El guardián entre el centeno, J.D. Salinger

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Por fin se me ocurrió leer este afamado libro. Tan mitificado lo tenía como una obra rodeada por un halo carismático e intelectual, que cuando empecé a leerlo quedé estupefacto: solo se trata de un adolescente que nos cuenta su vida. Por supuesto, pocas cosas puede haber en el mundo más apasionantes que la más insulsa de las vidas de cualquier adolescente. Por eso estamos hablando de que este es un libro mítico.

Pero hay más, siempre hay más. Resulta que al niñato protagonista le gusta escribir, por lo menos se le da bien. Y esto, de algún modo, hace que acudan a uno miles de recuerdos que ascienden del fondo de la memoria como el fango de un estanque al moverlo con un palo. Y recuerdo entonces que siempre me gustó escribir, al margen de cómo lo hiciera. Entre mis primeros recuerdos de infancia están los cuentos que nos narraba (nunca leía) mi primera maestra, el hechizo sin fondo que flotaba entonces en el ambiente. Y las primeras extravagancias que di en escribir con cinco o seis años. Más tarde, con una edad pareja al protagonista de El guardián… escribía de vez en cuando alguna cosa. Relatos alucinados, esbozos de novelas imposibles basadas en dimensiones invisibles del tiempo, países subterráneos desconocidos… Siempre el misterio susurrándome al oído.

Lo que va describiendo Holden, el narrador de nuestro libro, poco tiene de misterioso, en principio. Se nutre de confidencias cotidianas de sus cosas de adolescente, el colegio del que lo han expulsado, la forma de ser más o menos detestable de sus compañeros… Esas cosas. Poco misterio. Lo que ocurre es que Holden parece un muchacho bastante franco al hablarnos, (aunque nos advirtió al principio que no contaría todo), y uno se espera que, de un momento a otro, va a soltar algo más grave. Algún tipo de bomba, fétida o no, pero insospechada.

Aparte de contarnos su afición a escribir, el narrador se explaya en su desprecio por el típico héroe deportista americano de instituto, el guaperas que siempre se lleva a las chicas. Aunque él también sale con chicas y hace lo que puede, pero no va buscando lucir una pose, quizá porque no sabe o no le da la gana.

Al leer este libro uno paladea lo que es la verdadera literatura, la grande. La que nadie diría que es importante, pero sí interesante, si no conociera el famosísimo título y al famosísimo autor. Este libro me recuerda, por su viveza, su sinceridad (lo cual no quiere decir que sea verdad todo lo que cuenta) a las novelas de Kerouac (sin que tengan nada que ver entre sí), a las novelas de Montero Glez. Las novelas de Montero Glez son a la literatura lo que las canciones de Extremoduro a la música, nunca serán mainstream, quizá. Pero ni falta que hace. Muchas veces he pensado que si Robe no dijera tantas barbaridades su música sería mejor, porque es un poeta hasta el tuétano del hueso. También pienso algo parecido del novelista madrileño. Pero si no dijeran cada palabra que dicen sus obras serían muy distintas, y quizá no valdrían la pena.

Salinger no suelta apenas obscenidades en la novela, todo lo contrario, el lenguaje del protagonista y narrador es de lo más ingenuo, de lo más infantil. Pero eso no le resta un ápice de fuerza, de vida, de presencia, a lo que dice. Y esto tiene un mérito.

No cuesta mucho trabajo volver a la adolescencia al leer estas páginas, uno se revive otra vez como zombi ambulante lleno de acné (y de sueños, y de ideas…). Muchas preocupaciones de entonces o parecidas que evocan las propias de Holden, el narrador, parecen estúpidas, ridículas. Y tal vez lo sean. Pero cuidado. Nada es nimio o ridículo cuando uno tiene esa edad, y sobre todo si hay problemas verdaderamente graves de fondo. Todo el mundo ve el telediario y no hace falta decir cuáles son. Cuando uno tiene esa edad cualquier cosa, nimia o grave, puede destruirte. Hay suicidios repentinos, que cortan la vida en un segundo, y hay suicidios que duran toda la vida. Y comienzan en la adolescencia.

Sin embargo, conocemos también muchos más casos de lo contrario. Adolescentes que han sido un desastre, y una vez que se han serenado sus aguas han descubierto un objetivo, una profesión, una idea que los ha centrado, los ha dirigido a su centro… Sabemos mucho de esto porque hoy en día nuestra sociedad es prácticamente una sociedad adolescente, o infantil, en muchas cosas. La gente adopta (adoptamos) una pose adusta, ríe menos que antes, en los años más locos, pero por dentro sigue siendo un océano insondable de dudas, devaneos, inseguridades, miedos… No recuerdo dónde leí algo que me sorprendió, me hizo gracia e inquietó a partes iguales. Alguien le preguntó a un sacerdote qué había aprendido del ser humano después de toda una vida, varias décadas, oyendo las confesiones de los fieles. Lo que aprendió es que la mayoría de las personas son en realidad niños. Niños a los que les salen arrugas, canas y todo eso. Pero no niños llenos de entusiasmo, que juegan con la vida (aunque sepan que es un juego serio) y no piensan más que en el presente completo que alienta todas las cosas. Más bien niños asustados, inmaduros. Niños que se pintan un bigote para parecer mayores frente al espejo, niñas que se ponen tacones que les quedan grandes y se pintan unos labios horrorosos tiznándose media cara.

Después de algunas lecturas, algunas experiencias, y del paso, peso y poso de los años, maldita sea, sigo siendo un niño. Quizá un adolescente (lo digo solo para presumir), como Holden. Sin embargo, algo en mí es muy viejo, viejísimo. Ya se vislumbraba así cuando era niño de verdad y los otros jugaban y daban grandes gritos en el patio mientras que yo buscaba algo desconocido entre las telarañas del techo, en el porche. Mirando como un idiota, sin saber qué buscaba. Algo dentro de mí sigue siendo viejo, antiquísimo, no ha cambiado, como tampoco ha cambiado el niño asustadizo y asombrado con el más pequeño detalle del mundo. El viejo observa al niño, ríe, y lo deja ser.

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Filosofía Antigua, misterios y magia. Empédocles y la tradición pitagórica. Peter Kingsley

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¿Qué pasaría si en oriente se hubiera guardado una visión más cabal de las enseñanzas de Empédocles y otros maestros de la filosofía originaria? Si la investigación de Peter Kingsley es correcta la respuesta a la anterior pregunta es un gran . El filósofo británico trabajó duro para escribir este libro, como es habitual en él. Sus conclusiones beben de estudios filológicos, filosóficos, geográficos, mistéricos, simbólicos…

Fiel a su método, busca comprender a los sabios por él estudiados viéndolos en su propio contexto histórico, físico, vital. En su libro, y de la mano del autor, vamos viendo que esa no ha sido de ninguna manera la actitud predominante en los estudiosos. Estos se arrojaban sobre el texto y, sin prestar una atención suficiente y cuidadosa a esos detalles contextuales, proyectaban todos sus prejuicios racionalistas y no permitían que el mensaje implícito, de hondo poder transformador, les llegara.

Volviendo a lo planteado en la pregunta inicial, es cierto que durante siglos circularon tradiciones orales muy importantes sobre varios de los llamados filósofos presocráticos. Esto fue en Persia y otras zonas del cercano oriente. Topamos aquí con un obstáculo incómodo para el historiador de pulcra formación científica. Para ellos lo que no está escrito (o no ha dejado algún tipo de huella física) no significa nada. Así, las tradiciones doxográficas se observan, analizan y cotejan con lo escrito. Y se guarda una prudente distancia respecto a ellas. Lo cual es sensato (para un estudioso). Es lo que debería hacerse respecto a lo que decían Platón y Aristóteles de sus mayores, los primeros filósofos. Sin embargo, tanto al ateniense como al macedonio se les otorga un crédito enorme. Con frecuencia sus opiniones y aseveraciones poseían para los académicos tan formidable autoridad que valían para explicar el pensamiento de los presocráticos tanto como si cada uno de estos últimos lo hubieran escrito de su puño y letra. Y por ahí han venido gran cantidad de malentendidos.

Peter Kingsley, con paciencia y muchas lecturas, con sagacidad y luminosa “mêtis” (astucia, pillería, clarividencia) va retirando con su escalpelo capas y capas de prejuicios, malentendidos, distorsiones… Hasta presentarnos lo más parecido a las ideas originales que Empédocles plasmó en sus misteriosos versos, cuya recitación transportaba (¿y transporta?) a ignotas regiones del alma. Sus palabras, decía el profeta siciliano, son semillas que se plantan en el corazón del discípulo. Y que germinarán en un conocimiento vital y transformador. No eran meras fórmulas teóricas, meras hipótesis, sino bombas para dinamitar lo antiguo y hacer crecer lo nuevo.

Así era la verdadera magia antigua, que hoy devaluamos asignando su nombre a juegos que buscan engañarnos. La magia de Empédocles, que muchos siglos después llamarán “teúrgia” los nuevos platónicos, no estaba destinada a engañarnos sino a sacarnos del engaño que es la visión aparente y superficial de las cosas, de la vida.

[Quien se atreva a internarse en el dédalo de pistas, deducciones y averiguaciones que es este libro quizá se quede al final, convencido ya del misterio y poder que envuelve al protagonista, deseando conocer más. Su curiosidad se verá saciada ampliamente cuando lea Reality, del mismo Peter Kingsley. Eso sí, por ahora tendrá que hacerlo en inglés]

La señora Dalloway, Virginia Woolf

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Recuperamos un post publicado hace unos siete años en mi anterior blog, sobre un libro de Virginia Woolf, pronto volveremos con artículos recientes. Disfruten y, si les llama, lean el libro.

El título no es muy evocador, tampoco la portada (de la edición que yo tengo). Este libro de Virginia Woolf reposaba, olvidado, en el fondo de una alacena desde que lo adquirí hará unos trece años. Venía en la famosa colección “100 joyas del milenio” con algunos de los mejores libros de todos los tiempos. En aquella época, tan propicia para leer y descubrir, tropecé con numerosos clásicos. Este delgado volumen se me resistía hasta ayer.

En él la melancolía por el pasado perdido surge sin hacerse pesada, sumergida en los miles de destellos de un Londres, de 1923, efervescente. No suceden muchas cosas destacables pero a pesar de eso la aguda forma de narrar de Woolf nos transporta en volandas. Su voz nos lleva con pericia más allá de las encopetadas apariencias de los gentelmen y damas de Inglaterra tan opacos a veces a revelar sus sentimientos y motivaciones. Así, tanto los detalles externos como los internos son vistos con eficaz lupa, toda una época, una generación queda retratada al modo que sabía hacer Goya. Descendiendo hasta el alma que hace rodar la rueda social más allá de convencionalismos, poses, formulas preconcebidas. Y todo ello de un modo muy sencillo, como he dicho, sin mencionar grandes acontecimientos, con el secreto pulso de lo cotidiano que se despliega con ingenuo encanto.

El hecho más impactante es el suicidio de un excombatiente traumatizado, enloquecido por la guerra por su propia extrañeza ante el sufrimiento ajeno. Hay aquí una temprana (el libro es de 1925) y apenas esbozada pero cierta crítica al trato que dispensa la medicina, o ciertos médicos, a las personas con trastornos mentales. Todavía tendrán que pasar unos cincuenta años hasta “Alguien voló sobre el nido del cuco” y su feroz denuncia. Pero aquí, en La señora Dalloway, encontramos de forma incidental un reproche a la incompetencia del doctor Holmes, la fría eficacia médica del señor Williams y su superioridad irrebatible de sacerdote laico.

Imperiofobia y leyenda negra, María Elvira Roca Barea

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Hay libros con la capacidad de hacernos cambiar no solo de opinión sino de mentalidad. Este es uno de ellos, supongo que ya lo conocen. Si no lo han leído, se lo recomiendo. Desde hace años me han ido llegando algunos retazos, algunas leves fulguraciones de la silenciada realidad que Imperiofobia y leyenda negra revela para quien quiera verla.

Lancemos una pregunta: ¿cuántos indios vivían en Norteamérica antes de la ‘conquista del Oeste’ y cuántos después de tal conquista? ¿Qué trato jurídico se les dio a esas personas? ¿Fue alguno de esos indígenas elegido para un cargo público?

Estamos en la era de los datos, así que creo que será más ilustrativo mostrar algunos de los que el libro ofrece:

“En 1531 se crea para atender a los indios enfermos de sarampión el Hospital Real de San José de los Naturales y en 1534 nace el Hospital de San Cosme y Damián. Esta situación se repite ciudad por ciudad y es raro encontrar una población con más de 500 habitantes que no tenga su propio establecimiento. No puedo consignar aquí la lista interminable de hospitales e instituciones de caridad que nacieron en América, cada una con su propia historia. Remito al lector interesado a la bibliografía” (op. cit. P. 205).

No parece que los conquistadores anglosajones del oeste americano tuvieran el mismo interés por el cuidado de los indios enfermos ni por los sanos.

“Puede el lector fatigar las leyes británicas y las actas parlamentarias. En vano. No encontrará leyes sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que se iban conquistando en Norteamérica o planes para su integración. Simplemente no existen. Nadie se plantea (los clérigos tampoco) que tengan alma, o que necesiten atención hospitalaria o que se pueda pactar con ellos” (op. cit. p. 215).

Otro dato: “Se fundaron en América más de veinte centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150.000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas. Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial” (op. cit. p. 206).

Otro más: “El estudio científico de lenguas distintas de las europeas o las bíblicas comenzó en América. Ya el primer libro que se imprimió en México, Breve y compendiosa Doctrina Christiana en lengua mexicana y castellana (1539), era un catecismo bilingüe. En cuanto aparecieron las universidades, surgieron cátedras de lenguas indígenas, lo que no ha sucedido en Estados Unidos hasta el siglo XX” (ídem.).

Se habla de que la acción española en América fue un genocidio. Lo cierto es que los pueblos sometidos a los aztecas se cansaron de que cada año se sacrificara a tantos y tantos de los suyos. Sin la ayuda de estas gentes nativas del Nuevo Mundo jamás Cortés hubiera conquistado México, ni Pizarro el Perú. Más que nada porque los españoles eran apenas unos cientos frente a cientos de miles. El Imperio español es obra tanto de españoles como de indígenas de diversas culturas que colaboraron activamente en él y en su mantenimiento.

 

La temida Inquisición española.

Como nos recuerda Roca Barea, pocos tribunales (ninguno) hubo en Europa con las garantías procesales y jurídicas que ofrecía el Santo Oficio en España. Los ejecutados en varios siglos se cuentan por cientos, cuando solo en el reinado de Isabel I de Inglaterra miles de personas fueron torturadas y asesinadas con total impunidad. En los procesos de la Inquisición apenas se torturó a un uno o dos por ciento de los detenidos, cuidando siempre de no poner en peligro la vida del detenido. Por la misma época en otros países de Europa se cometían las mayores atrocidades sin amparo alguno para el reo. La misma caza de brujas que en España no tuvo apenas repercusiones, en la Europa protestante se llevó por delante miles de vidas, en medio de una manía persecutoria paranoide en la que se veía enemigos por todas partes.

“Cualquier comparación del procedimiento inquisitorial con las actividades de la Star Chamber o la lettre de cachet es una burda ironía. Jamás el acusado en un proceso inquisitorial estuvo en la situación de absoluta indefensión en que se veían los que eran llevados ante esta institución que no puede ser propiamente considerada un tribunal” (op. cit. p. 243) .

 

Gente que viene y va.

Desde el instituto nos machacaron con la consabida desgracia para España que fue la expulsión de los judíos en 1492. Se nos dijo que ya nuestro país no volvió a levantar cabeza, que sin el concurso de gestores tan eficaces de nada servían las riquezas que se traían del Nuevo Mundo. Pero no es cierto, desgracia fue para las pobres familias de compatriotas nuestros que fueron obligadas a marcharse al exilio si no se convertían, es cierto. Pero aquí la vida siguió rodando, y décadas después el Imperio español escribió páginas de gloria en la historia universal, como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, hubo otra expulsión que sí fue fulminante. Y cuyos efectos se sintieron sobre todo en América, en las encomiendas y comunidades trabajosamente, y con gran arte, sacadas adelante por los jesuitas. Fueron estos mismos, los jesuitas, los que tuvieron que marchar del Imperio. Tantas veces se nos dijo que estos personajes eran cultos y laboriosos, sí, pero también entrometidos, metiches, puñeteros, conspiradores… No nos hicieron lamentar demasiado en nuestra enseñanza aquella expulsión acontecida en el siglo de las luces. El relato de Roca Barea sobre los efectos devastadores de esa expulsión es bastante elocuente. Entre esa purga de jesuitas y las medidas centralistas de Carlos III, sí, también suyas, se aceleró la caída, en pocas décadas, de una gran entidad multinacional, multiétnica, como no se ha visto otra, que funcionaba bastante bien. No tenemos ni una pequeña idea de lo perdido, no ya en tanto que españoles, sino viendo el asunto como europeos, tal y como está el patio en la desnortada Unión con capital en Bruselas (que tanto nos estima).

En fin, los imperios nacen, se desarrollan y mueren. No hay que llorar ni por el romano, ni el español ni el inglés, etc. El problema es que con la expulsión de los jesuitas se desmanteló una organización creativa y pulsante que mantenía vivas muchas comunidades en la selva, por toda América. Entonces los indígenas, no lo olvidemos, eran tan españoles como las cigarreras de Sevilla o los segadores de Valladolid. Se respetaban sus personas y su mundo.
Después los criollos que venían a traer la libertad lo que hicieron fue oprimir y despreciar a esas gentes de un modo que sus antepasados españoles jamás se permitieron a sí mismos.

Este libro de la historiadora Roca Barea me acompañará en lo sucesivo como lectura de cabecera, siempre le agradeceré que me haya ayudado a ver mi historia con otros ojos. Ahora bien, me gustaría hacer algún inciso a la actitud de la autora. Ésta le reprocha a Pérez Reverte que en una de sus novelas se ciñera a la leyenda negra a la hora de presentar al inquisidor de turno de una forma que no se corresponde con la realidad histórica. De acuerdo. Esa acusación supone obviar que el señor Reverte escribió una obra de ficción y no un libro de historia, pero aun así comprendemos la postura de la escritora y el tirón de orejas. Sin embargo, y ya que ella se ocupa durante todo el libro de las omisiones y silencios, no resulta menor el suyo. Es decir, desde mi punto de vista, debería haber reconocido el esfuerzo del escritor murciano, en sus artículos a lo largo de décadas, por desmontar la leyenda negra y rehabilitar la historia de nuestro país. Con su estilo, como es lógico (no con el del vecino), sin ser historiador profesional (quizá ha leído más que algunos sedicentes historiadores, quizá), su labor me parece intachable y digna de reseñarse.

Tampoco menciona la autora de Imperiofobia (tal vez porque no lo conoce, no pensemos mal) el trabajo de divulgadores como Carlos Canales y Miguel del Rey. Desde hace años, y con gran éxito, publican de forma conjunta libros que nos recuerdan las gestas de la historia de España, como por ejemplo en Banderas lejanas, entre otros muchos títulos.

También es conveniente comentar que en su comprensible y legítima labor de recuperar y remozar el retrato de nuestra historia, Doña Elvira termina por dejarlo demasiado brillante, ocultando o no desarrollando como es debido ciertas sombras (aunque para ese trabajo ya existen operarios de sobra).

Le asalta a uno, además, la sensación de que esta señora se ve como la fundadora de una mirada nueva sobre nuestra historia cuando su libro no deja de ser (y no es poco sino mucho) un brillante epítome y síntesis de lo que otros llevan años comentando. En cualquier caso, vaya desde aquí mi agradecimiento por su trabajo. Se echan en falta más libros como el suyo, que desentierren verdades incómodas, tanto si nos sacan guapos en el retrato de la historia (como en su libro) como si muestran nuestras muchas miserias, que las hubo, y las hay.

El simbolismo de los colores, Frédéric Portal

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“Los colores tuvieron el mismo significado en todos los pueblos de la alta antigüedad; tal conformidad indica la existencia de un origen común”…

F. Portal

Este libro del que vengo a hablarles hoy es especial. Supongo que todos los libros lo son en más de un sentido, aunque este resulta bastante singular en tanto que no hay muchos parecidos. Existen cientos de libros sobre símbolos, diccionarios, manuales… Este es especial porque trata del simbolismo de los colores diferenciando en cada caso varios niveles de sentido: lengua divina, lengua sagrada, y lengua profana. Un poco más adelante explicaremos a qué se refiere el autor con eso.

A menudo nos despachan el significado de un símbolo, y en concreto de un color, de la forma más apresurada. ‘Rojo’ significa esto y esto, ‘azul’ esto otro, etc. Cuando la realidad del símbolo, por su riqueza, nos supera y apenas alcanzamos a rozar su profundidad. Pasamos por alto muchas veces que un símbolo no es algo plano y directo, sino que tiende más a ser un poliedro de gran complejidad. Igual que la revelación, revela y vela al mismo tiempo la verdad. La revela por su carácter espiritual, y la vela por su naturaleza tangible, expresada. Los símbolos poseen: un aspecto luminoso y otro sombrío; un lado más exterior (cercano a lo material), y otro más recóndito. La distinción de la que antes hablamos, lengua divina, sagrada y profana, nos habla precisamente de una escala que va de lo más interior a lo más exterior del símbolo. A veces, dependiendo de la ocasión, y como Portal nos recuerda, el mismo símbolo puede significar una cosa o la contraria, porque existen variados contextos y encajes que así lo demandan. El arte de la simbólica es intrincado, sutil, y lo contemplo desde muy lejos, como mero aficionado, dejándome guiar por los comentarios de los maestros.

Hablamos, claro, desde la perspectiva de los símbolos sagrados, para quien no hay tal cosa, todo esto no es más que palabrería hueca. Tal vez lo es. Se puede pensar, es legítimo, que el ser humano crea todo el conocimiento, que por eso mismo es relativo, y fuera de ahí queda la naturaleza que es un puro azar embridado por ciertas leyes o regularidades. A mí me convence más pensar que fuera (y dentro) de nosotros hay misterio. Y no un misterio solo provisional (que irá desvelando la ciencia), solo físico, sino algo que supera todos los adjetivos, los sustantivos, y a todos acoge, que no es inmanente ni trascendente sino ambas cosas, sin límite… El símbolo sería el puente que une ese misterio que no puede expresarse con lo tangible y visible, por eso reúne en sí algo de ambos.

El autor de esta interesante guía simbólica era católico pero esto no le impedía reconocer la chispa de la verdad en la creencia ajena. Para un racionalista no creyente los paralelismos que se dan entre símbolos de tradiciones y religiones diferentes indican que todas se basan en invenciones humanas. En mi caso opino lo contrario. Que los símbolos comunes a muchas tradiciones vienen a confirmar la unidad esencial de la que proceden, que son ecos diversos de la misma música de los orígenes, el misterio del que antes hablaba. Una parte de mí mira (con mezcla de inquietud y esperanza) a los albores de la era de los robots; y otra parte de mí es decididamente medieval, o lo pretende, en el sentido más noble, alto y honroso del término. Esa época estuvo repleta de miseria, falta de libertad, guerras (ahora también las hay)…

Pero fue una edad de oro para los buscadores del espíritu. Apenas bastaba con ser un sencillo zapatero, un constructor o un artesano para ponerse en camino. Porque hasta el más simple objeto se diseñaba y realizaba para que estuviera en armonía con los principios más elevados de la divina realidad. Y así la piedra que el tallador desbastaba era un símbolo de su propio perfeccionamiento interior. Entonces había arquitectos que sabían de la importancia de la piedra angular y dónde colocarla. Hoy… quién sabe.

EL VIAJE DEFINITIVO. Stanislav Grof.

 

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

Antonio Machado, Retrato.

 

La LSD, como otras sustancias de su estirpe, como los buenos maestros, te despoja de todo lo que crees ser y te enfrenta con lo que eres en realidad: puro ser. Te lo quita todo, y te entrega lo que jamás imaginaste que fuera real. Y de golpe. Por eso hay personas que no están preparadas para ese viaje, y es sensato reconocerlo. Pero otras, una inmensa mayoría, se beneficiarían de sus efectos a nivel personal, terapéutico, espiritual sea lo que sea eso. La LSD es muchas cosas, entre ellas es un amigo (o un enemigo, según cómo se use) que nos presenta a la muerte. Y conocer la muerte, por esas paradojas de la existencia, es conocer y abrazar la vida.

Antes que otra cosa, este profundo y revelador libro es un libro sobre la muerte. Aviso a navegantes. Se ha dicho muchas veces, y en parte sigue siendo así, que en la moderna sociedad hipertecnificada no tenemos una relación sana con la muerte y todo lo que la rodea, la enfermedad, las postrimerías… Todo esto se ha arrinconado en un desván lleno de polvo y telarañas donde nadie quiere asomar la nariz.

Esto, sin embargo, está cambiando, en nuestro mundo tan móvil y dinámico nada dura mucho tiempo, ni siquiera lo nocivo. Hay numerosas campañas para recaudar fondos para niños con enfermedades raras, para la lucha contra el cáncer, etc. La enfermedad de alguna manera se está reconociendo como algo natural y no como un fracaso de la medicina. Cuando una cosa es ubicua, como la enfermedad, la muerte, o el sufrimiento, no puede ser un fracaso del sistema, la verdad tiene que ser más sutil. ¿Y cuál es esa verdad? La respuesta no me corresponde a mí, aunque intuyo ciertas cosas. Para quienes pensamos que la vida es una obra de arte sagrado, a pesar de todos los pesares, la zona en sombra del cuadro está ahí para que resalte de una forma más reveladora la luz que se cuela por la ventana.

Es esa sensación, de profundo significado y de belleza extraña e incomprensible, la que me sugiere la lectura de este libro del sabio doctor Grof. En la primera parte de la obra el autor vuelve la vista a las tradiciones antiguas que hasta más allá de la Edad Media tenían una forma ritualizada e íntima de relacionarse con el viaje definitivo.

Incluso poseían sus propios manuales, como el Ars Moriendi, en la Edad Media cristiana, El libro tibetano de los muertos, o, el más antiguo aquí citado, El libro egipcio de los muertos. Cuyo nombre literal resulta revelador: libro de la ‘salida al día’. Lo que se podría también traducir, quizá, como ‘libro del despertar’. Puesto que, para los antiguos sabios, estamos dormidos, y, lo que es peor, estamos muertos. Sí, para ellos los que nos consideramos ‘vivos’ estamos en realidad muertos. Y la iniciación, tanto si transcurría en vida de la persona, como si se realizaba ya en los pasos de la muerte, estaba destinada a gustar los hondos sabores que la vida depara. Transitar las espaciosas avenidas que la jalonan, y salir de nuestro encierro mental en el que cada cosa parece estar separada de las demás. Porque, como sabiamente comenta Halil Bárcena en un pensamiento suyo contemplando las piedras de un muro en un camino, ‘lo que separa es también lo que une’. Es decir, el espacio que hay entre las piedras y las separa al mismo tiempo las une. De algún modo las piedras son muro, como de algún modo un conjunto de células es un ser, y un conjunto de seres, el Ser.

En la segunda parte del libro se nos habla de los primeros pasos en el estudio clínico de la LSD con enfermos terminales, con pioneros como Eric Kast. Stanislav Grof, que es psiquiatra, narra su experiencia clínica con un equipo médico en un estudio experimental en Maryland, Estados Unidos, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. En el transcurso de ese estudio Grof y los demás profesionales acompañaron y atendieron a varias personas con enfermedades en fase terminal que accedieron a participar en una experiencia en la que se les administró la sustancia en un ambiente seguro y confortable. Se reclinaban en un diván con los ojos tapados con un antifaz y auriculares en los oídos con música suave.

Si pudiera encontrarse algo en común a las personas que participaron en el estudio, aparte de que estaban cerca de la muerte, es que cada una de ellas sufría más por causas emocionales que por los propios dolores o incomodidades de su enfermedad. En algunos casos existía un resentimiento feroz porque tanto sus familiares como los médicos les habían ocultado la gravedad de su dolencia hasta el último momento para que no sufrieran. Lo que había acarreado justo lo contrario. En general los pacientes se sentían angustiados ante la perspectiva de la desaparición física y también les atormentaban traumas o incumplimientos del pasado, que ejercían una presión insoportable justo cuando el final estaba próximo.

Es muy difícil leer estas vicisitudes y las experiencias que narran los pacientes al tomar la sustancia, y lo que vino después, sin abundantes lágrimas en los ojos. Merece la pena repasar esos relatos porque nos acercan al núcleo de lo humano. La revelación que recibieron todas estas personas al experimentar con ese extraño y, para algunos, diabólico fármaco, no es nueva ni original: que el amor es la esencia de la vida, el aroma íntimo de todo lo que existe.

Cuando uno conoce las historias de estas personas, que están lejos de ser extraordinarias sino que llenan los hospitales hoy día como antaño, historias comunes, normales, la prevención contra la cursilería o sensiblería con que a veces se usa la palabra ‘amor’ se desvanece. Porque ‘amor’ es otra forma de decir ‘unión’, y al leer estas experiencias, que abrieron a quienes las vivían un insospechado ámbito de trascendencia, luz y unión, uno se reconoce unido a esos seres y las historias de esos seres, que aparecen como propias.

Hay otras cosas que compartieron estas personas aun sin conocerse, y fue que la muerte, de repente, dejó de ser un problema. Un viento de serenidad los acunó, dispuestos ya a dar los antes temidos pasos en el vacío. Más allá de los dolores y achaques que siguieron sintiendo, aunque reducidos, la toma de LSD sirvió a estas personas para morir en paz. En paz con ellos mismos y con sus seres queridos. Nada menos que esto. Porque, como dice un viejo adagio italiano:

Un bel morir tutta una vita onora.

REALITY, Peter Kingsley

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Cuesta imaginar lo que nos ha dado Peter Kingsley con su trabajo, no hablo ya sólo del libro que hoy nos ocupa, sino también de los demás. Esta extraña sociedad de la información, del siempre cambiante (y engañoso) titular digerirá también sus rompedoras revelaciones (ya lo ha hecho). Un día de estos pondrán su nombre a una calle, le dedicarán seminarios, cursos, charlas, a sus libros… Y todo seguirá como estaba.

Es difícil imaginar lo que nos ha dado, y, sin embargo, no nos ha dado nada en realidad. Eso, la Realidad, de la que nos habla, lo único real que existe, ha estado siempre en el mismo sitio, no se ha movido. Somos nosotros mismos, nuestro ser profundo.

Hace poco, picado por la curiosidad, me puse a buscar en Google resultados de opiniones críticas con su obra, vamos quién le da caña y por qué a Peter Kingsley. Buscaba artículos de catedráticos, doctores en filosofía que le atacaran sin piedad, que se mofaran de sus ínfulas místicas. Apenas encontré una crítica más bien ad hominen de un bloguero anglosajón que lo ponía a parir por su último libro publicado (el único suyo que me queda por leer). Y algunos artículos que se referían con respeto a sus obras pero demostraban no haber entendido demasiado al autor. O no haberlo querido entender.

Y eso es todo, no he visto mucho más. Casi todo lo que encuentro sobre este filólogo e investigador británico son elogios. Las facultades de filosofía apenas muestran el impacto de su órdago. No es para menos. Quien se tome en serio lo que está implicado, en Reality, por ejemplo, no puede volver a ver la historia de la filosofía del mismo modo. Su propio trabajo, si es un profesor de esa especialidad, queda en entredicho. Pues tiene que ver, como dice Kingsley, con la charla sobre el amor a la sabiduría, en vez del amor a la sabiduría propiamente dicho. Resulta duro, muy duro, si uno es profesor de Filosofía Antigua en una respetable facultad, o docente en un instituto de secundaria (donde dicen las leyes educativas que se deben enseñar los valores de la racionalidad y la crítica) y decir según qué cosas. Llegar un día y contarle a tus alumnos que Parménides, el padre de la lógica occidental, fue un chamán. O que Empédocles, precursor de nuestra infalible y objetiva ciencia, fue un mago. Pero no como Harry Potter, sino de verdad. Y no como esos magos que enredan con cartas y nos hacen caer en la ilusión. Precisamente el citado maestro se dedicaba a despertar a las personas de la ilusión en que se hallaban. Y esa ilusión es nada menos que el mundo en el que vivimos.

Dicho esto, si uno se lo toma en serio, surge la tentación de afirmar que este mundo es falso, pero existe otro mundo superior que es donde está la verdad.

Es lo que dijo Platón. El ateniense tenía buenos amigos en Italia, en el sur de la península y en la actual Sicilia. Esos amigos eran pitagóricos y, lo mismo que Parménides y Empédocles, místicos que conocían bien ese “otro lado”, y le hablaron de él.

Platón era muy inclinado a discutir, dialogar, elaborar razonamientos con su nuevo juguete: la dialéctica. Ese invento iba a dar guerra: más de dos mil años de filosofía vendrían con él. Como sentía un amor fervoroso por la razón y los argumentos, Platón pensó que de esa forma, con elevados razonamientos, ascendemos al mundo superior,  dejamos atrás las sombras y accedemos al exterior de la caverna. O eso parece desprenderse de sus obras. ¿Será que tampoco sabemos leerlas del modo adecuado?

El cristianismo heredó la idea de los dos mundos de Platón, como luego se encargó de echarles en cara a ambos un tal Nietzsche. Pero eso es otro tema. El caso es que los cristianos, de cualquier forma que miremos el asunto, siempre fueron más sagaces que Platón. Supieron que de ninguna manera accedemos a ese “otro” mundo encadenando razonamientos impecables, salvados por el poder omnímodo de la razón. La fe y las buenas obras del creyente se encargarían de ello.

Lo que ocurre es que entre los cristianos, ya desde el principio y sin negar lo anterior, se supo que había algo más. El mismo Jesús nos dijo que el “Reino” está delante de nuestras narices y no lo vemos, que está ya aquí y ahora. Y eso es lo que han sabido siempre todos los místicos sin excepción, ya fueran cristianos, paganos, judíos, musulmanes, hindúes, aztecas, o de cualquier otra tradición. Que el Reino está ya aquí, es nuestra consciencia profunda. Que no hay dos mundos, ni siete, en realidad hay un sólo mundo con diversas formas de verlo, con diversos niveles de perfección que se entrecruzan en el sin tiempo del aquí y ahora.

Ya que hemos hablado del cristianismo, podría comentar algo. En el limitado inventario que nuestros hombres de ciencia tienen de las facultades humanas para conocer se suelen quedar con lo de siempre: los sentidos y la razón. A los que se puede agregar de mala gana la imaginación (no, por supuesto, la Imaginación de los poetas románticos o los neoplatónicos). Esto para algunos neuropsicólogos es excesivo, pues en realidad no hay más que química cerebral, de manera que la razón, la imaginación y semejantes, se pueden descartar como epifenómenos. Bueno, nosotros para entendernos podemos hablar todavía de los sentidos y la razón. Pero había mencionado al principio del párrafo al cristianismo otra vez, no perdamos el hilo. Para antiguos y respetables filósofos y teólogos cristianos existe otra facultad humana de conocimiento. ¿Otra más? Los pobres neuropsicólogos reduccionistas estarían ya de los nervios leyendo semejante dislate.

Así es. Aquello de lo que hablo apenas es ya una pieza de museo, una curiosidad llena de polvo de siglos, como un códice miniado de la atrasadísima Edad Media. Precisamente de esa época data el concepto del que hablo. Se trata de un aspecto algo problemático pues no todos los que hablaron de él entonces, ni los que lo han mencionado en adelante han sido conscientes del alcance de tal expresión. Las más de las veces se lo ha confundido simplemente con la mera racionalidad humana. Estoy hablando de la intuición intelectual pura.

En efecto, con el transcurso de los siglos (las cosas no siempre van en progreso) esa enigmática “intuición” se degradó por las buenas en “intuición racional” (creo que fue Descartes el causante del desaguisado pero no me hagan mucho caso, no es importante quién fuera). Después, cuando  la razón ya no tenía el brillo de antaño, y comenzaba a ser blanco de todos los ataques como los muñecos de lata de la feria, Bergson, o alguien con ideas similares, redujo la ya reducida expresión “intuición racional”, a “intuición” a secas. Queriendo expresar algo así como un conocimiento instintivo, animal, o algo así, no lo tengo muy claro (me pregunto si el propio Bergson lo tenía claro).

Volvamos al original. “Intuición intelectual pura” apuntaba a algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados a pensar cuando oímos hablar de “conocimiento”. Porque tiene que ver con un conocer inmediato, instantáneo, infalible. Por contraste con la razón, que es mediada, se desarrolla a lo largo de razonamientos y puede equivocarse. Los escolásticos (o algunos de ellos) solían pensar que tal facultad, la intuición intelectual, era más que nada un postulado. Es decir, si nuestra humana razón capta las ideas de ese modo mediado pues tendrá que haber otra facultad, propia de los ángeles y Dios, que comprenda todas las cosas de forma directa, de golpe. Pero a quienes afirmaban esto no se les ocurrió pensar que esa facultad tan peculiar nos pertenece también a nosotros los humanos (Dios nos creó a su imagen y semejanza por algo). Es más, esa capacidad está con nosotros a cada momento, envolviendo por así decir a las otras (sentidos, razón, etc.). Como dijo un santo sufí, cuando los ojos de la carne y los del pensamiento se cierran, se abre el ojo del corazón. Pues eso.

Peter Kingsley nos habla en su libro de otra expresión que perdió su sentido original con el transcurso del tiempo. Tiene mucho que ver con una técnica de meditación que proponía Empédocles en su poema. Esa expresión se llama “sentido común”. Resulta muy difícil pronunciarla sin que alguien añada con retranca “… el menos común de los sentidos”. Una frase llena de verdad que honra a su inventor, aunque nos enfade con un soniquete ya machacón. Hoy el sentido común viene a ser algo como muy sencillo, muy ramplón, muy llano. Tan sencillo, ramplón y llano que casi nadie acierta a describir con claridad en qué consiste. Se supone que está relacionado con ver las cosas de una forma natural y objetiva, como se tienen que ver. El caso es que luego cada uno las ve a su modo y resulta un sudoku irresoluble cuadrar todas esas visiones en un mismo sentido común.

Tal cosa no sucedía con el original “sentido común”, porque era algo tan específico, claro y preciso que no puede haber duda acerca de en qué consiste. Era, y es, tan sencillo como ser consciente de lo que uno percibe con sus sentidos en un instante determinado. Es decir, si uno está sentado mirando por la ventana, tener una consciencia clara de lo que está viendo, oyendo, oliendo, gustando, y tocando, de cada una de las sensaciones de nuestro cuerpo en ese instante. Es como una percepción superior que es consciente de cada cosa que estamos percibiendo. Un estado de alerta consciente (la mêtis que recorre los escritos de Kingsley). Sin que interfiera ningún pensamiento en el proceso, porque en ese instante desconectamos de ese estado de consciencia.

Seguro que ya no parece tan sencillo. Pero, como cualquier técnica de meditación, lo que hace sencillo o complicado a ese “sentido común” es la frecuencia y constancia con que se practica o se deja de practicar.

La intuición intelectual pura es una puerta, el “sentido común”, una llave posible que la abre. Lo que hay más allá del umbral… ¡Lo tienes, lector, frente a las narices! ¡No hay más misterio! Los únicos misterios que en el mundo han sido se refieren a técnicas, símbolos, procedimientos útiles que se han mantenido en secreto para no ser vulgarizados ni deformados. Pero, en puridad, ni siquiera ese aparataje esotérico es necesario. Para ver lo que se puede ver, no hace falta nada, simplemente ponerse a mirar. Eso sí, la operación requiere coraje, inocencia, tenacidad indesmayable. Porque el inquietante reino al que nos conduce ese especial “ver” es aquel que evitamos con más ahínco pertrechados con móviles, redes sociales, o chácharas sin fin para espantar la soledad… Ese reino está en las profundidades de nuestra alma.