CAMPOS DE CASTILLA, DE ANTONIO MACHADO

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Por aquella época yo pensaba que la poesía era una cosa blandengue propia de afeminados y señoritas cursis. Para mi disculpa debo aclarar que tenía diecisiete años, estaba más ocupado en saltar verjas prohibidas y corretear por ahí con la moto que en leer. Y la famosa LOGSE me atrapó como a tantos otros, para perjuicio de todos nosotros digan lo que digan. Si no fuera por la profesora Andrea Villarrubia, a quien dediqué un modesto homenaje en otro post, habría leído mucho menos. Ella me introdujo a la lectura de Chéjov, Maupassant, Brecht… En poesía, me hizo apreciar a Cavafis, Jorge Guillén, Ángel González, Benedetti y tantos otros autores que ella recitaba con la profundidad y emoción de quien leyera para náufragos de la civilización en un mundo donde se hubieran perdido los libros.

Pues en aquella época en la que apenas habría leído ocho o diez libros en mi vida, fue para mí providencial la colección Millenium que sacó el diario El Mundo, con ‘Las 100 joyas del Milenio’. Aquello fue en 1999, a punto de traspasar la puerta del siglo actual y esa colección incluía grandes obras de todos los géneros a un precio bastante módico (creo que eran unas 300 pesetas). Aunque no conseguí comprarlos todos, sí adquirí bastantes de aquellos clásicos, y entre ellos estaba Campos de Castilla.

Desde aquel momento Machado se convirtió en mi maestro, mi mejor amigo, confidente, inspirador… Entonces sólo consideraba serio lo que oliera a ciencia y filosofía, y Machado era el filósofo poeta, o poeta filósofo lo mismo da. Su poesía sencilla pero honda, abisal, fue calando en mis tiernos huesos de niñato ignorante hasta hacerse parte de mí. Y años después, cuando me animé (con cierto éxito efímero) a probar con la poesía, fue mi timón y guía a la hora de aventurarme a escribir un verso tras otro. En ese proceso fue tan importante como él Juan Ramón Jiménez, pero de él ya hablaremos otro día porque es capítulo aparte.

En Campos de Castilla, el talante reflexivo de Machado se sumerge de lleno en el paisaje para hablarle sin rodeos a la fiera dormida:

‘Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora’.

El poeta no se arredra en elogiar o acusar porque al final es a sí mismo a quien se habla, su alma está ya instalada en los fríos páramos de Soria, discurre con las aguas del Duero por aquella ‘curva de ballesta’. La ballesta que antaño disparara a medio mundo, con ambición, locura, espíritu aventurero y marcial, sueños de horizontes abiertos… Y luego se abismó en sus propios pensamientos, con la introversión del místico que espera la misericordia divina, ajeno a todo, en las incomodidades ascéticas de una gruta.

Y si en los versos antes mencionados, y en otros, fustiga el ánimo enervado del que los pergeña, en otros luce la adoración sencilla y sentida:

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

alamos del duero

Proverbios y cantares, lo confieso, es mi parte preferida del libro. Allí Machado se vuelve sentencioso, hondísimo, paradójico, parabólico (por las parábolas). Allí andan de la mano el Machado estoico con el zen, taoísta, místico:

¡Ojos que a luz se abrieron

un día para, después,

ciegos tornar a la tierra,

hartos de mirar sin ver!

 

En preguntar lo que sabes

el tiempo no has de perder…

Y a preguntas sin respuesta

¿quién te podrá responder?

También se canta en este libro a las tierras de Jaén, medievales guardas de los reyes de Castilla unas, fronteras y arranques del dominio moro las otras. Mi pueblo, que está por allí, fue las tres cosas en distintos momentos. Machado vivió unos años más al norte, en Úbeda y Baeza, donde ejerció como profesor en sus institutos. Venía huyendo de la pena, si de la pena se puede huir. Pues su joven esposa, con quien se casó en Soria, había fallecido. Y los álamos del Duero eran ya oscuros puñales que le rasgaban el alma.

Por las tierras de Jaén, sintonizó con el sentir del árbol sagrado, mítico, polvoriento: el olivo. Cuyo tronco retorcido y sufriente era como un eco de sus propias cuitas, como un eco, también, de la esforzada agonía de los jornaleros, gañanes, labradores… Siempre inclinados sobre la tierra con el afán fervoroso de la oración, en lucha constante por los frutos que son la vida:

¡Olivar y olivareros,

bosque y raza,

campo y plaza

de los fieles al terruño

y al arado y al molino,

de los que muestran el puño

al destino,

los benditos labradores,

los bandidos caballeros,

los señores

devotos y matuteros!…

¡Ciudades y caseríos

en la margen de los ríos,

en los pliegues de la sierra!…

¡Venga Dios a los hogares

y a las almas de esta tierra

de olivares y olivares!

olivo

Fiel participante de la recogida de la aceituna, como agricultor que soy, no puedo evitar un estremecimiento, una emoción, un temblor, al leer estos versos. Cada año sueño con esquivar la cosecha, las mañanas heladas, el sudor tirando de los fardos, o vareando. Pero otras veces digo, ¿qué será de mí cuando no trabaje en la bendita tierra? ¿Dónde encontraré más verdad que aquí, despreciando y bendiciendo a la tierra?

Terminamos este largo post. Se lo debía al maestro de Sevilla. Como siempre, ha quedado casi todo por decir, pero para eso tienen ustedes Campos de Castilla. Para que se acerquen allí a lo esencial que no he sabido transmitirles.

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14 comentarios en “CAMPOS DE CASTILLA, DE ANTONIO MACHADO

    • Desde el principio tuve una conexión muy especial con Machado. Tiene un lenguaje poético muy cercano, que todo el mundo puede entender, pero además su poesía está llena de ideas. Y de barruntos de lo eterno. Un abrazo, Antonio.

  1. Un reflexivo y genial post, no me canso de leerte. Un saludo José.

    ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
    de ruiseñores vuestras ramas llenas;
    álamos que seréis mañana liras
    del viento perfumado en primavera;
    álamos del amor cerca del agua
    que corre y pasa y sueña,
    álamos de las márgenes del Duero,
    conmigo vais, mi corazón os lleva!

    Antonio Machado. Campos de Soria (de Campos de Castilla.)

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