto por algunos científicos ateos. Sería humana, chapucera, injusta.

Como decía Nietzsche, “si miras hacia el abismo, el abismo acabará por mirar dentro de ti”. Esa fijación de muchos científicos en Dios, para negarlo, les ha hecho creerse dioses al fin y al cabo. Y son presas, como se dice en este estudio, de un redentorismo delirante. Buscan la revancha contra ese dios de los otros. Ese dios de su infancia, cuya sombra se agiganta al paso que crecen sus propias ansias de poder.

Terminamos con una paradoja. Son varios los profesionales de la psiquiatría o psicología que han observado en el trabajo con sus pacientes (y en sus propias carnes) experiencias imposibles de explicar con el modelo materialista según el cual es el cerebro el que genera el psiquismo. Si bien esto último rige para procesos cotidianos de memoria, pensamiento, lenguaje, etc., no es así para esas otras vivencias psíquicas (que no viene al caso comentar ahora, sírvanse los curiosos de repasar la obra de Stanislav Grof, Charles Tart, Frances Vaughan, o, si prefieren autores españoles, José Luis Pinillos, Rof Carballo, Manuel Almendro, Josep María Fericglá, etc.).

De ahí que surgieran teorías como la de Stanislav Grof. El psiquiatra norteamericano (de origen checo) apunta a que el cerebro actúa como un televisor: emite unos contenidos audiovisuales transformando unas ondas electromagnéticas que recibe su antena. Sería absurdo pensar que los programas televisivos se crean dentro del televisor, como si los periodistas, artistas, o los animales de los documentales vivieran en el interior de la caja tonta. Del mismo modo, dice Grof, hay experiencias psíquicas que no se pueden explicar como producidas en el cerebro, sino que éste las capta de una consciencia más amplia, cósmica. Pensaba en algo así como el inconsciente colectivo de Jüng.

De modo que, si esto es real, recordemos de nuevo el proyecto para generar consciencia de forma artificial. En un ejercicio de imaginación, pongamos que dentro de unos años los ingenieros consiguen producir un robot que, aparte de sentir, hablar, pensar, recordar cosas, tiene experiencias místicas o estéticas indefinibles. Los satisfechos científicos y tecnólogos del momento, padres de la criatura, se arrogarían el descubrimiento definitivo de que la consciencia, lo espiritual, Dios, etc. son productos exclusivos del cerebro, humano o robótico. Y ellos tendrían la fórmula para generar esas experiencias. ¿Qué ocurriría si, en realidad, hubieran dado con una antena para captar la inteligencia que subyace en el universo?

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Cuaderno de Nueva York, José Hierro

Cuaderno de Nueva York

Después de todo, todo ha sido nada,

            a pesar de que un día lo fue todo.

            Después de nada, o después de todo

            supe que todo no era más que nada.

José Hierro, Cuaderno de Nueva York, Vida.

José Hierro nació en Madrid, en 1922. Se le encuadra en la “generación de posguerra”, pero él, sin renunciar a los modos y temas de la denuncia social, siempre fue un paso más allá. Su ingenio, inquietud y saber no le permitían otra cosa. Decimos que nació en Madrid pero se forjó como cántabro, pues en la región montañesa se crio. Allí cursaba la carrera de perito industrial cuando la maldición del 36 encarnada en guerra le obligó a interrumpir sus estudios. No fue la única secuela del conflicto, también fue a parar a la cárcel por socorrer a presos políticos, uno de los cuales era su padre, e intercambiar información entre ellos y el exterior. Cinco años encerrado estuvo el poeta. En las tertulias de Valencia fue entrando en contacto con otros escritores mientras trabajaba en lo que podía para ir tirando, y sin dejar de escribir, claro. Colaboró en diversos medios como crítico de obras pictóricas (en especial del arte sensual e imaginativo de su amigo Modesto Ciruelos). Se casó con María de los Ángeles Torres, fundó revistas, dirigió publicaciones, y consiguió hacer sitio en su vida para lo que de verdad le movía, el arte poético. Su aliento se apagó en 2002, pero sólo fue un espejismo. Porque en la fuerza de sus versos se aprecia al poeta guiñándonos el ojo entre bastidores, con la calidez de su ironía tierna siempre al acecho.

Aquí viene una crónica fragmentaria, inexacta, por fuerza miope, de ese cuaderno de palabras pergeñado por el cantar de José Hierro. Una ráfaga ancestral de luces de neón temblando como un solo de John Coltrane, Cuaderno de Nueva York.

El Libro de réquiems, de Wiesenthal, con su cohorte inacabable de luminarias de las artes y las letras, me preparó, hasta cierto punto, para leer este Cuaderno de Nueva York. Pero sólo hasta cierto punto. En realidad nada me había preparado para leer esta peculiar obra de José Hierro. Pues la manera en que aparecen ante nosotros tantos y tantos personajes desde Quevedo hasta Gershwin y más allá, desborda todos los cuadros, navega con decisión en la imaginación del genial poeta y en el imaginario compartido de la cultura contemporánea. Pero sin caer en el caos, a no ser que entendamos por caos lo mismo que Prigogine o Mandelbrot, es decir, caos como un orden de grano fino; un aparente desorden que esconde una alquimia alefiana que se despliega ante la maravillada vista del lector, que va anudando versos y personajes bajo la guía del maestro Hierro; recomponiendo la tonante voz de los orígenes, los primeros balbuceos del lenguaje de los que habla el poeta en el Preludio.

Porque la voz primera se escucha también, inevitablemente, en Nueva York, esa Babilonia moderna tejida con hilos de mil lugares para componer una alfombra mágica, que sabrá Dios adónde lleva. Se componen, esa voz primitiva y esa ciudad desaforada de las mismas pasiones danzantes, anhelos, crímenes, brillos, ausencias… Allá se fueron los pasos del poeta, transitando por la urbe ciclópea que convirtió en desgarrador grito los versos de Lorca. Como el granadino universal, Hierro peregrina hacia las fuentes del esplendor y la miseria occidentales.

Detesto las grandes ciudades, pero aprecio los lugares de comunicación, ideas, aplicaciones prácticas, amor a lo concreto, que supone New York (antes, Nueva Amsterdan, lo que tampoco estaba mal). Centro de operaciones, a ratos, de los pillastres beat, aposento del filósofo escéptico (y a ratos epicúreo) Woody Alen. Entre otras múltiples ópticas.

Resulta un tópico bastante visitado el que un libro es como un viaje. En árabe “safari”, viaje, y “sefar”, libro, parecen tener el mismo origen. Este libro también nos invita a viajar. Pero la sensación de tópico se desvanece cuando veo soltar amarras y el barco, conmigo abordo, despegándose suavemente de la bocana, parte (¿hacia dónde? ¡hacia Nueva Babilonia!). Miro a mi alrededor con estupefacción, como esperando una respuesta, porque la intención era tomar un vuelo y no hacer el viaje en barco. Hierro no me lleva, sin embargo, como a los yuppies, turistas, artistas, estudiantes, etc. Él espera otra cosa del viaje, y está bien así. De modo que me acodo a la baranda y contemplo el tranquilo jugueteo de las aguas mientras los versos, como la brisa, canturrean, bailan al son del clarinete en Rhapsody in blue, el primer poema  tras el preludio:

El clarinete suena ahora

al otro lado del océano de los años.

Varó en las playas tórridas de los algodonales.

Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos.

Se sometió y sufrió, pero se rebeló.

Por eso canta ahora, desesperanzado y futuro,

con alarido de sirena de ambulancia

o de coche de la policía.

Suena hermoso y terrible.

https://www.youtube.com/watch?v=ynEOo28lsbc

Estamos llegando a N. Y. C. La diosa babilónica (¿será casualidad?) de la Libertad nos recibe desde su imponente estatura. ¡Qué lejos están a veces sus hijos de rendirle pleitesía! Y mezclado con el mar nos acoge ya exangüe, el río:

La seda peregrina del Hudson,

incansable y majestuosa,

conduce a la ciudad hasta la libertad

y la purificación definitiva de la mar

siempre reciennaciendo.

Primer poema. Inconmensurable. Es un conjunto de versos que resumen y amplían todo un libro, igual que el fragmento de un holograma roto puede dar cuenta de la totalidad sin tropiezos. Pero esto no empece para que continuemos la lectura, muy al contrario, la estimula. Queremos saber más aunque ya lo sepamos todo. Precisamente porque el universo en sí mismo que es Nueva York se revela en cada pliegue de su alfombra mágica, con brillos y sombras siempre nuevos. A partir de aquí José Hierro se limita a colocar la lupa en un lugar (común o no) de la ciudad, convertida en escenario en el que interactúan los mundos literarios, musicales, vitales… de su propia alma. Sin que importen tiempo y espacio. Es una vuelta a Nueva York en ochenta mundos, parafraseando a Cortázar. No se pierdan, el poeta no lo hace, marca el compás la Novena de Ludwig Van…

Entonces, Ludwig van Beethoven

se levantó y apagó el sonido.

Ahora sí que el silencio era absoluto.

Canturreaba a veces, levantaba la mano

para indicar la entrada a los timbales

en el Scherzo. Lloró con el adagio,

enardeció cuando cantaba el coro

las palabras de Schiller.

Yo nunca podré oír, nadie podrá,

lo que él oía. Finalizó el concierto.

Fue entonces cuando se levantó,

y se acercó al televisor,

recuperó el sonido.

Las cámaras enfocaban ahora

al público enardecido.

Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,

los aplausos que no podía oír en Viena,

en mil ochocientos veinticuatro.

Aparece por estas páginas la Nueva York hiperactiva, consumista, y entusiasta, pero por debajo late el ritmo pulsante de la negritud zumbona de blues, vida subterránea, cadencia de jazz, la negritud ancestral como la nigredo de los alquimistas, incontenible y sonriente junto al drama.

La música recorre muchos de estos poemas con semblanzas de grandes compositores e intérpretes, desde el registro clásico (Beethoveen, Alma Mahler, Schubert, el citado Gershwin moviéndose entre varias aguas…) hasta el el góspel, el bolero, el cuplé… (Mahalia Jackson, Miguel de Molina).

Se asoma Ezra Pound, el bardo que confundió los clarines del fascio con las glorias de Roma (y acaso tuvo razón si pensamos en Heliogábalo, Nerón…). Y pudo inspirar, merced a la continua paradoja que es la vida, los primeros aullidos de la afilada poesía beat.

José Hierro nos sobrecoge cuando, quizá, habla de sí mismo con la voz prestada del poeta americano. Sobrecoge porque nos confiesa su miedo, miedo al encierro, quizá mental, tal vez físico.

Mis cantos definitivos. Los de la plenitud y el miedo. Tengo miedo. Tengo —soy, estoy— jaula. Las palabras más eficaces las de mi lengua y las ajenas, vivas y muertas, oxidadas y aún hermosas, mágicas como el chino, de llave inencontrable, como el bengalí. Miedo, jaula, escribo. Miro a cada instante la puerta cerrada. Podría entrar por ella el doctor, el coronel, el judío, el sayón, el comunista con su escalpelo, su espada, su estrella, su látigo, su hoz. Traen la jaula en la mano, para encerrarme, y en ella permaneceré hasta el fin de mis días. Sin papel, sin pluma mi mano. Así, ¿cómo sobrevivir, escribir, liberarme del tiempo?

Y conmueve este ejercicio de empatía, simpatía y generosidad con un poeta de pensar tan distinto, como lo fue Pound. Pues al final:

Yo no soy traidor a mi única patria que es la poesía. No quiero su comprensión, su compasión ni su desprecio. Más miedo, más jaula, más muerte.

Me despido ya, sin apenas haber contado nada, para que, si es su deseo, lean los versos de José Hierro. Y beban de la fuente, en vez de entretenerse con la engañosa descripción de la canción del agua.

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Las Arcas de Noé, José Ignacio Cervera Nieto

Arcas

Hoy he venido a hablar de mi libro. Como dijo aquel dandy malhumorado que se empeñaba en cruzar todos los umbrales de la vida y las letras. Voy a hablar de mi libro, sí, sin mucha convicción. He dudado bastante en incluirlo entre la nómina de los textos comentados en este blog. Pues no se trata de una obra de especial mérito.

Y no es este escrúpulo de escritor, pues no soy escritor. No es falsa modestia pues a la modestia la hecho en falta. Confieso que he leído, mucho o poco, y eso me confiere una dolorosa lucidez a la hora de examinar mis propios escritos. Mientras tecleo estas palabras deseo con impaciencia acabar esta entrada y que llegue la redacción de la próxima, pero, en fin, pasemos el trago.

Esta novela mía llamada Las Arcas de Noé, me llevó escribirla tres meses de gozo, sorpresa continua, algo de dolor… Y varios años de enfadosa reescritura, corrección, añadiduras, descartes, nueva reescritura… El resultado no está a la altura de tanto desvelo pero lo di por bueno para descansar y ocupar la mente en otras cosas. Entre otras, en este baldío blog en barbecho.

Antes de escribir este libro estaba lastrado por un bloqueo. Me preguntaba, ¿cómo puñetas voy a escribir una novela si no leo novelas? Es decir, no tengo tan interiorizados los mecanismos de la novela, pues he frecuentado más otros géneros.

Este interrogante surgió mientras leía un consejo de Stephen King para escribir mejor. Me pedía que tomara una novela de mi estantería y la abriera por una página al azar. Miré y remiré, y sólo encontré dos (en otro lugar tengo muchas más, claro). Me di cuenta de que las dos eran de Herman Hesse, haciendo juego con mi interminable colección de libros de psicología, espiritualidad, filosofía…

Y, claro. Me dije, ¿no será mejor escribir un ensayo? Luego me fijé otra vez en la novela de Hesse, Demian. Y me di cuenta de que este autor no escribía novelas que fueran meras narraciones. En sus escritos había un decisivo trasfondo interno, la interioridad de los personajes era el verdadero eje. Le interesaba de modo extraordinario el alma de las personas.

De esta forma comprendí que algo parecido era lo que yo buscaba. Escribir una narración, llamémosla “novela”, que fuera también mezcla de ensayo y otras cosas. Lo que pretendo con este libro más que contar una historia, que también, es narrar la vida de un héroe. Pero no como los héroes que pueblan los cómics, películas o series. Sino como los que presidían los Misterios de la Antigüedad: Heracles, Aquiles, Dioniso, Eneas… O Perséfone, Astarté, Isis…

Aquellos que bajaron al inframundo para retornar a la vida fortalecidos, exultantes, libres del miedo a la muerte, conocedores del misterio que da sentido y movimiento al mundo. Pero el Noé de mi historia no es nadie extraordinario, sino humano, demasiado humano que diría el otro. Rodando por una vida sazonada con prodigios excesivos pero no fantásticos, desgracias, amores, pérdidas, triunfos…

Parte de esta historia transcurre en el perdido continente atlántico, la Atlántida. Una isla descomunal en la que el verdadero tesoro no consiste en avances tecnológicos desorbitados sino en la sabiduría incomunicable que aguarda a los iniciados. Noé pasa su infancia y adolescencia en un poblado costero de la Atlántida, entre la selva y el mar. Desde pequeño admira, como todos, el espectáculo de los Hijos del Sol surcando el cielo en sus globos aerostáticos (algo de tecnología avanzada sí que hay). Decide que él va a ser uno de ellos, y, para ello, se marcha de la seguridad de su aldea para cruzar el desierto y llegar a la lejana ciudad de Tisverán donde lograr ese deseo.

Allí, después de diversos avatares y peligros, es iniciado finalmente como Hijo del Sol y marcha en uno de esos globos como emisario de la paz y los tratos comerciales de su nuevo país. Lo que sigue es un continuo ir y venir por un antiguo mundo globalizado y acosado por tiranías. En el ocaso de su vida, siendo un canto más que rodado por el río de la existencia, Noé, que siempre ha sentido una especial conexión con la Inteligencia que mueve la vida, presiente que algo muy grave va a suceder: el Diluvio. Y en lo que sigue hay una parte familiar para quien conoce el cataclismo bíblico, y un capítulo final con nuevas enseñanzas para el protagonista.

Quisiera pensar que esta historia logrará entretener o aportar algo al lector que se adentre en sus páginas. Si no es así no importa, hay miles de libros que sí lo harán.

 

[La novela está publicada en Amazon https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_c_1_16?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Dstripbooks&field-keywords=las+arcas+de+no%C3%A9&sprefix=las+arcas+de+no%C3%A9%2Cstripbooks%2C231&crid=11MKZXZICIAVT.

No obstante, a los seguidores de este blog que estén interesados en leer el libro les enviaré una copia gratis en pdf o doc. No tienen más que escribirme al correo joseignaciocn@hotmail.com.]

Las artimañas de la inteligencia

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Atenea nació de la cabeza de Zeus, su padre. Si tenemos alguna familiaridad con los mitos griegos, hemos oído hablar de esa historia. Lo que se menciona menos es que Zeus, antes de parir cranealmente a su sabia hija, se había zampado a Metis, su esposa. En plena epidemia de violencia machista y doméstica evocar esto puede encrespar sensibilidades, pero aguarden, estamos hablando de un mito. Y la única mirada aprovechable aquí es la simbólica, no la literal. Se nos olvida a menudo que los mitos, como los sueños, son un alfabeto de imágenes que nos hablan de un modo distinto al ordinario. En este caso Metis personifica un concepto muy amplio y rico, muy difícil de traducir:

astucia, prudencia avisada, habilidad, seducción, viveza, doblez, maña,  gramática parda…

Y Zeus, consciente de que le falta ese ingrediente en su arsenal se traga la astucia y la incorpora en su ser para vencer a los titanes. De manera que Metis sigue viviendo en Zeus, es Zeus en cierto sentido.

Ese es un caso de incorporación, veamos uno de separación que es análogo a este a pesar de su aparente diferencia: el de Adán y Eva. Se nos dice que Dios modeló a Eva a partir de una costilla de Adán. Esto, aparte de ser poco elegante como mito, (“¡qué machista!”, puede decirse) nos invita nuevamente a mirar un poco más lejos para comprender. Lo que nos está indicando el mito bíblico es que Adán tiene algo de femenino, pues de él sale Eva, y que su consorte tiene algo de masculino. Lo que en terminología alquímica es el Rebis, el Andrógino de Platón, la fusión del yin y el yang, la unión de los complementarios en el mismo ser.

Volvemos a la metis, ya como tipo de inteligencia presente en la cultura helénica antigua y eje del libro que hoy comento. Su papel es muy importante, impregna los mitos, las obras fundacionales (recuérdese la artería de Ulises), las fábulas de Esopo, las trampas de caza y, en correlación, el comportamiento sagaz observado en muchos animales por los griegos. En todas esas facetas y caras del mismo fenómeno subyace un tipo de conducta peculiar:

la atención extrema, observación, flexibilidad ante las circunstancias para mejor aprovecharlas, ingenio, creatividad…

Por supuesto, no sólo encontramos esas artes “méticas” en los antiguos griegos. La Biblia está llena de relatos parejos: el triunfo de David sobre Goliath, el ardid de Dalila contra Sansón, el de Judith sobre Holofernes, Jacob comprando la primogenitura por un plato de lentejas… Por aquí asoma la picaresca, que no es más que una de las muchas caras con que se muestra (u oculta) la metis. Muchos judíos, como los griegos o los fenicios, eran comerciantes, habituados a la astucia, el engaño, y las artes de la facundia.

Sin embargo, pese a esa relevancia la metis es un tipo de inteligencia que se ve relegada, ocultada, menospreciada. Platón criticaba esa capacidad, desterrándola de su filosofía, y, a cambio, entronizaba la razón discursiva y apolínea, mucho más aceptable para él. Aunque, por supuesto, Platón no está exento de metis, y usa de ella como nos advierte Peter Kingsley en su obra En los oscuros lugares del saber. Allí el estudioso británico dice que, a menudo, Platón cuando bromea se está refiriendo a algo serio, y que al comentar algo pretendidamente serio, en realidad está bromeando. También describe este scholar la habilidad con la que el filósofo ateniense nos embauca acerca de Parménides para que parezca que él, y sólo él, es el heredero legítimo del sabio italiano.

En fin, después de Platón y Aristóteles la opinión sobre la metis no ha sido mucho mejor. Y, si bien se ha utilizado (en su dimensión más gruesa e interesada muchas veces) también ha formado parte de la “sombra” (en sentido jünguiano) de nuestra civilización. Es decir, lo reprimido, negado, e ignorado, en todos los sentidos de la palabra. Por esto llama la atención de Marcel Detienne y Jean Pierre Vernant, que decidieron escribir Las artimañas de la inteligencia allá por los años 80, y abrieron un campo de investigación vastísimo, apenas explorado hasta entonces. Supe de este libro singular examinando la obra del eximio experto en cristianismo primitivo Antonio Piñero. Resulta que el erudito español tradujo este ensayo del francés original.

Se rinden estos autores, como me rindo yo, a la metis, tan distinta de la adusta y fría razón… O, podríamos decir, su complementaria, volvemos a la unión de los contrarios:  el taimado y hábil Hermes completaba a su reposado y razonable hermano, Apolo.

Dos miradas para un mismo ser. Como el bifronte Jano (que mira al pasado y al futuro), cuyo verdadero rostro es invisible, así el de esos dos hermanos divinos, que no son más que vacío que genera dos formas opuestas en apariencia. Un vacío que se ensancha en un presente sin fin.

La rica semántica que encierra lo “mético” (ambigüedad, astucia, disimulo…) me trae también al recuerdo un libro muy querido del que también daremos noticia por aquí un día de estos: Realidad daimónica, de Patrick Harpur. Porque los seres que hacen de la metis su bandera (ya sean humanos, dioses, héroes, o animales) se parecen a los dáimones, que son seres intermedios (entre este mundo y el otro). Son ambiguos, ambivalentes, fronterizos (tienen querencia por el amanecer, el atardecer, los puentes, las encrucijadas). Y encubren su presencia mezclados con fraudes, disparates o confusiones. Por ejemplo los ovnis, que muchos dicen haber visto pero de los que no hay ni una prueba incontestable. De algunos han quedado incluso huellas, pero son tan burdas que no representan más que un señuelo, un jugar al despiste, pues no parecen entes físicos. ¿Y qué son? ¡Qué sé yo! Tal vez ni siquiera son algo. Forman parte de aquellas cosas que, sin mostrar una presencia fehaciente actúan en nuestra vida de algún modo. Como los sueños, los mitos, los cuentos de hadas, las verdaderas intenciones de los demás, lo que no hemos hecho pero anhelamos hacer, la ironía… Todo lo que es solapado, oculto, enigmático.

La primera vez que supe de esta palabra, metis, fue leyendo En los oscuros lugares del saber, antes citado. Kingsley, el autor, se refiere a esa capacidad como propia de los que yacían en esos oscuros lugares, los santuarios de Apolo y Asclepio (entre otros), aguardando con paciencia y la consciencia atenta. ¿Y a qué aguardaban? A que el misterio se hiciera presente en su interior.

HISTORIA GENERAL DE LAS DROGAS, ANTONIO ESCOHOTADO

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Decía aquella tragedia de Lorca: “a la muerte hay que mirarla cara a cara”. También a la vida. No porque decidamos dar la espalda a un problema tal problema desaparece.

Y eso es lo que hace la monumental obra de Escohotado (en general, no sólo este libro), mirar el tema de las drogas de frente, sin escapismos, ideas preconcebidas ni dogmas. Y lo primero que uno descubre al leer este libro excepcional es una idea que sirve también de colofón y resumen: a lo largo de la historia nunca hubo problemas con las sustancias, precisamente hasta que se prohibieron.

Por poner un ejemplo, en los últimos años de la dictadura franquista los opiáceos, en particular la heroína, no estaban prohibidos. Ni prohibidos ni legalizados, simplemente se usaban. Para fines sanitarios. Los únicos adictos a la heroína a principios de los setenta eran médicos, enfermeras y monjas dedicadas también a la asistencia de enfermos. Más que adictos podríamos decir habituados porque no tenían problemas con esa droga.

Otro tanto se puede decir de las anfetaminas. Mientras fueron legales en España iban a comprarlas a las farmacias sobre todo estudiantes con la intención de robarle horas al sueño para preparar sus exámenes. Justo en la misma época, en Estados Unidos, las anfetas eran ilegales. Y allí la juventud las consumía con un desenfreno suicida, no para estudiar sino para romper el tabú, acelerar el ritmo de la fiesta. Una fiesta sacrificial donde las víctimas propiciatorias eran “stoned immaculate” como decía la canción de Jim Morrison, es decir, colgados impecables.

Con el horizonte de la grisura de una sociedad burguesa satisfecha de sí misma, pacata, mojigata, la juventud yanqui se entregó al desafío de la autoridad como rito de paso; recuperación de los iniciáticos pasos perdidos en la niebla del misterio, allende las fronteras de lo sabido, hollado. Y por todo el mundo se extendió tal proceder, al mismo tiempo que se extendía la prohibición que, por supuesto, partió de Estados Unidos. Con su recién estrenado poder de superpotencia coaccionó a decenas de países para que declararan proscritas y diabólicas sustancias como el opio que hasta el romano más pobre tenía en su alacena para combatir la tos o el dolor de huesos.

Quizá resulte ilustrativo recordar que los paladines de la Cruzada antidrogas que partió, como hemos dicho, de Yanquilandia, fueron un abogado alcohólico y una asociación de beatas fundamentalistas e intransigentes con las formas ajenas de emplear el tiempo libre. En breve, personas con un miedo cerval a la profundidad de sus deseos. Que se creyeron con la autoridad moral suficiente como para proteger a los demás de sí mismos. Y esa actitud se corresponde con la que tuvieron sucesivos epígonos aquí y allá.

Ya en el siglo V AD Eurípides nos muestra en sus Bacantes como lo reprimido retorna con brío destructivo y terrible, en una obra freudiana avant la lettre. El dios del vino, Dionisos, (que representa al vino mismo, con su poder desinhibidor), es capturado, reprimido. Pero no resulta más que una ilusión engañosa para el ingenuo rey Penteo, pues no se puede reprimir ni disfrazar la naturaleza por mucho tiempo. Y el rey homicida, que quiere exterminar a las lujuriosas bacantes poseídas por Dionisos, acaba sufriendo su venganza. Cuántas muertes por sobredosis, envenenamiento, cuántos asesinatos, crímenes, habrá producido la Prohibición. Al Capone se hizo rico a costa de la Ley Seca, y los más actuales narcos latinoamericanos dejan en insignificante anécdota la actividad criminal del conocido mafioso y multiplican la fortuna que alcanzó este.

No hay soluciones fáciles para casi nada pero el conocimiento, la ilustración, la información liberan y disipan nublados. ¿Cómo sabré si puedo atreverme a usar esta droga o la otra, o directamente ninguna? Depende de cómo actúa cada una, de la dosis, pero, antes que cualquier otra cosa, depende de ti. De tu temperamento, neurosis o ausencia de ella, moderación o tendencia al desparrame… Conócete.

“Conócete a ti mismo”. Aquellas palabras grabadas en el templo de Apolo en Delfos no sólo son un eslogan o reclamo para mil mercachifles de la Nueva Era. También son un imperativo moral. Veamos la inscripción completa:

 

Te advierto, quien quiera que fueres; ¡Oh tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza! Que si no hayas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si ignoras las excelencias que hay en tu propia casa, cómo pretendes encontrar las de fuera. En ti se haya escondido el Tesoro de los Tesoros. Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses.

 

Se podría apostillar: “Si no te conoces a ti mismo tus demonios se harán fuertes en tu interior y te asaltarán”. Es posible y legítimo vivir sin drogas, sin aventura, sin conocimiento. Pero vivir sin saber quién es uno resulta un mal negocio.

La historia de las drogas es la historia del ser humano. De su amor y desamor por la naturaleza, que es como decir por sí mismo. La narración de sus afanes por saber, sus miedos, persecuciones del extraño otro…

 

[Felicitaciones a mi admirado maestro Antonio Escohotado por culminar su magna obra llamada Los enemigos del comercio. Vaya mi agradecimiento por su esfuerzo, perspicacia y lucidez. Llegó el tercer volumen que, lejos de ser un punto de llegada, es, o debería ser, un punto de arranque para investigaciones, estudios, debates, diálogos… Estamos necesitados de inteligencia activa.]

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EL HEREJE, MIGUEL DELIBES

 

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Supe de este libro poco después de que se publicara, en 1998. La profesora de filosofía en aquel último curso del bachillerato nos lo dio a elegir junto con Juliano el Apóstata, de Gore Vidal, y Juan de Mairena, de Machado; para realizar un trabajo de uno de los tres. En principio mis preferencias iban por los dos herejes, empezando por Juliano, pero la enorme tardanza de la librería en traer los ejemplares me decantó por el ensayo de Machado. La complejidad conceptual del libro (si lo comparamos con los otros, que son novelas) y el poco tiempo que dediqué al trabajo dio como fruto lo esperado: un churro.

El libro de Delibes me llegó a toro pasado, pero la buena opinión de él compartida por varios compañeros me llevó a comprarlo. Apenas hacía un año que me había confirmado en la fe cristiana, pero todo andaba revuelto en mi interior. Siempre me había hecho muchas preguntas más o menos profundas. Y desde que descubrí la filosofía, en primero de bachillerato, justo en ese curso, la ciencia, y en particular las teorías de Darwin, parecía extinguir, con su rutilante estela, toda necesidad de la fe, y la religión en general, para explicar por qué estamos aquí. O al menos así es como planteó el asunto el redomado ateo que era nuestro simpático y carismático profesor. En aquella época aún no sabía nada de Teilhard de Chardin. Y también estaban por llegar, antes de eso, mis inclinaciones deístas y mi humanismo cristiano agnóstico bastante influenciado por Feuerbach, Bloch…

A Cipriano Salcedo, protagonista de la novela, lo conoce el lector desde los prolegómenos de su difícil nacimiento, en el que muere la madre. Asistimos a sus primeros pasos en el Valladolid de principios del siglo XVI; a la triste infancia marcada por el rechazo del padre, el refugio en el amor de su vida, su nodriza Minervina. En medio de la dureza del mundo externo, a la intemperie, Cipriano va conectando con su fuerza, resistencia interna. Y la siente como nacida de la fuerza divina, del amor divino, al que siempre ofrendará su confianza, su fe. Llevándolo como candil interno cuya luz ilumina y reconforta. Así será hasta el final, hasta el terrible final.

Esa fuerza interna del protagonista se traduce en amor propio, tesón, frugalidad, espíritu emprendedor, laboriosidad… En un panorama patrio, los primeros años del Imperio, lleno a rebosar de sujetos que huyen de una forma u otra del trabajo, el afán de superación de Cipriano destaca, prospera. Con su afamado “zamarro” de lana, que se vende como rosquillas. Las cosas van bien.

Pero, como es sabido, hace falta más. Cuando las necesidades materiales están cubiertas otros apremios surgen, como bien mostró Maslow. Cada uno los aborda como puede o quiere. Y el exitoso comerciante textil, que siempre ha tenido una especial, y personal, relación con Dios echa de menos eso en su práctica religiosa. Más libertad, una renovación ética de la Iglesia… Soplan entonces los vientos de cambio del protestantismo. Que prometen precisamente, renovación, limpieza de corruptelas eclesiásticas… y una relación más estrecha y libre con las Escrituras y quien las inspiró. Además, el carácter trabajador y emprendedor de Cipriano encaja como un guante en la mentalidad protestante. Podría pasar como ciudadano de Roterdam, o Hamburgo, tanto como de Valladolid (sin prejuicio de que esta ciudad exultara de actividad comercial, y comerciantes). Y se une a la causa protestante con el afán de encauzar sus inquietudes espirituales.

La capital de Castilla lo será también del Imperio, erigiéndose en una de las principales del mismo desde los ángulos político, judicial y económico. No estamos hablando de cualquier cosa. Pero Valladolid, como el resto de España, es mal lugar para ser protestante porque el emperador no va a tolerar disenso religioso en sus territorios. De manera que a los conventículos afectos a ese movimiento, desde erasmistas a luteranos, les corre mal aire. No precisamente vientos de cambio sino de represión del hereje.

Cipriano, que es persona de bien, y no pretende atacar ni ofender a nadie sino tener el derecho a pensar y sentir como quiera, va a notar en la nuca el aliento de los cazadores de herejes. Hasta que el peor de los desenlaces se hace inevitable. Con pocos libros he llorado más que con este, con pocos libros he detestado más a la Iglesia, aunque la Iglesia la administran personas y las personas se equivocan. Con bastante frecuencia. Años más tarde hice las paces con la Santa Madre, pero ese es otro tema.

Pensando en la vida y final del protagonista narrados en la novela, en sus afanes, fuerza, dignidad… voy a terminar con un par de párrafos que escribí por aquí hablando de otro libro (Historia de dos ciudades). Autocitarse no es lo más elegante del mundo, pero creo que viene a cuento:

“Cuando la Historia se presenta con toda su potencia telúrica, y cambian los cimientos del mundo, como sucedió en la Revolución Francesa, las personas son poco más que hormiguitas barridas por el viento. Algunas de ellas se dejan llevar dóciles en su papel de víctima propiciatoria, o demonio ejecutor, convencidas de que nada pueden hacer contra la ferocidad de los acontecimientos.

Otras personas, pocas, saben también del peso de las circunstancias,  y de lo efímero y quizá inane de sus actos. Pero, amigos míos, esas personas aguantan de pie, cara a cara con el viento de la Historia, y defienden su despreciable y humilde vida, o la ajena, con el mismo empeño rutinario con que un obrero ficha para trabajar o un empresario vela por su negocio”.

EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM, HEINRICH BÖLL

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A veces la libertad de expresión se torna libertad de agresión.

La protagonista de esta novela de Heinrich Böll recibe un acoso intempestivo de la prensa sensacionalista. ¿Es Katharina famosa, una diva del cine, un rostro televisivo? No, es una persona común y corriente (como también lo son las divas) que trabaja, es seria, formal, y nada tiene que ver con escándalos, farándula, etc. En una fiesta de disfraces un tipo se cruza en su camino, o ella se cruza en el suyo, intiman. Y a la mañana siguiente recaen sobre el tipo acusaciones de diversos crímenes. La policía interroga a Katharina, la acusa de complicidad… Los periodistas ya tienen su noticia. Se ha abierto cantera, y para agrandar esa mina-noticia no hace falta dinamita sino falsedades, manipulaciones, difamaciones, que se van añadiendo sin escrúpulos.

La tranquila vida de esta silenciosa y ordenada muchacha cae bajo la lupa de la opinión pública. Y la imagen aumentada y grotesca le debe mucho a los esfuerzos por ensuciar, calumniar, y dibujar libremente la escena de cierto periodista. La tensión aumenta hasta que el periodista acaba como acaba, y Katharina culmina el destrozo que es su vida ingresando en prisión. Bonita historia.

La novela la publicó Böll allá por 1974, dos años después de recibir el Nobel. Cuarenta más tarde, el escritor alemán se horrorizaría al ver que esa destrucción potencial de la intimidad y el honor que anidaba en los medios de comunicación es hoy tan fácil. Tan fácil como escribir un tweet, o varios.

Pero quizá habría algo que lo inquietara aún más. Y es el entusiasmo con que entregamos nuestra intimidad (lo del honor lo dejo aparte, porque para mucha gente es una palabra pasada de moda). Desde aquel “apasionante experimento sociológico” que fue el programa televisivo Gran Hermano (que despertó la curiosidad infatigable del difunto Gustavo Bueno) parece como si las paredes de nuestras casas se hubieran desplomado. Dejando al descubierto nuestras vidas para deleite o rechazo de la concurrencia. Que regala o regatea pulgares hacia arriba igual que en el circo romano (si bien los romanos, cuando subían el pulgar indicaban lo contrario).

Por cosas de este tipo, esta mañana, mientras miraba la tapa de la novela y recordaba cuando la leí, hace ya varios años, me dio la impresión de que no ha pasado nada de moda. Su sombra incómoda se ha agigantado. Cabe esperar que las reacciones de la gente ante los ataques contra su intimidad y su honor (si creen tenerlo) no despierte la agresividad escondida (terrible, comprensible) de Katharina Blum.