LAS MOCEDADES DE ULISES

Las mocedades de Ulises

Los personajes de Cunqueiro tienen un aire familiar, entrañable, lo cual resulta curioso si tenemos en cuenta su extrañeza, el aroma de realismo mágico que los envuelve. El curioso índice onomástico que cierra el libro no tiene desperdicio alguno y nos presenta una galería de fascinantes semblanzas. Cuando llegamos a Ulises nos dice de él: “El hijo de Laertes. Lo aprendió a todo, menos a esperar”.

Así es, porque el Ulises de Álvaro Cunqueiro no sabía esperar, pero tuvo que hacerlo. A la inversa del héroe de Homero, es el laértida quien espera largos años a Penélope, en este juego de historias, declamaciones, encuentros y desencuentros.

El autor nos transporta a su mundo de fantasía y sueños literarios con la guía, entre bastidores, de su ironía amorosa hacia los seres y las peripecias que pone ante nuestros ojos. Un poco al estilo de Fernández Flórez pero Cunqueiro suelta amarras de la realidad prosaica con más rotundidad, se marcha, escapa de los vapores de lo mundano. Y nos sumerge en su particular visión del mito homérico. Volvemos a decir que su mundo y sus gentes nos son familiares (al menos a mí), pero la forma de contar de este escritor gallego es muy particular y uno no encuentra nada parecido en otros autores.

La Ítaca que nos encontramos es una isla llena de paisajes gallegos, donde se recita a Shackespeare y suceden cosas que podríamos ver en nuestro barrio, todo tintado de un color  ancestral y cálido. Y las acciones se suceden con la parsimonia y el deje ritual de lo antiguo.

Es el relato que podría haber contado Homero en una taberna del puerto, al calor de los cánticos de los marineros y el vino color de mar saltando de las jarras. Si es que no fue, de hecho, en lugares parecidos donde relató los cantos de la Ilíada y la Odisea. Como la taberna de Poliades, que  se convierte en punto de encuentro y cruce de caminos para Laertes, Belías, y tantos otros parroquianos. Por ejemplo, para festejar el nacimiento del pequeño Ulises.

El príncipe de Ítaca, ya más crecido, en la pujante adolescencia, escucha los relatos del piloto Foción, de sus largas travesías por el océano, arribando incluso a Tartesos:

“La tierra, Ulises, siempre está lejos, y el mar es en demasía ancho y profundo, y las estrellas, a las que conoces y nombras y por las que sabes el norte, se esconden tras las negras nubes, o las pierdes en la niebla. A babor y estribor siempre hay tierra, y a proa y a popa. Sabes los títulos de todos los reinos que tienes a derecha e izquierda. No cambies de rumbo, y tu nariz tropezará con la nariz de Argantonio, el rey de Tartesos. El lomo del mar es inquieto y los vientos no oyen la voz del hombre. Las mismas naves tienen extrañas querencias. Yo nunca pude ir a Chipre con mi nave, la Tórtola. Ponía un hilo de diferente color cada jornada en la barra del timón. No faltaba más que una noche de mar, pero esa noche era suficiente para que yo, Foción, me perdiese en el océano de los griegos. Inquieto, no viendo Chipre en el horizonte, viraba a babor y a estribor, La Tórtola no obedecía, y horas después, en el tibio atardecer setembrino, me venía por popa, con el viento jonio, el aroma de azahar de Chipre. A la Tórtola le gustaba ir a Marsella, a Tarento, a las Pitiusas, a Tartesos. Las naves, como los corceles, tienen horas nerviosas. Yo acariciaba con mi mano el pico de la Tórtola, y le cantaba canciones de amor. Me colgaba del foque para besarle las plumas de la airosa cabeza. Fuimos como amantes durante largos años. Envejeció, y la amaba más todavía. Se rompió para morir. ¡Malhaya el lebeche que salta matinal entre Creta y las Sirtes! Cíclope de rojo ojo, golpea con los dos puños a un tiempo las frágiles naves de los helenos”.

Estas historias son como el preámbulo de las que luego escribirá la astucia y tenacidad del laértida, y encienden su joven corazón con el deseo de ver nuevas tierras y mares. Y esos lugares primero los sueña e imagina antes de ir a buscarlos en persona:

 “He viajado mucho todas estas noches, maestro”, le dice a Poliades, “anochecía en Ítaca, pero en mi lecho salía el sol, y levaban anclas mis naves, doce y más, y cada una su destino. […] El viento de popa que derramaba sus rizadas barbas por el amplio y bien cosido velamen, silbaba en mis orejas canciones coronadas de espumas, como las ondas marinas. Yo ignoro si los cíclopes viven en democracia o en aristocracia; ya lo averiguaré algún día; pero los vientos, en el mar, viven en perpetua e irreprochable tiranía”.

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Y como no hay sentencia que deje de cumplirse, mucho menos la del destino, Ulises se hace a la mar con sus compañeros, a bordo de la joven Iris. Peculiar nombre para un barco. Y se suceden los viajes y las historias, que como nudos marineros enlazados unos con otros, van sazonando la larga singladura hacia la madurez.

En uno de esos remotos lugares a los que le conduce el empeño por hacerse y buscarse a sí mismo, conoce Odiseo a una tal Penélope:

“Ulises posó las manos en el borde de la pared recién encalada, y respondió cortésmente a la muchacha.

-Viajo en busca de hierbas y plantas medicinales, y de raíces. En tu país es muy olorosa la genciana, y no he visto en parte alguna vestidas de rojo más solemne las caperuzas de la digital! ¡Míralas en ese prado!

-Ese prado es de mi padre. Me dijo que si tenía alguna vez un pretendiente honesto, que gustase de ir al atardecer a abrirle el agua al prado, y de estar apoyado en el mango del ligón viendo cómo se llenaban los canalillos, que lo pondría en mi dote, juntamente con aquel alto trebolar. Me llamo Penélope. Cuando era niña venían de las aldeas vecinas, y aun de otras islas, a verme los ojos verdes. Como soy la menor de las siete hermanas, aprendí a tejer”.

Un primer encuentro, luego una boda, y después una larga separación. Dijimos antes que en este relato es a Ulises a quien le toca esperar a Penélope. Después de mucho bogar por mares interminables, y visitar mil y un países y gentes, llega fatigado a su Ítaca esperando encontrar a su Penélope, pero aún no ha llegado, sabrá Dios por qué. Y pasan largos años que envejecen y amargan a Ulises, pero, al fin, llega ella:

“Nacieron en un instante abriles en el aire, y la harina de los días se hizo pan. El héroe pulsaba a Penélope como quien tiende un noble arco, y lanzaba la flecha de la sonrisa recobrada contra las tinieblas, reinventando la luz. Nacieron hierbas otra vez, y las cosas tuvieron nombre. Reemprendieron su curso el sol, la luna y las estrellas”.

Como decía el sabio Azorín, “vivir es ver volver”. Y en esa última escena se comprueba.

 

“No busco nada con este libro, ni siquiera la veracidad última de un gesto, aun cuando conozco el poder de revelación de la imaginación. Cuento como a mí me parece que sería hermoso nacer, madurar y navegar, y digo las palabras que amo, aquellas con las que pueden fabricarse selvas, ciudades, vasos decorados, erguidas cabezas de despejada frente, inquietos potros y lunas nuevas. Pasan por estas páginas vagos transeúntes, diversos los acentos, variados los enigmas. Canto, y acaso el mundo, la vida, los hombres, su cuerpo o sombra miden, durante un breve instante, con la feble caña de mi hexámetro”.

Álvaro Cunqueiro

 

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7 comentarios en “LAS MOCEDADES DE ULISES

  1. Querido José… Tu reseña es genial… Me gusta además la craga subjetiva sutilmente incluida en la misma… Por cierto, Ulises era hijo de Laertes?.. Confieso y admito mi total ignorancia sobre este punto de su genealogía.. Un abrazo para vos, amigo. Aquileana ⭐

    • Gracias por tus amables palabras, Aquileana. Te recomiendo totalmente la lectura de este libro. Es una visión personalísima del mito la que hace Cunqueiro, muy alejada de la narración de Homero, pero es una delicia. En cuanto a la genealogía de Ulises, bueno… Ya sabes que los mitos no son muy escrupulosos con estas cosas. La propia naturaleza del mito hace que varíen algunos detalles de una versión a otra, como tú muestras de forma magistral en tus artículos, sin que por ello cambie el núcleo de la narración. De este modo, la versión más extendida sobre la genealogía de Ulises corresponde a la que aportó Homero. Según él, Ulises fue hijo de Laertes y Anticlea (nieto de Arcisio por parte paterna y del astuto Autólico por parte materna. Santa Wikipedia dixit). Pero otras versiones afirman que su padre fue, en realidad, Sísifo. En fin, en esto es también muy libre Cunqueiro porque nos presenta a Euriclea como la esposa de Laertes y madre de nuestro héroe, cuando en la Odisea esa mujer era la nodriza de Ulises y no su madre. El mito reinventándose una y otra vez. Un abrazo Aquileana, y muchas gracias una vez más por pasarte y comentar.

  2. Tus entradas siempre son únicas, José… Me quedo con ese último párrafo que me llega como versos al alma: …“No busco nada con este libro, ni siquiera la veracidad última de un gesto, aun cuando conozco el poder de revelación de la imaginación. Cuento como a mí me parece que sería hermoso nacer, madurar y navegar, y digo las palabras que amo, aquellas con las que pueden fabricarse selvas, ciudades, vasos decorados, erguidas cabezas de despejada frente, inquietos potros y lunas nuevas. Pasan por estas páginas vagos transeúntes, diversos los acentos, variados los enigmas. Canto, y acaso el mundo, la vida, los hombres, su cuerpo o sombra miden, durante un breve instante, con la feble caña de mi hexámetro”. .. Gracias por la reseña del libro.. Abrazos infinitos de luz 🙂

    • Muchísimas gracias, Mamen. La verdad es que por muy mal que se hubiera dado la reseña estaba el maestro Cunqueiro al quite con ese comentario magistral de su propia obra. Un abrazo enorme y gracias de nuevo por venir y comentar.

      • Ambas cosas están muy bien, José 🙂 .. Sin duda Cunqueiro sabe poner la guinda en el pastel, jejejeje… Abrazos de luz

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