
Chi sono, dove sono
Quando sono assente di me
Da dove vengo, dove vado…
(¿Quién soy, dónde estoy
cuando estoy ausente de mí,
de dónde vengo, adónde voy?)
Franco Battiato, Chanson egocentrique
«¿Quién soy?», esa debería ser la primera pregunta, la más persistente, en la que deberíamos instalarnos antes de abordar las demás (“¿De dónde vengo?”, “¿Adónde voy?”, etc.). Juan Arnau nos trae una magistral síntesis de la solución india (diversas soluciones: hindú, budista…) a esa cuestión. Cuestión relacionada de forma especial con lo más inmediato, y misterioso, ese darse cuenta que inaugura nuestros días, en la cama, al despertar tras el viaje del sueño: la consciencia. La mentalidad científica (y filosófica) dominante nos dice que esa consciencia surge de las complejas operaciones electro-químicas del cerebro, que es un epifenómeno, un chispazo de genialidad en un universo yerto, que se apagará con la muerte de nuestro cuerpo. Esos retazos constantes nos trae el mar de la desilusión, el desencantamiento moderno, alejado ya de las canciones recónditas de los pájaros divinos. Tenemos, pues, un cuerpo de donde surge la mente (del cerebro), donde la consciencia no es sino una más de sus operaciones. De materia es todo y no hay lugar para lo invisible.
Pero, nos recuerda Juan Arnau, no siempre se ha pensado esto en occidente. Y tampoco ha sido esa la solución principal en India. Allí, existe la distinción fundamental entre consciencia y mente (aunque no están separadas, nada está separado). El origen de todo es la consciencia (âtman cuando ve desde cada uno de los seres, brahman cuando los envuelve a todos), la mente surge dentro de la consciencia (de ahí que la consciencia sea superior ontológicamente a la mente). Hay una mente del mundo (en la que subsisten las Ideas platónicas, los arquetipos junguianos…) y una mente individual que sintoniza con ella. Y con la consciencia. El cuerpo es el último en llegar, la mente se hace un cuerpo, como decía Leibniz y nos recuerda Juan Arnau. Es el mundo al revés para nuestra forma de ver el mundo. En el vedânta hindú nuestra más alta misión como humanos consiste en reconocer nuestro verdadero ser, la consciencia (no somos el cuerpo ni la mente). Cuando llega ese reconocimiento, en el aquí y ahora donde florece lo real, adviene también la liberación. Uno es simplemente esa eternidad cristalina y simple que nunca nació… Que nunca morirá. Ya está todo dicho y, sin embargo, está todo por decir. Como en el inicio de Crónica de una muerte anunciada, ya sabemos lo más importante, pero Gabo fue capaz de concitar nuestro interés. También Arnau es capaz de hacerlo. Nos cuenta la historia del âtman (lo que de verdad somos, lo que de verdad es, para la tradición vedânta) y las peripecias de su búsqueda. Como nos recordaba también Ken Wilber en las páginas de su Proyecto Âtman, que la historia de cada uno de nosotros es la crónica de esa búsqueda (casi siempre inadvertida, inconsciente). Juan Arnau nos anuncia también al principio la inconsistencia, la irrealidad última del vikalpa. ¿Qué es el vikalpa? La charlatanería: conceptos, posibilidades, dudas, imaginaciones, ¡el arte, la filosofía, la ciencia! Arnau no es un charlatán, pero no puede (ni él ni nadie) explicarnos de una vez por todas qué es el Sí mismo, el âtman, lo que de verdad es, lo que de verdad somos. Esa es la dificultad, la grandeza y la maravilla del asunto.
En cierto pasaje nos habla del poder de la ilusión, “maya”. Líneas (páginas 98, 99…) que son tan reveladoras y bellas como la misma “maya”. Solo podemos liberarnos cuando vemos el trampantojo. Pero, más aún, cuando observamos que el trampantojo no es tan engañoso como creíamos haber advertido. Tiene su nivel de existencia. Como dice Kingsley en Realidad el gran error de Platón fue declarar que este mundo es ilusorio, que hay otro verdadero, y quedarse tan tranquilo. “Las peores ilusiones son aquellas con las que pretendemos escapar de la ilusión”, decía Fenelón. Porque no hay dos mundos. Solo un ser único que une todo lo que aparenta ser y lo que acaso sea de manera inextricable en la unidad.
En cuanto a los otros abordajes del asunto en occidente, hubo quienes se aproximaron al problema de la mente desde otros enfoques. Por ejemplo, Berkeley para quien ser es ser percibido y percibir, es decir, lo más inmediato que tenemos no son objetos materiales, sino la experiencia mental de la percepción. Lejos de ser un a priori, como lo fue para Kant, el espacio es algo que deducimos desde nuestra experiencia del color. El espacio viene del hábito de ver, oír, tocar, etc. Hume, coincidiendo de forma llamativa con el budismo (para Juan Arnau quizá no sea accidental, pero eso es otra historia), describe la mente como una colección de ideas e inclinaciones. Kant, con el noúmeno, la cosa en sí, deja la puerta abierta a lo inefable. William James, algo más de un siglo después, esquivará el cogito cartesiano diciendo que lo más evidente no es que yo pienso, sino que respiro, vale decir, la percepción, lo mental, adentrándose en el yo como vivencia, venteando otra mirada más intuitiva. La filosofía genuina, nos dice Juan Arnau, “surge del asombro y la perplejidad ante lo que el mundo nos ofrece, no de un comentario de texto o de un sistema previo. La filosofía genuina precisa de la intuición”.
James, como otros filósofos occidentales (Schopenhauer, que intuyó la cosa en sí como voluntad, y no como sí mismo, la consciencia vacía y eterna, de la tradición hindú), parece asomarse a los balcones de oriente. Comenta Arnau, tanto al principio del libro como al final, que le interesa la “interfecundación de oriente y occidente” (como Salvador Pániker y otros constructores de puentes). Entre otras cosas porque, continúa, “no podemos renunciar a quienes somos”. Es algo en lo que coincide con Peter Kingsley, no tiene sentido tratar de buscar la solución en otras culturas, sino recuperar los vínculos con la sabiduría que yace en la nuestra. Una tarea en la que, por supuesto, puede resultar de gran utilidad atender a las intuiciones deslumbrantes de la sabiduría oriental. Y aquí, en el contexto de este diálogo oriente-occidente, introduce Juan Arnau su propuesta para una cultura mental (expresión útil y acogedora que huye de lo pretencioso que puede ser el término “espiritual”). Esa propuesta es la “meditación soleada”, de la que ya hablamos por aquí en los comentarios sobre el libro homónimo. ¿En qué consiste?
Se parte de que la mente rebasa al cuerpo (que es incapaz de explicarla, lo que no ocurre al contrario), la mente es el río, el cuerpo el sedimento. Y el origen, la consciencia vacía que percibe a la mente, “es la presencia discreta que habita el ahora”. No hay más que consciencia, no existe nada más, no somos otra cosa. Si desactivamos la charla continua de la mente podemos reconocer ese origen incesante que somos.
Algunas posibles guías que Juan Arnau esboza (dejo al lector que descubra el resto): darnos cuenta de que estamos percibiendo; sentir que somos, simplemente, sin ser nada en particular, sentirnos ser; “mirar un árbol (o escuchar música) como si alguien mirara (o escuchara) a través de ti. Ese “alguien es el origen”, que experimenta el mundo a través de ti, a través de cada uno de los seres”.








